El Jurista (1556) de Giuseppe Arcimboldo.

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 El Jurista (Ulrich Zasius)

El Jurista (L’Avvocato) es un óleo sobre lienzo del pintor italiano Giuseppe Arcimboldo que se conserva en el Museo Nacional de Estocolmo.

El cuadro corresponde al grupo de “retratos ridículos”, alusivos a diversos gremios. La intención del artista en este caso parece clara: los rasgos de la cara están representados por un ave de corral desplumada y la boca desdeñosa por un pez. En El Orador, Cicerón decía que el rostro es el espejo del alma.

Arcimboldo, hombre de fina cultura, fue pintor de cámara de Maximiliano II de Habsburgo y ya estaba bien establecido como artista cuando realiza esta obra. Se especula sobre si alguna de sus caricaturas pudiera haber tenido un referente personal.

No faltan motivos para la desconfianza: desde esa justicia que complace al Príncipe, hasta aquellos abogados sin los cuales no sería posible la corrupción de nuestra sociedad. El escritor Ambrose Bierce, en su célebre Diccionario del Diablo, definía al abogado como un profesional “especializado en burlar la ley”, a quien se otorga -legalmente- ese derecho. En fin, un Hermes “ad vocatus”, un tramposo deificado.

Este retrato lo es también de una parte de la sociedad aunque, como en tantas otras ocasiones, nadie se sentirá reconocido al mirarse al espejo.

Erudito en materia de ciencia, son menos conocidas sus ilustraciones de fauna y flora de diversos continentes, como las que le encargó el boloñés Ulisse Aldrovandi. Representó flores, frutas, pájaros, peces y animales terrestres con igual cuidado. La distinción que mantenemos hoy en día entre el arte y la ciencia en relación a la naturaleza no era tal en la época de Arcimboldo.

El viaje a Oaxaca de Oliver Sacks.

José Andrés Martínez García

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Lector entusiasta de los libros de historia natural decimonónicos (Humboldt, Russel Wallace, Spruce, Darwin…), el explorador de la mente humana Oliver Sacks se lanza en este diario de viaje a describir sus impresiones y descubrimientos botánicos en el suroeste de México. Y como en los buenos diarios, lo científico se une con lo personal. No es casualidad que del gran Humboldt valore no sólo su talento como naturalista sino también su sensibilidad hacia las diferentes culturas y pueblos con los que se encontró; algo que no puede decirse de otros naturalistas y que es, sin embargo, el santo y seña de todo gran hombre.

El objetivo del viaje es el estudio de esas discretas plantas conocidas como criptógamas (helechos, licopodios, colas de caballo…), en compañía de un grupo de la American Fern Society (Sociedad Americana de Helechos). Unos amigos a los que une la pasión por la botánica. Sacks reivindica su carácter de “aficionados” (amateurs, es decir, amantes en el mejor sentido de la palabra), lo cual no es incompatible con la erudición. El naturalista aficionado, generalmente autodidacta, se caracteriza por una memoria admirable vinculada al descubrimiento y un amor por el objeto de estudio que otorga un contenido fuertemente emocional a su relación con la naturaleza. Lo cierto es que, en el trabajo de campo, los aficionados han hecho y siguen haciendo grandes contribuciones a la  ciencia: en astronomía, mineralogía, paleontología, ornitología, botánica… Lo más importante no es el adiestramiento sino, como indica Sacks, ese “ojo del naturalista, que se caracteriza por una mezcla de disposición natural, biofilia, experiencia y pasión”.

Quien fuera  profesor de neurología clínica en el Albert Einstein College de Nueva York, encuentra en su afición botánica un espacio no afectado por las “rivalidades casi asesinas que no tardarían en caracterizar a un mundo cada vez más profesionalizado”. “Con frecuencia he de ir a reuniones profesionales de neurólogos y neurocientíficos, pero el ambiente [en la Fern Society] era del todo diferente y evidenciaba una libertad, una naturalidad y una falta de competitividad que no había visto jamás en ninguna reunión profesional”.

¿De dónde procede su interés por estas plantas?

Sacks recuerda la moda victoriana de los helechos. En Inglaterra muchas casas tenían terrarios con diversas especies, algunas de ellas exóticas. Estas plantas le seducen por sus volutas, sus frondes circinados y su origen antiguo: han sobrevivido, con escasos cambios, desde hace trescientos millones de años. Uno puede imaginarse viviendo en un mundo paleozoico, con plantas sin flores, donde el viento (y no los insectos) se encargaba de dispersar las esporas. “Prefiero el mundo verde y sin aroma de los helechos, el mundo tal como era antes de que aparecieran las flores. Un mundo, además, de un encantador recato, en el que los órganos reproductores no están aparatosamente expuestos, sino ocultos, con cierta delicadeza, en la parte inferior de los frondes”. “Siempre me he sentido inclinado hacia la botánica de las criptógamas. Las flores, con su carácter explícito, su abundancia, me parecen excesivas”.

Mucho después de que se comprendiera la reproducción sexual de las fanerógamas (las plantas con flores), la reproducción de los helechos siguió siendo un misterio. Se buscaban las semillas de estas plantas pero, puesto que nadie las veía, se supuso que poseían una condición mágica: estas eran invisibles y conferían invisibilidad. Sacks recuerda a Shakespeare quien, en su obra Enrique IV,  hace decir a uno de los sicarios de Falstaff:  “Obra en nuestro poder la semilla del helecho, y somos invisibles al caminar”. Dado que se desconocía la forma precisa de su reproducción, se acuñó el término de criptógamas para referirse a este carácter oculto. Hasta mediados del siglo XIX no se descubrió el efímero gametofito, que permitió comprender el ciclo reproductor de estos seres vivos.

Se considera que Oaxaca posee la flora más rica de México. Debe tenerse en cuenta que en este territorio aparecen todas las clases de hábitats posibles (árido valle central, bosque lluvioso, bosque de niebla, laderas de montaña…). La diversidad de helechos es asombrosa, con varios cientos de especies. Muchas de ellas se recogen en el cuaderno de campo de Sacks: helechos arborescentes, trepadores…, además de plantas emparentadas como las colas de caballo gigantes, los licopodios (“plantas liliputienses de un país encantado con minúsculas hojas y piñas”) y las selaginelas (plantas de la resurrección).

El libro también contiene otras referencias botánicas: a los nopales o tunas (Opuntia sp), al árbol del cacao (cuyo fruto era consumido por mayas y aztecas y que estos últimos consideraban un alimento de los dioses), a la yuca, al agave o maguey (de donde se obtiene el mezcal), a los bosquecillos de pasionarias y, especialmente, a los enormes ahuehuetes (Taxodium mucronatum).

Sacks visita en Santa María del Tule el conocido como árbol del Tule (el Gigante), un colosal ahuehuete que se encuentra en el patio de la iglesia de una antigua misión española. De una edad que podría superar los 2.000 años, impresiona no tanto por su altura (unos cuarenta metros) como por su circunferencia (12 de diámetro y 36 de perímetro). Se asemeja a una criatura mitológica cuyas infinitas ramas dan cobijo a cientos de aves.

Pero Oliver Sacks también es sensible a la historia, cultura y sociedad del territorio que visita. “¡Cuán especial es ver otras culturas y comprobar hasta qué punto son diferentes y lo poco universal que es la tuya!”.

Entre los sitios arqueológicos que menciona en su libro, destaca el Monte Albán, una de las ciudades más importantes de Mesoamérica. Se fundó en el 500 a.C sobre la cima de una montaña en el centro de los Valles Centrales de Oaxaca y funcionó como capital de los zapotecas desde los inicios de nuestra era hasta el 800 d. C.

El autor refiere cómo muchas iglesias católicas fueron edificadas sobre la destrucción de la arquitectura indígena, una costumbre de alto valor simbólico que da cuenta de la barbarie del conquistador. Así ocurre, por ejemplo, con las ruinas zapotecas de Mitla. También recuerda la destrucción de todo tipo de documentos escritos de mayas y aztecas (y de civilizaciones precedentes). “Sus exquisitos y delicados manuscritos, con las páginas de corteza de árbol, no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir a los autos de fe, y fueron destruidos por miles, hasta el punto de que apenas se conservan media docena”. Asímismo, en su insaciable codicia, los conquistadores fundieron miles de objetos decorativos de oro (era el único valor que los indígenas daban al mineral) destruyendo toda la cultura ligada a estas manifestaciones artísticas.

No se olvida tampoco de la pobreza: albañales al aire libre, niños con infecciones oculares, con llagas, suciedad… Es la otra cara de Oaxaca que conviene conocer “antes de ponerse uno demasiado lírico sobre el edén natural en que se encuentra”.

Alejándose del ensayo filosófico de base neurocientífica que ha dominado su obra, este es un libro sobre el viaje enriquecedor, sobre el placer del descubrimiento relacionado con la experiencia naturalista. Al fin y al cabo, Oliver Sacks acostumbraba a decir que se veía a sí mismo como un “naturalista o un explorador” y no solo de territorios neurológicos diversos.

No podemos sino identificarnos con Sacks cuando en el libro reconoce que, en cierto sentido, “es muy poco el goce permitido en estos tiempos y, sin embargo, no hay duda de que la vida está para gozarla”.  Viajando.

 

Los hombres grises de Michael Ende.

José Andrés Martínez García

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En su obra Momo, el escritor alemán Michael Ende reflexiona sobre el significado del tiempo para la vida humana.

Cuando se nos presenta a la entrañable protagonista, alguien le pregunta los años que tiene. Momo contesta sabiamente: “Por lo que puedo recordar siempre he existido”. La principal cualidad de esta niña huérfana es que sabe escuchar. Escucha a todos: a todo tipo de seres, “a cada uno en su lengua”. Momo es reflexiva. Por eso comprende a su amigo Beppo Barrendero y su costumbre de pensar seriamente, durante horas e incluso días. Porque, en su opinión, “todas las desgracias de este mundo provienen de las numerosas mentiras que circulan, unas voluntarias otras involuntarias, por prisas o por imprecisión”.

Momo tiene además una facultad extraordinaria: es capaz de inspirar a las personas, de ayudarles a descubrir su camino: “Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo”.

La acompaña una tortuga de nombre Casiopea. No es un personaje trivial. Este animalito, que recuerda a la vetusta Morla de La historia interminable, se comunica con las personas a través de las letras que aparecen en su caparazón. Por su longevidad, su singular sonrisa, sus “sagaces ojos negros”, su “ir despacio para llegar lejos”, puede considerarse símbolo de sabiduría. Los consejos de Casiopea deberían ser atendidos.

Pero los personajes más inquietantes del libro son los llamados hombres grises. Encarnan lo detestable del capitalismo productivista: el consumismo y la subordinación del ser humano a fines inhumanos. Estos hombres, con cigarro, corbata y maletín, forman parte de una Caja de Ahorros de Tiempo, que perfectamente podría ser un trasunto del sistema bancario mundial o del sistema económico mundial. “Aquel que posee el tiempo de los seres humanos disfruta de un poder ilimitado”. Su objetivo es convencer a los hombres de que deben “ahorrar tiempo”, centrándose en el trabajo y abandonando las ocupaciones llamadas “improductivas”, que se identifican como inútiles: el ocio, los placeres sencillos, la reflexión, el disfrute del arte, el tiempo dedicado a los amigos o a la familia, las aficiones.

La escena en que el hombre de gris aparece y se entrevista con el señor Fusi es muy elocuente:

Contésteme a una pregunta: ¿se quiere casar con la señora Daría?

– No –dijo el señor Fusi-, eso no es posible.

Desde luego –prosiguió el hombre gris-, ya que la señorita Daría pasará toda su vida encadenada a una silla de ruedas porque está lisiada. Y, sin embargo, usted le hace una visita diaria de media hora para llevarle una flor. ¿Y para qué?

¡Se pone tan contenta! –repuso el señor Fusi con lágrimas en los ojos.

Pero viéndolo fríamente –replicó el agente- es tiempo perdido para usted, señor Fusi.

Michael Ende titula este capítulo de manera certera: “La cuenta está equivocada pero cuadra”. Cuadra dentro de una lógica economicista.

El barbero renunciará a todo lo que da sentido a su vida: cuidar a su madre anciana, atender a su periquito, llevar cada día una flor a una amiga discapacitada, cantar en una coral, reunirse con los amigos… Renunciará incluso a sentarse quince minutos cada noche en la ventana para pensar en lo que ha hecho durante el día. Todo para “ahorrar tiempo”. Su propio trabajo se resiente y esta obsesión le llevará a realizarlo de manera mecánica, con pocas atenciones a los clientes. Se le agriará el carácter. El hombre se empobrecerá irremediablemente, a pesar de sus riquezas. Porque “hay mucha miseria en la abundancia”. “Existen riquezas que matan a uno si no pueden compartirse”.

La gran paradoja es que cuanto más tiempo se ahorra, más rápidamente desaparece para la realización verdadera del ser humano. El tiempo no es una inversión. No vuelve con tasa de interés. Es precisamente “ahorrando” como el tiempo de las personas se desvanece.  El discurso del hombre de gris, auténtico ladrón del tiempo, es una colosal mentira. Solo a él beneficia porque el tiempo de los demás es su alimento.

El maestro Hora, que Ende presenta como guardián del tiempo de los hombres, le explica a Momo ante qué tipo de enfermedad nos encontramos:

Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tienen ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día, de semana en semana. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso este sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Ya no hay ira ni entusiasmo, uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama aburrimiento mortal.

Si la alienación es el estado en que se encuentra aquel que no se reconoce en lo que hace, que no se reconoce como ser humano que busca realizarse y que es un mero instrumento de fines ajenos, los hombres grises son una metáfora de la alienación humana.

Pero los hombres de gris, al igual que otras criaturas monstruosas, son realmente criaturas creadas por nosotros. Como aclara el Maestro Hora: “Surgen porque los seres humanos les dan la posibilidad de surgir… los seres humanos les dan también la posibilidad de que los dominen”. El mal no solo está fuera.

Pensar sobre el tiempo sabiamente es el sentido del libro. Para empezar, reconocer que nuestra experiencia de la vida es en tiempo presente. Vivimos el ahora. El pasado es recuerdo y el futuro expectativa. No ha habido nunca un momento en que la vida no fuera ahora, ni lo habrá jamás. A diferencia de los adultos, los niños viven intensamente el momento sin preocuparse por el pasado o por el futuro.

Por otro lado, entender que la medida del tiempo es el ser humano. “El tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón”. “Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo”.

Y, por último, la seria advertencia de que nadie debe arrebatárnoslo. “Porque cada hombre tiene su propio tiempo y sólo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo”.

Momo es la historia de los ladrones del tiempo y de la niña que, desenmascarándolos, se lo devolvió a los hombres. Ojalá seamos capaces de reconocer a todos los hombres de gris que nos rodean.

 

Bibliografía:

Ende, Michael. (2006). Momo. Madrid: Punto de Lectura.

Eneas, hijo y padre.

Grupo de Eneas con Anquises y Ascanio, terracota, S. I D. C. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
Eneas y Anquises. 1697. Pierre Lapautre. Grupo escultórico inspirado en una obra en cera de Francois Girardon. Museo del Louvre.

 

Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre sobre los hombros.
Débiles aún, su peso nos impide la marcha,
pero luego se vuelve cada vez más liviano,
hasta que un día deja de sentirse
y advertimos que ha muerto.
Entonces lo abandonamos para siempre
en un recodo del camino
y trepamos a los hombros de nuestro hijo.

Horacio Castillo.

El episodio, representado en todos los formatos y en todas las épocas (la más conocida la escultura en mármol de Gian Lorenzo Bernini, expuesta en la Galería Borghese de Roma), muestra como figura central a Eneas, superviviente de la caída de Troya, que lleva sobre la espalda, en los hombros o sentado en el brazo a su anciano padre Anquises. La escena se completa con el hijo de Eneas, Ascanio.

En la guerra de Troya tal como es narrada por Homero, Eneas es más bien un personaje secundario, eclipsado por otros héroes como Aquiles, contra el que llegaría a luchar.

Tiempo después, el poeta Virgilio convertirá a Eneas (y su heroica huida) en protagonista de una dramática epopeya con la que quedaron unidos dos grandes momentos de la Antigüedad: la caída de Troya y la fundación de Roma por uno de sus descendientes (Rómulo).

“… ya percibíamos más claramente el chirrido de las llamas en las murallas, ya nos llegaban más de cerca las ardientes bocanadas del incendio. “Pronto, querido padre”, le dije, “súbete sobre mi cuello, yo te llevaré en mis hombros, y esta carga no me será pesada; suceda lo que suceda, común será el peligro, común la salvación para ambos”. Eneida (Virgilio).

Valiente y piadoso Eneas, ¡que llegues a puerto con tu tesoro a salvo!

El ingenio de los pájaros de Jennifer Ackerman.

José Andrés Martínez García

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“La niebla se levanta. Vislumbro la cortina ondulante de la cordillera Azul al otro lado del valle, teñida de morado por la bruma. De un bosquecillo cercano me llega el siseo penetrante de un carbonero. Me dirijo hacia allí y lo encuentro posado en un pino, desplegando su retahíla de diis, quizá mientras calibra mi presencia. Basta con pensar en la extraordinaria genialidad condensada en ese diminuto soplo de plumas para abrir las compuertas de la mente a los misterios del conocimiento de las aves, el qué y el porqué. Se trata de rompecabezas maravillosos para mantener en nuestra biblioteca intelectual, para recordarnos lo poco que sabemos todavía”.  Jennifer Ackerman.

Realmente la inteligencia es un concepto resbaladizo incluso para nuestra especie. Ackerman prefiere hablar de “genio” y titula su libro “The genius of birds”, que se ha traducido como El  Ingenio de los pájaros. La mayoría de los estudiosos de las aves prefieren el término cognición al de inteligencia, por las numerosas connotaciones de esta última palabra. La cognición animal puede definirse como los mecanismos (múltiples y no necesariamente relacionados) mediante los cuales un animal adquiere, procesa, almacena y utiliza información para enfrentar desafíos sociales y ambientales.

Nos preguntamos cómo definir las elevadas capacidades cognitivas y para ello seguimos empleando principalmente criterios humanos. Tendemos a juzgar otras mentes por su parecido a la nuestra. Así, por ejemplo, sobrevaloramos la fabricación de herramientas porque las fabricamos nosotros -por encima, por ejemplo, de la orientación, entre otras muchas capacidades-. O ideamos test cognitivos como lo haría un especialista en psicología humana. ¿No deberíamos apreciar las complejas capacidades cognitivas de las aves por sí mismas, y no porque recuerden en algunos aspectos a las nuestras?, se pregunta Ackerman.

Entre el antropomorfismo (interpretar los comportamientos animales en términos humanos) y la antroponegación (negar similitudes entre los comportamiento animales y humanos) ¿hay un lugar justo donde podamos situarnos? En El Origen del hombre, Darwin defendía que la diferencia entre la capacidad mental de los animales y los seres humanos era cuestión de grado.

Cuando de inteligencia de las aves se trata, un ejemplo clásico que se enseña en las facultades de biología es el de los herrerillos y carboneros comunes del Reino Unido a principios del siglo XX. Adquirieron rápidamente la habilidad de abrir los tapones de las botellas de leche que se dejaban ante las puertas de las viviendas cada mañana, para tomarse la espesa nata que se condensa en la parte superior. En la década de 1950 en toda Inglaterra las botellas de leche se hallaban bajo asedio.

El libro muestra algunas de las sorprendentes capacidades de los pájaros para enfrentarse a retos de su ambiente, en ocasiones nuevos. Aprenden a fabricar y utilizar herramientas, hacen regalos, saben contar, imitan comportamientos de otras aves, aprenden centenares de cantos, recuerdan dónde dejan las cosas, se consuelan mutuamente…

Algunos de estos comportamientos son muestras asombrosas de cómo funciona el aprendizaje mediante “ensayo y error” y quizás no requieran de capacidades cognitivas superiores. No debe darse por supuesto que un comportamiento aparentemente complejo responda a pensamientos complejos. Aún así, cuesta creer que no nos encontremos ante una forma de cognición intermedia entre el aprendizaje simple y el pensamiento humano.

Con diferencia, los córvidos son el grupo biológico merecedor de más atención en el libro. Así, se cuenta cómo los cuervos de Nueva Caledonia en el Pacífico Sur (Corvus moneduloides) son capaces de usar metaherramientas, es decir, herramientas para obtener otra herramientas, lo que parece sugerir una notable memoria de trabajo o funcional (retener en la mente información relevante mientras se desarrolla una tarea). Se asemejan en ello a humanos, chimpancés y orangutanes. Se considera el pájaro más inteligente del mundo, al menos desde el punto de vista de la “inteligencia técnica”.

Ackerman recuerda la conocida fábula de Esopo: El cuervo y el cántaro. Un cuervo sediento encuentra un cántaro de agua medio lleno. Incapaz de llegar al agua para bebérsela, el cuervo va lanzando al interior del cántaro piedrecita tras piedrecita hasta que el nivel del agua asciende lo suficiente para llegar a ella. Pues bien, la fábula se corresponde fielmente con la realidad: es exactamente lo que hacen los cuervos de Nueva Caledonia. Y si se les plantea la disyuntiva de usar cuerpos ligeros o pesados, sólidos o huecos escogen los que se hunden frente a los que flotan.

En el libro se citan, a modo de inventario de talentos, numerosos ejemplos.

Los ruidosos arrendajos azules (Cyanocitta cristata) del este de EE.UU destacan por sus lazos familiares y sus complejos sistemas sociales. El arrendajo europeo (Garrulus glandarius) parece intuir los deseos cambiantes de su pareja. El macho corteja a una hembra seleccionando regalos suculentos para ella.  Ser capaz de adoptar la perspectiva del otro, percibir sus necesidades, puede interpretarse tentadoramente en el marco de una teoría de la mente. Las urracas (Pica pica) reconocen la identidad de su propio reflejo en un espejo.

Los cascanueces americanos (Nucifraga columbiana), oriundos de las Montañas Rocosas del oeste americano, son capaces de reunir “más de 30.000 piñones en un solo verano, transportando hasta cien de ellos a la vez en un gran morral bajo la lengua. Entierran los piñones en unos 5.000 escondrijos distintos, diseminados en un territorio de centenares de metros cuadrados…, que luego consiguen encontrar”.

Mención especial merece la chara californiana (Aphelocoma californica), una especie de córvido nativa del oeste de América del Norte que aparece representada en la portada del libro. Se extiende desde el sur de Washington hasta el centro de Texas y el centro de México. “Azul, como su pariente el arrendajo azul (aunque sin la ufana cresta), es un ave igual de descarada y conocida por ser un ave ladrona y bribona (…) es una especie acaparadora, es decir, que esconde la comida. Durante el otoño vuelan como un rayo por el monte bajo recogiendo bellotas y otros frutos secos por miles, además de insectos y gusanos. Distribuyen esas provisiones para el futuro en miles de escondites por todo su territorio (…); maestros de la prestidigitación social, no sólo recuerdan dónde han escondido sus botines (y quién las observa), sino qué guardaron en ellos y cuándo, recuperando los alimentos más perecederos antes de que se pudran”.

Lo verdaderamente asombroso es que la chara no solo roba las despensas de sus vecinos,  sino que simula almacenes propios engañando a quienes sospecha que la están observando. Todo ello para evitar ser robada. Las charas también son conocidas por concentrarse ruidosamente ante el cadáver de una de ellas.

En el libro hay también una referencia a la graja (Corvus frugilegus), que en nuestro país presenta únicamente un núcleo reproductor en la provincia de León: “Y luego están los besos que se dan las grajas. Estos miembros sumamente sociales de la familia del cuervo americano, anidan en colonias superpobladas donde es muy frecuente que se produzcan riñas. Un estudio reveló que, tras observar a su pareja en un conflicto, las grajas suelen consolar al ave nerviosa durante uno o dos minutos entrelazando sus picos con ella”.

¿Hay problemas ecológicos o presiones selectivas que estimulan las altas capacidades?: búsqueda de comida en entornos cambiantes o impredecibles, relaciones y destrezas sociales, hábitos migratorios…, ¿interviene la selección sexual? Al fin y al cabo lo importante es adaptarse, no de manera perfecta ni única, sino desplegando cada uno su propio tipo de genialidad.

Darwin describió el canto de las aves como “la analogía más próxima al lenguaje”. ¿Quién puede dudar de que el aprendizaje de trinos implica notables funciones cognitivas? El sinsonte es un miembro de la familia Mimidae (un tipo de zorzal presente sólo en las Américas). En su viaje a bordo del Beagle, Darwin se refirió a ellos como: “unos pájaros muy vivos, inquisitivos y activos (…) que poseen un canto muy superior al de cualquier otro ave del campo”. Son expertos en imitar el canto de otras aves, e incluso el de ranas y grillos. Thoreau se refería al él como un pájaro que suelta “su galimatías, sus interpretaciones a lo aprendiz de Paganini”.

Pero hay otros muchos imitadores expertos: ruiseñores, carriceros políglotas e incluso los humildes estorninos. La alondra común (Alauda arvensis) realiza cantos en vuelo extremadamente largos y complejos. Algunos loros, como el loro gris africano, tienen el don de imitar el habla humana…

Los agudos y finos silbidos de los carboneros (sus tsiiis, diidiidís…) representan asimismo un sofisticado sistema de comunicación, avisando de la presencia de fuentes de alimento y de depredadores. Saberlo cambia el modo de escuchar los dis mientras caminamos por el bosque.

Nos impresionan los animales constructores -apunta Ackerman- porque nosotros mismos lo somos. Para fabricar los nidos de tejedores, de golondrinas comunes, de pájaros moscones o de mitos, además de instinto, hace falta aprendizaje, memoria, experiencia, toma de decisiones, coordinación y colaboración. Un caso especial es el del pergolero, ave que vive en Nueva Guinea y Australia. Célebre por su cerebro grande, vida longeva e infancia prolongada, construye elaboradas pérgolas decoradas de forma exuberante para atraer a las hembras.

Por otro lado, las mentes cartográficas de las aves migradoras o de las palomas mensajeras no dejan de asombrarnos. Los largos desplazamientos de gorriones de corona blanca en América, abejarucos europeos, charranes árticos… o las altas capacidades de orientación a menor escala de las mencionadas charas, arrendajos o cascanueces, se resisten todavía hoy a la comprensión precisa de cómo funciona su navegador mental. Los colibríes, en sus admirables derbis aéreos, deben cosechar centenares de flores al día y prefieren no malgastar el tiempo visitando las que ya han quedado secas. Por ello rara vez zumban sobre la misma flor dos veces. ¿Cómo lo hacen?

Incluso las cualidades cognitivas de las aves sinántropas y buenas colonizadoras como los gorriones comunes (Passer domesticus) merecen un estudio detallado. Las ciudades son máquinas de aprendizaje y quizás “hagan a las aves inteligentes más inteligentes aún” afirma Ackerman.

Las aves altriciales nacen (como nosotros) indefensas y con un cerebro pequeño, que, como el nuestro, crece mucho tras el nacimiento, madurando bajo el cuidado de los progenitores. La mayoría de ellas, que permanecen en el nido, terminan teniendo un cerebro más grande que las que lo abandonan al nacer. En general, las especies animales inteligentes disfrutan de infancias prolongadas. Es como si se planteara una elección: o funcionalidad plena al nacer o una mayor capacidad mental mas adelante.

La naturaleza es una maestra del bricolaje. Una y otra vez, en grupos sin relación de parentesco (aves y mamíferos se separaron en el árbol filogenético hace más de 300 millones de años), encontramos ejemplos de convergencia evolutiva en anatomía y comportamiento. ¿Por qué no puede darse también esta convergencia en la cognición?

Atenea, la diosa griega de la sabiduría, la de “ojos brillantes”, fue originariamente una diosa pájaro. Se la identificó con el mochuelo (Athene), asociado desde entonces con la inteligencia.

Como sugiere Ackerman, quizás sea el momento de desterrar definitivamente expresiones como “cabeza de pájaro o de chorlito” . De reconocernos en ellos como seres que sienten, disfrutan y sufren. De admirar su “talento” y de reconocernos también, más allá de las diferencias, en sus asombrosas capacidades.

El Ingenio de los pájaros es un magnífico ejemplo de la buena divulgación científica. Muy bien documentado, se entreteje con anécdotas personales que enriquecen el texto. Puesto que la especie favorita de la autora es el sencillo carbonero, “una cucada” por el que dice sentir algo cercano al amor, concluimos la reseña como la empezamos, con una cita sobre este pajarillo:

“En una ocasión, mientras practicaba esquí de fondo en las montañas de Adirondack, me detuve a comer en un pequeño claro. Una gruesa capa de nieve cubría el suelo y el frío helaba los huesos. En cuanto saqué mi emparedado de mantequilla de cacahuete detecté un movimiento por el rabillo del ojo y escuché un zumbido familiar. Un carbonero cabecinegro (Poecile atricapillus), un  pariente del carbonero que espuma la nata de las botellas de leche, había aparecido de repente en una rama en el borde del calvero. Le siguió otro y luego, otro más. Al poco tiempo tenía una pequeña bandada a mis pies. Sostuve una miga de pan en un dedo y uno de ellos revoloteó y la agarró con el pico. Momentos después, aquel pequeño descarado se posó en mi brazo y empezó a comer directamente de mi mano”. Jennifer Ackerman.

 

Bibliografía:

Ackerman, Jennifer. (2017). El ingenio de los pájaros. Barcelona: Ariel.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2017). El ingenio de los pájaros, de Jennifer Ackerman. Barcelona: Ariel. Disponible en: https://wp.me/p5x5PF-gF

 

La ciencia: una luz en la oscuridad. A propósito del libro de Carl Sagan El mundo y sus demonios.

José Andrés Martínez García

Sagan

 

Hay libros iniciáticos. En mi juventud me causaron una fuerte impresión las obras de Bertrand Russell. Recuerdo, en particular, La perspectiva científica que leí en una edición de Sarpe traducida por Manuel Sacristán Luzón. El conocimiento es una tarea que necesita de su andamiaje.

Este libro, que Carl Sagan dedica a su nieto (Te deseo un mundo libre de demonios), debería ser lectura obligada para los jóvenes. Son momentos cruciales del desarrollo personal en los que uno ha de dotarse de las herramientas intelectuales con las que intentará más tarde comprender e interpretar el mundo.

Volver sobre la exitosa serie documental Cosmos y recordar, por ejemplo, aquel soberbio capítulo en el que Carl Sagan se pasea por la costa del mar Egeo resulta emocionante. Explica en qué consistió la llamada “aproximación al conocimiento de los jónicos”, la primera escuela filosófica que defendió que las leyes y fuerzas de la naturaleza (y no los dioses) son responsables del orden y de la existencia del universo.

“Durante miles de años los hombres estuvieron oprimidos -como lo están todavía algunos- por la idea de que el universo es una marioneta cuyos hilos manejan un dios o dioses, no vistos e inescrutables. Hace 2.500 años hubo en Jonia un glorioso despertar: se produjo en Samos y en las demás colonias griegas que crecieron entre las islas y ensenadas del mar Egeo oriental. Aparecieron personas que creían que todo estaba  hecho de átomos, que los seres humanos y los demás animales procedían de formas más simples; que las enfermedades no eran causadas por demonios o dioses; que la Tierra no era más que un planeta que giraba alrededor del Sol. Y que las estrellas estaban muy lejos de nosotros. Esta revolución creó el Cosmos del Caos”. Carl Sagan.

Convencido de que es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad, Sagan lleva a cabo una lúcida defensa del método científico. Método que, aunque en ocasiones pueda parecer indigesto y espeso, es mucho más importante que los descubrimientos mismos.La ciencia es mucho más que un cuerpo de conocimiento. Es una forma de pensar, una forma escéptica de interrogar al universo con pleno entendimiento de la falibilidad humana”, afirma Carl Sagan.

El necesario escepticismo.

¿Qué es el escepticismo? Una herramienta metodológica. La duda frente a la falta de evidencia. No es un fin en sí mismo. René Descartes escribió: “No imité a los escépticos que dudan sólo por dudar y simulan estar siempre indecisos; al contrario, mi intención era llegar a una certeza, y excavar el polvo y la arena hasta llegar a la roca o la arcilla de debajo”.

Ahora bien, las herramientas del escepticismo deben estar al alcance de todos los ciudadanos, porque “los seres humanos tenemos verdadero talento para engañarnos a nosotros mismos” y porque “nuestra política, economía, publicidad y religiones (nuevas y viejas) están inundadas de credulidad”, advierte Sagan.

Hay que desconfiar de aquello en lo que está fuertemente involucrado el propio interés, las pasiones, los prejuicios o el llamado gusto por lo maravilloso. Por la sencilla razón de que tendemos a creer lo que queremos que sea cierto. Bertrand Russell advertía de que “la mente de los más razonables de entre nosotros puede ser comparada con  un mar tormentoso de convicciones apasionadas, basadas en el deseo; sobre ese mar flotan arriesgadamente unos cuantos botes pequeñitos que transportan un cargamento de creencias demostradas científicamente”.

Carl Sagan dedica todo un capítulo a facilitar aquellas herramientas que puedan ser útiles en lo que considera la “sutil tarea de detección permanente de camelos”. Así, advierte sobre los sesgos cognitivos a los que estamos expuestos y sobre las falacias lógicas y retóricas más habituales. Este es un aspecto al que se debería prestar más atención en la enseñanza de la filosofía, centrada con demasiada frecuencia en un anodino resumen histórico de doctrinas.

Una de las lecciones más importantes de la psicología cognitiva es que, si uno está sometido a un engaño durante demasiado tiempo, tiende a rechazar cualquier prueba de que es un engaño. Resulta más fácil engañar que convencer a alguien de que ha sido engañado. Buscamos argumentos que apuntalan nuestros deseos mientras desatendemos las pruebas que se oponen a ellos. Recibimos favorablemente lo que concuerda, resistimos con desagrado lo que contradice. Y esta es una información relevante sobre nosotros mismos que no conviene olvidar.

¿Cómo hay que aplicar ese escepticismo científico? Con sensibilidad. Sin arrogancia, sin dogmatismo, sin despreciar los sentimientos y creencias profundas de los otros. Ser beligerante frente a las supersticiones pero “templando la crítica con la amabilidad”.

Entre otras cosas, porque este asunto no puede estudiarse solo en términos de una deriva irracional y anticientífica (que lo es) sino desde un punto de vista antropológico, con referencia a los contextos ideológicos, históricos y culturales. Hay que entender que nos encontramos ante personas o grupos sociales que, a través de sus creencias, expresan conflictos, dilemas e identidades.

Las supersticiones y la pseudociencia.

Las religiones han sido la fuente más notable de superstición de la historia de la Humanidad. El temor a las cosas invisibles o a aquello que no entendemos fue la semilla natural de esas religiones.

La historia de todo lo referente a la demonología cristiana es escalofriante y no puede desconocerse. Desde el principio del cristianismo -recuerda Sagan- se pretendió que los demonios eran mucho más que una mera metáfora poética del mal en el corazón de los hombres.

La obsesión por los demonios alcanzó cotas difíciles de superar en la bula del papa Inocencio VIII (1484). Se puso en marcha la acusación, tortura y ejecución sistemática de “brujas” por toda Europa. Duró varios siglos. Eran culpables de lo que san Agustín había descrito como “una asociación criminal con el mundo oculto”. Las persecuciones fueron principalmente de mujeres.

El conocido libro Martillo de Brujas (Malleus maleficarum), escrito a petición del Papa, es uno de los libros más aterradores de la historia humana. Si una mujer era acusada de brujería, era bruja. Contenía un manual para torturadores. En un ejercicio de salvaje misoginia fueron quemadas legiones de mujeres en la hoguera.

Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y quema en la hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y tanto católicos como protestantes la castigaron sin piedad.

¿Cosa del pasado? En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en los cuentos infantiles, la Iglesia católica y otras Iglesias siguen practicando exorcismos y “los defensores de algún culto todavía denuncian como brujería las prácticas rituales de otro”, apunta Sagan.

Por otro lado, la huida al mundo de la pseudociencia es hoy un fenómeno sociológico de primer orden. En muchos aspectos guarda similitud con la religión, hasta el punto de que algunas son un sustituto de ésta. La mentalidad de buena parte de la sociedad moderna muestra cómo, asombrosamente, el siglo XXI puede convivir con el siglo XIII.

La ciencia origina una sensación de prodigio pero la pseudociencia también y con frecuencia la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento. Muchas pseudociencias explotan el innegable poder emocional de sus fantasías.

A lo largo de la historia se han asociado la curas milagrosas a una amplia variedad de curanderos, reales o imaginarios. Carl Sagan recuerda la historia del llamado “toque real”. La escrófula (un tipo de tuberculosis) se llamaba en Inglaterra el “mal del rey” y se suponía que solo podía ser curada por la mano del rey. Las víctimas guardaban cola pacientemente para que el rey las tocara; “el monarca se sometía brevemente a otra pesada obligación de su alto cargo y -aunque no parece que curara a nadie- la práctica duró siglos”. El uso político de esta farsa es evidente: se buscaba dar legitimación al poder real, especialmente al comienzo de cada reinado.

Sobran los ejemplos y no merece la pena extenderse en ellos. Cada época tiene su locura particular.

Tiene razón Mario Bunge cuando afirma que “la difusión de la superstición, la pseudociencia y la anticiencia son fenómenos psicosociales importantes, dignos de ser investigados de forma científica y, tal vez, hasta de ser utilizados como indicadores del estado de salud de una cultura”.

La pseudociencia se debe combatir como pensamiento mágico. Se beneficia de la masiva difusión de cultura basura y de la insuficiente enseñanza de la ciencia. Para criticarla no basta con señalar que carece de apoyo empírico. Es preciso demostrar que tales creencias son contradictorias con teorías científicas sólidamente establecidas o principios filosóficos fértiles.

En ocasiones estas tendencias anticientíficas son respuestas “neuróticas” (en el sentido de distorsión del pensamiento racional) fruto de una reacción mal orientada, pero explicable, a los desastres de la tecnociencia. Algunas pseudociencias atraen de este modo a quienes se rebelan contra el orden social establecido. Sus seguidores no saben que, para cambiarlo, valen más los estudios científicos que las creencias infundadas.

Enseñar la ciencia.

Vivimos en una sociedad dependiente de la ciencia y la tecnología, en la cual prácticamente nadie sabe nada acerca de la ciencia o la tecnología. El mensaje del libro es claro en este aspecto: debe combatirse el analfabetismo científico, potenciar el pensamiento escéptico y formar en el método científico.

“No explicar la ciencia me parece perverso. Nos priva de un derecho. Se erosiona la confianza en ella”, escribe Sagan. Insiste: “Rechazo la idea de que la ciencia sea secreta por naturaleza. Su cultura y su carácter distintivo, por muy buenas razones, son colectivos, colaboradores y comunicativos”. También: “En todos los usos de la ciencia es insuficiente -y ciertamente peligroso- producir solo un sacerdocio pequeño, altamente competente y bien recompensado, de profesionales”.

Es preciso reconocer que la enseñanza de la ciencia se hace demasiado a menudo de manera incompetente y en un lenguaje arcano. En general, es una enseñanza poco inspiradora. No se da importancia al descubrimiento. Se enseña simplemente conocimiento acumulado. Y no se hace la crónica de los errores.

La ciencia es algo demasiado importante como para que no forme parte de la cultura popular.

Las pseudociencias y la falacia “ad hominen”.

La pseudociencia gusta especialmente del argumento “ad hominem”. Falacias de este tipo se usan frecuentemente para minar la credibilidad en la ciencia. De este modo, se pretende poner en tela de juicio o dar por establecida la falsedad de un descubrimiento o de una teoría usando como prueba la biografía del autor; es decir, desacreditando en algún aspecto a la persona.

Aquí es preciso reproducir la cita de Sagan extensamente por su gran interés:

Los posmodernos han criticado la astronomía de Kepler porque surgió de sus puntos de vista religiosos monoteístas medievales; la biología evolutiva de Darwin por estar motivada por un deseo de perpetuar los privilegios de la clase social de la que procedía o bien para justificar su supuesto ateísmo previo. Algunas de esas denuncias son ciertas. Otras no. Pero ¿qué importan las tendencias o predisposiciones emocionales que los científicos introducen en sus estudios siempre que sean escrupulosamente honestos y otras personas con proclividades diferentes comprueben sus resultados? Presumiblemente, nadie argüirá que el punto de vista conservador de la suma de 14 y 27 difiere del punto de vista liberal (…). Algunos historiadores critican a Isaac Newton: se dice que rechazaba la posición filosófica de Descartes porque podía desafiar la religión convencional y llevar al caos social y al ateísmo. Estas críticas sólo demuestran que los científicos son humanos. Desde luego, es interesante para el historiador de las ideas ver cómo se vio afectado Newton por las corrientes intelectuales de su época, pero tiene poco que ver con la verdad de sus proposiciones (…). Se ha manifestado horror ante la descripción de Darwin sobre «la baja moralidad de los salvajes… sus insuficientes poderes de razonamiento… [su] débil poder de autodominio». Pero no me parece que hubiera ningún rastro de racismo en el comentario de Darwin. Aludía a los habitantes de Tierra del Fuego, que sufrían una escasez agobiante en la provincia más estéril y antártica de la Argentina. Cuando describió a una mujer sudamericana de origen africano que prefirió la muerte a someterse a la esclavitud, anotó que sólo el prejuicio nos impedía ver su desafío a la misma luz heroica que concederíamos a un acto similar de la orgullosa matrona de una familia noble romana. Él mismo casi fue expulsado del Beagle por el capitán Fitz Roy por su oposición militante al racismo del capitán. Darwin estaba por encima de la mayoría de sus contemporáneos en este aspecto. Pero, en fin, aunque no fuera así, ¿en qué afecta eso a la verdad o falsedad de la selección natural? (…). Sí, se puede dar la vuelta a la perspicacia de Darwin y usarla de modo grotesco: magnates de voracidad insaciable pueden explicar sus prácticas de cortar cabezas apelando al darwinismo social; los nazis y otros racistas pueden alegar la «supervivencia del más apto» para justificar el genocidio. Pero Darwin no hizo a John D. Rockefeller ni a Adolf Hitler. La avaricia, la revolución industrial, el sistema de libre empresa y la corrupción del gobierno por los adinerados son más adecuados para explicar el capitalismo del siglo XIX”.

Defender la ciencia no es defender la industria ni sacralizar la tecnología.

La ciencia no es idolatría. También existe el fraude y sobra decir que es del máximo interés desenmascararlo. El método científico debe usarse para distinguir los ídolos falsos de los auténticos.

“La cultura comercial está llena de informaciones erróneas a expensas del consumidor. No se espera que preguntemos. No piense. Compre. Las recomendaciones (pagadas) de productos, especialmente por parte de expertos reales o supuestos, constituye una avalancha constante de engaños… Ello revela que los científicos también son capaces de mentir por dinero”, escribe Sagan.

El libro refiere algunos ejemplos: las maniobras de ocultación de los daños a la capa de ozono por Du Pont Corporation debido a productos de freón (1974), las maniobras de la industria tabaquera en relación al consumo de cigarrillos (desde que en 1953 empezaron a publicarse artículos sobre los efectos del tabaco), la supuesta superioridad de un grupo étnico o género sobre otro a partir de las medidas del cerebro o los tests de coeficiente intelectual y un largo etcétera.

Un tema especialmente grave es la complicidad con la industria militar. Para Sagan resulta paradigmático el papel jugado por el físico Edward Teller, que ha pasado a la historia como el “padre” de la bomba de hidrógeno. Teller tuvo asimismo una influencia decisiva para impedir la firma de tratados que prohibieran las pruebas de armas nucleares y fue quien “vendió” al presidente Ronald Reagan la idea de la “guerra de las galaxias” (la llamada iniciativa de defensa estratégica). La ciencia mercenaria o ciencia a sueldo se desentiende de las consecuencias morales o incluso opera a sabiendas de que los resultados se utilizarán para fines perversos.

Los hombres que se dedican a la ciencia son seres humanos y, como tales, gustan de complacer a los ricos y poderosos. Algunos, sin rastro alguno de pesar moral. Sagan escribe: “los científicos también son responsables de tecnologías mortales: a veces las inventan a propósito, a veces por no mostrar la suficiente cautela ante efectos secundarios no previstos. Pero también son los científicos los que, en la mayoría de estos casos, nos han advertido del peligro”.

Desde Bacon la técnica se ha confundido con la ciencia: todo avance tecnológico importante en la historia de la especie humana -hasta la invención de las herramientas de piedra y el control de fuego- ha sido éticamente ambiguo. La barbarie técnica utiliza medios técnicos refinados para alcanzar metas bárbaras. Pero la ciencia también ha alertado, y debe seguir haciéndolo, de los riesgos que conllevan las tecnologías, especialmente para el medio ambiente global. Puede y debe ser un sistema de alarma.

Los científicos tienen una responsabilidad profunda en el mal uso de sus descubrimientos. Cuanto más poderosos son sus productos, mayor es su responsabilidad. La capacidad de hacer daño a una escala planetaria sin precedentes exige una ética emergente que debe ser establecida a una escala planetaria sin precedentes. “Creo que es tarea particular de los científicos alertar al público de los peligros posibles, especialmente de los que derivan de la ciencia o se pueden prevenir mediante la aplicación de la ciencia. Podría decirse que una misión así es profética”.

La cuestión social. Ser cultos para ser libres.

El libro no es ajeno a los problemas sociales. “Ann Druyan y yo venimos de familias que conocieron la pobreza. Pero nuestros padres eran lectores apasionados”, recuerda.

Analizando la figura de Frederick Douglass, antiguo esclavo y líder abolicionista, Sagan apunta cómo en los tiempos de la esclavitud había una prohibición reveladora: los esclavos debían seguir siendo analfabetos. En el sur de antes de la guerra, los blancos que enseñaban a leer a un esclavo recibían el castigo más severo.

Se comprende que Sagan ataque asimismo libros como The Bell Curve de Richard J. Herrnstein y Charles Murray, libros que defienden un abismo hereditario irreductible entre blancos y negros. La educación y la mala alimentación explican mucho más que los genes: “Cuando los niños no comen lo suficiente terminan con una disminución de la capacidad de entender y aprender («deterioro cognitivo»). Eso no sólo ocurre cuando el hambre es atroz. Puede suceder incluso con una ligera desnutrición: el tipo más común entre los pobres de Norteamérica. Eso puede ocurrir antes de que nazca el niño (si la madre no come lo suficiente), en la primera infancia o en la niñez. El cuerpo tiene que decidir cómo invertir los alimentos limitados de que dispone. Lo primero es la supervivencia. El crecimiento viene en segundo lugar. En esta criba nutritiva, el cuerpo parece obligado a colocar el aprendizaje en último lugar”.

La ciencia y la democracia comenzaron en el mismo tiempo y lugar: siglos VII-VI a.d.C. en Grecia. Para Sagan es preciso reivindicar la ciencia como instrumento de liberación humana, como baluarte de una sociedad libre. Para no dejarse engañar por embaucadores, para desenmascarar supercherías y para mantenerse libres de charlatanes, sean estos médicos, religiosos o políticos.

Una nueva “espiritualidad”.

La ciencia nos enseña mucho sobre nuestro contexto cósmico. Sobre el dónde, el cuándo y sobre quiénes somos. De un modo que ningún otro empeño ha sabido hacer.

Excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran fueron fabricados en estrellas gigantes rojas, a miles de años luz en el espacio hace millones de años. Somos materia estelar, polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas. Somos el medio para que el Cosmos se conozca a sí mismo. Es difícil encontrar una conexión cósmica más profunda que la que nos enseñan los asombrosos descubrimientos de la astrofísica moderna.

A pesar de su uso frecuente con un sentido contrario, la palabra “espiritual” no implica necesariamente algo distinto de la materia (incluyendo la materia de la que está hecho el cerebro), o algo ajeno al reino de la ciencia.

Para Carl Sagan “la ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad sino que es una fuente de espiritualidad profunda. Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz y en el paso de las eras, cuando captamos la complicación, belleza y sutileza de la vida, la elevación de este sentimiento, la sensación combinada de regocijo y humildad, es sin duda espiritual. Así son nuestras emociones en presencia del gran arte, la música o la literatura, o ante los actos de altruismo y valentía ejemplar como los de Mohandas Gandhi o Martin Luther King Jr. La idea de que la ciencia y la espiritualidad se excluyen mutuamente de algún modo presta un flaco favor a ambas”.

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Como dijera Albert Einstein lo que sabemos, comparado con lo que desconocemos, nuestra ciencia, comparada con la realidad misma que aspira a conocer, puede ser primitiva e infantil, pero es lo más preciado que tenemos. Está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Pero es el mejor que tenemos. Es la aproximación (asintótica) al conocimiento verdadero más exitosa de la que disponemos. Cumple con su cometido. Además, no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados ella. Lo mejor sería sacarle el máximo provecho.

 

Bibliografía:

Bunge, Mario. (2010). Las pseudociencias. ¡Vaya timo!. Pamplona: Laetoli.

Russell, Bertrand. (1983). La perspectiva científica. Madrid: Sarpe.

Sagan, Carl. El mundo y sus demonios. (2017). La ciencia como una luz en la oscuridad. Barcelona: Crítica.

 

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2018). La ciencia: una luz en la oscuridad. A propósito del libro de Carl Sagan El mundo y sus demonios. Criterios. León. Disponible en: http:/criterios. 2018/04/03. Una luz en la oscuridad.

 

El Cristo de Munkácsy (1881) según José Martí.

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José Martí escribió en la década de 1880 a 1890 una serie de artículos y crónicas que desde Nueva York enviaba a distintas publicaciones hispanoamericanas. Periódicos de Venezuela, México, Panamá, Uruguay, Argentina y los propios Estados Unidos recibían los artículos del escritor cubano.

Una de esas Cartas de Nueva York está dedicada al cuadro Cristo ante Pilatos (1881) del pintor húngaro Mihály Munkácsy (1844-1900).

Martí considera la obra “digna del aplauso de los siglos” y lleva a cabo una interpretación personal donde recrea una espiritualidad centrada en el hombre, una interpretación humana de la divinidad (“lo divino está en lo humano”, escribe) donde el triunfo de Jesús es “la encarnación más acabada del poder invencible de la idea”. En el mismo sentido interpreta la resurrección.

Para Martí, Munkácsy no ve a Jesús “como la resignación que cautiva, como el perdón inmaculado y absoluto que no cabe, no cabe, en la naturaleza humana: cabe el placer de domar la ira; pero sería menos hermosa y eficaz la naturaleza del hombre si pudiese sofocar la indignación ante la infamia, que es la fuente más pura de la fuerza”.

Lo que Martí exalta es el valor supremo del hombre entregado a la transformación redentora del mundo por el propio y voluntario sacrificio. Ese es su Cristo.

 

El Cristo de Munkácsy. José Martí.

Nueva York. 2 de diciembre de 1886.

“¡Ah!, es preciso batallar para entender bien a los que han batallado; es preciso para entender bien a Jesús, haber venido al mundo en pesebre oscuro, con el espíritu limpio y piadoso, y palpado en la vida la escasez del amor, el florecimiento de la codicia y la victoria del odio  (…).

Ahí está en un sayón, flaco, huesudo; trae las manos atadas, estirado el cuello, la boca comprimida y entreabierta, como para dar paso a las últimas hieles. Se siente que acaban de poner sobre él la mano vil; que la jauría humana que lo cerca ha venido oteándolo como a una fiera; que lo han vejado, golpeado, escupido, traído a rastras, arrancado las vestiduras a pedazos, reducido a la condición más baja y ruin. ¡Y ese instante de humillación suma es precisamente el que el artista elige para hacerle surgir con una majestad que domina a la ley que tiene en frente, y a la brutalidad que lo persigue, sin ayudarse de un solo gesto, de un músculo visible;  de la dignidad del ropaje, de lo elevado de la estatura, del uso exclusivo del color blanco, de la aureola mística de los pintores! De la cabeza nada más se ayuda, de la mirada augusta bajo el ojo cóncavo, de la mejilla enjuta, de la boca contraída que aún revela la bravura humana, de la serena y adorable frente, honda hacia las sienes poco pobladas de cabellos y levantada en dosel sobre las cejas. ¡La mirada es el secreto del singular poder de esa figura! (…)

Todo se postra ante esos ojos que concentran cuanto cabe de amor, anunciación, claridad, altivez, en el espíritu. Él está al pie de las cuatro gradas que llevan al ábside de Pilatos; y Pilatos parece postrado ante él. Blanca es la túnica de Pilatos, como la suya, pero de la suya brota, sin ardid visible del pincel, una luz no que no brota de la del juez cobarde.

A su lado se revuelve la cólera, se atreve la insolencia, se discute la ley, se pide a gritos la muerte;  pero aquellos ojos curiosos o atrevidos, aquellos rostros frenéticos y descompuestos, aquellas bocas que hablan y que gritan, aquellos brazos iracundos y levantados, en vez de desviar la fuerza y la luz de su figura fulgurosa, se concentran en ella y la realzan por el contraste de su energía sublime con las bajas pasiones que lo cercan.

Le escena es en el pretorio de austera y vasta arquitectura. (…) El gentío alborotado se aprieta a la izquierda del lienzo sobre la figura de Jesús. Ni en el centro quiso ponerla el pintor, para tener esa dificultad más que vencer. Un magnífico soldado echa atrás con su pica a un gañán que vocifera con los brazos en alto: ¡figura soberana! ¡todos los pueblos tienen ese hombre bestial, lampiño, boca grande, nariz chata, mucho pómulo, ojo chico y viscoso, frente baja!;  rebosa en la figura ese odio insano de las naturalezas viles hacia las almas que las deslumbran y avergüenzan con su claridad; y, sin esfuerzo alguno artificioso ni violencia en el contraste, resaltan en el cuadro, en su doble oposición moral y física, el hombre acrisolado que ama y muere y el bestial que odia y mata.

A la derecha del lienzo está el romano Pilatos, en su toga blanca ribeteada del rojo de los patricios (…). En los ojos se ve el trastorno de sus pensamientos, el miedo a la muchedumbre, el respeto al acusado, la vacilación que le hace ir levantando una mano de la rodilla, como preguntándose qué ha de hacer con Jesús.

Comparable a la mejor creación artística es el fanático Caifás, que con el rostro vuelto hacia el Pretor le señala en un gesto imperante el gentío que reclama la muerte; aquella cabeza de la barba blanca increpa y apremia: de aquellos labios están saliendo las palabras, ardientes y duras.

Dos doctores sentados a la izquierda del ábside, miran a Jesús como si no acabasen de entenderlo. Al lado de Caifás clava un viejo los ojos en Pilatos, que tiene baja la cabeza. Un rico saduceo, de turbante y barba cana, mira a Jesús de lleno, rico el traje, arrellanado en el banco, en arco el brazo derecho, el izquierdo sobre el muslo: ¡es ese rico odioso de todos los tiempos!, la fortuna le ha henchido de orgullo brutal, la humanidad le parece su escabel, se adora en su bolsa y en su plenitud.

Entre él y Caifás discuten el caso jurídico los sacerdotes, éste con ojos torvos, aquel con frialdad de leguleyo; otro reclinado en la pared, de pie sobre el banco, mira en calma la revuelta escena.

Detrás del saduceo, junto mismo a Jesús, otro gañán, de realidad que maravilla, se inclina sobre la baranda en postura violenta para ver de frente el rostro al preso;  por encima de la cabeza del gañán, junto al pilar del arco que divide la escena sabiamente, una madre joven, con su niño en brazos, tiene puestos en Jesús sus ojos piadosos, que como toda su figura recuerdan las madonas italianas (…).

Es el hombre en el cuadro lo que entusiasma y ata el juicio. Es el triunfo y resurrección de Cristo, pero en la vida y por su fuerza humana. Es la visión de nuestra fuerza propia, en la arrogancia y claridad de la virtud. Es la victoria de la nueva idea, que sabe que de su luz puede sacarse el alma, sin comercio extravagante y sobrenatural con la creación, ese amor sediento y desdén de sí que llevaron al Nazareno a su martirio. Es el Jesús sin halo, el hombre que se doma, el Cristo vivo, el Cristo humano, racional y fiero”.

 

Bibliografía:

  • Martí, José. (1987). Ensayos sobre arte y literatura. La Habana:  Pueblo y educación.