El arte de ver las cosas

Abril. Todos los días, en tu recorrido diario al trabajo, pasas por un descampado a las afueras de la ciudad. El entorno, semidegradado, no parece tener nada de especial… salvo que prestes un poco de atención. Este año, en una zona de vertidos procedentes de desmontes o de movimientos de tierra han decidido hacer su nido varias parejas de abejarucos.

En unos humildes rodales de olmo dispersos, apenas unos arbustos acompañados de zarzamoras y endrinos, cantan sin parar (por la mañana, al atardecer e incluso entrada la noche), desde mediados de mes, los ruiseñores.

El lugar adquiere de pronto un significado para el ser humano. ¿Cómo es posible que un entorno como este encierre tan inesperada belleza?

John Burroughs (1837-1921) trabajó durante casi una década como empleado del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, más tarde como profesor y finalmente como granjero, hasta que decidió abandonar Washington para instalarse en una cabaña en las montañas de Catskill (Estado de Nueva York) y dedicarse a escribir sobre la naturaleza. 

El texto que da título al libro trata sobre el arte de ver las cosas. Este arte, que debe cultivarse, comprende dos elementos que se enriquecen mutuamente: el primero, insustituible para Burroughs, es el sentimiento, la empatía, la relación amorosa con lo que observas. Requiere de sensibilidad y de un espíritu apreciativo. Esto proporciona un placer emocional. El segundo es el aspecto cognitivo, saber interpretar, el gozo de comprender, que aporta una satisfacción intelectual. En nuestra experiencia de la naturaleza nos movemos entre uno y otro, cada persona con acento propio, porque la experiencia es siempre singular.

Es difícil leer a Burroughs sin pensar en Henry David Thoreau, por otra parte uno de los mentores del autor y a quien dedica uno de los ensayos. Un Thoreau que se consideraba a sí mismo filósofo (natural) más que naturalista (al uso), y esto es así porque siempre buscó en la naturaleza energía y refugio para el corazón humano.

El arte de ver las cosas, es cierto, requiere de una predisposición inicial: no puede encontrarse lo que no se busca. No serás capaz de ver fuera lo que, de algún modo, no llevas ya dentro. Burroughs nos recuerda que:

Si pensamos en pájaros, veremos pájaros allá donde vayamos; si pensamos en puntas de flecha, como hacía Thoreau, recogeremos puntas de flecha en cualquier campo. El indio que había en él reconocía lo propio.

De los artículos seleccionados en esta edición hay uno que resulta verdaderamente conmovedor. Es el que lleva por título En busca del ruiseñor, donde el escritor, gran conocedor de las aves de norteamérica, nos cuenta sus aventuras y desvelos por encontrarse con el ruiseñor en un viaje realizado ex profeso por Escocia, norte de Inglaterra y entorno de Londres, durante la segunda mitad de mayo y primera de junio.

En ningún momento se me pasó por la cabeza que pudiera perderme uno de los mayores placeres que me había prometido a mí mismo al cruzar el Atlántico, a saber, escuchar el canto del ruiseñor.

Pero no le resultó nada fácil pillar al pájaro en sus maitines, escuchar su canto completo. Me lo perdí por unos pocos días. Si todas las personas a las que interrogó a cuenta de los ruiseñores hubiesen hablado entre ellas, habrían llegado a la conclusión de que había un estadounidense loco y obsesivo rondando cerca de sus casas.

Pequeñas aves con grandes voces. En total escuchó al ruiseñor en menos de cinco ocasiones y sólo unas pocas estrofas del canto, pero le bastó para sentirse complacido por la sorprendente calidad de su melodía.

Se comprende el entusiasmo del naturalista americano. Su emocionante empeño por escuchar al ruiseñor de Wordsworth: Oh ruiseñor, tu eres de ardiente corazón, esas notas tuyas… penetran y penetran, ¡tumultuosa armonía y fiereza! Al ruiseñor de Keats: Y perderme contigo en el bosque en penumbra …. ¿Era una visión o un sueño? Se fue ya aquella música. ¿Despierto? ¿Estoy dormido? Al ruiseñor de Coleridge: Como si sintiese miedo de que una noche de Abril fuera demasiado breve para permitirle cantar su canción de amor, ¡y descargar su alma entera de toda su música!

Será sin embargo en el ensayo Los cantos de las aves donde Burroughs aborde con detalle este aspecto. La apreciación de su belleza no siempre tiene que ver con lo elaborado de la pieza musical interpretada. Si no asociáramos nada a estos sonidos significarían muy poco para nosotros. Es su condición de signos de alegría y amor en la naturaleza, de pregoneros de la naturaleza y del espíritu de los bosques y de los campos, como si de un espíritu tutelar se tratara, lo que nos atrae.  No es solo lo armónico de la melodía, es la expresión de alegría y el éxtasis descargándose sobre nosotros desde las “puertas del cielo”.

A todo esto puede añadirse un significado más si la experiencia está tocada por la magia de los recuerdos.

En cierta ocasión, liberaron unas alondras en Long Island que lograron establecerse y podía escucharse su canto de vez en cuando. Un día de verano, un amigo mío estaba por allí observándolas; una alondra se elevaba y cantaba en el cielo por encima de él. Un anciano irlandés apareció y se quedó de repente paralizado, como si lo hubieran clavado al sitio, y una mezcla de gozo e incredulidad le invadió el rostro. ¿Estaba realmente escuchando el ave de su juventud? Se quitó el sombrero, miró hacia el cielo y con labios temblorosos y ojos llorosos se quedó un buen rato mirando al pájaro…

El canto de las aves precisa de todos sus complementos. El momento. El lugar. La clave está en la ocasión y el entorno, de cuyo espíritu se hace expresión.

Hay otros ensayos del libro que merecen comentario. En Los placeres del camino, encabezado por una cita de su amigo Walt Whitman (“A pie, con el corazón ligero, tomo el camino público”), el autor reivindica al per-agrare, al caminante, al que cruza los campos, a ser posible lejos del alcance de las ruedas. Viajará siempre ligero si lleva la alegría en su corazón: Tu corazón ha de proporcionar una música que al seguirle el compás los pies te lleven alrededor del globo sin darte cuenta.

En el que lleva por título Una perspectiva sobre la vida, John Burroughs nos presenta su recomendación para ser feliz: no albergar demasiadas expectativas, renunciar a combatir dragones y afrontar la vida en clave sencilla, en sintonía con las cosas comunes y universales, preferiblemente en contacto directo con las condiciones materiales de la vida.

¡Oh, compartir la gran vida soleada y dichosa de la Tierra, ser tan feliz como los pájaros! ¡Estar tan contento como el ganado en las colinas! ¡Como las hojas de los árboles que bailan y susurran al viento! (…) Prefiero estar al cuidado de unas cuantas cabezas de ganado que ser el guardián del sello de la nación.

Los ensayos aquí reunidos contienen igualmente reflexiones visionarias sobre el deterioro ambiental asociado al consumo de combustibles fósiles (Apartar el hierro de nuestras almas) o sobre la crueldad que acompaña al mundo de la caza (Las costumbres de los cazadores).

Especialmente sugerente es su idea de una verdadera espiritualidad, libre de la secular tiranía de los prejuicios religiosos:

No dejemos que por descuido o tedio se atenúen las maravillas y misterios entre los que vivimos, ni los esplendores ni las glorias. No necesitamos trasladarnos con la imaginación a ninguna otra esfera o condición existencial para encontrar lo maravilloso, lo sagrado, lo transcendental (…) Comunicarnos con Dios es comunicarnos con nuestros propios corazones, nuestra mejor esencia (…) Este planeta es el único paraíso deseable del que tenemos conocimiento (…) Si la naturaleza no es omnisciente ni misericordiosa desde nuestro punto de vista humano, lo cierto es que nos ha colocado en un mundo donde nuestra propia sabiduría y misericordia se pueden desarrollar.

Es el suyo un panteísmo que resume de forma concisa cuando afirma: Alegría en el universo y gran curiosidad por todo ello: esa ha sido mi religión.

Bibliografía:

Burroughs, John (2018). El arte de ver las cosas. Madrid. Errata Naturae.

Parejas de carboneros garrapinos volando de aquí para allá…

Cuando uno repasa la vida del escritor inglés Edward Thomas (1878-1917), cuya obra poética fue escrita solo dos años antes de su muerte, cuesta creer que este hombre que cantara con frecuencia a los zorzales y que sentía tal interés y pasión por la campiña inglesa, viera truncada tempranamente su vida en la batalla de Arrás (Paso de Calais) de la maldita I Guerra Mundial.

El libro La vida en los bosques, escrito antes de su reconocimiento como poeta, recoge notas de campo de sus escapadas juveniles a la naturaleza. ¿Cómo veía el joven Thomas de diecinueve años a carboneros garrapinos, agateadores y petirrojos?

Así refiere algunos de sus encuentros con los habitantes del bosque:

Parejas de carboneros garrapinos, volando de aquí para allá, se apresuran entre las nubes sulfurosas de polen de las flores del fresno cuando se posan sobre las ramas más finas. Del conjunto, especialmente cuando una rama cargada de flores se inclina hacia el suelo, llega una débil fragancia como de corteza pelada. (…)

La capa de musgo es tan espesa que casi no se distingue al pequeño agateador que trepa alrededor del tronco con silente persistencia. Durante un momento se ve con claridad, cuando un destello de sol lo revela contra un punto desnudo de la corteza: entonces, puede percibirse su pico, fino y curvado hacia abajo y sus dibujos pardos, que se funden con el casi blanco del pecho, y admirar su destreza al buscar las grietas. (…)

Allí las bandadas de carboneros se dispersan y suenan dulces sus trinos alegres, como el tintineo de campanillas feéricas. La mayor parte de ellos son carboneros garrapinos con sus cabezas negras y sus figuras rechonchas; sus notas también se distinguen. Cuando cuelgan cabeza abajo, como moscas del techo, sus alas de un pálido azul grisáceo tiemblan ligeramente y las colas, extendidas, vibran de forma que el sol se ve a través de sus vaporosas plumas como si fueran las alas de una libélula. (…)

El petirrojo, cuando se asusta, abandona su posadero, pero según vuelve a posarse reanuda de nuevo su canción con ganas. Siempre es así de impetuoso; no hay canción más apasionada que la suya. Su lugar preferido es el montón de hojas secas arrastradas hasta el abrigo de las vallas: sobre los postes canta; entre las hojas encuentra más gusanos que en ninguna otra parte. Las mañanas lluviosas, cuando no puede cantar, conserva una desafiante charla, o un lamento que también usa al atardecer.

Bibliografía:

Thomas, Edward (2021). La vida en los bosques. Salamanca: Volcano.

Temo especialmente por el herrerillo capuchino…

En su libro Living Mountains, ambientado en las montañas de Cairngorms (el Ártico de Gran Bretaña), la escritora escocesa Anna Shepherd (1893-1981) nos habla del territorio natural, personal y sentimental que amó, recorrió y estudió. En este libro, escrito en la década de 1940 pero publicado por vez primera en 1977, encontramos una prosa poética sugerente y un sincero espiritualismo de la Naturaleza. Lejos de un acercamiento exclusivamente intelectual (mental) a la Naturaleza, para ella el conocimiento se siente: en las montañas, escribe, se vive con tanta intensidad la vida de los sentidos «que podría decirse que el cuerpo piensa»; un cuerpo que no solo no es prescindible sino que es primordial y que «debe instruir al espíritu» (como le dirá a su amigo Neil Gunn).

He escrito sobre cosas inanimadas, la roca y el agua, el hielo y el sol, y podría parecer que no fuera este un mundo vivo. Pero mi intención era llegar hasta las cosas vivas a través de las fuerzas que las crean, porque la montaña es única e indivisible, y la roca, la tierra, el agua y el aire no son más parte de ella que lo que crece de la tierra y respira el aire. Todos son aspectos de una solo entidad, la montaña viva. La roca que se desintegra, la lluvia que nutre, el sol que estimula, la semilla, la raíz, el ave: son todos uno. El águila y la verónica alpina son parte de integridad de la montaña. La saxífraga, en alguna de sus forma más bellas: stellaris, que con sus flores sencillas siembran de estrellas los arroyos rocosos de los circos en las alturas, la aizoides, que se arracima como la mullida luz del sol en sus tramos más bajos, no pueden vivir separadas de la montaña.

Gallos lira, chorlitos carambolos, chorlitos dorados, piquituertos, escribanos nivales…, para Shepherd el principal interés de los seres vivos que observa no se encuentra en levantar acta o hacer inventario. Lo que busca es el instante, la experiencia, el «encuentro»: los momentos de la vida del otro (animal o planta) que se han cruzado con los momentos de nuestra propia vida.

Así se refiere Shepherd al herrerillo capuchino:

La primera gran tala del bosque tuvo lugar durante las guerras napoleónicas, cuando se necesitaba con urgencia madera de la zona. Un siglo después, hemos visto que ocurría lo mismo. En 1914 y, de nuevo y de forma más destacada, en 1940 la madera nueva ha seguido el camino de la primera. Volverá a crecer, pero, durante un tiempo la tierra estará llena de cicatrices, y las cosas vivas –los hererrillos capuchinos, el tímido corzo- habrán huido.

Temo especialmente por el herrerillo capuchino, cuya rareza es motivo de orgullo para estos bosques.

He oído a gente decir que ha estado buscando en vano estos bellísimos herrerillos, pero, si se conocen sus lugares favoritos (yo no voy a desvelarlos), es fácil hacerlos aparecer desde un árbol simplemente quedándose en silencio junto a su tronco. He oído el revuelo y el leve sonido de los herrerillos, pero, al aproximarte, se han ido, no hay ni un pájaro a la vista. Sin embargo, si te quedas en silencio, al cabo de uno o dos minutos se olvidan de ti y revolotean de rama en rama cerca de tu cabeza. Yo he visto un herrerillo capuchino a menos de treinta centímetros de mis ojos. En época de anidamiento, sin embargo, regañan como pescaderas. A mí una pareja ha llegado a reprenderme con tanta vehemencia que, de pura vergüenza, he tenido que marcharme de su árbol.

Las criaturas salvajes y las aves se acercan a quien duerme sin recelo (…) puede que la empalizada que hay bajo el lugar en que duermo esté llena de pinzones. He llegado a contar veinte al abrir los ojos. O de herrerillos, dando vueltas de esa forma tan graciosa que tienen de moverse estas criaturas. De toda la familia de los herrerillos, la que lo hace a la perfección es la más infrecuente, la del diminuto herrerillo capuchino, al que he visto más de una vez pavonearse, primero para atrás, luego para delante, luego de lado, y mantener cada pose un instante antes de presumir con otra en una ramita más alta o más baja. Un maniquí perfecto.

Así lo hace cuando habla del cárabo:

Una vez, en una noche de ese silencio límpido, mucho después de la media noche, tumbada, despierta, fuera de la tienda, con los ojos posados en la meseta, donde aún quedaba un resto de luz, oí en el silencio un golpe seco, suave, casi imperceptible. Fue suficiente para hacerme volver la cabeza. Allí, sobre el mástil de la tienda, había un cárabo mirándome. Apenas podía distinguir su silueta recortada contra el cielo. Le devolví la mirada. Él giró la cabeza, primero un ojo sobre mí, luego el otro, y después se fundió en el aire con un silencio tal que, de no haber estado mirándolo, no me habría dado cuenta de que se se había marchado.

Para concluir el libro con un texto memorable:

No me interesaban las montañas como tales, sino los efectos que causaban sobre mí, igual que el minino no acaricia al humano, sino a sí mismo contra la pernera de su pantalón. Pero al hacerme mayor, y menos autosuficiente, empecé a descubrir la montaña en sí. Todo empezó a hacerme bien, sus contornos, sus colores, sus aguas y rocas, flores y aves. Este proceso ha llevado muchos años y no ha terminado. Nunca se acaba de conocer al otro. Y he descubierto que la experiencia humana con la roca, la flor y el ave hace crecer todos ellos. Porque el objeto que se conoce crece con el propio conocimiento.

Creo que ya comprendo, en pequeña medida, por qué el budista parte en peregrinación a una montaña. El propio viaje forma parte de la técnica mediante la cual se busca lo sagrado. Es un viaje al Ser, pues conforme me adentro más en la vida de la montaña, me adentro también en mí misma. Durante una hora, estoy más allá del deseo. No es el éxtasis, ese salto fuera del yo, lo que hace que el humano sea como un dios. No existo fuera de mi misma, sino en mí misma. Existo. Conocer el Ser es la gracia final que se otorga desde la montaña.

Bibliografía:

Shepherd, Nan (2019). La montaña viva. Errata Naturae. Madrid.

Luciano vs. Filóstrato

…la vida de los hombres está despóticamente gobernada por dos importantísimos factores: la esperanza y el miedo, y quien sepa sacar mejor partido de uno y otro se enriquecerá rápidamente. Luciano de Samósata.

Primeros años de la Era cristiana. Por aquel entonces la peste causaba estragos en la ciudad de Éfeso. El místico y profeta neopitagórico Apolonio de Tiana, tras anunciar que acabaría con la epidemia, convoca a los efesios al teatro. Así lo cuenta Flavio Filóstrato (siglo II-III d.C.) en su obra Vida de Apolonio de Tiana. Conviene reproducir textualmente, por infame, este memorable pasaje:

Pero cuando la plaga se abatió sobre los efesios y nada había efectivo contra ella, enviaron una delegación a Apolonio, haciéndolo médico de la enfermedad. Y él pensó que no debía posponer el viaje, sino que con solo decir “vayamos” estaba en Éfeso, haciendo lo mismo –creo- que Pitágoras: estar en Turios y Metaponto a la vez. Así pues, tras reunir a los efesios, les dijo: – Animaos, pues hoy haré cesar la plaga.

Y al decirlo, llevo a la población de todas las edades al teatro, donde se alza ahora la estatua del Tutelar (Heracles). Allí parecía pedir limosna un ciego que cerraba artificiosamente sus ojos, y llevaba una alforja y un mendrugo de pan en ella; iba cubierto de harapos y tenía el rostro escuálido. Así pues, Apolonio, disponiendo a los efesios a su alrededor, les dijo:

– Apedread a este enemigo de los dioses, cogiendo cuantas más piedras podáis.

Extrañados los efesios de lo que decía, y pareciéndoles terrible matar a un extranjero que se encontraba en un estado tan lastimoso, y dado que suplicaba y decía muchas cosas para obtener piedad, Apolonio insistió en exhortar a los efesios a que se le echaran encima y no lo dejaran.

Pero cuando algunos lo hacían blanco de sus pedradas y él, que parecía tener los ojos cerrados, los miró intensamente y mostró sus ojos llenos de fuego, lo reconocieron los efesios como un demon y lo lapidaron de tal modo, que se acumuló sobre él un rimero de piedras. Al poco rato los exhortó a que apartaran las piedras y conocieran la bestia que habían matado.

Así que, al ser descubierto, el que creían haber apedreado había desaparecido, pero se vio un perro, semejante por su apariencia a un moloso, y por su tamaño al león de mayores dimensiones, machacado por las piedras, y escupiendo espuma, como los rabiosos. Precisamente la estatua del Tutelar se alza cerca del lugar en el que la aparición fue apedreada.

Es notable la capacidad de Apolonio para manipular los hechos de forma que los efesios acaben viendo lo que él quiere que vean. La enfermedad es presentada, como tantas veces a lo largo de la historia, como un castigo divino y Apolonio pretende que la multitud considere culpable al mendigo, del que la ciudad debe deshacerse si quiere librarse de la enfermedad. Lo consigue.

Nos encontramos ante la construcción de la figura del “enemigo público” como instrumento de carácter político, con el fin de proveerse de una víctima propiciatoria sobre la que descargar las tensiones internas.

Cabe recordar también a quienes, durante la peste negra del siglo XIV, difundían entre los cristianos la creencia de que la epidemia era el resultado de un complot de los judíos urdido contra ellos (mediante el envenenamiento de pozos) en lo que fue uno de los episodios de persecución (pogromos) más devastadores de la historia .

Pero el taumaturgo pitagórico exhibe también sus poderes sobrenaturales en otros ámbitos: en relación al dominio sobre los «espectros», en su facultad para adivinar el futuro, e incluso en su capacidad para resucitar a una joven muerta.

En fin, con su relato hagiográfico de la vida de este filósofo milagrero, Filóstrato se convierte en paradigma de una visión supersticiosa del mundo y de un tipo de literatura singularmente encomiástica.

En las antípodas de Filóstrato, en cambio, se encontraba Luciano de Samósata (S. II). Testigo atento de su tiempo, Luciano denunciará con certera ironía la intromisión de lo religioso y mágico en la filosofía, que se acentúa en el siglo que le tocó vivir. Y lo hace en obras como Philopseudés (El amante de las mentiras), Sobre la muerte de Peregrino y Alejandro o el falso profeta.

Particularmente Alejandro o el falso profeta, escrito aproximadamente en el 180 d.C., es un testimonio mordaz sobre el fraude sobrenatural en el mundo romano, personificado en la figura de Alejandro de Abonutico. Si bien la obra tiene un carácter satírico, más literario que histórico (está repleta de ironías y recreaciones dramáticas), no hay muchas dudas sobre la verosimilitud histórico-religiosa del caso, que estaría respaldada por evidencias que documentan el “culto de Glykon”. Entre ellas se incluyen: inscripciones, esculturas, monedas y referencias literarias. Se trataba de un dios serpiente, encarnación de Asclepio, cuya venida habría sido presagiada por el «profeta» Alejandro.

Luciano de Samósata pretende, desde un saludable escepticismo, desenmascarar los trucos de los charlatanes de lo sobrenatural que se aprovechan de las debilidades y expectativas humanas. Los libros citados están dirigidos a desacreditar a esos falsos “hombres sagrados”. Nos encontramos ante el reverso de las biografías hagiográficas, como la mencionada Vida de Apolonio, que circulaban con profusión en su época.

Alejandro, que en la obra se presenta como un discípulo de Apolonio de Tiana, es un ejemplo del iluminado que logra triunfar en el competitivo mercado religioso del siglo II. Luciano lo caracteriza como un profesional del engaño: farsante, inmoral, manipulador, insaciable, megalómano y violento.

La creencia en la intervención directa de los dioses en la vida humana es uno de los rasgos más sobresalientes del sentimiento religioso de ese siglo. Es esta fe en la providencia la que explica la buena acogida de oráculos de nueva creación como el de Alejandro, fundado en Abonutico, una pequeña ciudad de Bitinia (actual Turquía). Este famoso oráculo podría haber durado un siglo, con fuerte influencia durante el principado de Antonino Pío (138-161 d.C.). Diversa documentación lo acredita: inscripciones de consultantes agradecidos, piedras grabadas, monedas con la imagen del dios y, especialmente, las medallas.

La puesta en escena de Alejandro incluía simular el padecimiento de epilepsia (enfermedad que en el mundo antiguo estaba relacionada con el ámbito sagrado) y usar una vestimenta adecuada con la que aparentar una supuesta descendencia divina: nieto de Asclepio, descendiente de Perseo, enviado de Zeus, amante de Selene y reencarnación de Pitágoras.

Su modus operandi se resume como sigue:

La tarifa que cobraba por oráculo era un dracma y dos óbolos (aproximadamente, dos días de trabajo). Las cantidades eran mucho más altas para los que tenían el privilegio de contemplar a la “serpiente parlante” y recibir un “oráculo autófono”, algo solo al alcance de los más pudientes.

Una red de informantes locales le proporcionaba datos relevantes sobre las vicisitudes personales de aquellos que acudían al oráculo.

Estatua romana de Glykon (siglo II), venerado como el nuevo Asclepio. Museo de Historia Nacional y Arqueología, Constanza (Rumanía).

La lucrativa industria incluía la fabricación y venta de imágenes del dios serpiente Glykon. Numerosos trabajadores autónomos se habían establecido en las inmediaciones del santuario para ofrecer a los desconcertados peregrinos una interpretación adecuada de las ininteligibles respuestas oraculares. Esta era una tarea sujeta a tributo, pues los intérpretes debían pagar a Alejandro un talento ático cada uno.

Además, obtenía dinero de la extorsión a los poderosos que habían sido tan imprudentes como para dejar constancia escrita de sus secretos anhelos de poder en las tablillas de consulta al oráculo, a los que chantajeaba convenientemente.

Por supuesto, la “epifanía de Glykon” generaría riqueza para la población local, a costa, claro está, de las víctimas económicas y morales del negocio.

La región oriental del Imperio había sido azotada por una serie de catástrofes desde mediados del siglo II. Hambre, inundaciones, guerras, terremotos, que asolaron Rodas, Mitilene y, más tarde Esmirna. En el año 165 se desencadenó una epidemia que causó elevadísima mortandad: la peste antonina. A ella hace referencia un oráculo de Alejandro.

Así lo cuenta, con ironía, Luciano:

Y distribuyó un oráculo, autófono también este por todos los países, en la época de la peste. Era un verso solo: Febo, dios de intensa cabellera, aparta el / nubarrón de la peste. Y se podía ver este verso por todas partes, escrito sobre las puertas, como protección contra la peste. Pero a la mayor parte de la gente le resultó justo al contrario. Pues por algún azar quedaron vacías especialmente las casas en las que se había escrito el verso. No quiero decir por ello que perecieran por culpa del verso. Sucedió así por mero azar. Quizás también, los más, se descuidaron y vivieron en total despreocupación, sin contribuir en ayuda del oráculo contra la peste…

Pero la mayor osadía de Alejandro, que según sus crédulos seguidores curaba a los enfermos e incluso había resucitado ya a algún muerto, sucedió con ocasión de las llamadas guerras marcomanas (166 y ss.), una serie de conflictos armados librados entre el Imperio Romano y las tribus germanas del norte, en torno a la cuenca del Istrio (Danubio). Alejandro habría hecho de pitoniso para el emperador Marco Aurelio gracias a la influencia de Plubio Mumio Sisenna Rutiliano, gobernador de Asia. Predijo una gran victoria si arrojaban dos leones vivos (dos servidores de Cibeles), perfumes y ricas ofrendas al Danubio.

«Y al momento habrá una victoria, y gloria magna, junto a la anhelada paz. Se hicieron las cosas según había ordenado, pero los leones escaparon nadando a tierra enemiga y los bárbaros los mataron a palos como si fueran algún género extraño de perros o lobos. Y al momento sobrevino un enorme desastre sobre los nuestros….».

Por supuesto, Alejandro se defendió recordando la socorrida anécdota de Creso en relación al oráculo de Delfos: el oráculo había predicho una victoria, sin revelar si de los romanos o de sus enemigos.

En Alejandro o el falso profeta Luciano no desaprovecha la oportunidad de mostrar abiertamente su simpatía por el epicureísmo, al considerar que esta escuela filosófica era la más beligerante contra las supersticiones del momento. La postura de los epicúreos, intransigente con la superstición y la inconcebible credulidad de muchos, había tenido como consecuencia, en no pocas ocasiones, su persecución. “A un epicúreo que osó ponerlo en evidencia ante una asistencia numerosa, lo hizo correr grave peligro”.

Son muchas las incógnitas que suscitan la vida y la obra de Luciano pero no podemos por menos que reconocer su lúcido carácter escéptico. Sus ataques contra las creencias religiosas se centran en aquellos credos insólitos que iban apareciendo dentro de un politeísmo que estaba cada vez más desacreditado. El autor no alcanzaría a reconocer la mayor fuente de superstición que se empezaba a consolidar con el creciente despliegue del cristianismo. 

Con razón dejó Luciano escrito para los tiempos venideros: “…la vida de los hombres está despóticamente gobernada por dos importantísimos factores: la esperanza y el miedo, y quien sepa sacar mejor partido de uno y otro se enriquecerá rápidamente”.

Sigue siendo necesario reivindicar más Luciano y menos Filóstrato.

Bibliografía:

Filóstrato, Flavio (2021). Vida de Apolonio de Tiana. Madrid: Alianza Editorial.

Luciano de Samósata (1989). Alejandro o el falso profeta. Sobre la muerte de Peregrino. Madrid: Akal.

Primo Levi. Las malas noticias de cuanto el hombre es capaz de hacer con el hombre

Si esto es un hombre

¿Qué significa “si esto es un hombre”? ¿Por qué las víctimas de Auschwitz fueron tratadas como si no fueran hombres? ¿Los verdugos eran hombres? ¿Puede haber humanidad propia sin hacernos cargo de la humanidad del otro…?

El texto tiene que ver con la Memoria, con mayúscula. Memoria que no es solo asunto privado (casi sentimental para algunos) sino público. Memoria que no es solo recuerdo subjetivo de cómo este o aquel individuo vivió un acontecimiento, en este caso Auschwitz, sino el conocimiento y la proyección social que esa experiencia aporta. Esa proyección es necesariamente pública porque afecta a la “condición humana” y a los “peligros presentes”, como advierte Primo Levi.

En 1947 la editorial Einaudi rechazó la novela autobiográfica de Levi. En defensa de la obra se alzaron algunas voces como la de Italo Calvino. Acaso el libro no era convencionalmente literario. Con humildad, Levi siempre puso límites a la calidad de su testimonio: honestamente no podía desvelar toda la verdad, todo el horror vivido, porque –como expresó- ese es el secreto de los que han bajado al infierno y no han vuelto.

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

Habrá muchos, individuos o pueblos,  que piensen, más o menos conscientemente, que “todo extranjero es un enemigo. En la mayoría de los casos esta convicción yace en el fondo de las almas como una infección latente; se manifiesta solo en actos intermitentes y no forma parte de un sistema de pensamiento. Pero cuando este llega, cuando el dogma inexpresado se convierte en la premisa mayor de una forma de razonar, al final de la cadena está el Lager.

… hemos aprendido que nuestra personalidad es frágil, que está mucho más en peligro que nuestra vida; y que los sabios antiguos, en lugar de advertirnos “acordaos de que tenéis que morir” mejor habrían hecho en recordarnos este peligro mayor que nos amenaza. Si desde el interior del campo algún mensaje hubiera podido dirigirse a los hombres libres, habría sido este: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí.

Hoy, por primera vez, el sol ha surgido vivo y nítido fuera del horizonte de barro. Un sol polaco, frío, blanco y lejano; pero cuando se ha deshecho de las últimas brumas ha corrido un murmullo por nuestra multitud sin color, y he comprendido que se puede adorar al sol.

En la historia y en la vida, parece a veces discernirse una ley feroz que reza: “a quien tiene, le será dado; a quien no tiene le será quitado”. En el Lager, donde el hombre está solo y la lucha por la vida se reduce a su mecanismo primordial esta ley inicua está abiertamente en vigor.

Son (los kapo) el típico producto de la estructura del lager alemán; ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte (…). Cuando le sea confiado el mando de una cuadrilla de desgraciados, con derecho de vida y de muerte sobre ellos, será cruel y tiránico porque entenderá que si no lo fuese bastante, otro, considerado más idóneo, ocuparía su puesto. Sucederá, además, que su capacidad de odiar, que se mantenía viva en dirección a sus opresores, se volverá, irracionalmente, contra los oprimidos, y él se sentirá satisfecho cuando haya descargado en sus subordinados la ofensa recibida de los de arriba».

 “Los salvados de Auschwitz no eran los mejores, los predestinados al bien, los portadores de un mensaje; cuanto yo había visto y vivido me demostraba precisamente lo contrario. Preferentemente sobrevivían los peores, los egoístas, los violentos, los insensibles, los colaboradores de la “zona gris”, los espías. No era una regla segura… pero era una regla. Yo me sentía inocente, pero enrolado entre los salvados, y por lo mismo en busca permanente de una justificación, ante mí y ante los demás. Sobrevivían los peores, es decir, los más aptos; los mejores han muerto todos.

El sobrevivir sin haber renunciado a nada del mundo moral propio, de no ser debido a poderosas y directas intervenciones de la fortuna, no ha sido concedido más que a poquísimos individuos superiores, de la madera de los mártires y de los santos.

Por el sentido que pueda tener tratar de explicar las causas por las que mi vida, entre millares de otras equivalentes, ha podido resistir la prueba, diré que creo que es a Lorenzo a quien debo el estar hoy vivo; y no tanto por su ayuda material como por haberme recordado constantemente con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo; algo difícilmente definible, una remota posibilidad de bondad, debido a la cual merecía la pena salvarse».

«…desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido [en la selección para la cámara de gas]. Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca? Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.

Apéndice de 1976

Debo confesar que ante ciertos rostros no nuevos, ante ciertas viejas mentiras, ante ciertas figuras en busca de respetabilidad, ante ciertas indulgencias, ciertas complicidades, la tentación de odiar nace en mí, y hasta con alguna violencia: pero yo no soy fascista, creo en la razón y en la discusión como supremos instrumentos de progreso y, por ello, antepongo la justicia al odio. Por esta misma razón, para escribir este libro he usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima o el iracundo lenguaje del vengador; pensé que mi palabra resultaría tanto más creíble cuanto más objetiva y menos apasionada fuese; sólo así el testigo en un juicio cumple su función, que es la de preparar el terreno para el juez. Los jueces sois vosotros.

Pese a las diversas posibilidades de informarse, la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber, o más: porque quería no saber. Es cierto que el terrorismo de Estado es un arma muy fuerte a la que es muy difícil resistir, pero también es cierto que el pueblo alemán, globalmente, ni siquiera intentó resistir. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera, el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo; cerrando la boca, los ojos y las orejas se construía la ilusión de no estar al corriente de nada y, por consiguiente, de no ser cómplice de todo lo que ocurría ante su puerta. Saber, y hacer saber, era un modo (quizá tampoco tan peligroso) de tomar distancia con respecto al nazismo; pienso que el pueblo alemán, globalmente, no ha usado de ello, y de esta deliberada omisión lo considero plenamente culpable.

Los lager nazis han sido la cima, la culminación del fascismo en Europa, su manifestación más monstruosa; pero el fascismo existía antes que Hitler y Mussolini, y ha sobrevivido, abierto o encubierto, a su derrota en la Segunda Guerra Mundial. En todo el mundo, en donde se empieza negando las libertades fundamentales del hombre y la igualdad entre los hombres, se va hacia el sistema concentracionario, y es éste un camino en el que es difícil detenerse.

Quizá no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender casi es justificar. Me explico: “comprender” una proposición o un comportamiento humano significa (incluso etimológicamente) contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Pero ningún hombre normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels, Eichmann y tantos otros. Esto nos desorienta y a la vez nos consuela: porque quizá sea deseable que sus palabras (y también, por desgracia, sus obras) no lleguen nunca a resultarnos comprensibles. Son palabras y actos no humanos, o peor: contrahumanos, sin precedentes históricos, difícilmente comparables con los hechos más crueles de la lucha biológica por la existencia.

Hay que desconfiar, pues, de quien trata de convencernos con argumentos distintos de la razón, es decir, de los jefes carismáticos: hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalte su simplicidad y esplendor, aunque la hallemos cómoda porque se adquiere gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y que entusiasman menos, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas.

Quizás también me haya ayudado mi interés, que nunca flaqueó, por el ánimo humano y la voluntad de sobrevivir, con el fin preciso de relatar las cosas a las que habíamos asistido y soportado. Y, finalmente, quizás haya desempeñado un papel también la voluntad, que conservé tenazmente, de reconocer siempre, aún en los días más negros, tanto en mis camaradas como en mí mismo, a hombres y no a cosas, sustrayéndome de esa manera a aquella total humillación y desmoralización que condujo a muchos al naufragio espiritual.

Bibliografía:

Levi, Primo (2014). Si esto es un hombre. Barcelona: Península.

Camus-Germain. Cartas.

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Es conocida la emotiva carta que Albert Camus envió a su maestro de primaria, Louis Germain, el 19 de noviembre de 1957, tras conocer que había sido premiado con el Nobel de literatura (“… le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”). El 10 de diciembre Camus dedicaría al propio Germain su discurso en la ceremonia de Estocolmo. La carta de Camus apareció publicada en su obra póstuma El primer hombre (1995), casi tres décadas después de ser escrita.

Menos conocida es, en cambio, la carta que Germain remite a Camus el 30 de abril de 1959 y que se recoge asimismo en las páginas finales del libro. Si la del escritor, paradigma de la gratitud humana, se ha considerado un soberbio homenaje a los maestros, la del señor Germain lo es asimismo en no menor medida. Y lo es porque nos muestra de qué tipo de maestro estamos hablando.

En la escuela de Belcourt (Argel), Camus, con diez años, encontró a «un segundo padre; o el primero», como dice su gran biógrafo Olivier Todd. Germain, un hombre de ideas republicanas, un librepensador, fue decisivo en el futuro del escritor, al convencer a su madre y a su abuela para que, en lugar de ponerse a trabajar (como su hermano Lucien), continuara sus estudios de educación secundaria. Le dio clases extraescolares y se preocupó de que le concedieran una beca, acompañándole al examen de ingreso en el Liceo de Argel, y esperando el resultado sentado en un banco en la plaza del instituto.

El primer hombre es una novela autobiográfica inconclusa (Albert Camus muere en accidente de tráfico el 4 de enero de 1960) en la que el autor recorre los años de su infancia en Argel. El país era entonces una provincia francesa. En la novela, Camus traza un retrato conmovedor de su maestro:

“No, la escuela no solo les ofrecía una evasión de la vida de familia. En la clase del señor Bernard por lo menos la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial todavía para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En la clase del señor Germain (aquí el autor da al maestro su verdadero nombre), sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se les juzgaba dignos de descubrir el mundo. Más aún, el maestro no se dedicaba solamente a enseñarles lo que le pagaban por enseñar: los acogía con simplicidad en su vida personal, la vivía con ellos contándoles su infancia y la historia de otros niños que había conocido, les exponía sus propios puntos de vista, no sus ideas, pues siendo, por ejemplo, anticlerical como muchos de sus colegas nunca decía en clase ni una sola palabra contra la religión ni contra nada de lo que podía ser objeto de una elección o de una convicción personal; en cambio, condenaba con la mayor energía lo que no admitía discusión: el robo, la delación, la indelicadeza, la suciedad”.

Y más tarde, cuando el señor Germain, tras aprobar el examen para la beca, se despide de él:

«Ya no me necesitas le dijo, tendrás otros maestros más sabios. Pero ya sabes dónde estoy, ven a verme si precisas que te ayude.

»Se marchó y Jacques (Jacques Cormery es el nombre que se da a sí mismo Albert Camus en la ficción) se quedó solo, perdido en medio de esas mujeres, después se precipitó a la ventana, mirando a su maestro, que lo saludaba por última vez y lo dejaba solo, y en lugar de la alegría del éxito, una inmensa pena de niño le estremeció el corazón, como si supiera de antemano que, con ese éxito, acababa de ser arrancado del mundo inocente y cálido de los pobres, mundo encerrado en sí mismo como una isla en la sociedad, pero en el que la miseria hace las veces de familia y de solidaridad, para ser arrojado a un mundo desconocido que no era el suyo, donde no podía creer que los maestros fueran más sabios que aquel cuyo corazón lo sabía todo, y en adelante tendría que aprender, comprender sin su ayuda, convertirse en un hombre sin el auxilio del único hombre que lo había ayudado: tendría que crecer y educarse solo al precio más alto.»

Pero volvamos a la carta que Louis Germain remite a Camus desde Argel.

Mi pequeño Albert:

He recibido, enviado por ti, el libro Camus, que ha tenido a bien dedicarme su autor, el señor Brisville.

Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo. Si fuera posible, abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo para mí «mi pequeño Camus».

Todavía no he leído la obra, salvo las primeras páginas. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada, son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo. Y, estudiándote, nunca sospeché la verdadera situación de tu familia. Solo tuve una impresión en el momento en que tu madre vino a verme para inscribirte en la lista de candidatos a las becas. Pero eso fue, por lo demás, en el momento en que ibas a abandonarme. Hasta entonces me parecía que tu situación era la misma que la de todos tus compañeros. Siempre tenías lo que te hacía falta. Como tu hermano, estabas correctamente vestido. Creo que no puedo hacer mejor elogio de tu madre.

Volviendo al libro del señor Brisville, su iconografía es abundante. Y tuve la grandísima emoción de conocer, por su imagen, a tu pobre padre, a quien siempre consideré “mi camarada”. El señor Brisville ha tenido a bien citarme: se lo agradeceré. […]

He visto la lista, en constante aumento, de las obras que te están dedicadas o que hablan de ti. Y es para mí una satisfacción muy grande comprobar que tu celebridad (es la pura verdad) no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo Camus: bravo. […]

Temo por ti que abuses de tus fuerzas. Y permite a tu viejo amigo que te lo señale, tienes una esposa encantadora y dos niños que necesitan de su marido y de su padre. En este sentido, te contaré lo que nos decía a veces el director de nuestra escuela primaria. Era muy, muy duro con nosotros, lo que nos impedía ver, sentir, que nos quería realmente. «La naturaleza tiene un gran libro donde inscribe minuciosamente todos los excesos que cometéis». Confieso que muchas veces esa sensata opinión, en el momento en que iba a olvidarla, me ha frenado. Así que trata de conservar blanca la página que te está reservada en el Gran Libro de la Naturaleza. […]

Hace ya bastante tiempo que no nos vemos... Antes de terminar, quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela. Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad. Os he amado a todos y creo haber hecho todo lo posible por no manifestar mis ideas y no pesar sobre vuestras jóvenes inteligencias. Cuando se trataba de Dios (está en el programa), yo decía que algunos creen, otros no. Y que en la plenitud de sus derechos, cada uno hace lo que quiere. De la misma manera, en el capítulo de las religiones, me limitaba a señalar las que existen, y que profesaban todos aquellos que lo deseaban. A decir verdad, añadía que hay personas que no practican ninguna religión. Sé que esto no agrada a quienes quisieran hacer de los maestros unos viajantes de comercio de la religión, y para más precisión, de la religión católica. En la escuela primaria de Argel (instalada entonces en el parque Galland), mi padre, como mis compañeros, estaba obligado a ir a misa y a comulgar todos los domingos. Un día, harto de esta constricción ¡metió la hostia «consagrada» dentro de un libro de misa y lo cerró! El director de la escuela, informado del hecho, no vaciló en expulsarlo. Esto es lo que quieren los partidarios de una «Escuela Libre» (libre… de pensar como ellos). Temo que, dada la composición de la actual Cámara de Diputados, esta mala jugada dé buen resultado. Le Canard Enchaîné (periódico satírico) ha señalado que, en un departamento, unas cien clases de la escuela laica funcionan con el crucifijo colgado en la pared. Eso me parece un atentado abominable contra la conciencia de los niños. ¿Qué pasará dentro de un tiempo? Estas reflexiones me causan una profunda tristeza. […]

Recuerda que, aunque no escriba, pienso con frecuencia en todos vosotros. Mi señora y yo os abrazamos fuertemente a los cuatro. Afectuosamente, vuestro.

Germain Louis.

Llena de autenticidad y sentimiento, la carta de Louis Germain aborda los valores esenciales de la educación pública y laica: una educación que ha de mostrar a los alumnos el mundo no como algo acabado, cristalizado, sino como un universo de posibilidades abierto al descubrimiento, a la creación, a la realización personal; el deber de compensar y enfrentar la desigualdad social (la referencia al “niño pobre” que era Camus), el conocimiento personal y humano de los alumnos (“el pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente”) y la tan necesaria libertad de pensamiento (“creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad”); libertad que – como indica el maestro- se encuentra en las antípodas de la mal llamada libertad de educación («libre… de pensar como ellos«).

Encontramos aquí ese territorio tan valioso de la literatura imperecedera. Recordándonos que, como expresara Kant, «el hombre es lo que la educación hace de él».

Bibliografía:

Camus, Albert (1997). El primer hombre. Barcelona. Círculo de Lectores.

Reverte, Javier. El hombre de las dos patrias. Tras la huellas de Albert Camus (2016). Barcelona. Ediciones B.

«Las viejas» o «¿Qué tal?». 1810-1812. Francisco de Goya.

En el primero de los episodios nacionales (Trafalgar) escrito en 1873, Benito Pérez Galdós realiza una memorable descripción de Doña Flora, uno de sus personajes:

Vestía con lujo, y en su peinado se gastaban los polvos por almudes y como no tenía malas carnes, a juzgar por lo que pregonaba el ancho escote y por lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeño consistía en lucir aquellas partes menos sensibles a la injuriosa acción del tiempo, para cuyo objeto tenía un arte maravilloso. Era doña Flora persona muy prendada de las cosas antiguas; muy devota, aunque no con la santa piedad de mi doña Francisca y grandemente se diferenciaba de mi ama, pues así como esta aborrecía las glorias navales, aquella era entusiasta por todos los hombres de guerra en general y por los marinos en particular. Inflamada en amor patriótico, ya que en la madurez de su existencia no podía aspirar al calorcillo de otro amor, y orgullosa en extremo, como mujer y como dama española, el sentimiento nacional se asociaba en su espíritu al estampido de los cañones, y creía que la grandeza de los pueblos se medía por libras de pólvora.

Doña Flora de Cisniega era una vieja que se empeñaba en permanecer joven: tenía más de cincuenta años; pero ponía en práctica todos los artificios imaginables para engañar al mundo, aparentando la mitad de aquella cifra aterradora. Decir cuánto inventaba la ciencia y el arte en armónico consorcio para conseguir tal objeto, no es empresa que corresponde a mis escasas fuerzas. Enumerar los rizos, moñas, lazos, trapos, adobos, bermellones, aguas y demás extraños cuerpos que concurrían a la grande obra de su monumental restauración, fatigaría la más diestra fantasía: quédese esto, pues, para las plumas de los novelistas, si es que la historia, buscadora de las grandes cosas, no se apropia tan hermoso asunto. Respecto a su físico, lo más presente que tengo es el conjunto de su rostro, en que parecían haber puesto su rosicler todos los pinceles de las academias presentes y pretéritas. También recuerdo que al hablar hacía con los labios un mohín, un repliegue, un mimo, cuyo objeto era o achicar con gracia la descomunal boca, o tapar el estrago de la dentadura, de cuyas filas desertaban todos los años un par de dientes; pero aquella supina estratagema de la presunción era tan poco afortunada, que antes la afeaba que la embellecía.

El texto recuerda uno de los temas que Francisco de Goya abordó con cierta recurrencia, entre otros en el cuadro conocido como «Las viejas» o «¿Qué tal?» (1810-1812).

La protagonista de la escena es una vieja decrépita, de cuerpo flaco y consumido. Se sienta en compañía de otra vieja con aspecto de celestina, y sostiene entre sus manos un pequeño medallón que probablemente muestra su imagen cuando era joven. La mujer aparece enjoyada con todo tipo de ornamentos para el pelo, pendientes y pulseras, haciendo gala de vida acomodada. La acompañante, servidora fiel, le acerca un espejo donde se ve reflejado su ajado rostro. En el espejo, Goya ha escrito con ironía ¿Qué tal?, pregunta que quizás la vieja no escuche, sumida en el recuerdo de su belleza marchita.

Detrás de las mujeres aparece la figura implacable de Cronos, representado por un hombre con alas, de barba y pelo blancos. Sujeta una escoba con la que va a barrer a la mujer. A la vanidad le ha llegado su hora.

Por el pasador de pelo en forma de flecha que adorna el teñido cabello rubio, símbolo de Cupido, se ha querido identificar a la vieja con la reina María Luisa, que luce una horquilla parecida en el cuadro La familia de Carlos IV.

En realidad, el tema de este lienzo ya fue tratado en la serie Los Caprichos. En el Capricho 55 aparece una mujer que se acicala frente al espejo, ajena a las mofas de los personajes del fondo. La leyenda dice Hasta la muerte, con la certeza de que, hasta el final, la mujer seguirá disfrazándose con todo tipo de artificios.

¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!

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La niña de la muñeca de palo es quizá la mejor foto de Alberto Korda. Muestra con una ternura sin fin a una niña, una pequeñita campesina pinareña, abrazada a su “muñeca”: una madera envuelta en un pedazo de papel de periódico. La imagen se tomó en febrero de 1959 en Sumidero, pueblecito perdido entre mogotes de la provincia más occidental de Cuba. Sin duda, es un testimonio gráfico elocuente de cómo era la Isla en ese momento.

Viendo la foto, uno no puede por menos que recordar el cuento La rama seca (Historia de la Artámila, 1961), de Ana María Matute. La niña de esta historia, que apenas tenía seis años, se quedaba cerrada con llave en casa en época de siega en compañía de su “muñeca”, una rama seca envuelta en un retal.

Dos historias de supervivencia y de humanidad. En la foto vemos pobreza. En el cuento encontramos, además, soledad. También, en ambas, el poder de la imaginación, la inocencia y los sentimientos de unas niñas que demostraron que es amando las cosas como estas se hacen dignas de amor.

“Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a “Pipa” entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.

—Verdaderamente— se dijo—. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!”. La rama seca. Ana María Matute.

Miles de millones. Obra póstuma. Carl Sagan.

José Andrés Martínez García

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“En la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo…”

Miles de millones. Obra póstuma, reúne una miscelánea de artículos, algunos de los cuales ya habían sido publicados con anterioridad pero que Carl Sagan consideró temas esenciales «en la antesala del milenio».

Entre ellos: la belleza de las matemáticas, la naturaleza del universo, la posibilidad de vida en otros planetas o lunas, los problemas medioambientales (con especial atención a la “emboscada” del calentamiento global), el comportamiento social, así como un repaso a la historia de un siglo XX -en el momento en que fue escrito- próximo a concluir.

Carl Sagan ha sido un ejemplo para varias generaciones de jóvenes. Un ejemplo de la defensa consecuente de la ciencia y la razón humanas frente a la superstición y el dogmatismo. Una lectura imprescindible por su rigor intelectual y ecuanimidad.

Del libro cito dos textos que muestran al ser humano. Del niño que fue, al hombre que ha de enfrentar el momento más difícil. El primer texto, sobre su infancia, se incluye al principio del capítulo Las reglas del Juego. El segundo es un fragmento del último capítulo, En el valle de las sombras, relato de la lucha contra la enfermedad que finalmente puso fin a su vida en diciembre de 1996.

En el año 2003 se publicó en la revista Skeptical Inquirer el artículo «Ann Druyan talks about Sciencie, Religion, Wonder, Awe…and Carl Sagan». Por su valor, reproduzco igualmente la parte final del mismo, un artículo que merece ser leído en su totalidad.

 

Recuerdo el final de un día largo y perfecto de 1939, una jornada que influyó vigorosamente en mi pensamiento, un día en que mis padres me llevaron a ver las maravillas de la Exposición Universal de Nueva York. Era tarde, muy pasada ya la hora de acostarse. Instalado firmemente sobre los hombros de mi padre, agarrado a sus orejas, con la presencia tranquilizadora de mi madre al lado, me volví para contemplar el gran Trylon y la Perisphere, los iconos arquitectónicos de la Exposición, bajo un trémulo resplandor azul pastel. Dejábamos atrás el futuro, el Mundo del Mañana, camino del metro. Cuando nos detuvimos para ordenar nuestros paquetes, mi padre empezó a hablar con un hombre de corta estatura y aspecto cansado que llevaba una bandeja colgada del cuello. Vendía lápices. Mi padre hurgó en la bolsa de papel pardo donde guardaba lo que nos había sobrado de la comida, sacó una manzana y se la entregó al hombre de los lápices. Yo dejé escapar un sonoro gemido. Por entonces no me gustaban las manzanas y había rechazado aquella tanto a la hora del almuerzo como en la cena. Sin embargo, yo tenía un interés de propietario en ella. Era mi manzana y mi padre acababa de dársela a un desconocido de extraña apariencia que, para más inri, me fulminaba ahora con la mirada. Aunque mi padre era una persona de paciencia y ternura casi ilimitadas, pude advertir que lo había decepcionado. Me alzó y abrazó con fuerza. Es un pobre vagabundo, sin trabajo —me dijo en voz baja para que el hombre no le oyese—. No ha comido en todo el día. Nosotros tenemos bastante. Podemos darle una manzana. Reflexioné, ahogué mis sollozos, eché otra ansiosa mirada al Mundo del Mañana y de buen talante me quedé dormido en sus brazos. Carl Sagan. Las reglas del Juego.

 

“Cuatro veces he visto ya a la muerte de frente. Y cuatro veces la muerte ha apartado su mirada y me ha dejado pasar. Evidentemente algún día la muerte me reclamará, como hace con todos nosotros. Es sólo cuestión de cuándo y de  cómo. He aprendido mucho de nuestras confrontaciones -especialmente sobre la belleza y la dulce intensidad de la vida, sobre el tesoro de los amigos y la familia, sobre el poder transformador del amor. De hecho, estar al borde de la muerte es una experiencia tan positiva y reforzadora del carácter que la recomendaría a todos -excepto, claro, por ese irreductible y esencial elemento de riesgo.

Me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de mí continuará pensando, sintiendo y recordando. Sin embargo, a pesar de lo mucho que quisiera creerlo  y a pesar de las antiguas y universales tradiciones culturales que afirman la existencia de la vida después de la muerte, no conozco nada que sugiera que esto no es sino un anhelo. Deseo realmente envejecer junto a mi mujer, Annie, a quien tanto quiero.

Deseo ver crecer a mis hijos pequeños y desempeñar un papel en el desarrollo de su carácter y de su intelecto. Deseo conocer a nietos todavía no concebidos. Hay problemas científicos de cuyo desenlace ansío ser testigo. Deseo saber cómo se resolverán algunas de las grandes tendencias de la historia humana, tanto esperanzadoras como inquietantes: los peligros y promesas de nuestra tecnología, la emancipación de las mujeres, la creciente ascensión política, económica y tecnológica de China, el vuelo interestelar…

De haber otra vida, fuera cual fuere el momento de mi muerte, podría satisfacer la mayor parte de estos deseos y anhelos; pero si la muerte es solo dormir, sin soñar ni despertar, se trata de una vana esperanza. Tal vez esta perspectiva me haya proporcionado una pequeña motivación adicional para seguir con vida. El mundo es tan exquisito, posee tanto amor y tanta hondura moral, que no hay razón para engañarnos con historias hermosas de las que hay poca evidencia confiable. Me parece mucho mejor, en nuestra vulnerabilidad, mirar a la muerte a los ojos y estar agradecidos todos los días por la breve pero magnífica oportunidad que la vida ofrece.

Junto al espejo frente al que me afeito, de manera que la veo todos los días, hay una tarjeta postal enmarcada. En la parte posterior se lee un mensaje escrito con lápiz dirigido a un tal James Day, de Swansea Valley, Gales. Dice: «Querido Amigo, Sólo una línea para mostrarte que estoy vivo y coleando y pasándomela a lo grande. Es una amenaza. Tuyo”. WJR

Está firmada con las iniciales, casi indescifrables, de alguien llamado William John Rogers. En la parte anterior hay una fotografía en color de un trasatlántico elegante con cuatro chimeneas bautizado White Star Liner Titanic. El matasellos fue impreso el día anterior del hundimiento del gran barco, donde se perdieron más de 1500 vidas, incluyendo la del señor Rogers.

Annie y yo colgamos la postal por una razón: sabemos que «pasárselo a lo grande» puede ser un  estado de lo más temporal e ilusorio. (…) Si había una lección que yo había aprendido muy bien era que el futuro es imprevisible.

Muchos me han preguntado cómo es posible enfrentar la muerte sin la certidumbre de una vida después de la vida. Sólo puedo decir que no ha sido un problema. Con mis reservas sobre las «almas débiles», comparto el punto de vista de uno de mis héroes, Albert Einstein:

 «No puedo concebir un dios que recompensa y castiga a sus criaturas o que tiene un tipo de voluntad como el que experimentamos nosotros. Tampoco puedo -ni quiero- concebir a un individuo que sobrevive a la muerte física. Dejemos a las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, atesorar tales pensamientos. Me satisface el misterio de la eternidad de la vida y el entrever la maravillosa estructura del mundo existente, junto al piadoso esfuerzo por comprender una porción, aunque sea diminuta, de la razón que se manifiesta en la naturaleza». Carl Sagan. En el valle de las sombras.

 

“… una vida maravillosa”.

“Cuando murió mi esposo, como era famoso y conocido por no ser creyente, mucha gente se me acercaba -todavía sucede a veces-, para preguntarme si Carl cambió al final y se convirtió a la creencia en una vida futura. También frecuentemente me preguntan si creo que le volveré a ver. Carl enfrentó su muerte con un coraje inquebrantable y nunca buscó refugio en las ilusiones. La tragedia fue que los dos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. No espero volver a reunirme con Carl.  Pero lo maravilloso es que mientras estuvimos juntos, durante casi 20 años, vivimos con una apreciación intensa de lo breve que es la vida y lo preciosa que es. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era algo más que una separación definitiva. Cada momento que estuvimos vivos y estuvimos juntos fue milagroso, pero no en el sentido de inexplicable o sobrenatural. Sabíamos que éramos beneficiarios del azar… Que el azar puro haya sido tan generoso y tan amable, que nos pudiéramos encontrar, como Carl escribió tan bellamente en «Cosmos», ya saben, “en la inmensidad del espacio y la inmensidad del tiempo”… que hayamos podido estar juntos durante veinte años. Eso es algo que me sostiene y lo que para mí tiene más significado… la forma en que me trató y en que lo traté, la forma en la que nos cuidábamos el uno al otro y a nuestra familia mientras vivió. Esto es mucho más importante que la idea de que lo volveré a ver algún día. No creo que vuelva a ver a Carl nunca más. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso».  Ann Druyan.

 

Bibliografía:

Sagan, Carl (2000). Miles de millones. Obra póstuma. Barcelona: B.S.A.

Skeptical Inquirer, «Ann Druyan Talks About Science, Religion, Wonder, Awe…and Carl Sagan«, Volumen 27.6, Noviembre/Diciembre (2003).

Disponible en: https://skepticalinquirer.org/2003/11/ann-druyan-talks-about-science-religion-wonder-awe-and-carl-sagan/

Escenas de Inquisición: memoria de la infamia. Francisco de Goya.

 

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Auto de fe de la Inquisición (1808-1812) y Procesión de disciplinantes (1812-1819).

“Cada aparente error de dibujo y color de Goya, cada monstruosidad, cada deforme cuerpo, cada extravagante tinta, cada línea desviada, es una áspera y tremenda crítica. He ahí un gran filósofo, un gran vindicador, un gran demoledor de todo lo infame y lo terrible. Yo no conozco obra más completa de la sátira humana”. José Martí.

En el cuadro Auto de fe Francisco de Goya presenta la escena de un autillo, un tipo de auto de fe que tenía lugar en los locales de la Inquisición y al que sólo asistían personas expresamente convocadas por el tribunal. Los condenados a muerte, identificados por la coroza con llamas, escuchan la sentencia leída por un fraile desde una tribuna. En el centro, un inquisidor vestido de negro y adornado con una cruz señala a los condenados sin mirarlos. Entre el afrentoso tribunal, frailes de redondos y cretinos carrillos.

Este tema se ha abordado numerosas veces en la pintura, siendo un conocido precedente el Auto de fe en la plaza Mayor de Madrid, óleo sobre lienzo realizado en 1683 por el pintor español Francisco Rizi.

En Procesión se muestra, en primer término, a unos disciplinantes ensangrentados. Uno de ellos, empalado. A su izquierda, en andas y presidiendo la escena, tres figuras religiosas (una Virgen sin rostro,  un Ecce Homo y un Cristo crucificado), avalan con su presencia la flagelación. Beatas arrodilladas. Gente que mira. Día de fiesta.

El término «disciplinante» poseía en 1812 varios significados. Se refería al “que sacan a azotar públicamente por haber cometido algún delito o sacan a la vergüenza” y también “el que iba en los días de Semana Santa disciplinándose”. En un caso, el disciplinante es objeto de escarnio y, en el otro, alude a un acto colectivo de “devoción” del pueblo español con procesión de penitentes y flagelantes.

El cuadro se pintó después del retorno al absolutismo, con la represión a liberales y afrancesados por Fernando VII, y hace pensar que Goya lo realizó como paradigma de la vuelta a las «viejas costumbres» y como crítica a las torturas físicas de los disciplinantes, tan denostadas por los ilustrados.

El cuento de Voltaire Historia de los viajes de Escarmentado contiene un inolvidable relato en el que se narra con sarcasmo el encuentro del protagonista con la Inquisición en España:

 “…me embarqué hacia España. Estaba la Corte en Sevilla; habían llegado los galeones de Indias, y en la más hermosa estación del año, todo respiraba bienestar y alborozo. Al final de una calle de naranjos y limoneros vi un inmenso espacio acotado donde lucían hermosos tapices. Bajo un soberbio dosel se hallaban el rey y la reina, los infantes y las infantas. Enfrente de la familia real se veía un trono todavía más alto. Dije, volviéndome a uno de mis compañeros de viaje:

-Como no esté ese trono reservado a Dios, no sé para quién pueda ser.

Oídas que fueron por un grave español estas imprudentes palabras, me salieron caras. Yo creía que íbamos a ver un torneo o una corrida de toros, cuando vi subir al trono al inquisidor general, quien, desde él, bendijo al monarca y al pueblo.

Vi luego desfilar a un ejército de frailes en filas de dos en dos, blancos, negros, pardos, calzados, descalzos, con barba, imberbes, con capirote puntiagudo y sin capirote; iba luego el verdugo, y detrás, en medio de alguaciles y duques, cerca de cuarenta personas cubiertas con ropas donde había llamas y diablos pintados. Eran judíos que se habían empeñado en no renegar de Moisés y cristianos que se habían casado con sus concubinas, o que no fueron bastante devotos de Nuestra Señora de Atocha, o que no quisieron dar dinero a los frailes Jerónimos. Se cantaron pías oraciones, y luego fueron quemados vivos, a fuego lento, todos los reos; con lo cual quedó muy edificada la familia real”.

Para no olvidar.