Miles de millones. Obra póstuma. Carl Sagan.

José Andrés Martínez García

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“En la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo…”

Miles de millones. Obra póstuma, reúne una miscelánea de artículos, algunos de los cuales ya habían sido publicados con anterioridad pero que Carl Sagan consideró temas esenciales «en la antesala del milenio».

Entre ellos: la belleza de las matemáticas, la naturaleza del universo, la posibilidad de vida en otros planetas o lunas, los problemas medioambientales (con especial atención a la “emboscada” del calentamiento global), el comportamiento social, así como un repaso a la historia de un siglo XX -en el momento en que fue escrito- próximo a concluir.

Carl Sagan ha sido un ejemplo para varias generaciones de jóvenes. Un ejemplo de la defensa consecuente de la ciencia y la razón humanas frente a la superstición y el dogmatismo. Una lectura imprescindible por su rigor intelectual y ecuanimidad.

Del libro cito dos textos que muestran al ser humano. Del niño que fue, al hombre que ha de enfrentar el momento más difícil. El primer texto, sobre su infancia, se incluye al principio del capítulo Las reglas del Juego. El segundo es un fragmento del último capítulo, En el valle de las sombras, relato de la lucha contra la enfermedad que finalmente puso fin a su vida en diciembre de 1996.

En el año 2003 se publicó en la revista Skeptical Inquirer el artículo “Ann Druyan talks about Sciencie, Religion, Wonder, Awe…and Carl Sagan”. Por su valor, reproduzco igualmente la parte final del mismo, un artículo que merece ser leído en su totalidad.

 

Recuerdo el final de un día largo y perfecto de 1939, una jornada que influyó vigorosamente en mi pensamiento, un día en que mis padres me llevaron a ver las maravillas de la Exposición Universal de Nueva York. Era tarde, muy pasada ya la hora de acostarse. Instalado firmemente sobre los hombros de mi padre, agarrado a sus orejas, con la presencia tranquilizadora de mi madre al lado, me volví para contemplar el gran Trylon y la Perisphere, los iconos arquitectónicos de la Exposición, bajo un trémulo resplandor azul pastel. Dejábamos atrás el futuro, el Mundo del Mañana, camino del metro. Cuando nos detuvimos para ordenar nuestros paquetes, mi padre empezó a hablar con un hombre de corta estatura y aspecto cansado que llevaba una bandeja colgada del cuello. Vendía lápices. Mi padre hurgó en la bolsa de papel pardo donde guardaba lo que nos había sobrado de la comida, sacó una manzana y se la entregó al hombre de los lápices. Yo dejé escapar un sonoro gemido. Por entonces no me gustaban las manzanas y había rechazado aquella tanto a la hora del almuerzo como en la cena. Sin embargo, yo tenía un interés de propietario en ella. Era mi manzana y mi padre acababa de dársela a un desconocido de extraña apariencia que, para más inri, me fulminaba ahora con la mirada. Aunque mi padre era una persona de paciencia y ternura casi ilimitadas, pude advertir que lo había decepcionado. Me alzó y abrazó con fuerza. Es un pobre vagabundo, sin trabajo —me dijo en voz baja para que el hombre no le oyese—. No ha comido en todo el día. Nosotros tenemos bastante. Podemos darle una manzana. Reflexioné, ahogué mis sollozos, eché otra ansiosa mirada al Mundo del Mañana y de buen talante me quedé dormido en sus brazos. Carl Sagan. Las reglas del Juego.

 

“Cuatro veces he visto ya a la muerte de frente. Y cuatro veces la muerte ha apartado su mirada y me ha dejado pasar. Evidentemente algún día la muerte me reclamará, como hace con todos nosotros. Es sólo cuestión de cuándo y de  cómo. He aprendido mucho de nuestras confrontaciones -especialmente sobre la belleza y la dulce intensidad de la vida, sobre el tesoro de los amigos y la familia, sobre el poder transformador del amor. De hecho, estar al borde de la muerte es una experiencia tan positiva y reforzadora del carácter que la recomendaría a todos -excepto, claro, por ese irreductible y esencial elemento de riesgo.

Me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de mí continuará pensando, sintiendo y recordando. Sin embargo, a pesar de lo mucho que quisiera creerlo  y a pesar de las antiguas y universales tradiciones culturales que afirman la existencia de la vida después de la muerte, no conozco nada que sugiera que esto no es sino un anhelo. Deseo realmente envejecer junto a mi mujer, Annie, a quien tanto quiero.

Deseo ver crecer a mis hijos pequeños y desempeñar un papel en el desarrollo de su carácter y de su intelecto. Deseo conocer a nietos todavía no concebidos. Hay problemas científicos de cuyo desenlace ansío ser testigo. Deseo saber cómo se resolverán algunas de las grandes tendencias de la historia humana, tanto esperanzadoras como inquietantes: los peligros y promesas de nuestra tecnología, la emancipación de las mujeres, la creciente ascensión política, económica y tecnológica de China, el vuelo interestelar…

De haber otra vida, fuera cual fuere el momento de mi muerte, podría satisfacer la mayor parte de estos deseos y anhelos; pero si la muerte es solo dormir, sin soñar ni despertar, se trata de una vana esperanza. Tal vez esta perspectiva me haya proporcionado una pequeña motivación adicional para seguir con vida. El mundo es tan exquisito, posee tanto amor y tanta hondura moral, que no hay razón para engañarnos con historias hermosas de las que hay poca evidencia confiable. Me parece mucho mejor, en nuestra vulnerabilidad, mirar a la muerte a los ojos y estar agradecidos todos los días por la breve pero magnífica oportunidad que la vida ofrece.

Junto al espejo frente al que me afeito, de manera que la veo todos los días, hay una tarjeta postal enmarcada. En la parte posterior se lee un mensaje escrito con lápiz dirigido a un tal James Day, de Swansea Valley, Gales. Dice: “Querido Amigo, Sólo una línea para mostrarte que estoy vivo y coleando y pasándomela a lo grande. Es una amenaza. Tuyo”. WJR

Está firmada con las iniciales, casi indescifrables, de alguien llamado William John Rogers. En la parte anterior hay una fotografía en color de un trasatlántico elegante con cuatro chimeneas bautizado White Star Liner Titanic. El matasellos fue impreso el día anterior del hundimiento del gran barco, donde se perdieron más de 1500 vidas, incluyendo la del señor Rogers.

Annie y yo colgamos la postal por una razón: sabemos que “pasárselo a lo grande” puede ser un  estado de lo más temporal e ilusorio. (…) Si había una lección que yo había aprendido muy bien era que el futuro es imprevisible.

Muchos me han preguntado cómo es posible enfrentar la muerte sin la certidumbre de una vida después de la vida. Sólo puedo decir que no ha sido un problema. Con mis reservas sobre las “almas débiles”, comparto el punto de vista de uno de mis héroes, Albert Einstein:

 “No puedo concebir un dios que recompensa y castiga a sus criaturas o que tiene un tipo de voluntad como el que experimentamos nosotros. Tampoco puedo -ni quiero- concebir a un individuo que sobrevive a la muerte física. Dejemos a las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, atesorar tales pensamientos. Me satisface el misterio de la eternidad de la vida y el entrever la maravillosa estructura del mundo existente, junto al piadoso esfuerzo por comprender una porción, aunque sea diminuta, de la razón que se manifiesta en la naturaleza”. Carl Sagan. En el valle de las sombras.

 

“… una vida maravillosa”.

“Cuando murió mi esposo, como era famoso y conocido por no ser creyente, mucha gente se me acercaba -todavía sucede a veces-, para preguntarme si Carl cambió al final y se convirtió a la creencia en una vida futura. También frecuentemente me preguntan si creo que le volveré a ver. Carl enfrentó su muerte con un coraje inquebrantable y nunca buscó refugio en las ilusiones. La tragedia fue que los dos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. No espero volver a reunirme con Carl.  Pero lo maravilloso es que mientras estuvimos juntos, durante casi 20 años, vivimos con una apreciación intensa de lo breve que es la vida y lo preciosa que es. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era algo más que una separación definitiva. Cada momento que estuvimos vivos y estuvimos juntos fue milagroso, pero no en el sentido de inexplicable o sobrenatural. Sabíamos que éramos beneficiarios del azar… Que el azar puro haya sido tan generoso y tan amable, que nos pudiéramos encontrar, como Carl escribió tan bellamente en “Cosmos”, ya saben, “en la inmensidad del espacio y la inmensidad del tiempo”… que hayamos podido estar juntos durante veinte años. Eso es algo que me sostiene y lo que para mí tiene más significado… la forma en que me trató y en que lo traté, la forma en la que nos cuidábamos el uno al otro y a nuestra familia mientras vivió. Esto es mucho más importante que la idea de que lo volveré a ver algún día. No creo que vuelva a ver a Carl nunca más. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso».  Ann Druyan.

 

Bibliografía:

Sagan, Carl (2000). Miles de millones. Obra póstuma. Barcelona: B.S.A.

Skeptical Inquirer, Ann Druyan Talks About Science, Religion, Wonder, Awe…and Carl Sagan, Volumen 27.6, Noviembre/Diciembre (2003).

Disponible en: https://skepticalinquirer.org/2003/11/ann-druyan-talks-about-science-religion-wonder-awe-and-carl-sagan/

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