Miles de millones. Obra póstuma. Carl Sagan.

José Andrés Martínez García

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“En la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo…”

Miles de millones. Obra póstuma, reúne una miscelánea de artículos, algunos de los cuales ya habían sido publicados con anterioridad pero que Carl Sagan consideró temas esenciales «en la antesala del milenio».

Entre ellos: la belleza de las matemáticas, la naturaleza del universo, la posibilidad de vida en otros planetas o lunas, los problemas medioambientales (con especial atención a la “emboscada” del calentamiento global), el comportamiento social, así como un repaso a la historia de un siglo XX -en el momento en que fue escrito- próximo a concluir.

Carl Sagan ha sido un ejemplo para varias generaciones de jóvenes. Un ejemplo de la defensa consecuente de la ciencia y la razón humanas frente a la superstición y el dogmatismo. Una lectura imprescindible por su rigor intelectual y ecuanimidad.

Del libro cito dos textos que muestran al ser humano. Del niño que fue, al hombre que ha de enfrentar el momento más difícil. El primer texto, sobre su infancia, se incluye al principio del capítulo Las reglas del Juego. El segundo es un fragmento del último capítulo, En el valle de las sombras, relato de la lucha contra la enfermedad que finalmente puso fin a su vida en diciembre de 1996.

En el año 2003 se publicó en la revista Skeptical Inquirer el artículo “Ann Druyan talks about Sciencie, Religion, Wonder, Awe…and Carl Sagan”. Por su valor, reproduzco igualmente la parte final del mismo, un artículo que merece ser leído en su totalidad.

 

Recuerdo el final de un día largo y perfecto de 1939, una jornada que influyó vigorosamente en mi pensamiento, un día en que mis padres me llevaron a ver las maravillas de la Exposición Universal de Nueva York. Era tarde, muy pasada ya la hora de acostarse. Instalado firmemente sobre los hombros de mi padre, agarrado a sus orejas, con la presencia tranquilizadora de mi madre al lado, me volví para contemplar el gran Trylon y la Perisphere, los iconos arquitectónicos de la Exposición, bajo un trémulo resplandor azul pastel. Dejábamos atrás el futuro, el Mundo del Mañana, camino del metro. Cuando nos detuvimos para ordenar nuestros paquetes, mi padre empezó a hablar con un hombre de corta estatura y aspecto cansado que llevaba una bandeja colgada del cuello. Vendía lápices. Mi padre hurgó en la bolsa de papel pardo donde guardaba lo que nos había sobrado de la comida, sacó una manzana y se la entregó al hombre de los lápices. Yo dejé escapar un sonoro gemido. Por entonces no me gustaban las manzanas y había rechazado aquella tanto a la hora del almuerzo como en la cena. Sin embargo, yo tenía un interés de propietario en ella. Era mi manzana y mi padre acababa de dársela a un desconocido de extraña apariencia que, para más inri, me fulminaba ahora con la mirada. Aunque mi padre era una persona de paciencia y ternura casi ilimitadas, pude advertir que lo había decepcionado. Me alzó y abrazó con fuerza. Es un pobre vagabundo, sin trabajo —me dijo en voz baja para que el hombre no le oyese—. No ha comido en todo el día. Nosotros tenemos bastante. Podemos darle una manzana. Reflexioné, ahogué mis sollozos, eché otra ansiosa mirada al Mundo del Mañana y de buen talante me quedé dormido en sus brazos. Carl Sagan. Las reglas del Juego.

 

“Cuatro veces he visto ya a la muerte de frente. Y cuatro veces la muerte ha apartado su mirada y me ha dejado pasar. Evidentemente algún día la muerte me reclamará, como hace con todos nosotros. Es sólo cuestión de cuándo y de  cómo. He aprendido mucho de nuestras confrontaciones -especialmente sobre la belleza y la dulce intensidad de la vida, sobre el tesoro de los amigos y la familia, sobre el poder transformador del amor. De hecho, estar al borde de la muerte es una experiencia tan positiva y reforzadora del carácter que la recomendaría a todos -excepto, claro, por ese irreductible y esencial elemento de riesgo.

Me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de mí continuará pensando, sintiendo y recordando. Sin embargo, a pesar de lo mucho que quisiera creerlo  y a pesar de las antiguas y universales tradiciones culturales que afirman la existencia de la vida después de la muerte, no conozco nada que sugiera que esto no es sino un anhelo. Deseo realmente envejecer junto a mi mujer, Annie, a quien tanto quiero.

Deseo ver crecer a mis hijos pequeños y desempeñar un papel en el desarrollo de su carácter y de su intelecto. Deseo conocer a nietos todavía no concebidos. Hay problemas científicos de cuyo desenlace ansío ser testigo. Deseo saber cómo se resolverán algunas de las grandes tendencias de la historia humana, tanto esperanzadoras como inquietantes: los peligros y promesas de nuestra tecnología, la emancipación de las mujeres, la creciente ascensión política, económica y tecnológica de China, el vuelo interestelar…

De haber otra vida, fuera cual fuere el momento de mi muerte, podría satisfacer la mayor parte de estos deseos y anhelos; pero si la muerte es solo dormir, sin soñar ni despertar, se trata de una vana esperanza. Tal vez esta perspectiva me haya proporcionado una pequeña motivación adicional para seguir con vida. El mundo es tan exquisito, posee tanto amor y tanta hondura moral, que no hay razón para engañarnos con historias hermosas de las que hay poca evidencia confiable. Me parece mucho mejor, en nuestra vulnerabilidad, mirar a la muerte a los ojos y estar agradecidos todos los días por la breve pero magnífica oportunidad que la vida ofrece.

Junto al espejo frente al que me afeito, de manera que la veo todos los días, hay una tarjeta postal enmarcada. En la parte posterior se lee un mensaje escrito con lápiz dirigido a un tal James Day, de Swansea Valley, Gales. Dice: “Querido Amigo, Sólo una línea para mostrarte que estoy vivo y coleando y pasándomela a lo grande. Es una amenaza. Tuyo”. WJR

Está firmada con las iniciales, casi indescifrables, de alguien llamado William John Rogers. En la parte anterior hay una fotografía en color de un trasatlántico elegante con cuatro chimeneas bautizado White Star Liner Titanic. El matasellos fue impreso el día anterior del hundimiento del gran barco, donde se perdieron más de 1500 vidas, incluyendo la del señor Rogers.

Annie y yo colgamos la postal por una razón: sabemos que “pasárselo a lo grande” puede ser un  estado de lo más temporal e ilusorio. (…) Si había una lección que yo había aprendido muy bien era que el futuro es imprevisible.

Muchos me han preguntado cómo es posible enfrentar la muerte sin la certidumbre de una vida después de la vida. Sólo puedo decir que no ha sido un problema. Con mis reservas sobre las “almas débiles”, comparto el punto de vista de uno de mis héroes, Albert Einstein:

 “No puedo concebir un dios que recompensa y castiga a sus criaturas o que tiene un tipo de voluntad como el que experimentamos nosotros. Tampoco puedo -ni quiero- concebir a un individuo que sobrevive a la muerte física. Dejemos a las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, atesorar tales pensamientos. Me satisface el misterio de la eternidad de la vida y el entrever la maravillosa estructura del mundo existente, junto al piadoso esfuerzo por comprender una porción, aunque sea diminuta, de la razón que se manifiesta en la naturaleza”. Carl Sagan. En el valle de las sombras.

 

“… una vida maravillosa”.

“Cuando murió mi esposo, como era famoso y conocido por no ser creyente, mucha gente se me acercaba -todavía sucede a veces-, para preguntarme si Carl cambió al final y se convirtió a la creencia en una vida futura. También frecuentemente me preguntan si creo que le volveré a ver. Carl enfrentó su muerte con un coraje inquebrantable y nunca buscó refugio en las ilusiones. La tragedia fue que los dos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. No espero volver a reunirme con Carl.  Pero lo maravilloso es que mientras estuvimos juntos, durante casi 20 años, vivimos con una apreciación intensa de lo breve que es la vida y lo preciosa que es. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era algo más que una separación definitiva. Cada momento que estuvimos vivos y estuvimos juntos fue milagroso, pero no en el sentido de inexplicable o sobrenatural. Sabíamos que éramos beneficiarios del azar… Que el azar puro haya sido tan generoso y tan amable, que nos pudiéramos encontrar, como Carl escribió tan bellamente en “Cosmos”, ya saben, “en la inmensidad del espacio y la inmensidad del tiempo”… que hayamos podido estar juntos durante veinte años. Eso es algo que me sostiene y lo que para mí tiene más significado… la forma en que me trató y en que lo traté, la forma en la que nos cuidábamos el uno al otro y a nuestra familia mientras vivió. Esto es mucho más importante que la idea de que lo volveré a ver algún día. No creo que vuelva a ver a Carl nunca más. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso».  Ann Druyan.

 

Bibliografía:

Sagan, Carl (2000). Miles de millones. Obra póstuma. Barcelona: B.S.A.

Skeptical Inquirer, Ann Druyan Talks About Science, Religion, Wonder, Awe…and Carl Sagan, Volumen 27.6, Noviembre/Diciembre (2003).

Disponible en: https://skepticalinquirer.org/2003/11/ann-druyan-talks-about-science-religion-wonder-awe-and-carl-sagan/

Escenas de Inquisición: memoria de la infamia. Francisco de Goya.

 

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Auto de fe de la Inquisición (1808-1812) y Procesión de disciplinantes (1812-1819).

“Cada aparente error de dibujo y color de Goya, cada monstruosidad, cada deforme cuerpo, cada extravagante tinta, cada línea desviada, es una áspera y tremenda crítica. He ahí un gran filósofo, un gran vindicador, un gran demoledor de todo lo infame y lo terrible. Yo no conozco obra más completa de la sátira humana”. José Martí.

En el cuadro Auto de fe Francisco de Goya presenta la escena de un autillo, un tipo de auto de fe que tenía lugar en los locales de la Inquisición y al que sólo asistían personas expresamente convocadas por el tribunal. Los condenados a muerte, identificados por la coroza con llamas, escuchan la sentencia leída por un fraile desde una tribuna. En el centro, un inquisidor vestido de negro y adornado con una cruz señala a los condenados sin mirarlos. Entre el afrentoso tribunal, frailes de redondos y cretinos carrillos.

Este tema se ha abordado numerosas veces en la pintura, siendo un conocido precedente el Auto de fe en la plaza Mayor de Madrid, óleo sobre lienzo realizado en 1683 por el pintor español Francisco Rizi.

En Procesión se muestra, en primer término, a unos disciplinantes ensangrentados. Uno de ellos, empalado. A su izquierda, en andas y presidiendo la escena, tres figuras religiosas (una Virgen sin rostro,  un Ecce Homo y un Cristo crucificado), avalan con su presencia la flagelación. Beatas arrodilladas. Gente que mira. Día de fiesta.

El término “disciplinante” poseía en 1812 varios significados. Se refería al “que sacan a azotar públicamente por haber cometido algún delito o sacan a la vergüenza” y también “el que iba en los días de Semana Santa disciplinándose”. En un caso, el disciplinante es objeto de escarnio y, en el otro, alude a un acto colectivo de “devoción” del pueblo español con procesión de penitentes y flagelantes.

El cuadro se pintó después del retorno al absolutismo, con la represión a liberales y afrancesados por Fernando VII, y hace pensar que Goya lo realizó como paradigma de la vuelta a las “viejas costumbres” y como crítica a las torturas físicas de los disciplinantes, tan denostadas por los ilustrados.

El cuento de Voltaire Historia de los viajes de Escarmentado contiene un inolvidable relato en el que se narra con sarcasmo el encuentro del protagonista con la Inquisición en España:

 “…me embarqué hacia España. Estaba la Corte en Sevilla; habían llegado los galeones de Indias, y en la más hermosa estación del año, todo respiraba bienestar y alborozo. Al final de una calle de naranjos y limoneros vi un inmenso espacio acotado donde lucían hermosos tapices. Bajo un soberbio dosel se hallaban el rey y la reina, los infantes y las infantas. Enfrente de la familia real se veía un trono todavía más alto. Dije, volviéndome a uno de mis compañeros de viaje:

-Como no esté ese trono reservado a Dios, no sé para quién pueda ser.

Oídas que fueron por un grave español estas imprudentes palabras, me salieron caras. Yo creía que íbamos a ver un torneo o una corrida de toros, cuando vi subir al trono al inquisidor general, quien, desde él, bendijo al monarca y al pueblo.

Vi luego desfilar a un ejército de frailes en filas de dos en dos, blancos, negros, pardos, calzados, descalzos, con barba, imberbes, con capirote puntiagudo y sin capirote; iba luego el verdugo, y detrás, en medio de alguaciles y duques, cerca de cuarenta personas cubiertas con ropas donde había llamas y diablos pintados. Eran judíos que se habían empeñado en no renegar de Moisés y cristianos que se habían casado con sus concubinas, o que no fueron bastante devotos de Nuestra Señora de Atocha, o que no quisieron dar dinero a los frailes Jerónimos. Se cantaron pías oraciones, y luego fueron quemados vivos, a fuego lento, todos los reos; con lo cual quedó muy edificada la familia real”.

Para no olvidar.

El Jurista (1556) de Giuseppe Arcimboldo.

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 El Jurista (Ulrich Zasius)

El Jurista (L’Avvocato) es un óleo sobre lienzo del pintor italiano Giuseppe Arcimboldo que se conserva en el Museo Nacional de Estocolmo.

El cuadro corresponde al grupo de “retratos ridículos”, alusivos a diversos gremios. La intención del artista en este caso parece clara: los rasgos de la cara están representados por un ave de corral desplumada y la boca desdeñosa por un pez. En El Orador, Cicerón decía que el rostro es el espejo del alma.

Arcimboldo, hombre de fina cultura, fue pintor de cámara de Maximiliano II de Habsburgo y ya estaba bien establecido como artista cuando realiza esta obra. Se especula sobre si alguna de sus caricaturas pudiera haber tenido un referente personal.

No faltan motivos para la desconfianza: desde esa justicia que complace al Príncipe, hasta aquellos abogados sin los cuales no sería posible la corrupción de nuestra sociedad. El escritor Ambrose Bierce, en su célebre Diccionario del Diablo, definía al abogado como un profesional “especializado en burlar la ley”, a quien se otorga -legalmente- ese derecho. En fin, un Hermes “ad vocatus”, un tramposo deificado.

Este retrato lo es también de una parte de la sociedad aunque, como en tantas otras ocasiones, nadie se sentirá reconocido al mirarse al espejo.

Erudito en materia de ciencia, son menos conocidas sus ilustraciones de fauna y flora de diversos continentes, como las que le encargó el boloñés Ulisse Aldrovandi. Representó flores, frutas, pájaros, peces y animales terrestres con igual cuidado. La distinción que mantenemos hoy en día entre el arte y la ciencia en relación a la naturaleza no era tal en la época de Arcimboldo.

El viaje a Oaxaca de Oliver Sacks.

José Andrés Martínez García

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Lector entusiasta de los libros de historia natural decimonónicos (Humboldt, Russel Wallace, Spruce, Darwin…), el explorador de la mente humana Oliver Sacks se lanza en este diario de viaje a describir sus impresiones y descubrimientos botánicos en el suroeste de México. Y como en los buenos diarios, lo científico se une con lo personal. No es casualidad que del gran Humboldt valore no sólo su talento como naturalista sino también su sensibilidad hacia las diferentes culturas y pueblos con los que se encontró; algo que no puede decirse de otros naturalistas y que es, sin embargo, el santo y seña de todo gran hombre.

El objetivo del viaje es el estudio de esas discretas plantas conocidas como criptógamas (helechos, licopodios, colas de caballo…), en compañía de un grupo de la American Fern Society (Sociedad Americana de Helechos). Unos amigos a los que une la pasión por la botánica. Sacks reivindica su carácter de “aficionados” (amateurs, es decir, amantes en el mejor sentido de la palabra), lo cual no es incompatible con la erudición. El naturalista aficionado, generalmente autodidacta, se caracteriza por una memoria admirable vinculada al descubrimiento y un amor por el objeto de estudio que otorga un contenido fuertemente emocional a su relación con la naturaleza. Lo cierto es que, en el trabajo de campo, los aficionados han hecho y siguen haciendo grandes contribuciones a la  ciencia: en astronomía, mineralogía, paleontología, ornitología, botánica… Lo más importante no es el adiestramiento sino, como indica Sacks, ese “ojo del naturalista, que se caracteriza por una mezcla de disposición natural, biofilia, experiencia y pasión”.

Quien fuera  profesor de neurología clínica en el Albert Einstein College de Nueva York, encuentra en su afición botánica un espacio no afectado por las “rivalidades casi asesinas que no tardarían en caracterizar a un mundo cada vez más profesionalizado”. “Con frecuencia he de ir a reuniones profesionales de neurólogos y neurocientíficos, pero el ambiente [en la Fern Society] era del todo diferente y evidenciaba una libertad, una naturalidad y una falta de competitividad que no había visto jamás en ninguna reunión profesional”.

¿De dónde procede su interés por estas plantas?

Sacks recuerda la moda victoriana de los helechos. En Inglaterra muchas casas tenían terrarios con diversas especies, algunas de ellas exóticas. Estas plantas le seducen por sus volutas, sus frondes circinados y su origen antiguo: han sobrevivido, con escasos cambios, desde hace trescientos millones de años. Uno puede imaginarse viviendo en un mundo paleozoico, con plantas sin flores, donde el viento (y no los insectos) se encargaba de dispersar las esporas. “Prefiero el mundo verde y sin aroma de los helechos, el mundo tal como era antes de que aparecieran las flores. Un mundo, además, de un encantador recato, en el que los órganos reproductores no están aparatosamente expuestos, sino ocultos, con cierta delicadeza, en la parte inferior de los frondes”. “Siempre me he sentido inclinado hacia la botánica de las criptógamas. Las flores, con su carácter explícito, su abundancia, me parecen excesivas”.

Mucho después de que se comprendiera la reproducción sexual de las fanerógamas (las plantas con flores), la reproducción de los helechos siguió siendo un misterio. Se buscaban las semillas de estas plantas pero, puesto que nadie las veía, se supuso que poseían una condición mágica: estas eran invisibles y conferían invisibilidad. Sacks recuerda a Shakespeare quien, en su obra Enrique IV,  hace decir a uno de los sicarios de Falstaff:  “Obra en nuestro poder la semilla del helecho, y somos invisibles al caminar”. Dado que se desconocía la forma precisa de su reproducción, se acuñó el término de criptógamas para referirse a este carácter oculto. Hasta mediados del siglo XIX no se descubrió el efímero gametofito, que permitió comprender el ciclo reproductor de estos seres vivos.

Se considera que Oaxaca posee la flora más rica de México. Debe tenerse en cuenta que en este territorio aparecen todas las clases de hábitats posibles (árido valle central, bosque lluvioso, bosque de niebla, laderas de montaña…). La diversidad de helechos es asombrosa, con varios cientos de especies. Muchas de ellas se recogen en el cuaderno de campo de Sacks: helechos arborescentes, trepadores…, además de plantas emparentadas como las colas de caballo gigantes, los licopodios (“plantas liliputienses de un país encantado con minúsculas hojas y piñas”) y las selaginelas (plantas de la resurrección).

El libro también contiene otras referencias botánicas: a los nopales o tunas (Opuntia sp), al árbol del cacao (cuyo fruto era consumido por mayas y aztecas y que estos últimos consideraban un alimento de los dioses), a la yuca, al agave o maguey (de donde se obtiene el mezcal), a los bosquecillos de pasionarias y, especialmente, a los enormes ahuehuetes (Taxodium mucronatum).

Sacks visita en Santa María del Tule el conocido como árbol del Tule (el Gigante), un colosal ahuehuete que se encuentra en el patio de la iglesia de una antigua misión española. De una edad que podría superar los 2.000 años, impresiona no tanto por su altura (unos cuarenta metros) como por su circunferencia (12 de diámetro y 36 de perímetro). Se asemeja a una criatura mitológica cuyas infinitas ramas dan cobijo a cientos de aves.

Pero Oliver Sacks también es sensible a la historia, cultura y sociedad del territorio que visita. “¡Cuán especial es ver otras culturas y comprobar hasta qué punto son diferentes y lo poco universal que es la tuya!”.

Entre los sitios arqueológicos que menciona en su libro, destaca el Monte Albán, una de las ciudades más importantes de Mesoamérica. Se fundó en el 500 a.C sobre la cima de una montaña en el centro de los Valles Centrales de Oaxaca y funcionó como capital de los zapotecas desde los inicios de nuestra era hasta el 800 d. C.

El autor refiere cómo muchas iglesias católicas fueron edificadas sobre la destrucción de la arquitectura indígena, una costumbre de alto valor simbólico que da cuenta de la barbarie del conquistador. Así ocurre, por ejemplo, con las ruinas zapotecas de Mitla. También recuerda la destrucción de todo tipo de documentos escritos de mayas y aztecas (y de civilizaciones precedentes). “Sus exquisitos y delicados manuscritos, con las páginas de corteza de árbol, no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir a los autos de fe, y fueron destruidos por miles, hasta el punto de que apenas se conservan media docena”. Asímismo, en su insaciable codicia, los conquistadores fundieron miles de objetos decorativos de oro (era el único valor que los indígenas daban al mineral) destruyendo toda la cultura ligada a estas manifestaciones artísticas.

No se olvida tampoco de la pobreza: albañales al aire libre, niños con infecciones oculares, con llagas, suciedad… Es la otra cara de Oaxaca que conviene conocer “antes de ponerse uno demasiado lírico sobre el edén natural en que se encuentra”.

Alejándose del ensayo filosófico de base neurocientífica que ha dominado su obra, este es un libro sobre el viaje enriquecedor, sobre el placer del descubrimiento relacionado con la experiencia naturalista. Al fin y al cabo, Oliver Sacks acostumbraba a decir que se veía a sí mismo como un “naturalista o un explorador” y no solo de territorios neurológicos diversos.

No podemos sino identificarnos con Sacks cuando en el libro reconoce que, en cierto sentido, “es muy poco el goce permitido en estos tiempos y, sin embargo, no hay duda de que la vida está para gozarla”.  Viajando.

 

Los hombres grises de Michael Ende.

José Andrés Martínez García

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En su obra Momo, el escritor alemán Michael Ende reflexiona sobre el significado del tiempo para la vida humana.

Cuando se nos presenta a la entrañable protagonista, alguien le pregunta los años que tiene. Momo contesta sabiamente: “Por lo que puedo recordar siempre he existido”. La principal cualidad de esta niña huérfana es que sabe escuchar. Escucha a todos: a todo tipo de seres, “a cada uno en su lengua”. Momo es reflexiva. Por eso comprende a su amigo Beppo Barrendero y su costumbre de pensar seriamente, durante horas e incluso días. Porque, en su opinión, “todas las desgracias de este mundo provienen de las numerosas mentiras que circulan, unas voluntarias otras involuntarias, por prisas o por imprecisión”.

Momo tiene además una facultad extraordinaria: es capaz de inspirar a las personas, de ayudarles a descubrir su camino: “Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo”.

La acompaña una tortuga de nombre Casiopea. No es un personaje trivial. Este animalito, que recuerda a la vetusta Morla de La historia interminable, se comunica con las personas a través de las letras que aparecen en su caparazón. Por su longevidad, su singular sonrisa, sus “sagaces ojos negros”, su “ir despacio para llegar lejos”, puede considerarse símbolo de sabiduría. Los consejos de Casiopea deberían ser atendidos.

Pero los personajes más inquietantes del libro son los llamados hombres grises. Encarnan lo detestable del capitalismo productivista: el consumismo y la subordinación del ser humano a fines inhumanos. Estos hombres, con cigarro, corbata y maletín, forman parte de una Caja de Ahorros de Tiempo, que perfectamente podría ser un trasunto del sistema bancario mundial o del sistema económico mundial. “Aquel que posee el tiempo de los seres humanos disfruta de un poder ilimitado”. Su objetivo es convencer a los hombres de que deben “ahorrar tiempo”, centrándose en el trabajo y abandonando las ocupaciones llamadas “improductivas”, que se identifican como inútiles: el ocio, los placeres sencillos, la reflexión, el disfrute del arte, el tiempo dedicado a los amigos o a la familia, las aficiones.

La escena en que el hombre de gris aparece y se entrevista con el señor Fusi es muy elocuente:

Contésteme a una pregunta: ¿se quiere casar con la señora Daría?

– No –dijo el señor Fusi-, eso no es posible.

Desde luego –prosiguió el hombre gris-, ya que la señorita Daría pasará toda su vida encadenada a una silla de ruedas porque está lisiada. Y, sin embargo, usted le hace una visita diaria de media hora para llevarle una flor. ¿Y para qué?

¡Se pone tan contenta! –repuso el señor Fusi con lágrimas en los ojos.

Pero viéndolo fríamente –replicó el agente- es tiempo perdido para usted, señor Fusi.

Michael Ende titula este capítulo de manera certera: “La cuenta está equivocada pero cuadra”. Cuadra dentro de una lógica economicista.

El barbero renunciará a todo lo que da sentido a su vida: cuidar a su madre anciana, atender a su periquito, llevar cada día una flor a una amiga discapacitada, cantar en una coral, reunirse con los amigos… Renunciará incluso a sentarse quince minutos cada noche en la ventana para pensar en lo que ha hecho durante el día. Todo para “ahorrar tiempo”. Su propio trabajo se resiente y esta obsesión le llevará a realizarlo de manera mecánica, con pocas atenciones a los clientes. Se le agriará el carácter. El hombre se empobrecerá irremediablemente, a pesar de sus riquezas. Porque “hay mucha miseria en la abundancia”. “Existen riquezas que matan a uno si no pueden compartirse”.

La gran paradoja es que cuanto más tiempo se ahorra, más rápidamente desaparece para la realización verdadera del ser humano. El tiempo no es una inversión. No vuelve con tasa de interés. Es precisamente “ahorrando” como el tiempo de las personas se desvanece.  El discurso del hombre de gris, auténtico ladrón del tiempo, es una colosal mentira. Solo a él beneficia porque el tiempo de los demás es su alimento.

El maestro Hora, que Ende presenta como guardián del tiempo de los hombres, le explica a Momo ante qué tipo de enfermedad nos encontramos:

Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tienen ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día, de semana en semana. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso este sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Ya no hay ira ni entusiasmo, uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama aburrimiento mortal.

Si la alienación es el estado en que se encuentra aquel que no se reconoce en lo que hace, que no se reconoce como ser humano que busca realizarse y que es un mero instrumento de fines ajenos, los hombres grises son una metáfora de la alienación humana.

Pero los hombres de gris, al igual que otras criaturas monstruosas, son realmente criaturas creadas por nosotros. Como aclara el Maestro Hora: “Surgen porque los seres humanos les dan la posibilidad de surgir… los seres humanos les dan también la posibilidad de que los dominen”. El mal no solo está fuera.

Pensar sobre el tiempo sabiamente es el sentido del libro. Para empezar, reconocer que nuestra experiencia de la vida es en tiempo presente. Vivimos el ahora. El pasado es recuerdo y el futuro expectativa. No ha habido nunca un momento en que la vida no fuera ahora, ni lo habrá jamás. A diferencia de los adultos, los niños viven intensamente el momento sin preocuparse por el pasado o por el futuro.

Por otro lado, entender que la medida del tiempo es el ser humano. “El tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón”. “Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo”.

Y, por último, la seria advertencia de que nadie debe arrebatárnoslo. “Porque cada hombre tiene su propio tiempo y sólo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo”.

Momo es la historia de los ladrones del tiempo y de la niña que, desenmascarándolos, se lo devolvió a los hombres. Ojalá seamos capaces de reconocer a todos los hombres de gris que nos rodean.

 

Bibliografía:

Ende, Michael. (2006). Momo. Madrid: Punto de Lectura.

Eneas y sus tesoros.

Grupo de Eneas con Anquises y Ascanio, terracota, S. I D. C. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
Eneas y Anquises. 1697. Pierre Lapautre. Grupo escultórico inspirado en una obra en cera de Francois Girardon. Museo del Louvre.

 

Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre sobre los hombros.
Débiles aún, su peso nos impide la marcha,
pero luego se vuelve cada vez más liviano,
hasta que un día deja de sentirse
y advertimos que ha muerto.
Entonces lo abandonamos para siempre
en un recodo del camino
y trepamos a los hombros de nuestro hijo.

Horacio Castillo.

El episodio, representado en todos los formatos y en todas las épocas (la más conocida la escultura en mármol de Gian Lorenzo Bernini, expuesta en la Galería Borghese de Roma), muestra como figura central a Eneas, superviviente de la caída de Troya, que lleva sobre la espalda, en los hombros o sentado en el brazo a su anciano padre Anquises. La escena se completa con el hijo de Eneas, Ascanio.

En la guerra de Troya tal como es narrada por Homero, Eneas es más bien un personaje secundario, eclipsado por otros héroes como Aquiles, contra el que llegaría a luchar.

Tiempo después, el poeta Virgilio convertirá a Eneas (y su heroica huida) en protagonista de una dramática epopeya con la que quedaron unidos dos grandes momentos de la Antigüedad: la caída de Troya y la fundación de Roma por uno de sus descendientes (Rómulo).

“… ya percibíamos más claramente el chirrido de las llamas en las murallas, ya nos llegaban más de cerca las ardientes bocanadas del incendio. “Pronto, querido padre”, le dije, “súbete sobre mi cuello, yo te llevaré en mis hombros, y esta carga no me será pesada; suceda lo que suceda, común será el peligro, común la salvación para ambos”. Eneida (Virgilio).

Valiente y piadoso Eneas, ¡que llegues a puerto con tu tesoro a salvo!

El ingenio de los pájaros de Jennifer Ackerman.

José Andrés Martínez García

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“La niebla se levanta. Vislumbro la cortina ondulante de la cordillera Azul al otro lado del valle, teñida de morado por la bruma. De un bosquecillo cercano me llega el siseo penetrante de un carbonero. Me dirijo hacia allí y lo encuentro posado en un pino, desplegando su retahíla de diis, quizá mientras calibra mi presencia. Basta con pensar en la extraordinaria genialidad condensada en ese diminuto soplo de plumas para abrir las compuertas de la mente a los misterios del conocimiento de las aves, el qué y el porqué. Se trata de rompecabezas maravillosos para mantener en nuestra biblioteca intelectual, para recordarnos lo poco que sabemos todavía”.  Jennifer Ackerman.

Realmente la inteligencia es un concepto resbaladizo incluso para nuestra especie. Ackerman prefiere hablar de “genio” y titula su libro “The genius of birds”, que se ha traducido como El  Ingenio de los pájaros. La mayoría de los estudiosos de las aves prefieren el término cognición al de inteligencia, por las numerosas connotaciones de esta última palabra. La cognición animal puede definirse como los mecanismos (múltiples y no necesariamente relacionados) mediante los cuales un animal adquiere, procesa, almacena y utiliza información para enfrentar desafíos sociales y ambientales.

Nos preguntamos cómo definir las elevadas capacidades cognitivas y para ello seguimos empleando principalmente criterios humanos. Tendemos a juzgar otras mentes por su parecido a la nuestra. Así, por ejemplo, sobrevaloramos la fabricación de herramientas porque las fabricamos nosotros -por encima, por ejemplo, de la orientación, entre otras muchas capacidades-. O ideamos test cognitivos como lo haría un especialista en psicología humana. ¿No deberíamos apreciar las complejas capacidades cognitivas de las aves por sí mismas, y no porque recuerden en algunos aspectos a las nuestras?, se pregunta Ackerman.

Entre el antropomorfismo (interpretar los comportamientos animales en términos humanos) y la antroponegación (negar similitudes entre los comportamiento animales y humanos) ¿hay un lugar justo donde podamos situarnos? En El Origen del hombre, Darwin defendía que la diferencia entre la capacidad mental de los animales y los seres humanos era cuestión de grado.

Cuando de inteligencia de las aves se trata, un ejemplo clásico que se enseña en las facultades de biología es el de los herrerillos y carboneros comunes del Reino Unido a principios del siglo XX. Adquirieron rápidamente la habilidad de abrir los tapones de las botellas de leche que se dejaban ante las puertas de las viviendas cada mañana, para tomarse la espesa nata que se condensa en la parte superior. En la década de 1950 en toda Inglaterra las botellas de leche se hallaban bajo asedio.

El libro muestra algunas de las sorprendentes capacidades de los pájaros para enfrentarse a retos de su ambiente, en ocasiones nuevos. Aprenden a fabricar y utilizar herramientas, hacen regalos, saben contar, imitan comportamientos de otras aves, aprenden centenares de cantos, recuerdan dónde dejan las cosas, se consuelan mutuamente…

Algunos de estos comportamientos son muestras asombrosas de cómo funciona el aprendizaje mediante “ensayo y error” y quizás no requieran de capacidades cognitivas superiores. No debe darse por supuesto que un comportamiento aparentemente complejo responda a pensamientos complejos. Aún así, cuesta creer que no nos encontremos ante una forma de cognición intermedia entre el aprendizaje simple y el pensamiento humano.

Con diferencia, los córvidos son el grupo biológico merecedor de más atención en el libro. Así, se cuenta cómo los cuervos de Nueva Caledonia en el Pacífico Sur (Corvus moneduloides) son capaces de usar metaherramientas, es decir, herramientas para obtener otra herramientas, lo que parece sugerir una notable memoria de trabajo o funcional (retener en la mente información relevante mientras se desarrolla una tarea). Se asemejan en ello a humanos, chimpancés y orangutanes. Se considera el pájaro más inteligente del mundo, al menos desde el punto de vista de la “inteligencia técnica”.

Ackerman recuerda la conocida fábula de Esopo: El cuervo y el cántaro. Un cuervo sediento encuentra un cántaro de agua medio lleno. Incapaz de llegar al agua para bebérsela, el cuervo va lanzando al interior del cántaro piedrecita tras piedrecita hasta que el nivel del agua asciende lo suficiente para llegar a ella. Pues bien, la fábula se corresponde fielmente con la realidad: es exactamente lo que hacen los cuervos de Nueva Caledonia. Y si se les plantea la disyuntiva de usar cuerpos ligeros o pesados, sólidos o huecos escogen los que se hunden frente a los que flotan.

En el libro se citan, a modo de inventario de talentos, numerosos ejemplos.

Los ruidosos arrendajos azules (Cyanocitta cristata) del este de EE.UU destacan por sus lazos familiares y sus complejos sistemas sociales. El arrendajo europeo (Garrulus glandarius) parece intuir los deseos cambiantes de su pareja. El macho corteja a una hembra seleccionando regalos suculentos para ella.  Ser capaz de adoptar la perspectiva del otro, percibir sus necesidades, puede interpretarse tentadoramente en el marco de una teoría de la mente. Las urracas (Pica pica) reconocen la identidad de su propio reflejo en un espejo.

Los cascanueces americanos (Nucifraga columbiana), oriundos de las Montañas Rocosas del oeste americano, son capaces de reunir “más de 30.000 piñones en un solo verano, transportando hasta cien de ellos a la vez en un gran morral bajo la lengua. Entierran los piñones en unos 5.000 escondrijos distintos, diseminados en un territorio de centenares de metros cuadrados…, que luego consiguen encontrar”.

Mención especial merece la chara californiana (Aphelocoma californica), una especie de córvido nativa del oeste de América del Norte que aparece representada en la portada del libro. Se extiende desde el sur de Washington hasta el centro de Texas y el centro de México. “Azul, como su pariente el arrendajo azul (aunque sin la ufana cresta), es un ave igual de descarada y conocida por ser un ave ladrona y bribona (…) es una especie acaparadora, es decir, que esconde la comida. Durante el otoño vuelan como un rayo por el monte bajo recogiendo bellotas y otros frutos secos por miles, además de insectos y gusanos. Distribuyen esas provisiones para el futuro en miles de escondites por todo su territorio (…); maestros de la prestidigitación social, no sólo recuerdan dónde han escondido sus botines (y quién las observa), sino qué guardaron en ellos y cuándo, recuperando los alimentos más perecederos antes de que se pudran”.

Lo verdaderamente asombroso es que la chara no solo roba las despensas de sus vecinos,  sino que simula almacenes propios engañando a quienes sospecha que la están observando. Todo ello para evitar ser robada. Las charas también son conocidas por concentrarse ruidosamente ante el cadáver de una de ellas.

En el libro hay también una referencia a la graja (Corvus frugilegus), que en nuestro país presenta únicamente un núcleo reproductor en la provincia de León: “Y luego están los besos que se dan las grajas. Estos miembros sumamente sociales de la familia del cuervo americano, anidan en colonias superpobladas donde es muy frecuente que se produzcan riñas. Un estudio reveló que, tras observar a su pareja en un conflicto, las grajas suelen consolar al ave nerviosa durante uno o dos minutos entrelazando sus picos con ella”.

¿Hay problemas ecológicos o presiones selectivas que estimulan las altas capacidades?: búsqueda de comida en entornos cambiantes o impredecibles, relaciones y destrezas sociales, hábitos migratorios…, ¿interviene la selección sexual? Al fin y al cabo lo importante es adaptarse, no de manera perfecta ni única, sino desplegando cada uno su propio tipo de genialidad.

Darwin describió el canto de las aves como “la analogía más próxima al lenguaje”. ¿Quién puede dudar de que el aprendizaje de trinos implica notables funciones cognitivas? El sinsonte es un miembro de la familia Mimidae (un tipo de zorzal presente sólo en las Américas). En su viaje a bordo del Beagle, Darwin se refirió a ellos como: “unos pájaros muy vivos, inquisitivos y activos (…) que poseen un canto muy superior al de cualquier otro ave del campo”. Son expertos en imitar el canto de otras aves, e incluso el de ranas y grillos. Thoreau se refería al él como un pájaro que suelta “su galimatías, sus interpretaciones a lo aprendiz de Paganini”.

Pero hay otros muchos imitadores expertos: ruiseñores, carriceros políglotas e incluso los humildes estorninos. La alondra común (Alauda arvensis) realiza cantos en vuelo extremadamente largos y complejos. Algunos loros, como el loro gris africano, tienen el don de imitar el habla humana…

Los agudos y finos silbidos de los carboneros (sus tsiiis, diidiidís…) representan asimismo un sofisticado sistema de comunicación, avisando de la presencia de fuentes de alimento y de depredadores. Saberlo cambia el modo de escuchar los dis mientras caminamos por el bosque.

Nos impresionan los animales constructores -apunta Ackerman- porque nosotros mismos lo somos. Para fabricar los nidos de tejedores, de golondrinas comunes, de pájaros moscones o de mitos, además de instinto, hace falta aprendizaje, memoria, experiencia, toma de decisiones, coordinación y colaboración. Un caso especial es el del pergolero, ave que vive en Nueva Guinea y Australia. Célebre por su cerebro grande, vida longeva e infancia prolongada, construye elaboradas pérgolas decoradas de forma exuberante para atraer a las hembras.

Por otro lado, las mentes cartográficas de las aves migradoras o de las palomas mensajeras no dejan de asombrarnos. Los largos desplazamientos de gorriones de corona blanca en América, abejarucos europeos, charranes árticos… o las altas capacidades de orientación a menor escala de las mencionadas charas, arrendajos o cascanueces, se resisten todavía hoy a la comprensión precisa de cómo funciona su navegador mental. Los colibríes, en sus admirables derbis aéreos, deben cosechar centenares de flores al día y prefieren no malgastar el tiempo visitando las que ya han quedado secas. Por ello rara vez zumban sobre la misma flor dos veces. ¿Cómo lo hacen?

Incluso las cualidades cognitivas de las aves sinántropas y buenas colonizadoras como los gorriones comunes (Passer domesticus) merecen un estudio detallado. Las ciudades son máquinas de aprendizaje y quizás “hagan a las aves inteligentes más inteligentes aún” afirma Ackerman.

Las aves altriciales nacen (como nosotros) indefensas y con un cerebro pequeño, que, como el nuestro, crece mucho tras el nacimiento, madurando bajo el cuidado de los progenitores. La mayoría de ellas, que permanecen en el nido, terminan teniendo un cerebro más grande que las que lo abandonan al nacer. En general, las especies animales inteligentes disfrutan de infancias prolongadas. Es como si se planteara una elección: o funcionalidad plena al nacer o una mayor capacidad mental mas adelante.

La naturaleza es una maestra del bricolaje. Una y otra vez, en grupos sin relación de parentesco (aves y mamíferos se separaron en el árbol filogenético hace más de 300 millones de años), encontramos ejemplos de convergencia evolutiva en anatomía y comportamiento. ¿Por qué no puede darse también esta convergencia en la cognición?

Atenea, la diosa griega de la sabiduría, la de “ojos brillantes”, fue originariamente una diosa pájaro. Se la identificó con el mochuelo (Athene), asociado desde entonces con la inteligencia.

Como sugiere Ackerman, quizás sea el momento de desterrar definitivamente expresiones como “cabeza de pájaro o de chorlito” . De reconocernos en ellos como seres que sienten, disfrutan y sufren. De admirar su “talento” y de reconocernos también, más allá de las diferencias, en sus asombrosas capacidades.

El Ingenio de los pájaros es un magnífico ejemplo de la buena divulgación científica. Muy bien documentado, se entreteje con anécdotas personales que enriquecen el texto. Puesto que la especie favorita de la autora es el sencillo carbonero, “una cucada” por el que dice sentir algo cercano al amor, concluimos la reseña como la empezamos, con una cita sobre este pajarillo:

“En una ocasión, mientras practicaba esquí de fondo en las montañas de Adirondack, me detuve a comer en un pequeño claro. Una gruesa capa de nieve cubría el suelo y el frío helaba los huesos. En cuanto saqué mi emparedado de mantequilla de cacahuete detecté un movimiento por el rabillo del ojo y escuché un zumbido familiar. Un carbonero cabecinegro (Poecile atricapillus), un  pariente del carbonero que espuma la nata de las botellas de leche, había aparecido de repente en una rama en el borde del calvero. Le siguió otro y luego, otro más. Al poco tiempo tenía una pequeña bandada a mis pies. Sostuve una miga de pan en un dedo y uno de ellos revoloteó y la agarró con el pico. Momentos después, aquel pequeño descarado se posó en mi brazo y empezó a comer directamente de mi mano”. Jennifer Ackerman.

 

Bibliografía:

Ackerman, Jennifer. (2017). El ingenio de los pájaros. Barcelona: Ariel.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2017). El ingenio de los pájaros, de Jennifer Ackerman. Barcelona: Ariel. Disponible en: https://wp.me/p5x5PF-gF