Primo Levi. Las malas noticias de cuanto el hombre es capaz de hacer con el hombre

Si esto es un hombre

¿Qué significa “si esto es un hombre”? ¿Por qué las víctimas de Auschwitz fueron tratadas como si no fueran hombres? ¿Los verdugos eran hombres? ¿Puede haber humanidad propia sin hacernos cargo de la humanidad del otro…?

El texto tiene que ver con la Memoria, con mayúscula. Memoria que no es solo asunto privado (casi sentimental para algunos) sino público. Memoria que no es solo recuerdo subjetivo de cómo este o aquel individuo vivió un acontecimiento, en este caso Auschwitz, sino el conocimiento y la proyección social que esa experiencia aporta. Esa proyección es necesariamente pública porque afecta a la “condición humana” y a los “peligros presentes”, como advierte Primo Levi.

En 1947 la editorial Einaudi rechazó la novela autobiográfica de Levi. En defensa de la obra se alzaron algunas voces como la de Italo Calvino. Acaso el libro no era convencionalmente literario. Con humildad, Levi siempre puso límites a la calidad de su testimonio: honestamente no podía desvelar toda la verdad, todo el horror vivido, porque –como expresó- ese es el secreto de los que han bajado al infierno y no han vuelto.

“Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro”.

Habrá muchos, individuos o pueblos,  que piensen, más o menos conscientemente, que “todo extranjero es un enemigo. En la mayoría de los casos esta convicción yace en el fondo de las almas como una infección latente; se manifiesta solo en actos intermitentes y no forma parte de un sistema de pensamiento. Pero cuando este llega, cuando el dogma inexpresado se convierte en la premisa mayor de una forma de razonar, al final de la cadena está el Lager”.

“… hemos aprendido que nuestra personalidad es frágil, que está mucho más en peligro que nuestra vida; y que los sabios antiguos, en lugar de advertirnos “acordaos de que tenéis que morir” mejor habrían hecho en recordarnos este peligro mayor que nos amenaza. Si desde el interior del campo algún mensaje hubiera podido dirigirse a los hombres libres, habría sido este: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí”.

“Hoy, por primera vez, el sol ha surgido vivo y nítido fuera del horizonte de barro. Un sol polaco, frío, blanco y lejano; pero cuando se ha deshecho de las últimas brumas ha corrido un murmullo por nuestra multitud sin color, y he comprendido que se puede adorar al sol”.

“En la historia y en la vida, parece a veces discernirse una ley feroz que reza: “a quien tiene, le será dado; a quien no tiene le será quitado”. En el Lager, donde el hombre está solo y la lucha por la vida se reduce a su mecanismo primordial esta ley inicua está abiertamente en vigor”.

“Son (los kapo) el típico producto de la estructura del lager alemán; ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte (…). Cuando le sea confiado el mando de una cuadrilla de desgraciados, con derecho de vida y de muerte sobre ellos, será cruel y tiránico porque entenderá que si no lo fuese bastante, otro, considerado más idóneo, ocuparía su puesto. Sucederá, además, que su capacidad de odiar, que se mantenía viva en dirección a sus opresores, se volverá, irracionalmente, contra los oprimidos, y él se sentirá satisfecho cuando haya descargado en sus subordinados la ofensa recibida de los de arriba”.

 “Los salvados de Auschwitz no eran los mejores, los predestinados al bien, los portadores de un mensaje; cuanto yo había visto y vivido me demostraba precisamente lo contrario. Preferentemente sobrevivían los peores, los egoístas, los violentos, los insensibles, los colaboradores de la “zona gris”, los espías. No era una regla segura… pero era una regla. Yo me sentía inocente, pero enrolado entre los salvados, y por lo mismo en busca permanente de una justificación, ante mí y ante los demás. Sobrevivían los peores, es decir, los más aptos; los mejores han muerto todos”.

“El sobrevivir sin haber renunciado a nada del mundo moral propio, de no ser debido a poderosas y directas intervenciones de la fortuna, no ha sido concedido más que a poquísimos individuos superiores, de la madera de los mártires y de los santos”.

Por el sentido que pueda tener tratar de explicar las causas por las que mi vida, entre millares de otras equivalentes, ha podido resistir la prueba, diré que creo que es a Lorenzo a quien debo el estar hoy vivo; y no tanto por su ayuda material como por haberme recordado constantemente con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo; algo difícilmente definible, una remota posibilidad de bondad, debido a la cual merecía la pena salvarse”.

“…desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido [en la selección para la cámara de gas]. Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca? Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn”.

Apéndice de 1976

“Debo confesar que ante ciertos rostros no nuevos, ante ciertas viejas mentiras, ante ciertas figuras en busca de respetabilidad, ante ciertas indulgencias, ciertas complicidades, la tentación de odiar nace en mí, y hasta con alguna violencia: pero yo no soy fascista, creo en la razón y en la discusión como supremos instrumentos de progreso y, por ello, antepongo la justicia al odio. Por esta misma razón, para escribir este libro he usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima o el iracundo lenguaje del vengador; pensé que mi palabra resultaría tanto más creíble cuanto más objetiva y menos apasionada fuese; sólo así el testigo en un juicio cumple su función, que es la de preparar el terreno para el juez. Los jueces sois vosotros”.

“Pese a las diversas posibilidades de informarse, la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber, o más: porque quería no saber. Es cierto que el terrorismo de Estado es un arma muy fuerte a la que es muy difícil resistir, pero también es cierto que el pueblo alemán, globalmente, ni siquiera intentó resistir. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera, el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo; cerrando la boca, los ojos y las orejas se construía la ilusión de no estar al corriente de nada y, por consiguiente, de no ser cómplice de todo lo que ocurría ante su puerta. Saber, y hacer saber, era un modo (quizá tampoco tan peligroso) de tomar distancia con respecto al nazismo; pienso que el pueblo alemán, globalmente, no ha usado de ello, y de esta deliberada omisión lo considero plenamente culpable”.

“Los lager nazis han sido la cima, la culminación del fascismo en Europa, su manifestación más monstruosa; pero el fascismo existía antes que Hitler y Mussolini, y ha sobrevivido, abierto o encubierto, a su derrota en la Segunda Guerra Mundial. En todo el mundo, en donde se empieza negando las libertades fundamentales del hombre y la igualdad entre los hombres, se va hacia el sistema concentracionario, y es éste un camino en el que es difícil detenerse”.

“Quizá no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender casi es justificar. Me explico: “comprender” una proposición o un comportamiento humano significa (incluso etimológicamente) contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Pero ningún hombre normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels, Eichmann y tantos otros. Esto nos desorienta y a la vez nos consuela: porque quizá sea deseable que sus palabras (y también, por desgracia, sus obras) no lleguen nunca a resultarnos comprensibles. Son palabras y actos no humanos, o peor: contrahumanos, sin precedentes históricos, difícilmente comparables con los hechos más crueles de la lucha biológica por la existencia”.

“Hay que desconfiar, pues, de quien trata de convencernos con argumentos distintos de la razón, es decir, de los jefes carismáticos: hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalte su simplicidad y esplendor, aunque la hallemos cómoda porque se adquiere gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y que entusiasman menos, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas.”

“Quizás también me haya ayudado mi interés, que nunca flaqueó, por el ánimo humano y la voluntad de sobrevivir, con el fin preciso de relatar las cosas a las que habíamos asistido y soportado. Y, finalmente, quizás haya desempeñado un papel también la voluntad, que conservé tenazmente, de reconocer siempre, aún en los días más negros, tanto en mis camaradas como en mí mismo, a hombres y no a cosas, sustrayéndome de esa manera a aquella total humillación y desmoralización que condujo a muchos al naufragio espiritual”.

Bibliografía:

Levi, Primo (2014). Si esto es un hombre. Barcelona: Península.

Camus-Germain. Cartas.

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Es conocida la emotiva carta que Albert Camus envió a su maestro de primaria, Louis Germain, el 19 de noviembre de 1957, tras conocer que había sido premiado con el Nobel de literatura (“… le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”). El 10 de diciembre Camus dedicaría al propio Germain su discurso en la ceremonia de Estocolmo. La carta de Camus apareció publicada en su obra póstuma El primer hombre (1995), casi tres décadas después de ser escrita.

Menos conocida es, en cambio, la carta que Germain remite a Camus el 30 de abril de 1959 y que se recoge asimismo en las páginas finales del libro. Si la del escritor, paradigma de la gratitud humana, se ha considerado un soberbio homenaje a los maestros, la del señor Germain lo es asimismo en no menor medida. Y lo es porque nos muestra de qué tipo de maestro estamos hablando.

En la escuela de Belcourt (Argel), Camus, con diez años, encontró a «un segundo padre; o el primero», como dice su gran biógrafo Olivier Todd. Germain, un hombre de ideas republicanas, un librepensador, fue decisivo en el futuro del escritor, al convencer a su madre y a su abuela para que, en lugar de ponerse a trabajar (como su hermano Lucien), continuara sus estudios de educación secundaria. Le dio clases extraescolares y se preocupó de que le concedieran una beca, acompañándole al examen de ingreso en el Liceo de Argel, y esperando el resultado sentado en un banco en la plaza del instituto.

El primer hombre es una novela autobiográfica inconclusa (Albert Camus muere en accidente de tráfico el 4 de enero de 1960) en la que el autor recorre los años de su infancia en Argel. El país era entonces una provincia francesa. En la novela, Camus traza un retrato conmovedor de su maestro:

“No, la escuela no solo les ofrecía una evasión de la vida de familia. En la clase del señor Bernard por lo menos la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial todavía para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En la clase del señor Germain (aquí el autor da al maestro su verdadero nombre), sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se les juzgaba dignos de descubrir el mundo. Más aún, el maestro no se dedicaba solamente a enseñarles lo que le pagaban por enseñar: los acogía con simplicidad en su vida personal, la vivía con ellos contándoles su infancia y la historia de otros niños que había conocido, les exponía sus propios puntos de vista, no sus ideas, pues siendo, por ejemplo, anticlerical como muchos de sus colegas nunca decía en clase ni una sola palabra contra la religión ni contra nada de lo que podía ser objeto de una elección o de una convicción personal; en cambio, condenaba con la mayor energía lo que no admitía discusión: el robo, la delación, la indelicadeza, la suciedad”.

Y más tarde, cuando el señor Germain, tras aprobar el examen para la beca, se despide de él:

«Ya no me necesitas le dijo, tendrás otros maestros más sabios. Pero ya sabes dónde estoy, ven a verme si precisas que te ayude.

»Se marchó y Jacques (Jacques Cormery es el nombre que se da a sí mismo Albert Camus en la ficción) se quedó solo, perdido en medio de esas mujeres, después se precipitó a la ventana, mirando a su maestro, que lo saludaba por última vez y lo dejaba solo, y en lugar de la alegría del éxito, una inmensa pena de niño le estremeció el corazón, como si supiera de antemano que, con ese éxito, acababa de ser arrancado del mundo inocente y cálido de los pobres, mundo encerrado en sí mismo como una isla en la sociedad, pero en el que la miseria hace las veces de familia y de solidaridad, para ser arrojado a un mundo desconocido que no era el suyo, donde no podía creer que los maestros fueran más sabios que aquel cuyo corazón lo sabía todo, y en adelante tendría que aprender, comprender sin su ayuda, convertirse en un hombre sin el auxilio del único hombre que lo había ayudado: tendría que crecer y educarse solo al precio más alto.»

Pero volvamos a la carta que Louis Germain remite a Camus desde Argel.

Mi pequeño Albert:

He recibido, enviado por ti, el libro Camus, que ha tenido a bien dedicarme su autor, el señor Brisville.

Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo. Si fuera posible, abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo para mí “mi pequeño Camus”.

Todavía no he leído la obra, salvo las primeras páginas. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada, son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo. Y, estudiándote, nunca sospeché la verdadera situación de tu familia. Solo tuve una impresión en el momento en que tu madre vino a verme para inscribirte en la lista de candidatos a las becas. Pero eso fue, por lo demás, en el momento en que ibas a abandonarme. Hasta entonces me parecía que tu situación era la misma que la de todos tus compañeros. Siempre tenías lo que te hacía falta. Como tu hermano, estabas correctamente vestido. Creo que no puedo hacer mejor elogio de tu madre.

Volviendo al libro del señor Brisville, su iconografía es abundante. Y tuve la grandísima emoción de conocer, por su imagen, a tu pobre padre, a quien siempre consideré “mi camarada”. El señor Brisville ha tenido a bien citarme: se lo agradeceré. […]

He visto la lista, en constante aumento, de las obras que te están dedicadas o que hablan de ti. Y es para mí una satisfacción muy grande comprobar que tu celebridad (es la pura verdad) no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo Camus: bravo. […]

Temo por ti que abuses de tus fuerzas. Y permite a tu viejo amigo que te lo señale, tienes una esposa encantadora y dos niños que necesitan de su marido y de su padre. En este sentido, te contaré lo que nos decía a veces el director de nuestra escuela primaria. Era muy, muy duro con nosotros, lo que nos impedía ver, sentir, que nos quería realmente. “La naturaleza tiene un gran libro donde inscribe minuciosamente todos los excesos que cometéis”. Confieso que muchas veces esa sensata opinión, en el momento en que iba a olvidarla, me ha frenado. Así que trata de conservar blanca la página que te está reservada en el Gran Libro de la Naturaleza. […]

Hace ya bastante tiempo que no nos vemos... Antes de terminar, quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela. Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad. Os he amado a todos y creo haber hecho todo lo posible por no manifestar mis ideas y no pesar sobre vuestras jóvenes inteligencias. Cuando se trataba de Dios (está en el programa), yo decía que algunos creen, otros no. Y que en la plenitud de sus derechos, cada uno hace lo que quiere. De la misma manera, en el capítulo de las religiones, me limitaba a señalar las que existen, y que profesaban todos aquellos que lo deseaban. A decir verdad, añadía que hay personas que no practican ninguna religión. Sé que esto no agrada a quienes quisieran hacer de los maestros unos viajantes de comercio de la religión, y para más precisión, de la religión católica. En la escuela primaria de Argel (instalada entonces en el parque Galland), mi padre, como mis compañeros, estaba obligado a ir a misa y a comulgar todos los domingos. Un día, harto de esta constricción ¡metió la hostia “consagrada” dentro de un libro de misa y lo cerró! El director de la escuela, informado del hecho, no vaciló en expulsarlo. Esto es lo que quieren los partidarios de una “Escuela Libre” (libre… de pensar como ellos). Temo que, dada la composición de la actual Cámara de Diputados, esta mala jugada dé buen resultado. Le Canard Enchaîné (periódico satírico) ha señalado que, en un departamento, unas cien clases de la escuela laica funcionan con el crucifijo colgado en la pared. Eso me parece un atentado abominable contra la conciencia de los niños. ¿Qué pasará dentro de un tiempo? Estas reflexiones me causan una profunda tristeza. […]

Recuerda que, aunque no escriba, pienso con frecuencia en todos vosotros. Mi señora y yo os abrazamos fuertemente a los cuatro. Afectuosamente, vuestro.

Germain Louis.

Llena de autenticidad y sentimiento, la carta de Louis Germain aborda los valores esenciales de la educación pública y laica: una educación que ha de mostrar a los alumnos el mundo no como algo acabado, cristalizado, sino como un universo de posibilidades abierto al descubrimiento, a la creación, a la realización personal; el deber de compensar y enfrentar la desigualdad social (la referencia al “niño pobre” que era Camus), el conocimiento personal y humano de los alumnos (“el pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente”) y la tan necesaria libertad de pensamiento (“creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad”); libertad que – como indica el maestro- se encuentra en las antípodas de la mal llamada libertad de educación (“libre… de pensar como ellos“).

Encontramos aquí ese territorio tan valioso de la literatura imperecedera. Recordándonos que, como expresara Kant, “el hombre es lo que la educación hace de él”.

Bibliografía:

Camus, Albert (1997). El primer hombre. Barcelona. Círculo de Lectores.

Reverte, Javier. El hombre de las dos patrias. Tras la huellas de Albert Camus (2016). Barcelona. Ediciones B.

“Las viejas” o “¿Qué tal?”. 1810-1812. Francisco de Goya.

En el primero de los episodios nacionales (Trafalgar) escrito en 1873, Benito Pérez Galdós realiza una memorable descripción de Doña Flora, uno de sus personajes:

Vestía con lujo, y en su peinado se gastaban los polvos por almudes y como no tenía malas carnes, a juzgar por lo que pregonaba el ancho escote y por lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeño consistía en lucir aquellas partes menos sensibles a la injuriosa acción del tiempo, para cuyo objeto tenía un arte maravilloso. Era doña Flora persona muy prendada de las cosas antiguas; muy devota, aunque no con la santa piedad de mi doña Francisca y grandemente se diferenciaba de mi ama, pues así como esta aborrecía las glorias navales, aquella era entusiasta por todos los hombres de guerra en general y por los marinos en particular. Inflamada en amor patriótico, ya que en la madurez de su existencia no podía aspirar al calorcillo de otro amor, y orgullosa en extremo, como mujer y como dama española, el sentimiento nacional se asociaba en su espíritu al estampido de los cañones, y creía que la grandeza de los pueblos se medía por libras de pólvora”.

“Doña Flora de Cisniega era una vieja que se empeñaba en permanecer joven: tenía más de cincuenta años; pero ponía en práctica todos los artificios imaginables para engañar al mundo, aparentando la mitad de aquella cifra aterradora. Decir cuánto inventaba la ciencia y el arte en armónico consorcio para conseguir tal objeto, no es empresa que corresponde a mis escasas fuerzas. Enumerar los rizos, moñas, lazos, trapos, adobos, bermellones, aguas y demás extraños cuerpos que concurrían a la grande obra de su monumental restauración, fatigaría la más diestra fantasía: quédese esto, pues, para las plumas de los novelistas, si es que la historia, buscadora de las grandes cosas, no se apropia tan hermoso asunto. Respecto a su físico, lo más presente que tengo es el conjunto de su rostro, en que parecían haber puesto su rosicler todos los pinceles de las academias presentes y pretéritas. También recuerdo que al hablar hacía con los labios un mohín, un repliegue, un mimo, cuyo objeto era o achicar con gracia la descomunal boca, o tapar el estrago de la dentadura, de cuyas filas desertaban todos los años un par de dientes; pero aquella supina estratagema de la presunción era tan poco afortunada, que antes la afeaba que la embellecía”.

El texto recuerda uno de los temas que Francisco de Goya abordó con cierta recurrencia, entre otros en el cuadro conocido como “Las viejas” o “¿Qué tal?” (1810-1812).

La protagonista de la escena es una vieja decrépita, de cuerpo flaco y consumido. Se sienta en compañía de otra vieja con aspecto de celestina, y sostiene entre sus manos un pequeño medallón que probablemente muestra su imagen cuando era joven. La mujer aparece enjoyada con todo tipo de ornamentos para el pelo, pendientes y pulseras, haciendo gala de vida acomodada. La acompañante, servidora fiel, le acerca un espejo donde se ve reflejado su ajado rostro. En el espejo, Goya ha escrito con ironía ¿Qué tal?, pregunta que quizás la vieja no escuche, sumida en el recuerdo de su belleza marchita.

Detrás de las mujeres aparece la figura implacable de Cronos, representado por un hombre con alas, de barba y pelo blancos. Sujeta una escoba con la que va a barrer a la mujer. A la vanidad le ha llegado su hora.

Por el pasador de pelo en forma de flecha que adorna el teñido cabello rubio, símbolo de Cupido, se ha querido identificar a la vieja con la reina María Luisa, que luce una horquilla parecida en el cuadro La familia de Carlos IV.

En realidad, el tema de este lienzo ya fue tratado en la serie Los Caprichos. En el Capricho 55 aparece una mujer que se acicala frente al espejo, ajena a las mofas de los personajes del fondo. La leyenda dice Hasta la muerte, con la certeza de que, hasta el final, la mujer seguirá disfrazándose con todo tipo de artificios.

¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!

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La niña de la muñeca de palo es quizá la mejor foto de Alberto Korda. Muestra con una ternura sin fin a una niña, una pequeñita campesina pinareña, abrazada a su “muñeca”: una madera envuelta en un pedazo de papel de periódico. La imagen se tomó en febrero de 1959 en Sumidero, pueblecito perdido entre mogotes de la provincia más occidental de Cuba. Sin duda, es un testimonio gráfico elocuente de cómo era la Isla en ese momento.

Viendo la foto, uno no puede por menos que recordar el cuento La rama seca (Historia de la Artámila, 1961), de Ana María Matute. La niña de esta historia, que apenas tenía seis años, se quedaba cerrada con llave en casa en época de siega en compañía de su “muñeca”, una rama seca envuelta en un retal.

Dos historias de supervivencia y de humanidad. En la foto vemos pobreza. En el cuento encontramos, además, soledad. También, en ambas, el poder de la imaginación, la inocencia y los sentimientos de unas niñas que demostraron que es amando las cosas como estas se hacen dignas de amor.

“Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a “Pipa” entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.

—Verdaderamente— se dijo—. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!”. La rama seca. Ana María Matute.

Miles de millones. Obra póstuma. Carl Sagan.

José Andrés Martínez García

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“En la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo…”

Miles de millones. Obra póstuma, reúne una miscelánea de artículos, algunos de los cuales ya habían sido publicados con anterioridad pero que Carl Sagan consideró temas esenciales «en la antesala del milenio».

Entre ellos: la belleza de las matemáticas, la naturaleza del universo, la posibilidad de vida en otros planetas o lunas, los problemas medioambientales (con especial atención a la “emboscada” del calentamiento global), el comportamiento social, así como un repaso a la historia de un siglo XX -en el momento en que fue escrito- próximo a concluir.

Carl Sagan ha sido un ejemplo para varias generaciones de jóvenes. Un ejemplo de la defensa consecuente de la ciencia y la razón humanas frente a la superstición y el dogmatismo. Una lectura imprescindible por su rigor intelectual y ecuanimidad.

Del libro cito dos textos que muestran al ser humano. Del niño que fue, al hombre que ha de enfrentar el momento más difícil. El primer texto, sobre su infancia, se incluye al principio del capítulo Las reglas del Juego. El segundo es un fragmento del último capítulo, En el valle de las sombras, relato de la lucha contra la enfermedad que finalmente puso fin a su vida en diciembre de 1996.

En el año 2003 se publicó en la revista Skeptical Inquirer el artículo “Ann Druyan talks about Sciencie, Religion, Wonder, Awe…and Carl Sagan”. Por su valor, reproduzco igualmente la parte final del mismo, un artículo que merece ser leído en su totalidad.

 

Recuerdo el final de un día largo y perfecto de 1939, una jornada que influyó vigorosamente en mi pensamiento, un día en que mis padres me llevaron a ver las maravillas de la Exposición Universal de Nueva York. Era tarde, muy pasada ya la hora de acostarse. Instalado firmemente sobre los hombros de mi padre, agarrado a sus orejas, con la presencia tranquilizadora de mi madre al lado, me volví para contemplar el gran Trylon y la Perisphere, los iconos arquitectónicos de la Exposición, bajo un trémulo resplandor azul pastel. Dejábamos atrás el futuro, el Mundo del Mañana, camino del metro. Cuando nos detuvimos para ordenar nuestros paquetes, mi padre empezó a hablar con un hombre de corta estatura y aspecto cansado que llevaba una bandeja colgada del cuello. Vendía lápices. Mi padre hurgó en la bolsa de papel pardo donde guardaba lo que nos había sobrado de la comida, sacó una manzana y se la entregó al hombre de los lápices. Yo dejé escapar un sonoro gemido. Por entonces no me gustaban las manzanas y había rechazado aquella tanto a la hora del almuerzo como en la cena. Sin embargo, yo tenía un interés de propietario en ella. Era mi manzana y mi padre acababa de dársela a un desconocido de extraña apariencia que, para más inri, me fulminaba ahora con la mirada. Aunque mi padre era una persona de paciencia y ternura casi ilimitadas, pude advertir que lo había decepcionado. Me alzó y abrazó con fuerza. Es un pobre vagabundo, sin trabajo —me dijo en voz baja para que el hombre no le oyese—. No ha comido en todo el día. Nosotros tenemos bastante. Podemos darle una manzana. Reflexioné, ahogué mis sollozos, eché otra ansiosa mirada al Mundo del Mañana y de buen talante me quedé dormido en sus brazos. Carl Sagan. Las reglas del Juego.

 

“Cuatro veces he visto ya a la muerte de frente. Y cuatro veces la muerte ha apartado su mirada y me ha dejado pasar. Evidentemente algún día la muerte me reclamará, como hace con todos nosotros. Es sólo cuestión de cuándo y de  cómo. He aprendido mucho de nuestras confrontaciones -especialmente sobre la belleza y la dulce intensidad de la vida, sobre el tesoro de los amigos y la familia, sobre el poder transformador del amor. De hecho, estar al borde de la muerte es una experiencia tan positiva y reforzadora del carácter que la recomendaría a todos -excepto, claro, por ese irreductible y esencial elemento de riesgo.

Me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de mí continuará pensando, sintiendo y recordando. Sin embargo, a pesar de lo mucho que quisiera creerlo  y a pesar de las antiguas y universales tradiciones culturales que afirman la existencia de la vida después de la muerte, no conozco nada que sugiera que esto no es sino un anhelo. Deseo realmente envejecer junto a mi mujer, Annie, a quien tanto quiero.

Deseo ver crecer a mis hijos pequeños y desempeñar un papel en el desarrollo de su carácter y de su intelecto. Deseo conocer a nietos todavía no concebidos. Hay problemas científicos de cuyo desenlace ansío ser testigo. Deseo saber cómo se resolverán algunas de las grandes tendencias de la historia humana, tanto esperanzadoras como inquietantes: los peligros y promesas de nuestra tecnología, la emancipación de las mujeres, la creciente ascensión política, económica y tecnológica de China, el vuelo interestelar…

De haber otra vida, fuera cual fuere el momento de mi muerte, podría satisfacer la mayor parte de estos deseos y anhelos; pero si la muerte es solo dormir, sin soñar ni despertar, se trata de una vana esperanza. Tal vez esta perspectiva me haya proporcionado una pequeña motivación adicional para seguir con vida. El mundo es tan exquisito, posee tanto amor y tanta hondura moral, que no hay razón para engañarnos con historias hermosas de las que hay poca evidencia confiable. Me parece mucho mejor, en nuestra vulnerabilidad, mirar a la muerte a los ojos y estar agradecidos todos los días por la breve pero magnífica oportunidad que la vida ofrece.

Junto al espejo frente al que me afeito, de manera que la veo todos los días, hay una tarjeta postal enmarcada. En la parte posterior se lee un mensaje escrito con lápiz dirigido a un tal James Day, de Swansea Valley, Gales. Dice: “Querido Amigo, Sólo una línea para mostrarte que estoy vivo y coleando y pasándomela a lo grande. Es una amenaza. Tuyo”. WJR

Está firmada con las iniciales, casi indescifrables, de alguien llamado William John Rogers. En la parte anterior hay una fotografía en color de un trasatlántico elegante con cuatro chimeneas bautizado White Star Liner Titanic. El matasellos fue impreso el día anterior del hundimiento del gran barco, donde se perdieron más de 1500 vidas, incluyendo la del señor Rogers.

Annie y yo colgamos la postal por una razón: sabemos que “pasárselo a lo grande” puede ser un  estado de lo más temporal e ilusorio. (…) Si había una lección que yo había aprendido muy bien era que el futuro es imprevisible.

Muchos me han preguntado cómo es posible enfrentar la muerte sin la certidumbre de una vida después de la vida. Sólo puedo decir que no ha sido un problema. Con mis reservas sobre las “almas débiles”, comparto el punto de vista de uno de mis héroes, Albert Einstein:

 “No puedo concebir un dios que recompensa y castiga a sus criaturas o que tiene un tipo de voluntad como el que experimentamos nosotros. Tampoco puedo -ni quiero- concebir a un individuo que sobrevive a la muerte física. Dejemos a las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, atesorar tales pensamientos. Me satisface el misterio de la eternidad de la vida y el entrever la maravillosa estructura del mundo existente, junto al piadoso esfuerzo por comprender una porción, aunque sea diminuta, de la razón que se manifiesta en la naturaleza”. Carl Sagan. En el valle de las sombras.

 

“… una vida maravillosa”.

“Cuando murió mi esposo, como era famoso y conocido por no ser creyente, mucha gente se me acercaba -todavía sucede a veces-, para preguntarme si Carl cambió al final y se convirtió a la creencia en una vida futura. También frecuentemente me preguntan si creo que le volveré a ver. Carl enfrentó su muerte con un coraje inquebrantable y nunca buscó refugio en las ilusiones. La tragedia fue que los dos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. No espero volver a reunirme con Carl.  Pero lo maravilloso es que mientras estuvimos juntos, durante casi 20 años, vivimos con una apreciación intensa de lo breve que es la vida y lo preciosa que es. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era algo más que una separación definitiva. Cada momento que estuvimos vivos y estuvimos juntos fue milagroso, pero no en el sentido de inexplicable o sobrenatural. Sabíamos que éramos beneficiarios del azar… Que el azar puro haya sido tan generoso y tan amable, que nos pudiéramos encontrar, como Carl escribió tan bellamente en “Cosmos”, ya saben, “en la inmensidad del espacio y la inmensidad del tiempo”… que hayamos podido estar juntos durante veinte años. Eso es algo que me sostiene y lo que para mí tiene más significado… la forma en que me trató y en que lo traté, la forma en la que nos cuidábamos el uno al otro y a nuestra familia mientras vivió. Esto es mucho más importante que la idea de que lo volveré a ver algún día. No creo que vuelva a ver a Carl nunca más. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso».  Ann Druyan.

 

Bibliografía:

Sagan, Carl (2000). Miles de millones. Obra póstuma. Barcelona: B.S.A.

Skeptical Inquirer, Ann Druyan Talks About Science, Religion, Wonder, Awe…and Carl Sagan, Volumen 27.6, Noviembre/Diciembre (2003).

Disponible en: https://skepticalinquirer.org/2003/11/ann-druyan-talks-about-science-religion-wonder-awe-and-carl-sagan/

Escenas de Inquisición: memoria de la infamia. Francisco de Goya.

 

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Auto de fe de la Inquisición (1808-1812) y Procesión de disciplinantes (1812-1819).

“Cada aparente error de dibujo y color de Goya, cada monstruosidad, cada deforme cuerpo, cada extravagante tinta, cada línea desviada, es una áspera y tremenda crítica. He ahí un gran filósofo, un gran vindicador, un gran demoledor de todo lo infame y lo terrible. Yo no conozco obra más completa de la sátira humana”. José Martí.

En el cuadro Auto de fe Francisco de Goya presenta la escena de un autillo, un tipo de auto de fe que tenía lugar en los locales de la Inquisición y al que sólo asistían personas expresamente convocadas por el tribunal. Los condenados a muerte, identificados por la coroza con llamas, escuchan la sentencia leída por un fraile desde una tribuna. En el centro, un inquisidor vestido de negro y adornado con una cruz señala a los condenados sin mirarlos. Entre el afrentoso tribunal, frailes de redondos y cretinos carrillos.

Este tema se ha abordado numerosas veces en la pintura, siendo un conocido precedente el Auto de fe en la plaza Mayor de Madrid, óleo sobre lienzo realizado en 1683 por el pintor español Francisco Rizi.

En Procesión se muestra, en primer término, a unos disciplinantes ensangrentados. Uno de ellos, empalado. A su izquierda, en andas y presidiendo la escena, tres figuras religiosas (una Virgen sin rostro,  un Ecce Homo y un Cristo crucificado), avalan con su presencia la flagelación. Beatas arrodilladas. Gente que mira. Día de fiesta.

El término “disciplinante” poseía en 1812 varios significados. Se refería al “que sacan a azotar públicamente por haber cometido algún delito o sacan a la vergüenza” y también “el que iba en los días de Semana Santa disciplinándose”. En un caso, el disciplinante es objeto de escarnio y, en el otro, alude a un acto colectivo de “devoción” del pueblo español con procesión de penitentes y flagelantes.

El cuadro se pintó después del retorno al absolutismo, con la represión a liberales y afrancesados por Fernando VII, y hace pensar que Goya lo realizó como paradigma de la vuelta a las “viejas costumbres” y como crítica a las torturas físicas de los disciplinantes, tan denostadas por los ilustrados.

El cuento de Voltaire Historia de los viajes de Escarmentado contiene un inolvidable relato en el que se narra con sarcasmo el encuentro del protagonista con la Inquisición en España:

 “…me embarqué hacia España. Estaba la Corte en Sevilla; habían llegado los galeones de Indias, y en la más hermosa estación del año, todo respiraba bienestar y alborozo. Al final de una calle de naranjos y limoneros vi un inmenso espacio acotado donde lucían hermosos tapices. Bajo un soberbio dosel se hallaban el rey y la reina, los infantes y las infantas. Enfrente de la familia real se veía un trono todavía más alto. Dije, volviéndome a uno de mis compañeros de viaje:

-Como no esté ese trono reservado a Dios, no sé para quién pueda ser.

Oídas que fueron por un grave español estas imprudentes palabras, me salieron caras. Yo creía que íbamos a ver un torneo o una corrida de toros, cuando vi subir al trono al inquisidor general, quien, desde él, bendijo al monarca y al pueblo.

Vi luego desfilar a un ejército de frailes en filas de dos en dos, blancos, negros, pardos, calzados, descalzos, con barba, imberbes, con capirote puntiagudo y sin capirote; iba luego el verdugo, y detrás, en medio de alguaciles y duques, cerca de cuarenta personas cubiertas con ropas donde había llamas y diablos pintados. Eran judíos que se habían empeñado en no renegar de Moisés y cristianos que se habían casado con sus concubinas, o que no fueron bastante devotos de Nuestra Señora de Atocha, o que no quisieron dar dinero a los frailes Jerónimos. Se cantaron pías oraciones, y luego fueron quemados vivos, a fuego lento, todos los reos; con lo cual quedó muy edificada la familia real”.

Para no olvidar.

El Jurista (1556) de Giuseppe Arcimboldo.

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 El Jurista (Ulrich Zasius)

El Jurista (L’Avvocato) es un óleo sobre lienzo del pintor italiano Giuseppe Arcimboldo que se conserva en el Museo Nacional de Estocolmo.

El cuadro corresponde al grupo de “retratos ridículos”, alusivos a diversos gremios. La intención del artista en este caso parece clara: los rasgos de la cara están representados por un ave de corral desplumada y la boca desdeñosa por un pez. En El Orador, Cicerón decía que el rostro es el espejo del alma.

Arcimboldo, hombre de fina cultura, fue pintor de cámara de Maximiliano II de Habsburgo y ya estaba bien establecido como artista cuando realiza esta obra. Se especula sobre si alguna de sus caricaturas pudiera haber tenido un referente personal.

No faltan motivos para la desconfianza: desde esa justicia que complace al Príncipe, hasta aquellos abogados sin los cuales no sería posible la corrupción de nuestra sociedad. El escritor Ambrose Bierce, en su célebre Diccionario del Diablo, definía al abogado como un profesional “especializado en burlar la ley”, a quien se otorga -legalmente- ese derecho. En fin, un Hermes “ad vocatus”, un tramposo deificado.

Este retrato lo es también de una parte de la sociedad aunque, como en tantas otras ocasiones, nadie se sentirá reconocido al mirarse al espejo.

Erudito en materia de ciencia, son menos conocidas sus ilustraciones de fauna y flora de diversos continentes, como las que le encargó el boloñés Ulisse Aldrovandi. Representó flores, frutas, pájaros, peces y animales terrestres con igual cuidado. La distinción que mantenemos hoy en día entre el arte y la ciencia en relación a la naturaleza no era tal en la época de Arcimboldo.

El viaje a Oaxaca de Oliver Sacks.

José Andrés Martínez García

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Lector entusiasta de los libros de historia natural decimonónicos (Humboldt, Russel Wallace, Spruce, Darwin…), el explorador de la mente humana Oliver Sacks se lanza en este diario de viaje a describir sus impresiones y descubrimientos botánicos en el suroeste de México. Y como en los buenos diarios, lo científico se une con lo personal. No es casualidad que del gran Humboldt valore no sólo su talento como naturalista sino también su sensibilidad hacia las diferentes culturas y pueblos con los que se encontró; algo que no puede decirse de otros naturalistas y que es, sin embargo, el santo y seña de todo gran hombre.

El objetivo del viaje es el estudio de esas discretas plantas conocidas como criptógamas (helechos, licopodios, colas de caballo…), en compañía de un grupo de la American Fern Society (Sociedad Americana de Helechos). Unos amigos a los que une la pasión por la botánica. Sacks reivindica su carácter de “aficionados” (amateurs, es decir, amantes en el mejor sentido de la palabra), lo cual no es incompatible con la erudición. El naturalista aficionado, generalmente autodidacta, se caracteriza por una memoria admirable vinculada al descubrimiento y un amor por el objeto de estudio que otorga un contenido fuertemente emocional a su relación con la naturaleza. Lo cierto es que, en el trabajo de campo, los aficionados han hecho y siguen haciendo grandes contribuciones a la  ciencia: en astronomía, mineralogía, paleontología, ornitología, botánica… Lo más importante no es el adiestramiento sino, como indica Sacks, ese “ojo del naturalista, que se caracteriza por una mezcla de disposición natural, biofilia, experiencia y pasión”.

Quien fuera  profesor de neurología clínica en el Albert Einstein College de Nueva York, encuentra en su afición botánica un espacio no afectado por las “rivalidades casi asesinas que no tardarían en caracterizar a un mundo cada vez más profesionalizado”. “Con frecuencia he de ir a reuniones profesionales de neurólogos y neurocientíficos, pero el ambiente [en la Fern Society] era del todo diferente y evidenciaba una libertad, una naturalidad y una falta de competitividad que no había visto jamás en ninguna reunión profesional”.

¿De dónde procede su interés por estas plantas?

Sacks recuerda la moda victoriana de los helechos. En Inglaterra muchas casas tenían terrarios con diversas especies, algunas de ellas exóticas. Estas plantas le seducen por sus volutas, sus frondes circinados y su origen antiguo: han sobrevivido, con escasos cambios, desde hace trescientos millones de años. Uno puede imaginarse viviendo en un mundo paleozoico, con plantas sin flores, donde el viento (y no los insectos) se encargaba de dispersar las esporas. “Prefiero el mundo verde y sin aroma de los helechos, el mundo tal como era antes de que aparecieran las flores. Un mundo, además, de un encantador recato, en el que los órganos reproductores no están aparatosamente expuestos, sino ocultos, con cierta delicadeza, en la parte inferior de los frondes”. “Siempre me he sentido inclinado hacia la botánica de las criptógamas. Las flores, con su carácter explícito, su abundancia, me parecen excesivas”.

Mucho después de que se comprendiera la reproducción sexual de las fanerógamas (las plantas con flores), la reproducción de los helechos siguió siendo un misterio. Se buscaban las semillas de estas plantas pero, puesto que nadie las veía, se supuso que poseían una condición mágica: estas eran invisibles y conferían invisibilidad. Sacks recuerda a Shakespeare quien, en su obra Enrique IV,  hace decir a uno de los sicarios de Falstaff:  “Obra en nuestro poder la semilla del helecho, y somos invisibles al caminar”. Dado que se desconocía la forma precisa de su reproducción, se acuñó el término de criptógamas para referirse a este carácter oculto. Hasta mediados del siglo XIX no se descubrió el efímero gametofito, que permitió comprender el ciclo reproductor de estos seres vivos.

Se considera que Oaxaca posee la flora más rica de México. Debe tenerse en cuenta que en este territorio aparecen todas las clases de hábitats posibles (árido valle central, bosque lluvioso, bosque de niebla, laderas de montaña…). La diversidad de helechos es asombrosa, con varios cientos de especies. Muchas de ellas se recogen en el cuaderno de campo de Sacks: helechos arborescentes, trepadores…, además de plantas emparentadas como las colas de caballo gigantes, los licopodios (“plantas liliputienses de un país encantado con minúsculas hojas y piñas”) y las selaginelas (plantas de la resurrección).

El libro también contiene otras referencias botánicas: a los nopales o tunas (Opuntia sp), al árbol del cacao (cuyo fruto era consumido por mayas y aztecas y que estos últimos consideraban un alimento de los dioses), a la yuca, al agave o maguey (de donde se obtiene el mezcal), a los bosquecillos de pasionarias y, especialmente, a los enormes ahuehuetes (Taxodium mucronatum).

Sacks visita en Santa María del Tule el conocido como árbol del Tule (el Gigante), un colosal ahuehuete que se encuentra en el patio de la iglesia de una antigua misión española. De una edad que podría superar los 2.000 años, impresiona no tanto por su altura (unos cuarenta metros) como por su circunferencia (12 de diámetro y 36 de perímetro). Se asemeja a una criatura mitológica cuyas infinitas ramas dan cobijo a cientos de aves.

Pero Oliver Sacks también es sensible a la historia, cultura y sociedad del territorio que visita. “¡Cuán especial es ver otras culturas y comprobar hasta qué punto son diferentes y lo poco universal que es la tuya!”.

Entre los sitios arqueológicos que menciona en su libro, destaca el Monte Albán, una de las ciudades más importantes de Mesoamérica. Se fundó en el 500 a.C sobre la cima de una montaña en el centro de los Valles Centrales de Oaxaca y funcionó como capital de los zapotecas desde los inicios de nuestra era hasta el 800 d. C.

El autor refiere cómo muchas iglesias católicas fueron edificadas sobre la destrucción de la arquitectura indígena, una costumbre de alto valor simbólico que da cuenta de la barbarie del conquistador. Así ocurre, por ejemplo, con las ruinas zapotecas de Mitla. También recuerda la destrucción de todo tipo de documentos escritos de mayas y aztecas (y de civilizaciones precedentes). “Sus exquisitos y delicados manuscritos, con las páginas de corteza de árbol, no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir a los autos de fe, y fueron destruidos por miles, hasta el punto de que apenas se conservan media docena”. Asímismo, en su insaciable codicia, los conquistadores fundieron miles de objetos decorativos de oro (era el único valor que los indígenas daban al mineral) destruyendo toda la cultura ligada a estas manifestaciones artísticas.

No se olvida tampoco de la pobreza: albañales al aire libre, niños con infecciones oculares, con llagas, suciedad… Es la otra cara de Oaxaca que conviene conocer “antes de ponerse uno demasiado lírico sobre el edén natural en que se encuentra”.

Alejándose del ensayo filosófico de base neurocientífica que ha dominado su obra, este es un libro sobre el viaje enriquecedor, sobre el placer del descubrimiento relacionado con la experiencia naturalista. Al fin y al cabo, Oliver Sacks acostumbraba a decir que se veía a sí mismo como un “naturalista o un explorador” y no solo de territorios neurológicos diversos.

No podemos sino identificarnos con Sacks cuando en el libro reconoce que, en cierto sentido, “es muy poco el goce permitido en estos tiempos y, sin embargo, no hay duda de que la vida está para gozarla”.  Viajando.

 

Los hombres grises de Michael Ende.

José Andrés Martínez García

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En su obra Momo, el escritor alemán Michael Ende reflexiona sobre el significado del tiempo para la vida humana.

Cuando se nos presenta a la entrañable protagonista, alguien le pregunta los años que tiene. Momo contesta sabiamente: “Por lo que puedo recordar siempre he existido”. La principal cualidad de esta niña huérfana es que sabe escuchar. Escucha a todos: a todo tipo de seres, “a cada uno en su lengua”. Momo es reflexiva. Por eso comprende a su amigo Beppo Barrendero y su costumbre de pensar seriamente, durante horas e incluso días. Porque, en su opinión, “todas las desgracias de este mundo provienen de las numerosas mentiras que circulan, unas voluntarias otras involuntarias, por prisas o por imprecisión”.

Momo tiene además una facultad extraordinaria: es capaz de inspirar a las personas, de ayudarles a descubrir su camino: “Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo”.

La acompaña una tortuga de nombre Casiopea. No es un personaje trivial. Este animalito, que recuerda a la vetusta Morla de La historia interminable, se comunica con las personas a través de las letras que aparecen en su caparazón. Por su longevidad, su singular sonrisa, sus “sagaces ojos negros”, su “ir despacio para llegar lejos”, puede considerarse símbolo de sabiduría. Los consejos de Casiopea deberían ser atendidos.

Pero los personajes más inquietantes del libro son los llamados hombres grises. Encarnan lo detestable del capitalismo productivista: el consumismo y la subordinación del ser humano a fines inhumanos. Estos hombres, con cigarro, corbata y maletín, forman parte de una Caja de Ahorros de Tiempo, que perfectamente podría ser un trasunto del sistema bancario mundial o del sistema económico mundial. “Aquel que posee el tiempo de los seres humanos disfruta de un poder ilimitado”. Su objetivo es convencer a los hombres de que deben “ahorrar tiempo”, centrándose en el trabajo y abandonando las ocupaciones llamadas “improductivas”, que se identifican como inútiles: el ocio, los placeres sencillos, la reflexión, el disfrute del arte, el tiempo dedicado a los amigos o a la familia, las aficiones.

La escena en que el hombre de gris aparece y se entrevista con el señor Fusi es muy elocuente:

Contésteme a una pregunta: ¿se quiere casar con la señora Daría?

– No –dijo el señor Fusi-, eso no es posible.

Desde luego –prosiguió el hombre gris-, ya que la señorita Daría pasará toda su vida encadenada a una silla de ruedas porque está lisiada. Y, sin embargo, usted le hace una visita diaria de media hora para llevarle una flor. ¿Y para qué?

¡Se pone tan contenta! –repuso el señor Fusi con lágrimas en los ojos.

Pero viéndolo fríamente –replicó el agente- es tiempo perdido para usted, señor Fusi.

Michael Ende titula este capítulo de manera certera: “La cuenta está equivocada pero cuadra”. Cuadra dentro de una lógica economicista.

El barbero renunciará a todo lo que da sentido a su vida: cuidar a su madre anciana, atender a su periquito, llevar cada día una flor a una amiga discapacitada, cantar en una coral, reunirse con los amigos… Renunciará incluso a sentarse quince minutos cada noche en la ventana para pensar en lo que ha hecho durante el día. Todo para “ahorrar tiempo”. Su propio trabajo se resiente y esta obsesión le llevará a realizarlo de manera mecánica, con pocas atenciones a los clientes. Se le agriará el carácter. El hombre se empobrecerá irremediablemente, a pesar de sus riquezas. Porque “hay mucha miseria en la abundancia”. “Existen riquezas que matan a uno si no pueden compartirse”.

La gran paradoja es que cuanto más tiempo se ahorra, más rápidamente desaparece para la realización verdadera del ser humano. El tiempo no es una inversión. No vuelve con tasa de interés. Es precisamente “ahorrando” como el tiempo de las personas se desvanece.  El discurso del hombre de gris, auténtico ladrón del tiempo, es una colosal mentira. Solo a él beneficia porque el tiempo de los demás es su alimento.

El maestro Hora, que Ende presenta como guardián del tiempo de los hombres, le explica a Momo ante qué tipo de enfermedad nos encontramos:

Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tienen ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día, de semana en semana. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso este sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Ya no hay ira ni entusiasmo, uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama aburrimiento mortal.

Si la alienación es el estado en que se encuentra aquel que no se reconoce en lo que hace, que no se reconoce como ser humano que busca realizarse y que es un mero instrumento de fines ajenos, los hombres grises son una metáfora de la alienación humana.

Pero los hombres de gris, al igual que otras criaturas monstruosas, son realmente criaturas creadas por nosotros. Como aclara el Maestro Hora: “Surgen porque los seres humanos les dan la posibilidad de surgir… los seres humanos les dan también la posibilidad de que los dominen”. El mal no solo está fuera.

Pensar sobre el tiempo sabiamente es el sentido del libro. Para empezar, reconocer que nuestra experiencia de la vida es en tiempo presente. Vivimos el ahora. El pasado es recuerdo y el futuro expectativa. No ha habido nunca un momento en que la vida no fuera ahora, ni lo habrá jamás. A diferencia de los adultos, los niños viven intensamente el momento sin preocuparse por el pasado o por el futuro.

Por otro lado, entender que la medida del tiempo es el ser humano. “El tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón”. “Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo”.

Y, por último, la seria advertencia de que nadie debe arrebatárnoslo. “Porque cada hombre tiene su propio tiempo y sólo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo”.

Momo es la historia de los ladrones del tiempo y de la niña que, desenmascarándolos, se lo devolvió a los hombres. Ojalá seamos capaces de reconocer a todos los hombres de gris que nos rodean.

 

Bibliografía:

Ende, Michael. (2006). Momo. Madrid: Punto de Lectura.

Eneas y sus tesoros.

Grupo de Eneas con Anquises y Ascanio, terracota, S. I D. C. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
Eneas y Anquises. 1697. Pierre Lapautre. Grupo escultórico inspirado en una obra en cera de Francois Girardon. Museo del Louvre.

 

Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre sobre los hombros.
Débiles aún, su peso nos impide la marcha,
pero luego se vuelve cada vez más liviano,
hasta que un día deja de sentirse
y advertimos que ha muerto.
Entonces lo abandonamos para siempre
en un recodo del camino
y trepamos a los hombros de nuestro hijo.

Horacio Castillo.

El episodio, representado en todos los formatos y en todas las épocas (la más conocida la escultura en mármol de Gian Lorenzo Bernini, expuesta en la Galería Borghese de Roma), muestra como figura central a Eneas, superviviente de la caída de Troya, que lleva sobre la espalda, en los hombros o sentado en el brazo a su anciano padre Anquises. La escena se completa con el hijo de Eneas, Ascanio.

En la guerra de Troya tal como es narrada por Homero, Eneas es más bien un personaje secundario, eclipsado por otros héroes como Aquiles, contra el que llegaría a luchar.

Tiempo después, el poeta Virgilio convertirá a Eneas (y su heroica huida) en protagonista de una dramática epopeya con la que quedaron unidos dos grandes momentos de la Antigüedad: la caída de Troya y la fundación de Roma por uno de sus descendientes (Rómulo).

“… ya percibíamos más claramente el chirrido de las llamas en las murallas, ya nos llegaban más de cerca las ardientes bocanadas del incendio. “Pronto, querido padre”, le dije, “súbete sobre mi cuello, yo te llevaré en mis hombros, y esta carga no me será pesada; suceda lo que suceda, común será el peligro, común la salvación para ambos”. Eneida (Virgilio).

Valiente y piadoso Eneas, ¡que llegues a puerto con tu tesoro a salvo!