La Edad de Oro: de Martí para los niños de América

José Andrés Martínez García

La edad de oro

“Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran y nos vean como cosa de su corazón”.

La Edad de Oro incluye los cuatro números de la revista de recreo e instrucción que el poeta y revolucionario cubano José Martí escribió para los niños de América. La revista, de periodicidad mensual, fue publicada en Nueva York de julio a octubre de 1889, durante su exilio en dicha ciudad. Los grabados son reproducción de los originales.

En la dedicatoria el autor dice escribir para los niños y, por supuesto, para las niñas y apunta que “nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda”. Con relación a la educación de las niñas recuerda que estas “deben saber lo mismo que los niños para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo”, para luego advertir que “hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor”.

El título fue idea del editor Da Costa Gómez y alude al mito griego, recreado por numerosos poetas como Novalis, que caracteriza a dicha edad como el tiempo de la inocencia.

El 3 de agosto de 1889 Martí escribe una carta a su amigo Manuel Mercado en la que le manifiesta que la revista, a pesar de la humildad de la forma, incorpora “pensamiento hondo”, con el fin de forjar “hombres originales, criados para ser felices en la tierra donde viven”, puesto que “el abono se puede traer de otras partes pero el cultivo se debe hacer conforme al suelo”. Para concluir que “a nuestros niños los hemos de criar para hombres de su tiempo y para hombres de América”.

Esa formación, tan necesaria, del hombre conforme al tiempo y lugar hizo que el escritor llegara a calificar como criminal el divorcio entre la educación que se recibe en una época y la época misma; insistiendo asimismo en la necesidad de una educación científica y práctica. En este sentido hay que entender su proyecto reformador de dotar a las escuelas de talleres, ubicándose las de agricultura directamente en los campos. En su idea de fomentar el conocimiento práctico, la revista hablará de oficios y talleres que es donde se hace “la magia de verdad, más linda que la otra”.

Ensayos, cuentos, poemas, crónicas, versiones o adaptaciones de cuentos clásicos, incluso una Ilíada para niños, dan cuerpo a una publicación periódica con un coherente sentido pedagógico. Instruir y educar (como él distinguía), a través de una muestra de la actividad multifacética del hombre en sus más altas realizaciones: en el trabajo, en el arte y en la historia.

Del contenido se deduce que estaba dirigida a edades distintas. Algunos artículos se leen con facilidad, mientras que otros requieren, como sugiere el autor, ser leídos dos veces. La temática es muy variada: Tres héroes, Las ruinas indias y El Padre Las Casas son trabajos esencialmente anticolonialistas; el tema social está presente en Meñique (con la vida miserable de su familia frente a la opulencia de la corte), Bebé y el señor don Pomposo (con los contrastes entre Bebé y Raúl) y Los zapaticos de rosa (con el mundo desigual de Pilar y la niña pobre); versan sobre valores humanos en general textos como La perla de la mora (donde se muestra el egoísmo humano) o La muñeca negra (con ideas asimismo en contra del racismo); la cultura universal está presente en Músicos, poetas y pintores; la Naturaleza y el hombre se abordan en Cuentos de elefantes y en Dos milagros;  en Un juego nuevo y otros viejos, La historia del hombre contada por sus casas y La exposición de París lo esencial es la identidad universal del ser humano; en Nené traviesa  y Los dos príncipes se trata el tema de la muerte; por último, La Ilíada, obra muy valorada por Martí, resultó un marco adecuado para exponer algunas ideas acerca de la religión.

Todo puede contarse a los niños si sabemos hacerlo. Pero hay que respetar una condición esencial: debe decirse la verdad. Lo expone en La Galería de las máquinas: “A los niños no se les ha de decir más que la verdad y nadie debe decirles lo que no sepa que es como se lo está diciendo, porque luego los niños viven creyendo lo que les dijo el libro o el profesor y trabajan y piensan como si eso fuera verdad, de modo que si sucede que era falso lo que les decían, ya les sale la vida equivocada, y no pueden ser felices con ese modo de pensar, ni saben cómo son las cosas de veras, ni pueden volver a ser niños y empezar a aprenderlo todo de nuevo”.

La Edad de Oro mantiene su vigencia y frescura hablando a los niños en un lenguaje universal. Especialmente recomendables hoy pueden ser, para los más pequeños, cuentos como Bebé y el señor don Pomposo, Nené traviesa o La muñeca negra. También  poemas como Los zapaticos de rosa. 

Los lectores de mayor edad pueden centrar su interés en algunos de los ensayos. El que da inicio al primer número es Tres héroes y no es casual. El texto es un homenaje a tres hombres decisivos en la independencia de América: Simón Bolívar, José de San Martín y Miguel Hidalgo. Y lo hace con un fuerte contenido de educación moral y ética social. Para Martí un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que cambie, no es un hombre honrado: “Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para ser dichosas. El elefante no quiere tener hijos cuando vive preso. La llama del Perú se echa en la tierra y se muere cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser por lo menos tan decoroso como el elefante o la llama”. A estos hombres que lucharon por devolver a los pueblos su libertad se les deben perdonar sus errores. “Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”. Para sentenciar finalmente que “en el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres”.

En la Ilíada de Homero, el poeta cubano subraya que lo hermoso del libro es la manera como se presenta el mundo: como si lo viera el hombre por primera vez. El artículo le sirve para indicar a los pequeños lectores una de las enseñanzas del mito: en la guerra de Troya triunfa la inteligencia de Ulises. El que entra finalmente en Troya no es Ajáx, el del escudo, ni Aquiles, el de la lanza, ni Diomedes, el del carro, sino Ulises, el hombre de ingenio. En la Ilíada hay mucha filosofía, mucha ciencia y mucha política, y se enseña a los hombres, como sin querer, que los dioses no son en realidad más que poesías de la imaginación”, que “son los hombres los que inventan a los dioses a su semejanza y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora en los templos: porque el hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata y siente la necesidad de creer en algo poderoso y de rogarle, para que no le quite la vida”. Martí recuerda que “todavía hoy dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les viene de Dios, que es lo que llaman el derecho divino de los reyes y no es más que una idea vieja… Los griegos creían, como los hebreos y como otros muchos pueblos, que ellos eran la nación favorecida por el creador del mundo y los únicos hijos del cielo en la tierra”. Sobre este tema volverá en Un paseo por la tierra de los Anamitas, cuando advierte que “si Buda hubiera vivido, habría dicho la verdad, que él no vino del cielo sino como vienen los hombres todos, que traen el cielo en sí mismos”.

En Las ruinas indias Martí escribe que no hay poema más triste y hermoso que el que se puede hacer con la historia americana. En relación con los indios, los españoles vencedores “exageraban o inventaban los defectos de la raza vencida para que la crueldad con la que la trataron pareciese justa y conveniente al mundo”. Entre otras manifestaciones de la cultura indígena, nos cuenta la historia de Tenochtitlán, la capital de los aztecas cuando Hernán Cortés llega a México y de Chichén Itzá, uno de los principales sitios arqueológicos mayas de la Península de Yucatán. Dice que la opresión en que sumieron los gobernantes indígenas a su pueblo les obligó a refugiarse en la religión. Por ello imaginaron que los españoles eran “los soldados del dios Quetzalcóatl que los sacerdotes les anunciaban que volvería del cielo a libertarlos de la tiranía”. La confusión fue utilizada por Cortés para fomentar la rivalidad entre pueblos hermanos, dividiéndolos, dominándolos, esclavizándolos. El autor alude al colorido y el simbolismo del quetzal “que se muere de dolor cuando cae cautivo o cuando se rompe o lastima la pluma de la cola”, como metáfora de la América doliente.

Músicos, poetas y pintores  aborda el mundo de la creación artística. Pretende acercar a los jóvenes la biografía de aquellos hombres (Haendel, Haydn, Mozart, Beethoven, Miguel Ángel, Rafael, Cervantes, Schiller, Voltaire, Shakespeare, Keats, Shelley, Byron…) que destacaron en las distintas ramas del arte, recordado que “en el fuego tumultuoso de la juventud” es donde han nacido muchas de las obras más nobles de la música, la pintura y la poesía, aun cuando la fuerza del genio –por supuesto- no se acabe con la juventud. Para Martí “cada ser humano lleva en sí un hombre ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una estatua tan bella como la que el griego Praxíteles hizo del dios Apolo”, y acude al poeta norteamericano Emerson para señalar que, en realidad, la mejor obra de arte es la de la propia vida, esa maravillosa novela que resulta cuando se narra la vida de un hombre valioso que ha sabido cumplir con su deber. Para el escritor “la agitación del arte es natural y sana, y el alma que la siente padece más de contenerla que de darle salida”. Concluye que toda persona tiene el deber de cultivar su inteligencia por respeto a ella misma y a los demás y, tras prevenirnos de que “en el mismo hombre suelen ir unidos un corazón pequeño y un talento grande”, afirma que el ser bueno“le hace a uno fuerte y feliz”.

En El padre Las Casas, Martí lleva a cabo una apología de este hombre que dedicó medio siglo de su vida a luchar para que los indios no fuesen esclavos. Nos cuenta cómo, sabiendo que de abogado no tenía ninguna autoridad, se hizo sacerdote para contar, en lo posible, con el apoyo de la Iglesia; y cómo realizó sus denuncias con sagacidad para no enfrentarse al rey de España y a la Inquisición. Bartolomé de las Casas (que acabó siendo obispo de Chiapas) documentaría sistemáticamente en su obra Destrucción de las Indias el sufrimiento del indio americano y los crímenes cometidos por los conquistadores porque, según sus palabras, “la maldad no se cura sino con decirla y hay mucha maldad que decir y la estoy poniendo donde no me la pueda negar nadie, en latín y en castellano”. Este artículo le sirve para advertir que “los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no les avergüence con su virtud o les estorbe sus ganancias; pero en cuanto se les pone en su camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de él, o dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero y le van clavando la puñalada en la sombra. El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará siempre solo”.

Haciendo uso de un estilo aforístico, Martí presenta generalizaciones de corte filosófico con el fin de sintetizar postulados éticos que le interesa remarcar. La última página de cada número de la revista se utiliza frecuentemente con el mismo fin, formulando en ocasiones preguntas para que el lector reflexione sobre lo leído.

Los consejos morales se suceden: “Los niños debían juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quién podían hacerle algún bien, todos juntos” […] “Las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás”. 

En la última página del cuarto número (el último que vería la luz) el autor de La Edad de Oro escribe: “Así son los padres buenos, que creen que todos los niños son sus hijos y andan como el río Nilo, cargados de hijos que no se ven y son los niños del mundo, los niños que no tienen padre, los niños que no tienen quién les de velocípedo, ni caballo, ni cariño, ni un beso”; para terminar con una reflexión que incluye una llamada al conocimiento de la Naturaleza en sentido amplio: “Se han de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar y hacer que la electricidad que mata en un rayo, alumbre en la luz” […] “La vida de tocador no es para hombres. Hay que ir de vez en cuando a vivir en lo natural y a conocer la selva.”

A pesar de ser tan diversas las temáticas abordadas, se observa en todo momento un común denominador: el objetivo martiano es configurar un código de valores (cuyas bases esenciales son el sentido del deber, la belleza entendida como perfeccionamiento y la bondad consciente acompañada del conocimiento del mundo) que ayude a niños y jóvenes a conducir sus vidas. Una transmisión de valores que se lleva a cabo siempre intentando conmover a través de los sentimientos. La Edad de Oro es la concreción de una metodología del mejoramiento humano.

La última y no buscada de las lecciones morales de este proyecto literario tendrá que ver con las razones que explican la corta andadura de la revista, a pesar del buen éxito de crítica. La última pero no la menos importante. Se produjo un desencuentro con el editor debido a la pretensión de este de censurar, por motivos religiosos, el contenido de la misma. Martí se lo cuenta con gran disgusto a su fraternal amigo Manuel Mercado en carta fechada el 26 de noviembre de 1889: “Quería el editor que yo hablase del temor de Dios y que el nombre de Dios y no la tolerancia y el espíritu divino, estuvieran en todos los artículos e historias. ¿Qué se ha de fundar así en tierras tan trabajadas por la intransigencia religiosa como las nuestras?”. Como muestra de ecuanimidad, continúa explicando que no puede aceptar “ni ofender de propósito el credo dominante, porque fuera abuso de confianza y falta de educación, ni propagar de propósito un credo exclusivo” y que, dado lo humilde de la empresa, esta solo merece la pena si se mantienen a salvo principios tan fundamentales.

Aunque fue en su lucha por la emancipación de América donde ejerció el magisterio mayor, no hay que olvidar que José Martí trabajó como profesor en varios momentos de su vida. En La Edad de Oro su lenguaje no perdió belleza. Ganó ternura. Escribe el maestro. Escribe el padre.  La revista dejaría de publicarse, pero esa ternura y esa vocación educadora no se detuvieron, convirtiéndose pronto el Maestro en el impulsor de la La Liga de la Instrucción de Nueva York dirigida a los obreros de color, para luego regresar a la docencia como profesor de español en la Central High School.

 Bibliografía:

  • Martí, José (1998). La Edad de Oro. La Habana: Gente Nueva.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). La Edad de Oro: de Martí para los niños de América. Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-5Z

Los Diarios de Bicicleta de David Byrne

José Andrés Martínez García

Byrne

“No me sorprendería que la poesía –en su más amplio sentido- explicara mejor cómo funciona el mundo. El mundo no entiende de lógica, es una canción”. David Byrne.

Alejado de las guías turísticas convencionales, los Diarios de Bicicleta de David Byrne (músico escocés, nacionalizado estadounidense, fundador de la banda Talking Heads) son un conjunto de reflexiones sobre la vida urbana con un hilo conductor principal. El autor recorre en bicicleta una serie de ciudades: Berlín, Estambul, Buenos Aires, Manila, Sidney, Londres, así como diversas ciudades norteamericanas, convirtiendo este vehículo en ventana panorámica de la sociedad.

Byrne acostumbra a pedalear casi diariamente hasta su oficina en Manhattan. Sigue una ruta que empieza en la Calle Veintitrés, por un carril exclusivo para ciclistas al lado del río Hudson y que acaba en la avenida de Broadway. En sus viajes utiliza una bicicleta plegable de tamaño normal, bici que guarda en una maleta grande con ruedas que factura como segunda pieza de equipaje. “Descubrí las bicicletas plegables y, como mi trabajo y mi curiosidad me hacían viajar a diferentes partes del mundo, solía llevarme una” […] “Corretear de un sitio a otro en bicicleta era sorprendentemente rápido y eficaz” […] “Ir en bicicleta unas cuantas horas al día –o incluso solamente de casa al trabajo y viceversa- me ayuda a mantener la cordura”.

Para David Byrne las calles deberían ser tomadas por las bicicletas como una forma de evitar el descalabro ecológico que afecta a las grandes ciudades del mundo.

En el siglo XX el coche fue un medio de locomoción subvencionado a gran escala. Las carreteras que llegan hasta las pequeñas poblaciones de EEUU, en muchos casos en zonas remotas, no fueron construidas precisamente por General Motors o Ford. Ni por Mobil o Esso. Estas empresas se beneficiaron de fondos públicos mientras se permitió que las vías de tren decayeran. Hoy en día, en la mayoría de las ciudades, la vida, el urbanismo, los presupuestos y el tiempo giran en torno al automóvil.

No es justo esperar que los chinos y los hindúes sean más prudentes con su rastro de carbono y polución de lo que somos en Occidente. El hecho es que, si se acercan a nuestros niveles de uso del automóvil y de consumo de combustible fósil, el planeta será insostenible.

En esta era de total dependencia de los combustibles fósiles y de cambio climático, las lecciones de historia de Jarred Diamond (Byrne cita su obra Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen) tienen una resonancia amenazadora. Así pues, aunque nos guste pensar que no podemos ser tan estúpidos como para encaminarnos directamente hacia la autodestrucción –con todos los medios para la supervivencia justo delante de nuestras narices–, podemos hacerlo.

No obstante, el autor reconoce que su principal motivación personal, a la hora de utilizar la bicicleta como medio de transporte, es el sentimiento de libertad que le produce. “No voy en bicicleta a todos lados porque sea ecológico o digno de elogio. Lo hago básicamente por la libertad y el placer que me produce […] Ya en plena cincuentena puedo asegurar que usar la bicicleta como medio de desplazamiento no es solo cosa de jóvenes o deportistas. No hace falta traje de licra y, a menos que sea esa la intención, ir en bici no resulta necesariamente agotador. El más convincente de todos los argumentos es ese sentimiento de libertad, la sensación de liberación física y sicológica que se experimenta. Ver las cosas desde un punto de vista cercano a los peatones, moverse por ahí sin sentirse totalmente divorciado de la vida de la calle. Es un puro placer”.

El líder de Talking Heads, director de cine ocasional, artista multimedia, comisario de exposiciones, escritor y fotógrafo, reflexiona sobre el arte contemporáneo, la música, la vida urbana y ¡cómo no! la bicicleta, un vehículo que permite conocer las ciudades sin perder de vista lo que de humano tienen. Byrne se hace numerosas preguntas. Sobra decir que no siempre hay que estar de acuerdo con sus respuestas.

Con particular sentido del humor y evidente propósito de crítica social, se nos presenta una serie de postales urbanas donde los comentarios acerca de carriles bici, edificios monstruosos o grandes concentraciones de población nos llevan a reflexionar en torno al tipo de personas en que nos convierten estos lugares. ¿Cambia nuestra conducta creadora, social y cívica según el lugar donde vivimos? Byrne opina que sí.

Acaso las ciudades sean manifestaciones físicas de nuestros valores y creencias  y de nuestros pensamientos, muchas veces inconscientes, como animales sociales que somos. David Byrne nos habla de los cambios radicales que están sufriendo algunas ciudades, de estrategias urbanizadoras fracasadas y de reubicaciones forzosas disfrazadas de renovación urbana. Nos habla de cómo se levantan por doquier edificios de hormigón y cristal prácticamente idénticos. Algunos suben tan rápido que uno se pregunta si la velocidad de su construcción no será para poder acabarlos antes de que alguien ponga objeciones. Nos habla de barrios codiciados por promotoras inmobiliarias y amenazados de demolición.

Las diferentes partes de las grandes ciudades suelen estar conectadas mediante imponentes corredores de hormigón que aniquilan los vecindarios por los que pasan, de manera que no siempre resulta fácil desplazarse de un punto a otro siguiendo el trazado de las calles.

La creciente segregación social por barrios tiende a disminuir la mezcla de diferentes tipos de gente –artistas, profesionales y clase trabajadora-, lo cual, a juicio del autor, acaba resultando perjudicial para la creatividad. Creatividad de cualquier clase. Para Byrne: “la creatividad coge impulso cuando la gente se relaciona, cuando coincide en bares y cafés y se crea cierta sensación de comunidad”.

Este “flâneur sobre dos ruedas” no oculta su simpatía por los outsiders en el mundo del arte. La capacidad para desenvolverse en sociedad es una cualidad útil pero ciertamente no puede ser un criterio por el cual juzgar el trabajo creativo. Como señala, muchas de las grandes obras de la antigüedad que hoy se consideran clásicos fueron producidas por artistas que podían considerarse unos completos inadaptados sociales. Evidentemente esa falta de “destrezas” sociales sitúa a los outsiders en desventaja a la hora de ingresar en los respectivos “clubs de arte”. El artista profesional requiere de maniobras muy elaboradas. Hay que dominar el protocolo y disimular el comerciante que uno lleva dentro.

Aun cuando en uno de los capítulos se refiere a la ciudad de Nueva York, en la que vive, su voz es la de quien no termina de pertenecer al lugar. Quizás por ese cosmopolitismo tan  neoyorquino.

La parte final del libro contiene una serie de interesantes consejos para ciclistas urbanos y un epílogo sobre el futuro de la movilidad; así como los diseños de aparcabicis dibujados por el propio Byrne e instalados en diferentes lugares de Nueva York.

Recomendable libro de viajes, también de viajes interiores, en el que la bicicleta es el vehículo conductor.

(Nueva York)

En Nueva York voy en bicicleta casi a diario. Cada vez es menos peligroso, pero tengo que ir con bastante cuidado al circular por las calles, a diferencia de cuando pedaleo por el carril bici del río Hudson o por otros caminos protegidos. En años recientes se han añadido un montón de carriles bici… Nunca ha habido tantos neoyorquinos que vayan en bicicleta. Y no solo los mensajeros. De manera muy significativa, muchos de los jóvenes más puestos y enrollados ya no parecen desdeñar la bicicleta como algo rancio, que era exactamente lo que pasaba cuando empecé a pedalear por la ciudad a finales de los años setenta y principios de los ochenta… Los neoyorquinos están en la fase de que, si se les diera la oportunidad, podrían considerar la bicicleta como un medio de transporte válido… A pesar de que el casco siempre es una buena idea, llevarlo implica que ir en bicicleta es peligroso, lo cual a menudo es cierto en urbes como Nueva York o Londres. Pero en otras ciudades como Amsterdam, Copenhague, Berlín y Reggio Emilia en Italia, los carriles bici son tan seguros que los ciclistas no sienten la necesidad de protegerse. En esos lugares, niños, jóvenes creativos, hombres de negocios, gente mayor, tienen tendencia a pedalear erguidos con aspecto elegante… Es una actitud muy diferente a la de Nueva York, siempre con la cabeza baja, como a punto de entrar en batalla.

Cuando me siento optimista, pienso que la alegría, la libertad y la comodidad que experimento circulando en bicicleta serán descubiertas cada vez por más gente. Dejarán de ser un secreto y las calles de Nueva York se convertirán aún en mayor medida en el lugar de relación e interacción sociales que las ha hecho célebres.

(San Francisco)

La bicicleta plegable que he traído me vendrá muy bien. San Francisco es filosófica y políticamente acogedora con las bicicletas, pero no geográficamente: las famosas colinas hacen que uno se lo piense muy bien antes de emprender ciertos paseos por la ciudad, aunque el núcleo urbano en sí está bastante concentrado, como Manhattan o una ciudad europea. La organización ciclista local ha publicado un estupendo mapa que muestra, mediante la intensidad de la gama de rojo, la inclinación de las calles. Una calle de tono rosa claro es una cuesta suave, pero una calle en rojo oscuro es una pendiente considerable que hay que evitar a menos que seas masoquista. Afortunadamente, este mapa permite planear de un vistazo un paseo que eluda las colinas.

 (Berlín)

Paseo en bicicleta por los carriles bici de Berlín, donde todo parece muy civilizado, agradable y avanzado. Ningún coche aparca o circula por los carriles reservados para bicicletas y los ciclistas tampoco transitan por el centro de la calle o por las aceras. Hay pequeños semáforos para los ciclistas, ¡incluso señales para girar! Los ciclistas suelen girar unos segundos antes que el resto del tráfico para poder apartarse y no entorpecer la marcha. No hace falta decir que los ciclistas respetan estos semáforos. ¡Y los peatones tampoco andan por el carril bici! Me siento bastante impactado ante lo bien que funciona todo. ¿Por qué no puede ser así donde yo vivo?

Pedaleo, muy apropiadamente, por la asombrosa Karl Marx Allee, una especie de versión de inspiración soviética de los Champs Élysées o de la Avenida 9 de julio de Buenos Aires, o quizá de la Park Avenue de Nueva York. Pero este bulevar es incluso más ancho y grandioso que muchos de aquellos.

 (Estambul)

 ¿Ir en bicicleta por Estambul? ¿Estás loco? Sí… y no. El tráfico es bastante caótico y hay unas cuantas colinas, pero en años recientes las calles han llegado a sufrir tal congestión que puedo circular en bicicleta por el centro –durante el día por lo menos- más rápidamente de lo que lo haría en coche. Como en muchas  ciudades, soy prácticamente el único que va en bici. Una vez más, sospecho que la razón principal es una cuestión de estatus: en muchos países circular en bicicleta es signo de pobreza.

Los minaretes de las mezquitas me sirven de útiles puntos de referencia. Adoro esta ciudad. Me encanta su emplazamiento físico: limitada por el mar, desperdigada entre tres masas continentales, en una de las cuales empieza Asia. Su modo de vida, que parece mediterráneo, cosmopolita y a la vez teñido por la extensa historia de Oriente Próximo, resulta embriagador. Circulo principalmente por las muchas vías que corren junto al Bósforo y al mar de Mármara, evitando así las colinas interiores.

 (Buenos Aires).

La ciudad, situada en el terreno aluvial del Río de la Plata, es bastante llana, lo cual sumado a su clima templado y sus calles más o menos ordenadas en cuadrícula, la hacen perfecta para moverse en bicicleta. Aún así, podría contar con los dedos de una mano el número de gente del lugar que vi circulando en bicicleta. ¿Por qué? ¿Llegaré a descubrir por qué nadie se mueve en bici por esta ciudad? […] ¿Es por lo temerario del tráfico, por el elevado número de robos, por lo barato de la gasolina y porque el coche es un símbolo imprescindible de estatus? […].  No digo que ir en bicicleta sea una cuestión de supervivencia –aunque puede ser una parte importante de cómo podamos sobrevivir en el futuro–, pero aquí en Buenos Aires parece una forma tan sensata de desplazarse que la única explicación que se me ocurre de que nadie pedalee por las calles es cierta aversión cultural.

(Manila)

Conseguí unos cuantos contactos en Manila a través de amigos o conocidos de Nueva York y a algunos les pregunté si creían que era una locura llevarme una bicicleta para moverme por la ciudad. Unos pensaron que estaba pirado o que padecía una obsesión, pero unos pocos contestaron: ¿por qué no? Las calles están abarrotadas y son un caos, pero se puede intentar. Añadí mi bici plegable de montaña al equipaje y, tras un largo vuelo, miré por la ventanilla del avión y vi Manila y la bahía que la rodea; y me pregunté en qué lío me había metido.

 (Sidney)

 

Como sitio para desplazarse en bicicleta, las ciudades australianas son mejores que la mayoría. Sidney resulta un poco dura para el ciclista –su geografía y las concurridas arterias que enlazan los diferentes vecindarios no la hacen demasiado acogedora- pero Melbourne, Perth y Adelaida me resultan más manejables. El clima, mediterráneo, roza la perfección y esas ciudades, aunque bastante extensas, no son nada comparadas con las de EEUU, de manera que uno puede desplazarse de una punta a otra en un lapso de tiempo razonable. Hay caminos para bicicletas a lo largo de los ríos que atraviesan muchas ciudades; unos senderos que suelen llegar hasta el mar y que cada vez son más abundantes.

(Londres)

De vuelta al hotel pedaleo por Hyde Park. El sol brilla resplandeciente, cosa rara en esta ciudad. Se ve a mucha gente paseando con lo que me imagino que son perros de clase alta. Solo se ven unas pocas razas: setters irlandeses de pelaje rubio, terriers escoceses y algún que otro galgo inglés. La presencia de otros miembros del mundo canino es prácticamente inexistente. Lo mismo ocurre con la gente: parece que solo una raza muy exclusiva disfruta del parque.

Paso junto a lo que presumo es una señora de clase alta con sus hijos. Ella luce sus mejores galas: chaqueta verde de caza, pantalones beige y botas Wellington. ¿Estará pensando en cruzar el parque a campo través? ¿Buscará un pedacito de suelo especialmente blando, aquí en Hyde Park, para vadearlo con sus Wellington? ¿O acaso pretende cazar con escopeta algunos patos o cisnes? Sus hijos van vestidos de forma parecida, con ropa para la “vida campestre”. Versiones en miniatura de su mamá. Es maravilloso que, estando en el centro de una de las mayores urbes del mundo, puedan imaginarse que se encuentran el las Highlands escocesas. Bueno, en realidad no: es de sobra sabido que aquí, más que en ningún otro lugar, el atuendo es un indicador de la clase a la que perteneces.

(El regreso)

Más tarde, por la noche, desmonto la bicicleta en la habitación del hotel. El sillín, el manillar y las ruedas se desprenden y se acomodan en una maleta grande. Ha llegado el momento de volver a casa, a Nueva York. A veces, al personal de los hoteles no les gusta que suba la bici al a habitación, pero como esta llega escondida en su maleta, nadie sabe que estoy aquí arriba con una llave Allen y unos guantes de goma para no llenarme de grasa las manos, montando –o, en este caso, desmontando- mi medio de transporte.

En el avión cojo un ejemplar de Newsweek y me doy cuenta inmediatamente de lo tendenciosos, parciales y sesgados que llegan a ser todos los artículos de las revistas norteamericanas… Al llegar, lo primero que adviertes en los pasillos del aeropuerto son los anuncios y las hileras de televisores donde las noticias de CNN o Fox News se suceden constantemente. El bombardeo de propaganda empieza desde el mismo momento en que uno baja del avión: no queda más remedio que dejarse inundar por ella.

Bibliografía:

  • Byrne, David (2013). Diarios de bicicleta. Barcelona: Mondadori.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). Los Diarios de bicicleta de David Byrne.  Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-5l

 

La historia del toro Ferdinando

José Andrés Martínez García

The_Story_of_Ferdinand

El cuento, de título original The story of Ferdinand, fue escrito por el autor norteamericano de literatura infantil Munro Leaf en 1936. Leaf, que nació en 1905, estudió  en las universidades de Maryland y Harvard y trabajó como escritor bajo el seudónimo de John Calvert. Ilustrado en blanco y negro en la edición original por su amigo Robert Lawson, texto y dibujos establecen una eficaz relación sinérgica donde lenguaje verbal y no verbal se complementan mutuamente.

Cabe preguntarse por qué el autor, siendo americano, eligió España para dar una lección de pacifismo y respeto al diferente. ¿Cuál era la intención del libro? La elección como hilo conductor de la con­trovertida fiesta taurina (una tradición secular sangrienta) realza el simbolismo que se desprende de la actitud no violenta de su personaje principal. Desde un enfoque didáctico y mora­lizante, la historia de Munro ofrece un modelo de comportamiento ante  situaciones violentas, como fueron los conflictos bélicos de las grandes guerras mundia­les o la guerra civil española.

No hay que olvidar, por lo tanto, el contexto histórico en que fue escrito, que explica la polémica que desencadenó su publicación: en España, en plena guerra, el cuento fue visto con desagrado por los militares golpistas al considerarlo una sátira en contra de la guerra; en la India, en cambio, Gandhi lo conside­raría su libro preferido.

El éxito del librito fue notable, con decenas de traducciones a distintos idiomas. La factoría cinematográfica de Disney realizaría un cortometraje sobre Ferdinando que fue galardonado con un Oscar por la Academia de Hollywood en 1938.

Con un lenguaje cercano a los niños, un narrador omnisciente relata la historia en tercera persona. La narración se interrumpe con escasas incorporaciones de diálogos entre el protagonista y su madre (en estilo directo) y unas preguntas dirigidas al lector.

Acompañamos una traducción realizada a partir de la edición original en inglés:

La historia de Ferdinando.

Había una vez en España un torito de nombre Ferdinando. Los demás novillos que vivían con él corrían, brincaban y se daban topetazos, pero Ferdinando no lo hacía.

Le gustaba sentarse tranquilamente y oler las flores. Tenía un lugar preferido en la pradera, debajo de un alcornoque. Era su árbol favorito y el torito se pasaba el día a la sombra oliendo las flores.

A veces su madre, que era una vaca, se preocupaba por él. Temía que Ferdinando se sintiera solo. “¿Por qué no corres y juegas a saltar y darte topetazos con los otros toritos?”, le decía. Pero Ferdinando negaba con la cabeza y respondía: “Prefiero quedarme aquí, donde puedo sentarme tranquilamente y oler las flores”.

Su madre se dio cuenta de que él no se sentía solo y, como era una madre comprensiva, aunque era una vaca, dejó que se quedara allí sentado y fuera feliz.

Con el paso de los años, Ferdinando creció y creció hasta convertirse en un toro grande y fuerte. Todos los demás toros que habían crecido con él en la misma pradera se pasaban el día peleando entre ellos. Se embestían unos a otros y se daban cornadas. Lo que más deseaban era ser escogidos para pelear en las corridas de toros de Madrid. Pero Ferdinando no quería eso. Le seguía gustando sentarse tranquilamente bajo su alcornoque y oler las flores.

Un día llegaron cinco hombres con sombreros muy graciosos para escoger al toro más grande, más veloz y más bravo para las corridas de toros de Madrid.

Los demás toros corrieron de aquí para allá bufando y embistiendo, saltando y brincando, para que los hombres creyeran que eran muy fuertes y bravos y los escogieran. Ferdinando sabía que no lo iban a escoger y en realidad no le importaba. Así que fue a sentarse bajo la sombra de su alcornoque preferido. Pero no se fijó y en vez de sentarse sobre la agradable hierba fresca, se sentó sobre un abejorro.

¿Qué harías tú si fueras un abejorro y un toro se sentara sobre ti? Lo picarías, ¿verdad? Pues eso fue exactamente lo que este le hizo.

!Caramba! !Qué dolor! Ferdinando brincó y dio un bramido. Corrió en círculos resollando, resoplando, embistiendo y pateando la tierra como si estuviera loco.

Los cinco hombres lo vieron y gritaron de júbilo. Ese era el toro más grande y más bravo de todos. Era el mejor para las corridas de Madrid. Así que se lo llevaron en una carreta para el día de la corrida.

!Qué gran día! Las banderas ondeaban, la música sonaba…todas las bellas señoritas llevaban flores en el cabello. Todos entraron desfilando a la arena de la plaza de toros. Primero salieron los banderilleros, con unos palos puntiagudos adornados con cintas para pinchar al toro y enfurecerlo. Después salieron los picadores, montados en caballos muy flacos, llevando largas lanzas para picar al toro y enfurecerlo aún más. Luego salió el matador, el más arrogante de todos. Se creía muy apuesto y saludó a todas las señoritas. Llevaba una capa roja y una espada y era el que tenía que darle al toro la estocada final. Por último, salió el toro. ¿Y a que no adivináis quién era? Ferdinando.

Lo anunciaron como Ferdinando el Bravo. Todos los banderilleros y picadores estaban asustados y el matador se quedó paralizado de miedo. Ferdinando corrió al centro de la plaza y todos gritaron y aplaudieron porque pensaban que iba a pelear ferozmente, resoplar y embestir a todo el mundo. Pero Ferdinando no lo hizo.

Cuando llegó al centro de la plaza y vio las flores en el pelo de todas las preciosas señoritas, lo único que hizo fue sentarse y  olerlas tranquilamente. Por más que lo provocaron, no quiso embestir ni dar cornadas. Se quedó sentado oliendo las flores.

Los banderilleros estaban furiosos y los picadores estaban aún más furiosos. El matador estaba tan enfadado que se puso a llorar porque no podía lucirse con su capa y espada. Así que no les quedó más remedio que llevar a Ferdinando de regreso a casa. Y según cuentan, allí está todavía, debajo de su alcornoque preferido, oliendo las flores tranquilamente.

Él es muy feliz.

En castellano hay que mencionar las sucesivas reediciones de la editorial Lóguez (con el título de Ferdinando), que incluyen bellos dibujos a color de Werner Klemke, destacado ilustrador alemán. Utiliza colores básicos (rojo, amarillo, verde…) tanto del campo como de los personajes, de forma colorista y un tanto ingenua.

Además, existe una estupenda adaptación teatral (El toro Ferdinando) de la editorial leonesa Everest, a cargo de José Cañas Torregrosa, especialista en expresión dramática infantil, que ilustra Ángeles Peinador. Esta edición es muy apropiada para su uso en el ámbito educativo.

 ¿Cuáles son las enseñanzas que pueden extraerse de la historia que se nos cuenta? Mencionemos solo algunas.

El cuento desmitifica el mundo de los toros, mostrándolo (con un humor sutil) bajo un prisma donde los distintos actores aparecen ridiculizados por su arrogancia y pretensión. Se trata de reflexionar sobre lo que hay detrás de determinadas costumbres o tradiciones (los toros son solo una de ellas).

El narrador adopta el punto de vista del protagonista  (el toro) y lo hace ensalzando una serie de valores como son: la no  violencia, la sensibilidad, el derecho a la diferencia y a la propia personalidad.

Parece lógico que se reivindique esa no violencia en torno a un acontecimiento (las corridas de toros) donde esta se ejerce por diversión y, por lo tanto, de forma gratuita.

A Ferdinando no le gusta pelear. Le gusta la tranquilidad y oler las flores. Es un toro sensible. Sabe disfrutar, a diferencia de los otros toros, de la belleza del paisaje y de las flores. Es sensible pero eso no le impide mostrar su fuerza cuando es picado por el abejorro. Sensibilidad no significa debilidad.

Lo que más desean los toros es ser escogidos para las corridas de Madrid. El humorista argentino Carlos Warnes (más conocido por César Bruto), inventó una cita memorable: “Si razona el caballo, se acabó la equitación”. Significa que si el caballo pensara un poco se daría cuenta de que está siendo explotado por el jinete y se desharía de él rápidamente, pues en realidad es mucho más fuerte. De forma similar,  en la sociedad, solo la ignorancia de las víctimas explica muchos de los abusos perpetrados por los verdugos.

Nuestro protagonista se salva de una muerte segura en la plaza precisamente por ser como es. Lo que recuerda aquella enseñanza del viejo maestro (Lao-Tsé): “Cuando los discípulos fueron a donde estaban los leñadores  preguntaron: ¿Por qué no habéis talado este árbol? Los leñadores contestaron:  Porque ese árbol no sirve para nada. Si queréis sobrevivir en este mundo habréis de ser completamente inútiles (para el hombre, para los demás). Así nadie os hará daño”. Afortunadamente este toro es inútil a los fines e intereses humanos.

Ferdinando es diferente pero, a pesar de ello (en realidad, precisamente por ello), es feliz. Por eso su madre lo acepta tal como es. De hecho,  el cuento termina con un “Él es muy feliz” porque lo que se reivindica es el derecho a seguir el propio camino.

Hay que decir que, aunque el libro haya sido escrito hace tantos años, mantiene vivo todo su interés. El  mensaje de paz, tolerancia y exaltación de la diferencia conserva toda su frescura. En resumen, nos encontramos ante un verdadero clásico infantil que continúa deleitando a todo tipo de lectores (niños y adultos).

 Bibliografía:

Leaf, M. The Story of Ferdinand (llustrated by Robert Lawson).

 https://es.scribd.com/doc/259366046/the-story-of-Ferdinand-pdf

Para citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). La historia del toro Ferdinando. Criterios. León. Disponible en: http://xurl.es/5a7kl.

Émile Gallé en la Casa Lis de Salamanca: Ilustración botánica sobre vidrio

José Andrés Martínez García

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“Dragonfly”

Motivos no faltan, desde luego, para visitar una ciudad como Salamanca. Hay, sin embargo, una cita a la que no deberíamos dejar de acudir: El Museo Art Nouveau y Art Decó Casa Lis.

La Casa Lis es un museo cosmopolita donde están representados todos los movimientos nacionales de lo que en España conocemos como Modernismo; en Francia, Art Nouveau; en Alemania, Jugendstil; en Italia, Liberty; en Inglaterra Arts&Crafts.

Cuentan que cuando los visitantes franceses entran en la sala de vidrios de Émile Gallé, no pueden comprender cómo es posible encontrar tan magnífica colección de su compatriota. Seguramente la mejor colección pública en Europa, después de la que alberga Nancy. Hay tanta belleza en esos jarrones y lámparas con delicados motivos florales que el visitante se deja seducir rápidamente.

Émile Gallé (1846-1904) fue, junto a Antonin Daum, el creador del movimiento conocido como École de Nancy  y es considerado como uno de los mayores representantes del movimiento Art Nouveau francés. En las Exposiciones Universales de París de 1878 y 1889 serían  presentadas algunas de sus más bellas creaciones.

Con estudios en filosofía, botánica y dibujo, Gallé fue también un humanista comprometido. Participó en la creación de escuelas para la clase trabajadora (l´Université Populaire de Nancy) y en la Liga Francesa por la Defensa de los Derechos del Hombre. Fue asimismo destacable su labor de denuncia de los abusos del poder -junto a intelectuales como Zola- en el conocido como Affaire Dreyfus, que acabaría convirtiéndose en  un símbolo universal de la iniquidad en nombre de la llamada razón de estado.

En Nancy, ciudad de tradición botánica, Gallé disponía de un taller donde los artistas trabajaban al lado de un gran ventanal que daba acceso a un auténtico jardín botánico. De esta manera el artesano podía tomar del natural los modelos que luego pasaría al vidrio que estaba decorando. Aunque el lema que rezaba en la entrada de su taller era “mis raíces se hunden profundas en los bosques”, fueron sus estudios sobre las técnicas japonesas y china de fabricación del cristal los que le ayudaron a dar forma a su delicada visión del mundo de la naturaleza. Louis Majorelle, otro de los miembros de la Escuela,  solía decir que “el jardín era su biblioteca”. La flora y la fauna de la zona de Lorena ofrecen una fuente de inspiración aparentemente inagotable.

Entre los motivos iconográficos utilizados pueden identificarse libélulas (tema favorito del Art Nouveau) o estrellas de mar. En cuanto a la flora, se decora profusamente con dibujos de especies silvestres, de jardín y exóticas: nenúfares, sagitarias, llantenes, lirios, rosas, margaritas, azucenas, pensamientos, cardos (el cardo es el símbolo de Nancy y está presente en su escudo), ciruelos, cerezos, manzanos, magnolios, sicómoros, orquídeas y un largo etcétera. Mención especial requieren las anémonas japonesas blancas que Gallé utilizará en numerosos diseños, una muestra más de su  admiración por el arte japonés.

Azucena Gallé

Diseño botánico de Gallé (Lilium). Corning Museum of Glass (New York).

La obra de Gallé no se puede entender sin tener en cuenta la verdadera pasión que siente por la naturaleza, con la que mantiene una relación casi científica. Por eso exige a todos sus obreros y decoradores una gran familiaridad con ella, de manera que puedan captar toda su belleza.

 En la mejor tradición modernista, sus trabajos en cristal fueron mucho más apreciados por su valor artístico que por su diseño funcional. Gallé recrea en sus piezas un microcosmos donde el pétalo de una flor (o el ala de un insecto) pueden alcanzar una belleza cargada de alto contenido poético.

El Museo alberga una colección de más de cien piezas de la Escuela de Nancy, siendo Gallé el autor más representado con treinta obras: jarrones, lámparas y otros objetos de vidrio doblado y grabado con la técnica del ácido fluorhídrico. De la conocida lámpara ‘Dragonfly’ solo se conocen tres ejemplares en el mundo. También hay obras de los hermanos Daum (influidos por Gallé) con estupendas piezas de inspiración japonesa y naturalista. En este caso la decoración con motivos naturales presenta un mayor realismo, si cabe, con representaciones muy perfiladas, casi de ilustración botánica.

Tanto Gallé como Daum fabricaron lámparas en un estilo muy parecido al resto de su producción en cristal. El cristal formaba parte de la pieza desde su base, pasando por el fuste, hasta llegar a la pantalla. Se muestra predilección por adoptar la forma de champiñón en ese afán de imitar la naturaleza.

La colección de vidrios contiene también algunas otras obras que merecen atención, como el juego de copas de Kar Fabergé, joyero oficial de la Corona Rusa o el pequeño conjunto de piezas de Johann Loetz, vidriero de la región de Bohemia, caracterizadas por un aspecto irisado y anacarado, que recuerda los mejores trabajos del artista art nouveau norteamericano Louis Comfort Tiffany.

Es evidente que el estudio y la observación directa de la naturaleza se convirtió en una actividad fundamental del Art Nouveau para recrear, en definitiva, naturalezas artificiales y ornamentos simbólicos.

Una verdadera delicia para quienes se interesan por la relación, siempre fecunda, entre Arte y Naturaleza.

Bibliografía:

Haydy, W. (2004). Guía del Art Nouveau. Madrid: Ágata.

http://www.museocasalis.org/

Para citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). Émile Gallé en la Casa Lis de Salamanca: Ilustración botánica sobre vidrio. Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-39.

Juan Ramón Jiménez recuerda a Francisco Giner de los Ríos

   José Andrés Martínez García

Giner

“…encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores…”. La Muerte. Platero y Yo.

Cuando se conmemora el centenario de la muerte del fundador de la Institución Libre de Enseñanza (centro educativo basado en modelos pedagógicos modernos, laicos y progresistas), cabe recordar la amistad que el pensador malagueño mantuvo con Juan Ramón Jiménez. De hecho, Francisco Giner de los Ríos fue uno de los principales impulsores del éxito de la obra literaria del poeta de Moguer, especialmente Platero y yo, al comprar varios  ejemplares en las Navidades de 1914 para regalarlos a las personalidades que visitaban su casa, con los mayores elogios.

En el prólogo del autor a la edición de Platero publicada sin traducir en Francia en 1953 (que se recoge en la edición actual de Cátedra) leemos:

 “Una mañana helada, Manuel Bartolomé Cossío, el crítico de el Greco, que era como un hijo de don Francisco, me llamó para que yo fuese a darle y a recibirle el último adiós a mi grande y jeneroso amigo que tanto me quería a pesar de la diferencia de 45 años que había entre nosotros. Entrando yo en su celdita encalada, que él amuebló con sencillos muebles populares españoles, su catre modesto de estudiante y el sillón de enea con respaldo alto de tabla de pino que fue de su madre, vi que tenía en su cómoda un montón de ejemplares de Platero. Al verme entrar, se sonrió triste, con aquella sonrisa de su boca grande y fina que le abría toda la cara azul y de cianosis; y mirándome con sus ojillos grandes también y entornados de tanta luz propia, y mirando al montón de los sonrosados libros, me dijo: Sí, ya he regalado muchos ejemplares desde Nochebuena. Este año mi regalo ha sido Platero. Nuestra entrevista no podía durar más que unos minutos, ya que él estaba tan débil, y otros aguardaban para entrar, uno a uno, en la biblioteca inmediata al dormitorio. Nunca olvidaré que antes de separarnos para siempre, cojidas nuestras cuatro manos, don Francisco separó su derecha suavemente para no prolongar la pena, aunque dejó quedada la izquierda un poco más entre las mías. Tomó un ejemplar que tenía cerca, lo abrió cuidadosamente con aquel tacto delicado con que él trataba los libros y todo lo tratable y lo intratable y me lo dio abierto por la página de la muerte de Platero: Es perfecto, me dijo lento. Volvió a tenderme de pronto su mano también morada como su cara, dejando el libro sobre la colcha; sonrió forzado y añadiendo: Pero no se envanezca”.

Será en  Un andaluz de fuego (Elegía a la muerte de un hombre) donde el autor de Platero ofrezca, en homenaje a Francisco Giner, un elocuente testimonio de la influencia transformadora del pedagogo. En esta obra, a través de la figura de su admirado y admirador, hay asimismo una reivindicación de  la naturaleza como escuela de la sensibilidad – elemento central en el pensamiento institucionista-, naturaleza que encierra “un manantial inagotable de normas para el espíritu”. El homenaje lo es también a una idea de cultura que ha de atender a la inteligencia tanto como a la sensibilidad y a la conciencia.

“La pedagogía era en Francisco Giner la espresión natural de su poesía lírica íntima…Verlo entre los niños, con los desgraciados, con los enfermos, los ladistas del camino mayor en suma, era presenciar el orden natural de la belleza: el correr de un agua, el brotar de un árbol, el revolear de un pájaro…Quien llegaba a él salía mejorado en algo y contento del todo”.

 Bibliografía:

Jimenez, J.R. (2009). Platero y yo. Madrid: Cátedra.

Las cartas a Blake de Henry David Thoreau

José Andrés Martínez García

Thoreau

El libro, de título original  Letters to a Spiritual Seeker, recoge la correspondencia que el escritor trascendentalista norteamericano del siglo XIX Henry David Thoreau mantuvo con su amigo Harrison Gray Otis Blake. Blake era un maestro rural que, tras abandonar su carrera religiosa, se estableció en Worcester (estado de Massachusetts). Esta relación epistolar se alargó durante más de una década (de 1848 a 1861) y Blake acabaría heredando de Sophia Thoreau, hermana y albacea literaria de Henry, todos los volúmenes de su extenso diario.

Se conservan todas las cartas de Thoreau pero sólo la primera de las cartas de Blake, en la que éste le hace una confesión de la crisis personal en la que se encuentra: “En mitad de un mundo de actores bulliciosos y superficiales, es noble hacerse a un lado y decir: simplemente quiero ser”.

En un estilo caracterizado por la naturalidad, la sinceridad y el afecto, Thoreau aborda toda una serie de temas en los que va perfilando con sentencias memorables su credo personal, su visión del mundo.

En primer lugar, el escritor norteamericano subraya elocuentemente la responsabilidad que tenemos de vivir nuestra vida con plenitud: “No temo exagerar el valor y el significado de la vida, sino más bien no estar a la altura de la ocasión que la vida representa. Sentiría tener que recordar que yo estuve allí, pero que no advertí nada destacable (…) como visitar el Olimpo y quedarse dormido después de cenar, sin escuchar las conversaciones de los dioses” .

Este, un arte de saber vivir,  es un aspecto esencial del pensamiento de Thoreau. En Walden, o la vida en los bosques, publicada en 1854, escribe: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si  podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando fuera a morir descubriera que no había vivido”. Deliberar significa discernir entre nuestras opciones. No podemos vivir sin elegir. La vida buena no es algo dado sino un logro.

Una vida sencilla.

Para ello, debe realizarse un cuestionamiento radical de nuestras metas. Con demasiada frecuencia malgastamos el tiempo en tareas y empresas que no nos aportan nada en el terreno del crecimiento personal. “Creo firmemente en la simplicidad. Es asombroso y triste ver cómo incluso los hombres más sabios pasan sus días ocupados en asuntos triviales que creen que han de atender, en detrimento de otros asuntos más importantes que creen su deber omitir. Cuando un matemático desea hallar la solución de un problema difícil, empieza por deshacerse de todas las dificultades de la ecuación, reduciéndola a sus términos más sencillos. Hagamos lo propio y simplifiquemos el problema de la existencia”. 

De cada cual depende reorientar la vida en la dirección correcta y reconocer que es un acto de libertad individual el instrumento principal para transformar nuestra propia existencia. Debemos simplemente escucharnos a nosotros mismos. “Hay alguien dentro de nosotros que nos dice lo que debemos hacer. Sin embargo preguntamos afuera con la esperanza de que nos señalen un camino erróneo pero más sencillo. Haga lo que sabe que debe hacer”, le aconseja a Blake.

Thoreau cuestiona la ambición y la búsqueda de posición social que nos aleja cada vez más de la posibilidad de una realización plena como seres humanos. “Piense en la capa con la que nos cubre nuestro trabajo o posición, qué pocas veces los hombres se tratan los unos a los otros de forma desnuda y teniendo en cuenta lo que realmente son; cómo utilizamos y toleramos la pretensión (…) Quiero tan solo resaltar lo mucho que la posición social afecta a la conducta y la respetabilidad de las partes, y que la diferencia entre la capa del juez y la del criminal es insignificante, o sólo parcialmente significativa, comparada con la diferencia entre las cosas que sus respectivos rangos les procuran”.

 ¿Qué es lo que perseguimos en la vida? ¿A costa de qué? ¿Qué sacrificamos de lo mejor de nosotros mismos? Thoreau, en lo que representa un elemento central de su pensamiento, exclama: “¡Cómo nos demoramos en calmar el hambre y la sed de nuestra alma! De hecho, nuestra mentalidad práctica no nos permite utilizar esta palabra sin ruborizarnos por culpa de nuestra infidelidad, porque la hemos dejado en la inanición hasta convertirla en una sombra”. Para luego advertir que utiliza esta palabra (alma) “a falta de otra mejor”.

Para el escritor norteamericano el mundo descansa sobre principios. Debemos creerlos invencibles y mantener la confianza en ellos hasta convertirlos con valentía en el sol de nuestras vidas. “Aún no he tenido noticia de que el sol haya acabado tirado en medio de un charco de barro: aparece brillando honorablemente después de cada tormenta”. Sea cual sea el resultado final de nuestras luchas “¿quién que haya intentado el acto más simple de heroísmo, de magnanimidad, o buscado la verdad y la sinceridad, no halló algo que mereciese la pena? ¿Quién podría decir que ésta es una empresa vana?”.

Para Thoreau la amistad verdadera debe basarse en la sinceridad y la verdad, aún a riesgo de no complacer al otro. La amistad debe hacernos mejores. En las cartas se apela asimismo a la tan necesaria coherencia, a la correspondencia entre la vida exterior y la vida interior. El mundo no cambia con las opiniones sino con los ejemplos. Por eso le aconseja a su amigo que “si busca persuadir a alguien de que hace mal, actúe bien. Que no le importe si no lo convence. Los hombres creen en lo que ven. Consigamos que vean”. A pesar de lo cual hay que asumir que, aunque algunos hombres consigan vivir una vida virtuosa, habrá muchos que seguirán sin advertirlo.

Es conocido el desagrado que le producía a Henry la sociedad que le rodeaba y su renuencia a pertenecer a cualquier grupo, partido, iglesia o asociación. “Todos los médicos coinciden en que sufro falta de sociabilidad. Nunca hubo un caso como el mío. Primero, no tenía conciencia de sufrir. Segundo, como diría un irlandés, pensaba que sufría una indigestión de sociedad (…). En cuanto a la Parker House fui una vez, un día en que el círculo no se reunía, pero me pareció difícil ver a través del humo de los cigarros y los hombres se sentaban en sillones repartidos por el suelo de mármol, tan gordos como patas de tocino en un ahumadero (…). El único salón de Boston que visito sin dudarlo es la sala de espera de la Estación de Fitchburg (que une Boston y Concord) donde espero el ferrocarril que me sacará de la ciudad”.

 Volver a la naturaleza.

“Subsisto gracias a algunos aromas silvestres que la naturaleza me regala”, confiesa en una de las cartas. Y leemos referencias continuas a lagos, bosques y montañas, algunas de cuyas cimas Thoreau escaló: la Presidential Range en las White Montains (Madison, Jefferson, Lafayette y Monte Wasshington), Ktaadn, Wachusett, etc. En noviembre de 1855 lleva a Blake en su barca por el río Assabet, que discurre próximo a Concord. Asimismo, en la correspondencia queda constancia de la última excursión que el escritor norteamericano realiza a los bosques de Maine en agosto de 1857. Estos bosques le impresionaron. En julio de 1858, junto a algunos amigos entre los que se encontraba Blake, lleva a cabo una ruta por las mencionadas White Mountains.

Thoreau señala que la naturaleza se encuentra libre de públicos selectos. “Ser admitido en el corazón de la naturaleza no cuesta nada. Nadie está excluido, excepto quien se excluye a sí mismo. Tan sólo ha de descorrer el visillo”.

En relación a la montaña, el escritor norteamericano construye y recrea una metáfora continua. Caminamos por senderos que no se sabe si son de bosque o de alma. Es cuando volvemos a casa cuando realmente hemos coronado la montaña. ¿Qué nos dijo la montaña?”. “La humanidad está siempre caminando por una montaña”. “No debemos dejar de señalar hacia las cumbres, aunque la multitud no ascienda a ellas”. Es preciso “coronar nuestras montañas interiores”. La naturaleza se convierte así en fábula y mito de la experiencia interior del hombre.

No es por casualidad que Thoreau se refiera a Asnebumskit, la segunda montaña más alta del condado de Worcester, como “templo de la tierra”. A diferencia de los templos y lugares de culto religioso al uso, el escritor hace notar que “un templo era en la Antigüedad un lugar abierto y sin techo, cuyas paredes servían apenas para apartarse del resto del mundo y dirigir la mirada al cielo. En lugar de los lugares de reunión para el culto cerrados, es preferible la cumbre de una montaña donde tenemos por paredes la propia elevación del pensamiento”. “Los frutos y las plantas, regados con el rocío de las montañas que se reúnen aquí, son más memorables para mí que las últimas palabras que escuché en un púlpito”. Para concluir que lo sagrado, de existir, “se encuentra dentro y no fuera de nosotros”. 

A Henry le gustaba vivir cerca de la naturaleza, pero siempre dentro del entorno civilizado que la pequeña villa de Concord representaba. Veneraba Concord, aunque eso no le impedía disfrutar de lugares lejanos en los que sabía reconocer la misma esencia de su patria natural. Al fin y al cabo “¿Dónde se encuentra la terra incognita sino en las empresas que no hemos intentado aún? Para un ánimo aventurero, cualquier lugar –Londres, Nueva York, Worcester, o su propio jardín- es un territorio virgen. Para un espíritu débil y derrotado, incluso la Gran Cuenca y la Estrella Polar son lugares triviales”. “¡Qué locos están quienes piensan que su El Dorado se encuentra en cualquier parte excepto allí donde viven!”. Un espíritu universal no necesita viajar por el mundo entero para descubrirlo.

Estupenda edición y traducción de un inédito epistolar del autor norteamericano.  Thoreau en estado puro.

Bibliografía:

  • Thoreau, H.D. (2012). Cartas a un buscador de sí mismo. Madrid: Errata Naturae.
  • Casado da Rocha, A. (2005). Thoreau. Biografía esencial. Madrid: Acuarela.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). Las cartas a Blake de Henry David Thoreau.  Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-1u

Horkheimer y su crítica de la razón instrumental: liberar de sus cadenas al pensamiento independiente.

José Andrés Martínez García

Horkheimer

Horkheimer recoge en su obra Eclipse of Reason (o “Crítica de la Razón instrumental”, título con el que aparece en su edición alemana) una serie de cinco conferencias impartidas en la Columbia University de Nueva York en marzo de 1944. En este trabajo se desarrollan algunos aspectos de la filosofía que en los últimos años de la segunda Guerra Mundial elaborara en colaboración con Theodor W. Adorno y cuya obra de referencia es la conocida Dialéctica de la Ilustración.

Horkheimer parte de la reconocida paradoja que supone el hecho de que “los avances en el ámbito de los medios técnicos se ven acompañados de un proceso de deshumanización. El progreso amenaza con destruir el objetivo que estaba llamado a realizar: la idea del hombre”;  para investigar a continuación “el concepto de racionalidad subyacente a la industria cultural de nuestro tiempo”. Su conclusión: “La denuncia de lo que hoy se llama razón es el mayor servicio que puede rendir la razón” .

Autocrítica de la razón.

Es preciso señalar que la crítica de Horkheimer lo es a la razón mutilada y reducida a razón instrumental. No es una crítica irracional: es una autocrítica de la razón. Su análisis contiene una crítica radical a la razón occidental en cuanto razón traspasada por una lógica de dominio que ha determinado su radical instrumentalización. Asombrosos medios técnicos, materiales y humanos, son puestos al servicio de finalidades absolutamente irracionales.

Por un lado, Horkheimer reconoce  que el afán de dominio es una enfermedad de la razón que no le ha sobrevenido en un momento histórico determinado, sino que le acompaña desde sus mismos orígenes: “La necesidad social de controlar la naturaleza ha condicionado siempre la estructura y las formas de pensamiento humano”. “De hablarse de una enfermedad que afecta a la razón, esta no debería ser entendida en el sentido de haber afectado a la razón en un momento histórico determinado, sino como inseparable de la esencia de la razón en la civilización, tal como la hemos conocido hasta la fecha. La enfermedad de la razón tiene sus raíces en su origen  (desde) la observación calculadora del mundo como presa por parte del primer hombre . Desde la época en que se convirtió en el instrumento del dominio de la naturaleza humana y extrahumana -esto es, desde los más tempranos comienzos- su intención propia, la de descubrir la verdad, se ha vista frustrada” 

Por otro, no deja de advertir que: “La razón forma parte por entero del proceso social al que está sujeta. Su valor operativo, el papel que juega en el dominio de los hombres y de la naturaleza, ha sido finalmente convertido en un criterio único”.

De este modo, el mal no estaría tanto en la razón instrumental o tecnológica como tal, sino en su hegemonía o “hipóstasis” sobre la “razón objetiva” (que atiende a la justeza de los fines y no solo a los medios).  De aquí que esta instrumentalización no sea un proceso fatal, sino un proceso histórico que puede -y debe- ser reorientado en cuanto los hombres tomen conciencia de ello.

Para Horkheimer la “crisis contemporánea de la razón” (que estalla en la Modernidad pero que se inicia en los orígenes mismos de la civilización occidental) está conduciendo a una progresiva formalización de la misma que la vacía de contenido, que la desubstancializa y la reduce a mera razón de los medios (razón funcional), divorciándola del mundo de los fines y valores.

Horkheimer reconoce y asume el proceso moderno de racionalización como “un proceso histórico necesario”, proceso que ha dado lugar a una legítima y positiva diferenciación y autonomización de esferas de la  racionalidad. Lo que hace es señalar que este proceso, por la lógica interna que lo impulsa, ha comportado al mismo tiempo un adelgazamiento de la razón que tiende amenazadoramente a su propia “autoliquidación”, que conduce a su reducción a “ancilla administrationis” , esclava del poder, y con ello a su sometimiento a la realidad social; en una palabra, a la muerte del pensamiento en su sentido más genuino: el cuestionamiento de lo existente, su cualidad “transcendedora o superadora”. Cierto que el pensamiento ha asumido ese papel de esclavo en otras ocasiones, como es el caso de aquella escolástica para la que la philosophia no era sino ancilla theologiae.

De ahí su posición en torno a la ciencia y al positivismo. Mientras apoya el ataque positivista a la reedición de ontologías anticuadas, resalta el hecho de que “la ciencia sólo puede ser entendida hoy si se la pone en relación con la sociedad para la que funciona”, puesto que se trata de “un elemento entre otros muchos dentro del proceso social”. Por ello, escribe: “La tecnocracia económica lo espera todo de la emancipación de los medios materiales de producción. Platón quería convertir a los filósofos en gobernantes; los tecnócratas quieren convertir a los ingenieros en vigías de la sociedad. El positivismo es tecnocracia filosófica” .

Crisis de la civilización y rebelión de la naturaleza.

Uno de los aspectos más destacables de su crítica es el hecho de situar el conflicto hombre-naturaleza en un primer plano. Este desplazamiento del centro de gravedad de su pensamiento, no significa de ninguna manera que el citado conflicto sea desligado en su análisis del modo de producción capitalista. Para Horkheimer: “El dominio de la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres. Todo sujeto tiene que participar en el sojuzgamiento de la naturaleza, tanto humana como extrahumana. Y no sólo eso, sino que para conseguirlo tiene que sojuzgar la naturaleza que hay en el mismo”, de manera que “la historia de los esfuerzos del hombre por sojuzgar la naturaleza es también la historia del sojuzgamiento del hombre por el hombre”.

Merece la pena reproducir la cita extensamente:

“En otro tiempo el arte, la literatura y la filosofía aspiraban a expresar el significado de las cosas y de la vida, a ser la voz de cuanto está muerto, a prestar a la naturaleza un órgano para expresar sus padecimientos o, como cabría decir, para llamar a la realidad por su verdadero nombre. Hoy se ha privado del lenguaje a la naturaleza. Una vez se creyó que toda manifestación, toda palabra, todo grito, todo gesto tenía un significado interior; hoy se trata de un mero proceso. La historia del niño que, mirando al cielo, preguntó: -Papá, ¿de qué es un anuncio la luna?; es una alegoría de aquello en que ha venido a convertirse la relación entre hombre y naturaleza en la era de la razón formalizada. Por una parte la naturaleza se ve desprovista de todo valor intrínseco o sentido. Por otra, el hombre ha sido privado de todos los fines salvo el de autoconservación. Intenta transformar todo lo que tiene a su alcance en un medio para ese fin (…) El antigüo cazador con trampas no veía en las praderas y en las montañas sino la perspectiva de una buena caza; el hombre de negocios moderno ve en el paisaje  una oportunidad favorable para la instalación de anuncios de cigarrillos. Una noticia que apareció hace algunos años en los periódicos simboliza muy bien el destino de los animales en nuestro mundo. Informaba de que en África los aterrizajes de los aviones eran dificultados por las manadas de elefantes y de otros animales. Así pues, los animales son considerados solamente como obstáculos para el tráfico”.

Para Horkheimer la naturaleza es considerada hoy más que nunca como un mero instrumento de los hombres. Es  el objeto de una explotación total, que no conoce objetivo alguno puesto por la razón, y, por lo tanto ningún límite. “El dominio de la especie humana sobre la Tierra no tiene parangón alguno con aquellas épocas de la historia natural en las que otras especies animales representaban las formas más altas de evolución orgánica”  y la raíz de esta situación hay que buscarla “en la estructura de la sociedad” .

En esta situación el hombre debe enfrentarse a una nueva paradoja. El progresivo dominio del hombre sobre la naturaleza implica a la vez un progresivo sometimiento del hombre a la naturaleza. Formamos parte de la naturaleza. Dañarla implica dañarnos a nosotros mismos. La defensa de la Tierra es una autodefensa. La crisis ecológica global es el resultado final de este sometimiento (“rebelión” de la naturaleza).

Por la misma razón, Horkheimer no deja de advertir del carácter problemático del concepto de “progreso”: “la teoría del progreso hipostasía directamente el ideal del dominio de la naturaleza” , “la elevación del progreso al rango de un ideal máximo prescinde del carácter contradictorio de todo progreso” , “el triunfo de la civilización (ha sido) demasiado completo como para ser verdadero”.

Este análisis no supone un rechazo ingenuo de la “razón tecnológica”, ni un romántico “retorno a la naturaleza”, por lo demás imposible, puesto que “en este reloj no cabe dar marcha atrás”. La emancipación a la que apunta se cumple más bien en la subordinación racional de esas fuerzas, de la ciencia y de la técnica a la realización de la justicia. Para Horkheimer ningún camino que abdique de la razón conduce fuera de la crisis: “Somos, en una palabra, para bien y para mal, los herederos de la ilustración y del progreso técnico. Oponerse a ellos mediante la regresión a estados primitivos no mitiga la crisis permanente que han traído consigo” .

La única salida es la “reconciliación” , por una parte, entre la razón subjetiva (instrumental) y la razón objetiva y, por otra, entre razón y naturaleza. Y el único modo de alcanzar esta reconciliación solidaria es “liberar de sus cadenas al pensamiento independiente” .

Bibliografía:

Horkheimer, M. (2002). Crítica de la razón instrumental. Madrid: Trotta.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). Horkheimer y su crítica de la razón instrumental: liberar de sus cadenas al pensamiento independiente.  Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-P.