La historia del toro Ferdinando

José Andrés Martínez García

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El cuento, de título original The story of Ferdinand, fue escrito por el autor norteamericano de literatura infantil Munro Leaf en 1936. Leaf, que nació en 1905, estudió  en las universidades de Maryland y Harvard y trabajó como escritor bajo el seudónimo de John Calvert. Ilustrado en blanco y negro en la edición original por su amigo Robert Lawson, texto y dibujos establecen una eficaz relación sinérgica donde lenguaje verbal y no verbal se complementan mutuamente.

Cabe preguntarse por qué el autor, siendo americano, eligió España para dar una lección de pacifismo y respeto al diferente. ¿Cuál era la intención del libro? La elección como hilo conductor de la con­trovertida fiesta taurina (una tradición secular sangrienta) realza el simbolismo que se desprende de la actitud no violenta de su personaje principal. Desde un enfoque didáctico y mora­lizante, la historia de Munro ofrece un modelo de comportamiento ante  situaciones violentas, como fueron los conflictos bélicos de las grandes guerras mundia­les o la guerra civil española.

No hay que olvidar, por lo tanto, el contexto histórico en que fue escrito, que explica la polémica que desencadenó su publicación: en España, en plena guerra, el cuento fue visto con desagrado por los militares golpistas al considerarlo una sátira en contra de la guerra; en la India, en cambio, Gandhi lo conside­raría su libro preferido.

El éxito del librito fue notable, con decenas de traducciones a distintos idiomas. La factoría cinematográfica de Disney realizaría un cortometraje sobre Ferdinando que fue galardonado con un Oscar por la Academia de Hollywood en 1938.

Con un lenguaje cercano a los niños, un narrador omnisciente relata la historia en tercera persona. La narración se interrumpe con escasas incorporaciones de diálogos entre el protagonista y su madre (en estilo directo) y unas preguntas dirigidas al lector.

Acompañamos una traducción realizada a partir de la edición original en inglés:

La historia de Ferdinando.

Había una vez en España un torito de nombre Ferdinando. Los demás novillos que vivían con él corrían, brincaban y se daban topetazos, pero Ferdinando no lo hacía.

Le gustaba sentarse tranquilamente y oler las flores. Tenía un lugar preferido en la pradera, debajo de un alcornoque. Era su árbol favorito y el torito se pasaba el día a la sombra oliendo las flores.

A veces su madre, que era una vaca, se preocupaba por él. Temía que Ferdinando se sintiera solo. “¿Por qué no corres y juegas a saltar y darte topetazos con los otros toritos?”, le decía. Pero Ferdinando negaba con la cabeza y respondía: “Prefiero quedarme aquí, donde puedo sentarme tranquilamente y oler las flores”.

Su madre se dio cuenta de que él no se sentía solo y, como era una madre comprensiva, aunque era una vaca, dejó que se quedara allí sentado y fuera feliz.

Con el paso de los años, Ferdinando creció y creció hasta convertirse en un toro grande y fuerte. Todos los demás toros que habían crecido con él en la misma pradera se pasaban el día peleando entre ellos. Se embestían unos a otros y se daban cornadas. Lo que más deseaban era ser escogidos para pelear en las corridas de toros de Madrid. Pero Ferdinando no quería eso. Le seguía gustando sentarse tranquilamente bajo su alcornoque y oler las flores.

Un día llegaron cinco hombres con sombreros muy graciosos para escoger al toro más grande, más veloz y más bravo para las corridas de toros de Madrid.

Los demás toros corrieron de aquí para allá bufando y embistiendo, saltando y brincando, para que los hombres creyeran que eran muy fuertes y bravos y los escogieran. Ferdinando sabía que no lo iban a escoger y en realidad no le importaba. Así que fue a sentarse bajo la sombra de su alcornoque preferido. Pero no se fijó y en vez de sentarse sobre la agradable hierba fresca, se sentó sobre un abejorro.

¿Qué harías tú si fueras un abejorro y un toro se sentara sobre ti? Lo picarías, ¿verdad? Pues eso fue exactamente lo que este le hizo.

!Caramba! !Qué dolor! Ferdinando brincó y dio un bramido. Corrió en círculos resollando, resoplando, embistiendo y pateando la tierra como si estuviera loco.

Los cinco hombres lo vieron y gritaron de júbilo. Ese era el toro más grande y más bravo de todos. Era el mejor para las corridas de Madrid. Así que se lo llevaron en una carreta para el día de la corrida.

!Qué gran día! Las banderas ondeaban, la música sonaba…todas las bellas señoritas llevaban flores en el cabello. Todos entraron desfilando a la arena de la plaza de toros. Primero salieron los banderilleros, con unos palos puntiagudos adornados con cintas para pinchar al toro y enfurecerlo. Después salieron los picadores, montados en caballos muy flacos, llevando largas lanzas para picar al toro y enfurecerlo aún más. Luego salió el matador, el más arrogante de todos. Se creía muy apuesto y saludó a todas las señoritas. Llevaba una capa roja y una espada y era el que tenía que darle al toro la estocada final. Por último, salió el toro. ¿Y a que no adivináis quién era? Ferdinando.

Lo anunciaron como Ferdinando el Bravo. Todos los banderilleros y picadores estaban asustados y el matador se quedó paralizado de miedo. Ferdinando corrió al centro de la plaza y todos gritaron y aplaudieron porque pensaban que iba a pelear ferozmente, resoplar y embestir a todo el mundo. Pero Ferdinando no lo hizo.

Cuando llegó al centro de la plaza y vio las flores en el pelo de todas las preciosas señoritas, lo único que hizo fue sentarse y  olerlas tranquilamente. Por más que lo provocaron, no quiso embestir ni dar cornadas. Se quedó sentado oliendo las flores.

Los banderilleros estaban furiosos y los picadores estaban aún más furiosos. El matador estaba tan enfadado que se puso a llorar porque no podía lucirse con su capa y espada. Así que no les quedó más remedio que llevar a Ferdinando de regreso a casa. Y según cuentan, allí está todavía, debajo de su alcornoque preferido, oliendo las flores tranquilamente.

Él es muy feliz.

En castellano hay que mencionar las sucesivas reediciones de la editorial Lóguez (con el título de Ferdinando), que incluyen bellos dibujos a color de Werner Klemke, destacado ilustrador alemán. Utiliza colores básicos (rojo, amarillo, verde…) tanto del campo como de los personajes, de forma colorista y un tanto ingenua.

Además, existe una estupenda adaptación teatral (El toro Ferdinando) de la editorial leonesa Everest, a cargo de José Cañas Torregrosa, especialista en expresión dramática infantil, que ilustra Ángeles Peinador. Esta edición es muy apropiada para su uso en el ámbito educativo.

 ¿Cuáles son las enseñanzas que pueden extraerse de la historia que se nos cuenta? Mencionemos solo algunas.

El cuento desmitifica el mundo de los toros, mostrándolo (con un humor sutil) bajo un prisma donde los distintos actores aparecen ridiculizados por su arrogancia y pretensión. Se trata de reflexionar sobre lo que hay detrás de determinadas costumbres o tradiciones (los toros son solo una de ellas).

El narrador adopta el punto de vista del protagonista  (el toro) y lo hace ensalzando una serie de valores como son: la no  violencia, la sensibilidad, el derecho a la diferencia y a la propia personalidad.

Parece lógico que se reivindique esa no violencia en torno a un acontecimiento (las corridas de toros) donde esta se ejerce por diversión y, por lo tanto, de forma gratuita.

A Ferdinando no le gusta pelear. Le gusta la tranquilidad y oler las flores. Es un toro sensible. Sabe disfrutar, a diferencia de los otros toros, de la belleza del paisaje y de las flores. Es sensible pero eso no le impide mostrar su fuerza cuando es picado por el abejorro. Sensibilidad no significa debilidad.

Lo que más desean los toros es ser escogidos para las corridas de Madrid. El humorista argentino Carlos Warnes (más conocido por César Bruto), inventó una cita memorable: “Si razona el caballo, se acabó la equitación”. Significa que si el caballo pensara un poco se daría cuenta de que está siendo explotado por el jinete y se desharía de él rápidamente, pues en realidad es mucho más fuerte. De forma similar,  en la sociedad, solo la ignorancia de las víctimas explica muchos de los abusos perpetrados por los verdugos.

Nuestro protagonista se salva de una muerte segura en la plaza precisamente por ser como es. Lo que recuerda aquella enseñanza del viejo maestro (Lao-Tsé): “Cuando los discípulos fueron a donde estaban los leñadores  preguntaron: ¿Por qué no habéis talado este árbol? Los leñadores contestaron:  Porque ese árbol no sirve para nada. Si queréis sobrevivir en este mundo habréis de ser completamente inútiles (para el hombre, para los demás). Así nadie os hará daño”. Afortunadamente este toro es inútil a los fines e intereses humanos.

Ferdinando es diferente pero, a pesar de ello (en realidad, precisamente por ello), es feliz. Por eso su madre lo acepta tal como es. De hecho,  el cuento termina con un “Él es muy feliz” porque lo que se reivindica es el derecho a seguir el propio camino.

Hay que decir que, aunque el libro haya sido escrito hace tantos años, mantiene vivo todo su interés. El  mensaje de paz, tolerancia y exaltación de la diferencia conserva toda su frescura. En resumen, nos encontramos ante un verdadero clásico infantil que continúa deleitando a todo tipo de lectores (niños y adultos).

 Bibliografía:

Leaf, M. The Story of Ferdinand (llustrated by Robert Lawson).

 https://es.scribd.com/doc/259366046/the-story-of-Ferdinand-pdf

Para citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). La historia del toro Ferdinando. Criterios. León. Disponible en: http://xurl.es/5a7kl.

Émile Gallé en la Casa Lis de Salamanca: Ilustración botánica sobre vidrio

José Andrés Martínez García

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“Dragonfly”

Motivos no faltan, desde luego, para visitar una ciudad como Salamanca. Hay, sin embargo, una cita a la que no deberíamos dejar de acudir: El Museo Art Nouveau y Art Decó Casa Lis.

La Casa Lis es un museo cosmopolita donde están representados todos los movimientos nacionales de lo que en España conocemos como Modernismo; en Francia, Art Nouveau; en Alemania, Jugendstil; en Italia, Liberty; en Inglaterra Arts&Crafts.

Cuentan que cuando los visitantes franceses entran en la sala de vidrios de Émile Gallé, no pueden comprender cómo es posible encontrar tan magnífica colección de su compatriota. Seguramente la mejor colección pública en Europa, después de la que alberga Nancy. Hay tanta belleza en esos jarrones y lámparas con delicados motivos florales que el visitante se deja seducir rápidamente.

Émile Gallé (1846-1904) fue, junto a Antonin Daum, el creador del movimiento conocido como École de Nancy  y es considerado como uno de los mayores representantes del movimiento Art Nouveau francés. En las Exposiciones Universales de París de 1878 y 1889 serían  presentadas algunas de sus más bellas creaciones.

Con estudios en filosofía, botánica y dibujo, Gallé fue también un humanista comprometido. Participó en la creación de escuelas para la clase trabajadora (l´Université Populaire de Nancy) y en la Liga Francesa por la Defensa de los Derechos del Hombre. Fue asimismo destacable su labor de denuncia de los abusos del poder -junto a intelectuales como Zola- en el conocido como Affaire Dreyfus, que acabaría convirtiéndose en  un símbolo universal de la iniquidad en nombre de la llamada razón de estado.

En Nancy, ciudad de tradición botánica, Gallé disponía de un taller donde los artistas trabajaban al lado de un gran ventanal que daba acceso a un auténtico jardín botánico. De esta manera el artesano podía tomar del natural los modelos que luego pasaría al vidrio que estaba decorando. Aunque el lema que rezaba en la entrada de su taller era “mis raíces se hunden profundas en los bosques”, fueron sus estudios sobre las técnicas japonesas y china de fabricación del cristal los que le ayudaron a dar forma a su delicada visión del mundo de la naturaleza. Louis Majorelle, otro de los miembros de la Escuela,  solía decir que “el jardín era su biblioteca”. La flora y la fauna de la zona de Lorena ofrecen una fuente de inspiración aparentemente inagotable.

Entre los motivos iconográficos utilizados pueden identificarse libélulas (tema favorito del Art Nouveau) o estrellas de mar. En cuanto a la flora, se decora profusamente con dibujos de especies silvestres, de jardín y exóticas: nenúfares, sagitarias, llantenes, lirios, rosas, margaritas, azucenas, pensamientos, cardos (el cardo es el símbolo de Nancy y está presente en su escudo), ciruelos, cerezos, manzanos, magnolios, sicómoros, orquídeas y un largo etcétera. Mención especial requieren las anémonas japonesas blancas que Gallé utilizará en numerosos diseños, una muestra más de su  admiración por el arte japonés.

Azucena Gallé

Diseño botánico de Gallé (Lilium). Corning Museum of Glass (New York).

La obra de Gallé no se puede entender sin tener en cuenta la verdadera pasión que siente por la naturaleza, con la que mantiene una relación casi científica. Por eso exige a todos sus obreros y decoradores una gran familiaridad con ella, de manera que puedan captar toda su belleza.

 En la mejor tradición modernista, sus trabajos en cristal fueron mucho más apreciados por su valor artístico que por su diseño funcional. Gallé recrea en sus piezas un microcosmos donde el pétalo de una flor (o el ala de un insecto) pueden alcanzar una belleza cargada de alto contenido poético.

El Museo alberga una colección de más de cien piezas de la Escuela de Nancy, siendo Gallé el autor más representado con treinta obras: jarrones, lámparas y otros objetos de vidrio doblado y grabado con la técnica del ácido fluorhídrico. De la conocida lámpara ‘Dragonfly’ solo se conocen tres ejemplares en el mundo. También hay obras de los hermanos Daum (influidos por Gallé) con estupendas piezas de inspiración japonesa y naturalista. En este caso la decoración con motivos naturales presenta un mayor realismo, si cabe, con representaciones muy perfiladas, casi de ilustración botánica.

Tanto Gallé como Daum fabricaron lámparas en un estilo muy parecido al resto de su producción en cristal. El cristal formaba parte de la pieza desde su base, pasando por el fuste, hasta llegar a la pantalla. Se muestra predilección por adoptar la forma de champiñón en ese afán de imitar la naturaleza.

La colección de vidrios contiene también algunas otras obras que merecen atención, como el juego de copas de Kar Fabergé, joyero oficial de la Corona Rusa o el pequeño conjunto de piezas de Johann Loetz, vidriero de la región de Bohemia, caracterizadas por un aspecto irisado y anacarado, que recuerda los mejores trabajos del artista art nouveau norteamericano Louis Comfort Tiffany.

Es evidente que el estudio y la observación directa de la naturaleza se convirtió en una actividad fundamental del Art Nouveau para recrear, en definitiva, naturalezas artificiales y ornamentos simbólicos.

Una verdadera delicia para quienes se interesan por la relación, siempre fecunda, entre Arte y Naturaleza.

Bibliografía:

Haydy, W. (2004). Guía del Art Nouveau. Madrid: Ágata.

http://www.museocasalis.org/

Para citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). Émile Gallé en la Casa Lis de Salamanca: Ilustración botánica sobre vidrio. Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-39.

Juan Ramón Jiménez recuerda a Francisco Giner de los Ríos

   José Andrés Martínez García

Giner

“…encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores…”. La Muerte. Platero y Yo.

Cuando se conmemora el centenario de la muerte del fundador de la Institución Libre de Enseñanza (centro educativo basado en modelos pedagógicos modernos, laicos y progresistas), cabe recordar la amistad que el pensador malagueño mantuvo con Juan Ramón Jiménez. De hecho, Francisco Giner de los Ríos fue uno de los principales impulsores del éxito de la obra literaria del poeta de Moguer, especialmente Platero y yo, al comprar varios  ejemplares en las Navidades de 1914 para regalarlos a las personalidades que visitaban su casa, con los mayores elogios.

En el prólogo del autor a la edición de Platero publicada sin traducir en Francia en 1953 (que se recoge en la edición actual de Cátedra) leemos:

 “Una mañana helada, Manuel Bartolomé Cossío, el crítico de el Greco, que era como un hijo de don Francisco, me llamó para que yo fuese a darle y a recibirle el último adiós a mi grande y jeneroso amigo que tanto me quería a pesar de la diferencia de 45 años que había entre nosotros. Entrando yo en su celdita encalada, que él amuebló con sencillos muebles populares españoles, su catre modesto de estudiante y el sillón de enea con respaldo alto de tabla de pino que fue de su madre, vi que tenía en su cómoda un montón de ejemplares de Platero. Al verme entrar, se sonrió triste, con aquella sonrisa de su boca grande y fina que le abría toda la cara azul y de cianosis; y mirándome con sus ojillos grandes también y entornados de tanta luz propia, y mirando al montón de los sonrosados libros, me dijo: Sí, ya he regalado muchos ejemplares desde Nochebuena. Este año mi regalo ha sido Platero. Nuestra entrevista no podía durar más que unos minutos, ya que él estaba tan débil, y otros aguardaban para entrar, uno a uno, en la biblioteca inmediata al dormitorio. Nunca olvidaré que antes de separarnos para siempre, cojidas nuestras cuatro manos, don Francisco separó su derecha suavemente para no prolongar la pena, aunque dejó quedada la izquierda un poco más entre las mías. Tomó un ejemplar que tenía cerca, lo abrió cuidadosamente con aquel tacto delicado con que él trataba los libros y todo lo tratable y lo intratable y me lo dio abierto por la página de la muerte de Platero: Es perfecto, me dijo lento. Volvió a tenderme de pronto su mano también morada como su cara, dejando el libro sobre la colcha; sonrió forzado y añadiendo: Pero no se envanezca”.

Será en  Un andaluz de fuego (Elegía a la muerte de un hombre) donde el autor de Platero ofrezca, en homenaje a Francisco Giner, un elocuente testimonio de la influencia transformadora del pedagogo. En esta obra, a través de la figura de su admirado y admirador, hay asimismo una reivindicación de  la naturaleza como escuela de la sensibilidad – elemento central en el pensamiento institucionista-, naturaleza que encierra “un manantial inagotable de normas para el espíritu”. El homenaje lo es también a una idea de cultura que ha de atender a la inteligencia tanto como a la sensibilidad y a la conciencia.

“La pedagogía era en Francisco Giner la espresión natural de su poesía lírica íntima…Verlo entre los niños, con los desgraciados, con los enfermos, los ladistas del camino mayor en suma, era presenciar el orden natural de la belleza: el correr de un agua, el brotar de un árbol, el revolear de un pájaro…Quien llegaba a él salía mejorado en algo y contento del todo”.

 Bibliografía:

Jimenez, J.R. (2009). Platero y yo. Madrid: Cátedra.

Las cartas a Blake de Henry David Thoreau

José Andrés Martínez García

Thoreau

El libro, de título original  Letters to a Spiritual Seeker, recoge la correspondencia que el escritor trascendentalista norteamericano del siglo XIX Henry David Thoreau mantuvo con su amigo Harrison Gray Otis Blake. Blake era un maestro rural que, tras abandonar su carrera religiosa, se estableció en Worcester (estado de Massachusetts). Esta relación epistolar se alargó durante más de una década (de 1848 a 1861) y Blake acabaría heredando de Sophia Thoreau, hermana y albacea literaria de Henry, todos los volúmenes de su extenso diario.

Se conservan todas las cartas de Thoreau pero sólo la primera de las cartas de Blake, en la que éste le hace una confesión de la crisis personal en la que se encuentra: “En mitad de un mundo de actores bulliciosos y superficiales, es noble hacerse a un lado y decir: simplemente quiero ser”.

En un estilo caracterizado por la naturalidad, la sinceridad y el afecto, Thoreau aborda toda una serie de temas en los que va perfilando con sentencias memorables su credo personal, su visión del mundo.

En primer lugar, el escritor norteamericano subraya elocuentemente la responsabilidad que tenemos de vivir nuestra vida con plenitud: “No temo exagerar el valor y el significado de la vida, sino más bien no estar a la altura de la ocasión que la vida representa. Sentiría tener que recordar que yo estuve allí, pero que no advertí nada destacable (…) como visitar el Olimpo y quedarse dormido después de cenar, sin escuchar las conversaciones de los dioses” .

Este, un arte de saber vivir,  es un aspecto esencial del pensamiento de Thoreau. En Walden, o la vida en los bosques, publicada en 1854, escribe: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si  podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando fuera a morir descubriera que no había vivido”. Deliberar significa discernir entre nuestras opciones. No podemos vivir sin elegir. La vida buena no es algo dado sino un logro.

Una vida sencilla.

Para ello, debe realizarse un cuestionamiento radical de nuestras metas. Con demasiada frecuencia malgastamos el tiempo en tareas y empresas que no nos aportan nada en el terreno del crecimiento personal. “Creo firmemente en la simplicidad. Es asombroso y triste ver cómo incluso los hombres más sabios pasan sus días ocupados en asuntos triviales que creen que han de atender, en detrimento de otros asuntos más importantes que creen su deber omitir. Cuando un matemático desea hallar la solución de un problema difícil, empieza por deshacerse de todas las dificultades de la ecuación, reduciéndola a sus términos más sencillos. Hagamos lo propio y simplifiquemos el problema de la existencia”. 

De cada cual depende reorientar la vida en la dirección correcta y reconocer que es un acto de libertad individual el instrumento principal para transformar nuestra propia existencia. Debemos simplemente escucharnos a nosotros mismos. “Hay alguien dentro de nosotros que nos dice lo que debemos hacer. Sin embargo preguntamos afuera con la esperanza de que nos señalen un camino erróneo pero más sencillo. Haga lo que sabe que debe hacer”, le aconseja a Blake.

Thoreau cuestiona la ambición y la búsqueda de posición social que nos aleja cada vez más de la posibilidad de una realización plena como seres humanos. “Piense en la capa con la que nos cubre nuestro trabajo o posición, qué pocas veces los hombres se tratan los unos a los otros de forma desnuda y teniendo en cuenta lo que realmente son; cómo utilizamos y toleramos la pretensión (…) Quiero tan solo resaltar lo mucho que la posición social afecta a la conducta y la respetabilidad de las partes, y que la diferencia entre la capa del juez y la del criminal es insignificante, o sólo parcialmente significativa, comparada con la diferencia entre las cosas que sus respectivos rangos les procuran”.

 ¿Qué es lo que perseguimos en la vida? ¿A costa de qué? ¿Qué sacrificamos de lo mejor de nosotros mismos? Thoreau, en lo que representa un elemento central de su pensamiento, exclama: “¡Cómo nos demoramos en calmar el hambre y la sed de nuestra alma! De hecho, nuestra mentalidad práctica no nos permite utilizar esta palabra sin ruborizarnos por culpa de nuestra infidelidad, porque la hemos dejado en la inanición hasta convertirla en una sombra”. Para luego advertir que utiliza esta palabra (alma) “a falta de otra mejor”.

Para el escritor norteamericano el mundo descansa sobre principios. Debemos creerlos invencibles y mantener la confianza en ellos hasta convertirlos con valentía en el sol de nuestras vidas. “Aún no he tenido noticia de que el sol haya acabado tirado en medio de un charco de barro: aparece brillando honorablemente después de cada tormenta”. Sea cual sea el resultado final de nuestras luchas “¿quién que haya intentado el acto más simple de heroísmo, de magnanimidad, o buscado la verdad y la sinceridad, no halló algo que mereciese la pena? ¿Quién podría decir que ésta es una empresa vana?”.

Para Thoreau la amistad verdadera debe basarse en la sinceridad y la verdad, aún a riesgo de no complacer al otro. La amistad debe hacernos mejores. En las cartas se apela asimismo a la tan necesaria coherencia, a la correspondencia entre la vida exterior y la vida interior. El mundo no cambia con las opiniones sino con los ejemplos. Por eso le aconseja a su amigo que “si busca persuadir a alguien de que hace mal, actúe bien. Que no le importe si no lo convence. Los hombres creen en lo que ven. Consigamos que vean”. A pesar de lo cual hay que asumir que, aunque algunos hombres consigan vivir una vida virtuosa, habrá muchos que seguirán sin advertirlo.

Es conocido el desagrado que le producía a Henry la sociedad que le rodeaba y su renuencia a pertenecer a cualquier grupo, partido, iglesia o asociación. “Todos los médicos coinciden en que sufro falta de sociabilidad. Nunca hubo un caso como el mío. Primero, no tenía conciencia de sufrir. Segundo, como diría un irlandés, pensaba que sufría una indigestión de sociedad (…). En cuanto a la Parker House fui una vez, un día en que el círculo no se reunía, pero me pareció difícil ver a través del humo de los cigarros y los hombres se sentaban en sillones repartidos por el suelo de mármol, tan gordos como patas de tocino en un ahumadero (…). El único salón de Boston que visito sin dudarlo es la sala de espera de la Estación de Fitchburg (que une Boston y Concord) donde espero el ferrocarril que me sacará de la ciudad”.

 Volver a la naturaleza.

“Subsisto gracias a algunos aromas silvestres que la naturaleza me regala”, confiesa en una de las cartas. Y leemos referencias continuas a lagos, bosques y montañas, algunas de cuyas cimas Thoreau escaló: la Presidential Range en las White Montains (Madison, Jefferson, Lafayette y Monte Wasshington), Ktaadn, Wachusett, etc. En noviembre de 1855 lleva a Blake en su barca por el río Assabet, que discurre próximo a Concord. Asimismo, en la correspondencia queda constancia de la última excursión que el escritor norteamericano realiza a los bosques de Maine en agosto de 1857. Estos bosques le impresionaron. En julio de 1858, junto a algunos amigos entre los que se encontraba Blake, lleva a cabo una ruta por las mencionadas White Mountains.

Thoreau señala que la naturaleza se encuentra libre de públicos selectos. “Ser admitido en el corazón de la naturaleza no cuesta nada. Nadie está excluido, excepto quien se excluye a sí mismo. Tan sólo ha de descorrer el visillo”.

En relación a la montaña, el escritor norteamericano construye y recrea una metáfora continua. Caminamos por senderos que no se sabe si son de bosque o de alma. Es cuando volvemos a casa cuando realmente hemos coronado la montaña. ¿Qué nos dijo la montaña?”. “La humanidad está siempre caminando por una montaña”. “No debemos dejar de señalar hacia las cumbres, aunque la multitud no ascienda a ellas”. Es preciso “coronar nuestras montañas interiores”. La naturaleza se convierte así en fábula y mito de la experiencia interior del hombre.

No es por casualidad que Thoreau se refiera a Asnebumskit, la segunda montaña más alta del condado de Worcester, como “templo de la tierra”. A diferencia de los templos y lugares de culto religioso al uso, el escritor hace notar que “un templo era en la Antigüedad un lugar abierto y sin techo, cuyas paredes servían apenas para apartarse del resto del mundo y dirigir la mirada al cielo. En lugar de los lugares de reunión para el culto cerrados, es preferible la cumbre de una montaña donde tenemos por paredes la propia elevación del pensamiento”. “Los frutos y las plantas, regados con el rocío de las montañas que se reúnen aquí, son más memorables para mí que las últimas palabras que escuché en un púlpito”. Para concluir que lo sagrado, de existir, “se encuentra dentro y no fuera de nosotros”. 

A Henry le gustaba vivir cerca de la naturaleza, pero siempre dentro del entorno civilizado que la pequeña villa de Concord representaba. Veneraba Concord, aunque eso no le impedía disfrutar de lugares lejanos en los que sabía reconocer la misma esencia de su patria natural. Al fin y al cabo “¿Dónde se encuentra la terra incognita sino en las empresas que no hemos intentado aún? Para un ánimo aventurero, cualquier lugar –Londres, Nueva York, Worcester, o su propio jardín- es un territorio virgen. Para un espíritu débil y derrotado, incluso la Gran Cuenca y la Estrella Polar son lugares triviales”. “¡Qué locos están quienes piensan que su El Dorado se encuentra en cualquier parte excepto allí donde viven!”. Un espíritu universal no necesita viajar por el mundo entero para descubrirlo.

Estupenda edición y traducción de un inédito epistolar del autor norteamericano.  Thoreau en estado puro.

Bibliografía:

  • Thoreau, H.D. (2012). Cartas a un buscador de sí mismo. Madrid: Errata Naturae.
  • Casado da Rocha, A. (2005). Thoreau. Biografía esencial. Madrid: Acuarela.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). Las cartas a Blake de Henry David Thoreau.  Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-1u

Horkheimer y su crítica de la razón instrumental: liberar de sus cadenas al pensamiento independiente.

José Andrés Martínez García

Horkheimer

Horkheimer recoge en su obra Eclipse of Reason (o “Crítica de la Razón instrumental”, título con el que aparece en su edición alemana) una serie de cinco conferencias impartidas en la Columbia University de Nueva York en marzo de 1944. En este trabajo se desarrollan algunos aspectos de la filosofía que en los últimos años de la segunda Guerra Mundial elaborara en colaboración con Theodor W. Adorno y cuya obra de referencia es la conocida Dialéctica de la Ilustración.

Horkheimer parte de la reconocida paradoja que supone el hecho de que “los avances en el ámbito de los medios técnicos se ven acompañados de un proceso de deshumanización. El progreso amenaza con destruir el objetivo que estaba llamado a realizar: la idea del hombre”;  para investigar a continuación “el concepto de racionalidad subyacente a la industria cultural de nuestro tiempo”. Su conclusión: “La denuncia de lo que hoy se llama razón es el mayor servicio que puede rendir la razón” .

Autocrítica de la razón.

Es preciso señalar que la crítica de Horkheimer lo es a la razón mutilada y reducida a razón instrumental. No es una crítica irracional: es una autocrítica de la razón. Su análisis contiene una crítica radical a la razón occidental en cuanto razón traspasada por una lógica de dominio que ha determinado su radical instrumentalización. Asombrosos medios técnicos, materiales y humanos, son puestos al servicio de finalidades absolutamente irracionales.

Por un lado, Horkheimer reconoce  que el afán de dominio es una enfermedad de la razón que no le ha sobrevenido en un momento histórico determinado, sino que le acompaña desde sus mismos orígenes: “La necesidad social de controlar la naturaleza ha condicionado siempre la estructura y las formas de pensamiento humano”. “De hablarse de una enfermedad que afecta a la razón, esta no debería ser entendida en el sentido de haber afectado a la razón en un momento histórico determinado, sino como inseparable de la esencia de la razón en la civilización, tal como la hemos conocido hasta la fecha. La enfermedad de la razón tiene sus raíces en su origen  (desde) la observación calculadora del mundo como presa por parte del primer hombre . Desde la época en que se convirtió en el instrumento del dominio de la naturaleza humana y extrahumana -esto es, desde los más tempranos comienzos- su intención propia, la de descubrir la verdad, se ha vista frustrada” 

Por otro, no deja de advertir que: “La razón forma parte por entero del proceso social al que está sujeta. Su valor operativo, el papel que juega en el dominio de los hombres y de la naturaleza, ha sido finalmente convertido en un criterio único”.

De este modo, el mal no estaría tanto en la razón instrumental o tecnológica como tal, sino en su hegemonía o “hipóstasis” sobre la “razón objetiva” (que atiende a la justeza de los fines y no solo a los medios).  De aquí que esta instrumentalización no sea un proceso fatal, sino un proceso histórico que puede -y debe- ser reorientado en cuanto los hombres tomen conciencia de ello.

Para Horkheimer la “crisis contemporánea de la razón” (que estalla en la Modernidad pero que se inicia en los orígenes mismos de la civilización occidental) está conduciendo a una progresiva formalización de la misma que la vacía de contenido, que la desubstancializa y la reduce a mera razón de los medios (razón funcional), divorciándola del mundo de los fines y valores.

Horkheimer reconoce y asume el proceso moderno de racionalización como “un proceso histórico necesario”, proceso que ha dado lugar a una legítima y positiva diferenciación y autonomización de esferas de la  racionalidad. Lo que hace es señalar que este proceso, por la lógica interna que lo impulsa, ha comportado al mismo tiempo un adelgazamiento de la razón que tiende amenazadoramente a su propia “autoliquidación”, que conduce a su reducción a “ancilla administrationis” , esclava del poder, y con ello a su sometimiento a la realidad social; en una palabra, a la muerte del pensamiento en su sentido más genuino: el cuestionamiento de lo existente, su cualidad “transcendedora o superadora”. Cierto que el pensamiento ha asumido ese papel de esclavo en otras ocasiones, como es el caso de aquella escolástica para la que la philosophia no era sino ancilla theologiae.

De ahí su posición en torno a la ciencia y al positivismo. Mientras apoya el ataque positivista a la reedición de ontologías anticuadas, resalta el hecho de que “la ciencia sólo puede ser entendida hoy si se la pone en relación con la sociedad para la que funciona”, puesto que se trata de “un elemento entre otros muchos dentro del proceso social”. Por ello, escribe: “La tecnocracia económica lo espera todo de la emancipación de los medios materiales de producción. Platón quería convertir a los filósofos en gobernantes; los tecnócratas quieren convertir a los ingenieros en vigías de la sociedad. El positivismo es tecnocracia filosófica” .

Crisis de la civilización y rebelión de la naturaleza.

Uno de los aspectos más destacables de su crítica es el hecho de situar el conflicto hombre-naturaleza en un primer plano. Este desplazamiento del centro de gravedad de su pensamiento, no significa de ninguna manera que el citado conflicto sea desligado en su análisis del modo de producción capitalista. Para Horkheimer: “El dominio de la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres. Todo sujeto tiene que participar en el sojuzgamiento de la naturaleza, tanto humana como extrahumana. Y no sólo eso, sino que para conseguirlo tiene que sojuzgar la naturaleza que hay en el mismo”, de manera que “la historia de los esfuerzos del hombre por sojuzgar la naturaleza es también la historia del sojuzgamiento del hombre por el hombre”.

Merece la pena reproducir la cita extensamente:

“En otro tiempo el arte, la literatura y la filosofía aspiraban a expresar el significado de las cosas y de la vida, a ser la voz de cuanto está muerto, a prestar a la naturaleza un órgano para expresar sus padecimientos o, como cabría decir, para llamar a la realidad por su verdadero nombre. Hoy se ha privado del lenguaje a la naturaleza. Una vez se creyó que toda manifestación, toda palabra, todo grito, todo gesto tenía un significado interior; hoy se trata de un mero proceso. La historia del niño que, mirando al cielo, preguntó: -Papá, ¿de qué es un anuncio la luna?; es una alegoría de aquello en que ha venido a convertirse la relación entre hombre y naturaleza en la era de la razón formalizada. Por una parte la naturaleza se ve desprovista de todo valor intrínseco o sentido. Por otra, el hombre ha sido privado de todos los fines salvo el de autoconservación. Intenta transformar todo lo que tiene a su alcance en un medio para ese fin (…) El antigüo cazador con trampas no veía en las praderas y en las montañas sino la perspectiva de una buena caza; el hombre de negocios moderno ve en el paisaje  una oportunidad favorable para la instalación de anuncios de cigarrillos. Una noticia que apareció hace algunos años en los periódicos simboliza muy bien el destino de los animales en nuestro mundo. Informaba de que en África los aterrizajes de los aviones eran dificultados por las manadas de elefantes y de otros animales. Así pues, los animales son considerados solamente como obstáculos para el tráfico”.

Para Horkheimer la naturaleza es considerada hoy más que nunca como un mero instrumento de los hombres. Es  el objeto de una explotación total, que no conoce objetivo alguno puesto por la razón, y, por lo tanto ningún límite. “El dominio de la especie humana sobre la Tierra no tiene parangón alguno con aquellas épocas de la historia natural en las que otras especies animales representaban las formas más altas de evolución orgánica”  y la raíz de esta situación hay que buscarla “en la estructura de la sociedad” .

En esta situación el hombre debe enfrentarse a una nueva paradoja. El progresivo dominio del hombre sobre la naturaleza implica a la vez un progresivo sometimiento del hombre a la naturaleza. Formamos parte de la naturaleza. Dañarla implica dañarnos a nosotros mismos. La defensa de la Tierra es una autodefensa. La crisis ecológica global es el resultado final de este sometimiento (“rebelión” de la naturaleza).

Por la misma razón, Horkheimer no deja de advertir del carácter problemático del concepto de “progreso”: “la teoría del progreso hipostasía directamente el ideal del dominio de la naturaleza” , “la elevación del progreso al rango de un ideal máximo prescinde del carácter contradictorio de todo progreso” , “el triunfo de la civilización (ha sido) demasiado completo como para ser verdadero”.

Este análisis no supone un rechazo ingenuo de la “razón tecnológica”, ni un romántico “retorno a la naturaleza”, por lo demás imposible, puesto que “en este reloj no cabe dar marcha atrás”. La emancipación a la que apunta se cumple más bien en la subordinación racional de esas fuerzas, de la ciencia y de la técnica a la realización de la justicia. Para Horkheimer ningún camino que abdique de la razón conduce fuera de la crisis: “Somos, en una palabra, para bien y para mal, los herederos de la ilustración y del progreso técnico. Oponerse a ellos mediante la regresión a estados primitivos no mitiga la crisis permanente que han traído consigo” .

La única salida es la “reconciliación” , por una parte, entre la razón subjetiva (instrumental) y la razón objetiva y, por otra, entre razón y naturaleza. Y el único modo de alcanzar esta reconciliación solidaria es “liberar de sus cadenas al pensamiento independiente” .

Bibliografía:

Horkheimer, M. (2002). Crítica de la razón instrumental. Madrid: Trotta.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). Horkheimer y su crítica de la razón instrumental: liberar de sus cadenas al pensamiento independiente.  Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-P.

El Principito: Porque es mi rosa.

José Andrés Martínez García

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El Principito es la narración, en 27 breves capítulos, de un proceso espiritual. Adoptando la forma de un cuento, el narrador refiere en primera persona su encuentro en medio del desierto del Sáhara con un misterioso niño, tras haber sufrido una avería durante una travesía aérea en solitario. Sabemos casi exactamente cómo era el niño y cómo su bufanda amarilla ondeaba con el viento del desierto. Porque Saint-Exupéry no solo escribió esta historia sino que hizo las ilustraciones de la misma.

La dedicatoria del libro (una de esas dedicatorias memorables de la historia de la literatura) nos da algunas claves: el autor dedica su obra a Léon Werth (al niño que fue), el mejor amigo que tiene en el mundo”, una persona que padece hambre y frío pero cuya mayor necesidad no es -contra lo que cabría esperar- alimento y abrigo. Esta persona tiene una gran necesidad de ser consolada”. Werth fue un ensayista francés que sufrió las consecuencias de la ocupación de su país por los nazis durante la segunda guerra mundial .

La cuestión no es si los niños serán capaces de entender el libro, la cuestión es si las personas mayores son capaces de comprender los libros para niños; porque todas las personas mayores han sido niños antes, pero pocas lo recuerdan.

El argumento parte de una reflexión retrospectiva del narrador sobre su propia infancia, en realidad sobre su propia vida. “Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como, a la edad de seis años, abandoné una magnífica carrera de pintor” […] “Tuve así, en el curso de mi vida, muchísimas relaciones con muchísima gente seria. Viví mucho con personas grandes. Las he visto muy de cerca. No he mejorado excesivamente mi opinión” […] “Me ponía a su altura. Le hablaba de bridge, de golf, de política y de corbatas”.

Perdido y con escasos recursos para sobrevivir, se produce el acontecimiento: la aparición de un niño, procedente de otro mundo, un mundo pequeño e insignificante (el asteroide B612).

 La ética de ser frente a la de tener.

 Al Principito le ofende que se valore a las personas por lo que tienen y no  por lo que son.

“A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: ¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas? Pero en cambio preguntan: ¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Solamente con estos detalles creen conocerle”.

Y a continuación: Si decís a las personas grandes: He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo… no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: He visto una casa de cien mil francos. Entonces exclaman: ¡Qué hermosa es!”.

En su periplo, el héroe literario descubre con disgusto el olor a podrido de los negocios.

“Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor ni ha mirado una estrella y que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo como tú: ¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!… Al parecer esto le llena de orgullo.”

En su encuentro con el hombre dedicado a las finanzas, el Principito le pregunta qué hace con todas las estrellas que posee. “—¿Que qué hago con ellas? Nada, solo las poseo”.

 Solo con el corazón se puede ver bien. Eres responsable de tu rosa.

Lo verdaderamente valioso no está fuera sino dentro de nosotros. “En tu tierra -dijo el Principito- los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín. Y no encuentran lo que buscan”. Lo que da valor a las cosas es la relación que guardan con nuestros sentimientos, con nuestro corazón. “Solo con el corazón se puede ver bien”. Bello es lo que uno ama (Safo).

El capítulo XXI es verdaderamente delicioso. El tema central es el valor de la amistad y sus exigencias. Se trata de un pasaje antológico, esencial en el desarrollo de la historia. En particular esa conversación con el zorro al que el Principito ha llegado a “domesticar”.

Y cuando llega el día de la partida:

— ¡Ah! — dijo el zorro —, lloraré.

— Tuya es la culpa — le dijo el Principito —, yo no quería hacerte daño pero tú has querido que te domestique…

— Ciertamente — dijo el zorro.

— ¡Y vas a llorar! — dijo el Principito.

— ¡Seguro!

— No ganas nada.

— Gano — dijo el zorro — he ganado a causa del color del trigo.

El Principito habla de “domesticar”; es decir, establecer lazos profundos, querer y dejarse querer. “Solo se conocen las cosas que se han domesticado”. Dejar que te domestiquen puede hacerte sufrir pero, a cambio, te hace ver el mundo de una manera verdaderamente bella. “Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas”.

— Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

 El Principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

— No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros.

Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al Principito, que continuó diciéndoles:

— Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el globo, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

— Adiós — le dijo.

— Adiós — dijo el zorro —. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.

—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el Principito para acordarse.

—Lo que hace más importante a tu rosa es el tiempo que tú has perdido con ella.

—Es el tiempo que yo he perdido con ella… —repitió el Principito para recordarlo.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla.

Y precisamente porque esos lazos son únicos, el amigo o el ser amado es único, aun con sus defectos. “Es preciso que soporte dos o tres orugas si quiero conocer las mariposas”. Lo que da valor a la relación es lo que hemos hecho el uno por el otro, la historia común. Pero si estableces lazos también contraes una responsabilidad. “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa”.

Una vez más, el Principito acude a los niños: Solo los niños saben lo que buscan –dijo el Principito-. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si se les quita la muñeca, lloran”.

Desgraciadamente la amistad entre los hombre se ha convertido en bien poco, porque “como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos”. Es una desgracia ya que “es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir”.

Y es necesario darse cuenta de que todas nuestras acciones, por modestas que sean, tienen consecuencias. Sean cuales sean las probabilidades de éxito. “Tuve un gesto de desaliento: es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo, nos pusimos en marcha”.

Todos los personajes que van apareciendo a lo largo del libro son arquetipos humanos: la flor -el ser amado-, el zorro -el amigo verdadero y sabio consejero-, el vendedor de pastillas para apagar la sed -expresión de la mentalidad pragmática y consumista-, el farolero –el trabajador objeto-, el deshumanizado hombre de negocios…

La historia que cuenta Saint-Exupéry está llena de símbolos. Ella misma lo es en su totalidad. Se trata de una bella parábola sobre la amistad y el sentido de la vida. Aunque la obra contiene algunas enseñanzas morales y algunas preguntas magistralmente formuladas, su objetivo principal no es instruir sino apelar a las capacidades de todo ser humano para, mirando con el corazón, dar un sentido a su vida. Por eso su mensaje es imperecedero.

La vida del aviador ha recobrado al fin su sentido cuando el adulto salva al niño que en otro tiempo fue.

Y «para vosotros, que también amáis al Principito, como para mí, nada en el universo sigue siendo igual…».

Bibliografía:

De Saint-Exupéry, A. (2011). El Principito. Barcelona. Salamandra.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). El Principito: Porque es mi rosa.  Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-n

El ejercicio del criterio

“Crítica es el ejercicio del criterio. Destruye los ídolos falsos, pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos”. José Martí (Discurso el 21 de junio de 1879 en el Liceo de Guanabacoa).

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define el criterio como la norma para conocer la verdad y también como el juicio o discernimiento. Discernir, cerner, que significa pasar algo por la criba (el tamiz de la razón).

Sirva esta cita de Martí para presentar un blog que solo pretende compartir criterios propios, sin otros objetivos.

Al fin y al cabo,

“¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y siempre se repitieran
los mismos pueblos, las mismas ventas,
los mismos rebaños, las mismas recuas!
¡Qué pena si esta vida tuviera
– esta vida nuestra –
mil años de existencia!
¿Quién la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién la soportaría toda sin protesta?
¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?
Los mismos hombres, las mismas guerras,
los mismos tiranos, las mismas cadenas,
los mismos farsantes
¡y los mismos, los mismos poetas!
¡Qué pena,
que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!”.

León Felipe.