El Cristo de Munkácsy (1881) según José Martí.

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José Martí escribió en la década de 1880 a 1890 una serie de artículos y crónicas que desde Nueva York enviaba a distintas publicaciones hispanoamericanas. Periódicos de Venezuela, México, Panamá, Uruguay, Argentina y los propios Estados Unidos recibían los artículos del escritor cubano.

Una de esas Cartas de Nueva York está dedicada al cuadro Cristo ante Pilatos (1881) del pintor húngaro Mihály Munkácsy (1844-1900).

Martí considera la obra “digna del aplauso de los siglos” y lleva a cabo una interpretación personal donde recrea una espiritualidad centrada en el hombre, una interpretación humana de la divinidad (“lo divino está en lo humano”, escribe) donde el triunfo de Jesús es “la encarnación más acabada del poder invencible de la idea”. En el mismo sentido interpreta la resurrección.

Para Martí, Munkácsy no ve a Jesús “como la resignación que cautiva, como el perdón inmaculado y absoluto que no cabe, no cabe, en la naturaleza humana: cabe el placer de domar la ira; pero sería menos hermosa y eficaz la naturaleza del hombre si pudiese sofocar la indignación ante la infamia, que es la fuente más pura de la fuerza”.

Lo que Martí exalta es el valor supremo del hombre entregado a la transformación redentora del mundo por el propio y voluntario sacrificio. Ese es su Cristo.

 

El Cristo de Munkácsy. José Martí.

Nueva York. 2 de diciembre de 1886.

“¡Ah!, es preciso batallar para entender bien a los que han batallado; es preciso para entender bien a Jesús, haber venido al mundo en pesebre oscuro, con el espíritu limpio y piadoso, y palpado en la vida la escasez del amor, el florecimiento de la codicia y la victoria del odio  (…).

Ahí está en un sayón, flaco, huesudo; trae las manos atadas, estirado el cuello, la boca comprimida y entreabierta, como para dar paso a las últimas hieles. Se siente que acaban de poner sobre él la mano vil; que la jauría humana que lo cerca ha venido oteándolo como a una fiera; que lo han vejado, golpeado, escupido, traído a rastras, arrancado las vestiduras a pedazos, reducido a la condición más baja y ruin. ¡Y ese instante de humillación suma es precisamente el que el artista elige para hacerle surgir con una majestad que domina a la ley que tiene en frente, y a la brutalidad que lo persigue, sin ayudarse de un solo gesto, de un músculo visible;  de la dignidad del ropaje, de lo elevado de la estatura, del uso exclusivo del color blanco, de la aureola mística de los pintores! De la cabeza nada más se ayuda, de la mirada augusta bajo el ojo cóncavo, de la mejilla enjuta, de la boca contraída que aún revela la bravura humana, de la serena y adorable frente, honda hacia las sienes poco pobladas de cabellos y levantada en dosel sobre las cejas. ¡La mirada es el secreto del singular poder de esa figura! (…)

Todo se postra ante esos ojos que concentran cuanto cabe de amor, anunciación, claridad, altivez, en el espíritu. Él está al pie de las cuatro gradas que llevan al ábside de Pilatos; y Pilatos parece postrado ante él. Blanca es la túnica de Pilatos, como la suya, pero de la suya brota, sin ardid visible del pincel, una luz no que no brota de la del juez cobarde.

A su lado se revuelve la cólera, se atreve la insolencia, se discute la ley, se pide a gritos la muerte;  pero aquellos ojos curiosos o atrevidos, aquellos rostros frenéticos y descompuestos, aquellas bocas que hablan y que gritan, aquellos brazos iracundos y levantados, en vez de desviar la fuerza y la luz de su figura fulgurosa, se concentran en ella y la realzan por el contraste de su energía sublime con las bajas pasiones que lo cercan.

Le escena es en el pretorio de austera y vasta arquitectura. (…) El gentío alborotado se aprieta a la izquierda del lienzo sobre la figura de Jesús. Ni en el centro quiso ponerla el pintor, para tener esa dificultad más que vencer. Un magnífico soldado echa atrás con su pica a un gañán que vocifera con los brazos en alto: ¡figura soberana! ¡todos los pueblos tienen ese hombre bestial, lampiño, boca grande, nariz chata, mucho pómulo, ojo chico y viscoso, frente baja!;  rebosa en la figura ese odio insano de las naturalezas viles hacia las almas que las deslumbran y avergüenzan con su claridad; y, sin esfuerzo alguno artificioso ni violencia en el contraste, resaltan en el cuadro, en su doble oposición moral y física, el hombre acrisolado que ama y muere y el bestial que odia y mata.

A la derecha del lienzo está el romano Pilatos, en su toga blanca ribeteada del rojo de los patricios (…). En los ojos se ve el trastorno de sus pensamientos, el miedo a la muchedumbre, el respeto al acusado, la vacilación que le hace ir levantando una mano de la rodilla, como preguntándose qué ha de hacer con Jesús.

Comparable a la mejor creación artística es el fanático Caifás, que con el rostro vuelto hacia el Pretor le señala en un gesto imperante el gentío que reclama la muerte; aquella cabeza de la barba blanca increpa y apremia: de aquellos labios están saliendo las palabras, ardientes y duras.

Dos doctores sentados a la izquierda del ábside, miran a Jesús como si no acabasen de entenderlo. Al lado de Caifás clava un viejo los ojos en Pilatos, que tiene baja la cabeza. Un rico saduceo, de turbante y barba cana, mira a Jesús de lleno, rico el traje, arrellanado en el banco, en arco el brazo derecho, el izquierdo sobre el muslo: ¡es ese rico odioso de todos los tiempos!, la fortuna le ha henchido de orgullo brutal, la humanidad le parece su escabel, se adora en su bolsa y en su plenitud.

Entre él y Caifás discuten el caso jurídico los sacerdotes, éste con ojos torvos, aquel con frialdad de leguleyo; otro reclinado en la pared, de pie sobre el banco, mira en calma la revuelta escena.

Detrás del saduceo, junto mismo a Jesús, otro gañán, de realidad que maravilla, se inclina sobre la baranda en postura violenta para ver de frente el rostro al preso;  por encima de la cabeza del gañán, junto al pilar del arco que divide la escena sabiamente, una madre joven, con su niño en brazos, tiene puestos en Jesús sus ojos piadosos, que como toda su figura recuerdan las madonas italianas (…).

Es el hombre en el cuadro lo que entusiasma y ata el juicio. Es el triunfo y resurrección de Cristo, pero en la vida y por su fuerza humana. Es la visión de nuestra fuerza propia, en la arrogancia y claridad de la virtud. Es la victoria de la nueva idea, que sabe que de su luz puede sacarse el alma, sin comercio extravagante y sobrenatural con la creación, ese amor sediento y desdén de sí que llevaron al Nazareno a su martirio. Es el Jesús sin halo, el hombre que se doma, el Cristo vivo, el Cristo humano, racional y fiero”.

 

Bibliografía:

  • Martí, José. (1987). Ensayos sobre arte y literatura. La Habana:  Pueblo y educación.

Orquídea y colibrí cerca de una cascada. Martin Johnson Heade. 1902.

Museo Thyssen- Bornemisza

Entre 1860 y 1870 Heade viajó en tres ocasiones a América Central y del Sur (Panamá, Jamaica, Brasil y Colombia). En estos viajes, además de paisajes, pintó plantas y aves exóticas. Las representaciones de orquídeas y colibríes sobre fondos de paisajes tropicales se reconocen de hecho como la parte más característica de su obra.

La pintura combina una exuberante catleya (presuntamente Cattleya labiata), sobredimensionada en un primer plano, junto a un pequeño colibrí del que destaca el color rosado de su pechera. Al fondo se despliega un frondoso paisaje con una cascada y cumbres redondeadas que acentúan el poder cautivador de la escena.

“Pocos años después de mi presencia en este mundo palpitante fui presa de esa absorbente obsesión por los colibríes y, desde entonces, nunca me he visto libre de ella” –expresa Heade.

“Anda zumbando de rama en rama, de flor en flor, veloz y necesario como la luz. A veces duda, y queda inmóvil en el aire, suspendido; a veces vuela hacia atrás, como nadie puede. A veces anda borrachito, de tanto beber las mieles de las corolas. Al volar, lanza relámpagos de colores”, escribe Eduardo Galeano en Memoria del Fuego.

Heade se trasladó a Brasil para estudiar las distintas especies de colibríes en su entorno natural e incluso trabajó en las ilustraciones de un libro que llevaría por título The Gems of Brazil. Aunque el libro finalmente no llegó a publicarse, el proyecto dejó numerosos lienzos donde estas aves son representadas de forma individual o en pareja.

Las pinturas de Heade fueron influidas por la nueva cosmovisión que se abrió paso, a finales del siglo XIX, con las teorías de Darwin sobre la evolución y el papel de las interrelaciones en el mundo natural. Charles Darwin había estudiado precisamente las adaptaciones de los picos de colibrí para la fertilización de plantas. No obstante, en la pintura que nos ocupa la relación entre colibrí y orquídea no sólo es un hecho biológico. Tiene una evidente carga simbólica.

Las catleyas se han convertido, por su deslumbrante belleza, en las flores nacionales de diversos países (Costa Rica, Venezuela y Colombia). La evocación sexual de la planta es evidente; no es de extrañar que Proust le otorgara ese papel en su obra Por el camino de Swann (En busca del tiempo perdido). Por esto mismo, debe apuntarse la audacia -en el contexto de la sociedad victoriana norteamericana del momento- de la composición de Heade.

La pintura es un maravilloso epítome del mundo tropical y de la vida misma.

Tú que no puedes. Francisco de Goya. 1797-1799.

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Los Caprichos -la primera de las cuatro series de estampas concebidas como un todo- contienen una evidente intención crítica y aleccionadora.

A Goya le interesaba el poder de difusión de los grabados, siempre superior al de las pinturas. De este modo, la labor de crítica y regeneración moral que los ilustrados proponían podría llegar a círculos más amplios.

El título del nº 42 alude al refrán español “Tu que no puedes, llévame a cuestas”. Sobre dos hombres doblegados por el esfuerzo cabalgan dos asnos, uno de ellos con espuelas, en un paisaje desnudo y sin accidentes. Un sistema corrupto (sociedad estamental) obliga al pueblo llano a soportar pesadas cargas. Mientras el tercer estado debe “pechar” y procurar el sustento a toda la sociedad, los privilegiados (nobleza y clero) viven a sus expensas sin mover un dedo.

Integrada entre las escenas de asnerías, la estampa presenta la reconstrucción satírica de la realidad por medio del imaginario del “mundo al revés”.

Las interpretaciones contemporáneas del trabajo abundan en la idea de que: “Los pobres y clases útiles de la sociedad son los que llevan a cuestas a los burros” y, además, “cargan con todo el peso de las contribuciones del Estado”; es decir, centran su crítica particularmente en un sistema fiscal que recae siempre sobre los más pobres.

La sátira tiene plena vigencia en nuestros días.

 

Onfray y su libro Cosmos

José Andrés Martínez García

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En el último capítulo de su libro Cosmos. Una ontología materialista, Michel Onfray resume su obra en un puñado de máximas existenciales.

Son las siguientes:

→ Esculpir la naturaleza no es suprimirla.

→ Conocer las leyes de lo vivo en nosotros.

→ Aceptar nuestro destino de mamíferos.

→ Poner la cultura al servicio de la pulsión de vida.

→ Luchar contra toda pulsión de muerte.

→ Saber que lo vivo se abre camino más allá del bien y del mal.

→ Vivir el tiempo de los astros más que el de los cronómetros.

→ Querer una vida natural como remedio contra la vida mutilada.

→ Trabajar para vivir y no vivir para trabajar.

→ Habitar densamente el instante presente.

→ Ser, para no tener que tener.

→ Vivir siendo y no sobrevivir teniendo.

→ Crearse el tiempo de un otium personal.

→ Saberse pura materia.

→ Conocer el funcionamiento de la propia psique material.

→ Distinguir aquello sobre lo que uno tiene poder de aquello sobre lo cual no lo tiene.

→ Querer el querer que nos quiere cuando uno no puede actuar contra él.

→ Actuar contra el querer que nos quiere cuando uno puede actual contra él.

→ Saber que el individuo cree querer lo que quiere la especie.

→ Obedecer lo más posible al propio programa más allá del bien y del mal.

→ Saber que no estamos en la naturaleza sino que somos la naturaleza.

→ Identificar a los depredadores para protegerse de ellos.

→ Recusar todo pensamiento mágico.

→ Descubrir el mecanismo del propio reloj biológico.

→ Vivir según los ciclos paganos del tiempo circular.

→ Conocer las leyes del cielo pagano.

→ Hacer descender el cielo a la tierra.

→ Superar la episteme cristiana.

→ Utilizar la psique para abolir la metafísica.

→ Volver al cosmos para superar el nihilismo.

→ Apartar de nosotros los libros que nos alejan del mundo.

→ Meditar sobre los pocos libros que nos acercan al mundo.

→ Interrogar las sabidurías precristianas con miras a un saber postcristiano.

→ Recusar todo saber inútil desde un punto de vista existencial.

→ Utilizar la razón contra las supersticiones.

→ Reactualizar el Tetrapharmakon epicúreo: la muerte no es un mal, el sufrimiento es soportable, no hay que temer a los dioses, la felicidad es posible.

→ Adherirse a un materialismo integral.

→ Rechazar la religión facilitadora de ultramundos.

→ Persuadirse de que morir en vida es peor que morirse un día.

→ Preparar la propia muerte llevando una vida adecuada.

→ Filosofar para aprender verdaderamente a morir.

→ Experimentar lo sublime por medio de la contemplación del cosmos.

→ Saber que el hombre y el animal difieren en grado pero no en naturaleza.

→ Tratar a los animales como alter egos desemejantes.

→ Negarse a ser un animal depredador.

→ Excluir todo gesto que inflija sufrimiento a un ser vivo.

→ Rechazar que se haga un espectáculo con la muerte de un animal.

→ Reconciliarse con los animales.

→ Hacer de la etología la primera ciencia del hombre.

→ Esforzarse por alcanzar la frugalidad alimentaria.

→ Ejercitarse en llevar una vida poética.

→ Apuntar seguidamente al ejercicio de una vida filosófica.

→ Cesar de estar en el mundo viviendo fuera del mundo.

El autor de obras tan conocidas como Antimanual de filosofía o Tratado de Ateología realiza en Cosmos una completa presentación de su filosofía desde perspectivas muy diversas, como la biología, la antropología filosófica, la astrofísica moderna y la historia (contrahistoria) del arte. En todas ellas hay un común denominador: Onfray nos presenta una visión inmanente del mundo; no existe transcendencia alguna, sólo hay un mundo y es material.

Articulado en torno a cinco capítulos (‘El tiempo. Una forma a priori de lo vivo’, ‘La vida. La fuerza de la fuerza’, ‘El animal. Un alter ego desemejante’, ‘El Cosmos. Una ética del universo arrugado’ y ‘Lo Sublime. La experiencia de la vastedad’) el libro sienta las bases de una filosofía que vincula la sabiduría (sin moralina) con la naturaleza.

De ello nos informa esa “ontología materialista” que lleva por subtítulo, que es también un guiño irónico dirigido a los filósofos filosofantes, una suerte de oxímoron retórico: todas las ceremoniosas ontologías conocidas han sido metafísicas.

Onfray defiende un hedonismo del ser (que no del tener) y una búsqueda de lo sublime alejada del camino que han seguido todas las religiones.

No es el hedonismo del sibarita. No es un hedonismo consumista. Es una invitación a construir la alegría de vivir, a disfrutar con el otro. Es una afirmación de la vida: reivindicar, en palabras de Epicuro, “el puro placer de existir”. 

Para el autor, lo sublime surge en la resolución de una tensión entre el individuo y el cosmos. La pequeñez del sujeto que contempla la grandeza de la naturaleza o del universo genera ese sentimiento. La experiencia es, por supuesto, individual. En este sentido es reveladora la cita de Friedrich Nietzsche que, a modo de frontis, encabeza el libro: “Ir más allá  del “yo mismo” y el “tú mismo”, experimentar de una manera cósmica”.

En el capítulo que lleva por título Lo sublime de la naturaleza leemos:

“La religión verdadera es aquella que nos devuelve a los elementos; la verdadera plegaria, la que restituye nuestro lazo con la naturaleza; la verdadera experiencia mística, la que, siendo pagana, nos vuelve a colocar en el lugar que verdaderamente nos corresponde: no en el centro sino en un fragmento, no en el eje del mundo sino en una parte ínfima, no en el ego sino en el cosmos”.

Un libro que anima a repensar nuestra relación con el universo. A reconocer con serenidad nuestra contingencia. He aquí el proyecto de esta obra personalísima, que enlaza con el ideal griego y pagano de una sabiduría humana en armonía con el cosmos.

 

Los crisantemos, de John Steinbeck

José Andrés Martínez García

Crisantemos

Como lector, no se puede sino agradecer la exquisita edición que Nórdica realiza del cuento de John Steinbeck Los crisantemos. Bellamente ilustrado, es un buen ejemplo de la larga vida que le espera al libro en papel, a pesar del escenario apocalíptico que algunos le auguran con los nuevos soportes electrónicos.

Situada dentro del realismo social americano, la obra literaria de Steinbeck incluye alguno de estos relatos breves que cautivan por su concisión y estudiada simplicidad. Quien fuera autor de grandes novelas, como Las uvas de la ira, Al este del edén o De ratones y hombres, lo es también de cuentos o novelas cortas como El poni rojo o La perla.

Los crisantemos es un texto cargado de sutil simbolismo que sirve para abordar el mundo de la mujer y su papel en la sociedad. La trama es sencilla pero intensa y, a la vez, llena de delicadeza. Nos presenta unas horas en la vida de Elisa Allen, una persona vital, apasionada y con sensibilidad, que vive y trabaja en el rancho que tiene junto a su marido Henry.

Así la describe Steinbeck:

“Tenía treinta y cinco años, el rostro enjuto y fuerte y los ojos claros como el agua. El atuendo de jardinera parecía ocultar y engrosar su figura:  sombrero negro de hombre encasquetado casi hasta las cejas, zapatones, un vestido estampado que apenas se veía debajo del delantal de pana grande con cuatro bolsillos para las tijeras, el desplantador y el raspador, los esquejes y el cuchillo con que trabajaba”.

Henry se encarga de las tareas más duras y de los negocios de la granja mientras su esposa, protagonista del relato, cuida con devoción del jardín, especialmente de esos crisantemos blancos y amarillos, “enormes, hermosos”.

Puede decirse que la mujer se ocupa de tareas secundarias; de alguna manera se entretiene con sus crisantemos. Y, aunque se hace merecedora de justas palabras de elogio por parte de su marido, estas encierran también cierto reproche:

“-Otra vez dale que te pego –dijo él-. Tienes una buena cosecha en perspectiva.

Elisa enderezó la espalda y volvió a poner el guante.

-Sí. Serán fuertes este próximo año- dijo ella, con cierta presunción en el tono y en el gesto.

-Tienes un don especial- comentó Henry-. Algunos crisantemos amarillos de este año hacían un palmo de diámetro. Ojalá trabajaras en el huerto y consiguieras manzanas tan grandes”.

Henry ha vendido treinta novillos. Para celebrarlo propone a Elisa salir a cenar a la ciudad y luego ir al cine. Aunque también hay un combate de boxeo, no parece un espectáculo adecuado para mujeres. Su propuesta es la de un marido bueno y obsequioso y es recibida con agrado por Elisa. Al fin y al cabo, su única forma de escapar de la rutina diaria un sábado por la noche.

Mientras espera a que Henry vuelva a casa y se arregle para la cena, aparece un hojalatero ambulante con su carromato. Un hombre alto, corpulento y mal vestido, que vagabundea por los caminos y se gana la vida arreglando cacerolas y afilando cuchillos.

El hojalatero, de aspecto descuidado, “tenía los ojos oscuros, llenos de la melancolía que impregna la mirada de los cocheros y los marineros”.

Inicialmente Elisa muestra una actitud de rechazo hacia él: no tenía ni cacerolas ni cuchillos que arreglar y, desde luego, no iba a gastar dinero en algo que no necesitaba.

Pero su actitud cambia al preguntarle el hombre por sus crisantemos, con un interés lleno de adulación. Él finge valorar la belleza de las flores que ella cultiva y le propone que comparta algunas de sus plantas selectas con una señora a la que dice conocer y que vive “más adelante, siguiendo la carretera”.

“- ¡Vaya! –dijo él-. Entonces supongo que no podré llevarle ninguno.

– ¡Pues claro que puede! – exclamó Elisa-. Puedo colocar algunos en arena húmeda y puede llevárselos usted. Arraigarán en la maceta si los mantiene húmedos. Y luego ella puede trasplantarlos.

– Le gustaría mucho tener algunos, desde luego, señora. Y ¿dice usted que son bonitos?

– Preciosos. Sí, preciosos –dijo ella-. Le brillaban los ojos.”

Entusiasmada, le explica con todo detalle cómo realizar el trasplante y cómo tratar los capullos. Se siente escuchada. Valorada. Comprendida. Y en la conversación con él va a descubrir algo sobre sí misma, sobre las posibilidades de vivir una vida diferente, de escapar a su destino como mujer, pero también a su destino social.

“-Yo nunca he vivido como vive usted, pero sé lo que quiere decir. Cuando la noche es oscura…, bueno, las estrellas brillan intensamente y todo es silencio. Y bueno, ¡te elevas cada vez más! Y cada estrella te traspasa. Es así. Ardiente e intenso y… maravilloso”.

Pero cuando el hojalatero le hace notar la dureza de su trabajo y que, en ocasiones, no hay nada para la cena, se siente un poco avergonzada. Es cierto, la vida que lleva este hombre no es precisamente envidiable, tampoco es un tipo de vida socialmente admisible para una mujer. Sin embargo, evoca la libertad. Eso precisamente es lo que atrae a Elisa y le hace reflexionar.

Además, ella también sería capaz de arreglar cazuelas o afilar tijeras:

“- Tiene que ser muy agradable. Ojalá las mujeres pudieran hacer cosas así”.

Finalmente el hojalatero consigue lo único que quiere: que le encargue un trabajo y cobrar por él sus cincuenta centavos.

Y cuando el hombre se marcha con su carromato, Elisa lo observa. Se sorprende a sí misma viéndolo desaparecer en medio de lo que imagina un resplandor luminoso, como un símbolo de liberación.

Se está haciendo tarde, así que corre a prepararse. Casi lo había olvidado. Van a salir. Y su marido está a punto de llegar. Se baña a conciencia. Se pone guapa. Con esmero. Como se espera de ella.

Henry aparece por fin, completamente ajeno a su experiencia, a sus pensamientos. Es la vuelta a la realidad. No le cuenta nada de lo ocurrido, no le habla de la visita del hojalatero. No lo entendería. Será su secreto, un secreto de libertad que, aunque irrealizable, la alimenta interiormente.

Él dice encontrarla “guapa”, “distinta” y “fuerte”; y ella le contesta que “nunca había sabido lo fuerte que era hasta ese momento”. Porque se ve capaz, acaso por vez primera, de vivir una vida diferente o, al menos, de soñarla.

Al abandonar la granja en su pequeño coche camino de la ciudad, Elisa ve una mancha oscura a lo lejos en la carretera y sabe inmediatamente lo que es: al hojalatero le faltó tiempo para deshacerse de sus crisantemos.

“Procuró no mirar cuando pasaron, pero sus ojos no la obedecieron. Susurró para sí con tristeza: Podría haberlos tirado fuera de la carretera. No le habría costado mucho hacerlo, desde luego. Pero se quedó la maceta –alegó-. Tenía que quedarse la maceta. Por eso no podía tirarlos fuera de la carretera”.

La realidad social, esa destructora de sueños, ejerce una tiranía difícil de enfrentar. Decepcionada, optará por disfrutar del único aliciente posible más allá del rutinario trabajo en la granja: una cena fuera de casa. ¡Incluso podrá beber vino! Después de todo no es un mal plan.

El último párrafo del cuento es de una tristeza desgarradora:

“Se subió el cuello del abrigo para que él no viera que estaba llorando débilmente: como una mujer vieja”.

Sin esperanza. Con su aspiración a ser mujer y persona de otra manera, con el deseo de una vida más plena ahogado por la realidad. Resignada. Mutilada. Envejecida.

Bibliografía:

  • Steinbeck, John. (2016). Los crisantemos. Madrid: Nórdica Libros.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2016). Los crisantemos, de John Steinbeck. Criterios. León. Disponible en: http://xurl.es/rmj3w

 

En una noche de tormenta: cuento de Yuichi Kimura

José Andrés Martínez García

Noche de tormenta

El cuento es una parábola de cómo ver al “otro”, de cómo relacionarnos con los demás, aunque sean tan “diferentes”… sobre la amistad y la diversidad, acaso también sobre la posibilidad de amistades en principio “imposibles”.

El escritor japonés Yuichi Kimura ha escogido dos animales que simbolizan diferencias irreconciliables. Las cabras son presas del lobo. El autor ha querido elegir el supuesto más extremo que podría imposibilitar el acercamiento entre ambos.

El lobo ha sido tratado en general en la literatura como “fiero”, “astuto” y “malvado”. En este cuento, en cambio, no hay un personaje malo y uno bueno. El pobre lobo cojo también busca un lugar donde descansar hasta que amaine la tormenta. Ninguno de los dos sabe que el otro es su enemigo natural porque la oscuridad se lo impide. Así, a lo largo de la noche desfilan los miedos, necesidades, deseos y esperanzas de ambos. Comprueban que sus vidas han sido muy similares. Tan diferentes y tan parecidos.

Ambos se acercan a causa de la tormenta. Las dificultades en ocasiones unen. El miedo, un miedo compartido, les une y despierta en ellos empatía (“- Creía que iba a ser una noche terrible de tormenta pero ha resultado ser una noche fantástica pues he conocido a un amigo”).

El cuento suscita diversos interrogantes. Por ejemplo: ¿de qué manera sería vista en la manada de lobos y el rebaño de cabras la relación entre ambos animales? Probablemente sería censurada y este sería un obstáculo añadido a la amistad entre ambos.

El autor termina el texto con algunas de estas preguntas: “si en una noche de tormenta estuvierais solos en un lugar desconocido y os encontraseis a alguien, ¿no os sentiríais aliviados? Pero, y si este alguien fuera peligroso y temible ¿qué haríais?”.

Cuento (fragmento).

Llovía a cántaros. La tormenta nocturna azotaba con violencia. Las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el cuerpecito indefenso de una cabrita blanca.

La cabra, sin pensarlo, logró refugiarse en una pequeña cabaña abandonada en la pendiente de la colina.

En medio de la oscuridad la cabra se relajó, esperando tranquilamente a que la tormenta terminase.

¡Crac!

Alguien había entrado en la cabaña.

Se oía su agitada respiración.

“¿Quién será?”, la cabra permaneció inmóvil y aguzó el oído.

Tic, toc, tic, toc.

En cada paso, algo duro golpeaba el suelo y se iba acercando.

Era el ruido de una pezuña…parecía ser una cabra.

La cabra se sintió aliviada y decidió entablar conversación.

– Menuda tormenta, ¿no?

– ¿Cómo?, ¿quién ha hablado? Está tan oscuro que no me había dado cuenta- dijo, con voz ronca y entrecortada.

– Yo también acabo de llegar. Pero hay que ver qué tiempo más horrible- dijo la cabrita un poco sorprendida.

– Y que lo diga. Por culpa de esta tormenta me he torcido la pata. Menos mal que he encontrado este refugio.

Uf… -dijo soltando un gran suspiro y dejando en el suelo la rama que había utilizado como bastón.

Pero entonces…

Sí, así es. Esa sombra oscura que había entrado golpeando el suelo con un bastón no era una cabra sino un lobo. Y no era un lobo cualquiera, sino uno con unos colmillos muy afilados cuya comida preferida era la carne de cabra.

– Ahora que está aquí me siento más tranquila.

Por lo visto la cabra aún no se había dado cuenta de que su compañero era un lobo.

– Le entiendo, yo también me sentiría inseguro si tuviera que pasar la noche solo en esta cabaña y en medio de esta tormenta.

El lobo tampoco se había percatado aún de que ella era una cabra.

– ¡Ay! Uy …

– ¿Qué le ha pasado?

– Nada, resulta que cuando venía hacia aquí me he torcido un poco la pata…

– Eso es terrible. Ande, estire la pata hacia aquí.

– Bueno, si de verdad no le importa, se lo agradezco.

El lobo estiró la pata rozando la cadera de la cabra.

“Vaya, para ser una pezuña es muy blandita”, pensó.

– Ah, ah, ¡atchís! – de repente el lobo estornudó con fuerza.

– ¿Se encuentra bien?

– Sí…me parece que me he resfriado.

– Creo que yo también. Tengo la nariz tan tapada que no percibo ningún olor.

– Jeae, ahora entiendo por qué tiene esta voz…

-Jaaam, debe ser por eso.

Al oír la carcajada del lobo, la cabra estuvo a punto de decirle: “Tiene la voz como la de un lobo”, pero prefirió no decírselo por miedo a ofenderle.

El lobo también pensó: “Tiene una risita tan aguda como la de una cabra”, y a punto estuvo de decirlo, pero se mordió la lengua creyendo que si lo decía la ofendería.

En el interior de la cabaña resonaba el ulular del viento y el repiqueteo de las gotas de lluvia.

– ¿Dónde vive?

– Vivo en el Valle Desolado.

– ¿El Valle Desolado?

– ¿No es peligroso?

– ¿De veras? Bueno, es un poco escarpado pero es un lugar muy acogedor.

Ese valle es el lugar donde habitan los lobos.

-Vaya, veo que es muy valiente. Yo vivo en el Monte Fresco.

– Caramba, qué envidia. Allí hay muy buena comida.

Con “buena comida” se refería a las cabras.

– Bueno, no está mal, jaja.

De repente el estómago de ambos sonó al unísono. Grrrr…

– Ahora que lo pienso, estoy hambriento.

– Sí, yo también tengo el estómago vacío.

– Desearía que hubiera comida cerca.

(…)

– Ay…qué hambre.

Y en ese momento los dos dijeron al mismo tiempo:

– Aquella deliciosa…”hierba”, dijo la cabra. “Carne”, dijo el lobo.

Pero el sonido de un trueno silenció sus voces.

– Aunque ahora soy más grande de lo normal, cuando era pequeño era muy flacucho, y recuerdo que mi madre me decía constantemente: “Come más, come más”.

– Vaya, a mí me pasaba igual. La mía me decía: “Si no comes suficiente, cuando tengas que correr, no vas a poder hacerlo; y si no corres rápido no sobrevivirás”.

– Sí, así es. En mi casa también decían lo mismo: “Si no corres rápido no sobrevivirás”·

– Jajaja, hay que ver cómo nos parecemos.

– Jejeje, es verdad.

– Está tan oscuro que ni siquiera nos vemos la cara, pero a lo mejor resulta que incluso tenemos un aspecto parecido.

De repente cayó un rayo en las proximidades de la cabaña que iluminó su interior como si fuera pleno día.

– Vaya, estaba mirando al suelo y no le he visto, ¿usted me ha visto la cara? ¿Nos parecemos?

– La luz me ha deslumbrado y no he podido evitar cerrar los ojos.

– Bueno, pronto se hará de día así que no tardaremos en saberlo.

De repente el estruendo de un relámpago hizo temblar la cabaña.

-¡Socorro!

Sin darse cuenta, los dos habían arrimado sus cuerpos.

– Uy, lo siento. Es que los truenos me dan pánico.

– Uf…A mí también. Menudo susto me he llevado.

– Hay que ver lo parecido que somos, ¿no le parece?

– Pues sí, de hecho pensaba que nos compenetramos muy bien.

– Ya sé, ¿por qué no quedamos para comer un día de estos cuando haga buen tiempo?

– Me parece una idea estupenda. Creía que iba a ser una noche terrible de tormenta pero ha resultado ser una noche fantástica pues he conocido a un amigo.

– Vaya, parece que la tormenta ha amainado por completo.

– Sí, es cierto.

Entre las nubes ser podían vislumbrar unas pocas estrellas.

– ¿Qué le parecería quedar mañana a medio día?

– Perfecto. Dicen que después de una tormenta suele venir el buen tiempo.

– ¿Dónde quedamos?

– Uhm…¿Qué le parece delante de esta cabaña?

– De acuerdo. Pero ¿y si resulta que no nos reconocemos?

– Por si acaso yo diré: “soy el amigo que conoció en una noche de tormenta”.

– Jajaja, con “en una noche de tormenta”.

– Entonces nuestra contraseña será “en una noche de tormenta”.

– Bueno, cuídese, en una noche de tormenta.

– Adiós, en una noche de tormenta.

La violenta tormenta que había estado azotando con fuerza hacía sólo unos instantes, desapareció como por arte de magia dejando una agradable brisa. En medio de la oscura quietud, dos sombras agitan las manos y se alejan por caminos opuestos.

¿Qué ocurrirá mañana bajo esta colina? Ni siquiera el sol de la mañana que asoma tímidamente, y que con sus rayos hace centellear las gotas de las hojas de los árboles, lo sabe aún.

Bibliografía:

  • Kimura, Yuichi. (2013). En una noche de tormenta. Barcelona: Duomo.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2016). Una noche de tormenta: cuento de Yuichi Kimura. Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-8g

 

Eduardo Galeano y sus apuntes para una ecología latinoamericana

José Andrés Martínez García

Galeano usalo tiralo

“Esas lucecitas de la noche, ¿nos están espiando? Las estrellas tiemblan de estupor y de miedo. Ellas no consiguen entender cómo sigue dando vueltas, todavía vivo, este mundo nuestro, tan fervorosamente dedicado a su propia aniquilación”. 

Eduardo Galeano nos enseñó a mirar. Nos enseñó a ver y analizar el mundo desde el punto de vista de los que sufren. También de la Naturaleza que sufre. Si Marx decía que las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes de cada época (La Ideología Alemana), leer a Galeano, ese maestro de las paradojas, es aprender a ver el mundo desde el lugar de los dominados, un punto de vista imprescindible para un conocimiento veraz.

En Úselo y tírelo. El mundo del fin del milenio visto desde una ecología latinoamericana (1994) el periodista y escritor uruguayo presenta una antología de textos de varios de sus libros sobre la problemática ambiental; desde el clásico Las venas abiertas de América Latina (1971)  hasta Las palabras andantes (1993), pasando por Vagamundo y otros relatos (1973), Ser como ellos y otros artículos (1982), Memoria del fuego (1986)  y El libro de los abrazos (1989).

Se trata de una antología ampliada porque algunos artículos no habían sido publicados antes juntos y otros fueron escritos especialmente para este volumen. Las ilustraciones proceden de cerámicas y tejidos de diversas civilizaciones precolombinas.

Cuando en esta recensión se citen otros libros o publicaciones, se indicará expresamente. De lo contrario las citas provienen del mencionado Úselo y tírelo.

Las cinco mentiras sobre la crisis ambiental.

El autor advierte de cinco falsedades que, de la mano de los tecnócratas del medio ambiente, han acompañado el debate sobre la crisis ecológica de finales del siglo XX.

  1. Todos somos culpables de la ruina del planeta.
  2. Es verde lo que se pinta verde.
  3. Plantar árboles es siempre un acto de amor a la naturaleza.
  4. Entre el capital y el trabajo la ecología es neutral.
  5. La naturaleza está fuera de nosotros.

La generalización de responsabilidades absuelve: si todos somos responsables, acaso nadie lo sea. LLevó su tiempo pero, desde el Informe Brundtland (1987), se reconoce oficialmente que, si todos los pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados, harían falta diez planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades. Los países que forman la OCDE (el club de los países ricos) producen el 98% de los residuos tóxicos del planeta. No todos somos igual de responsables.

En el gran teatro del fin de milenio – apunta Galeano- hasta la industria química se viste de verde. “¿Qué es la ecología? ¿un taxi pintado de verde? En la Ciudad de México los taxis pintados de verde se llaman taxis ecológicos y se llaman parques ecológicos los pocos árboles de color enfermo que sobreviven al acoso de los coches”.

Árboles que llevan décadas o incluso siglos asentados en lo profundo de la tierra son talados, indefensos ante las sierras eléctricas. En su libro Bocas del tiempo (2004) y con el título de Mudos, el escritor señala que “en cada derrumbamiento se viene abajo el mundo; y el pajarerío queda sin casa. Mueren asesinados los viejos incómodos. En su lugar, crecen los jóvenes rentables. Los bosques nativos abren paso a los bosques artificialesFast food, fast wood: los bosques artificiales crecen en un ratito y se venden en un santiamén”. Se plantan árboles, pero “nada tienen que ver los bosques naturales aniquilados, que eran pueblos de árboles diferentes abrazados a su modo y manera, fuentes de vida diversa que sabiamente se multiplicaba a sí misma, con estos ejércitos de árboles todos iguales, plantados como soldaditos en fila y destinados al servicio industrial”. Fuentes de divisas, ejemplos de desarrollo, símbolos del progreso, estos criaderos de madera, estos bosques del silencio, resecan la tierra y arruinan los suelos.

Para Eduardo Galeano la “ecología neutral”, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. Como si la contaminación ambiental no tuviera nada que ver con la contaminación de la política, de la economía, de la sociedad. El autor recuerda a Chico Mendes, recolector de caucho, sindicalista y activista ambiental brasileño que luchó contra la extracción de madera y la expansión de los pastos en la Amazonía. Fue asesinado en 1988. Para Chico la selva amazónica no sería salvada mientras no se hiciera una reforma agraria en Brasil. Para Galeano la militancia ecológica no puede divorciarse de la lucha social.

El cristianismo, que tanta influencia ha tenido en nuestra cultura, es la religión más antropocéntrica que el mundo ha conocido. No sólo estableció un dualismo entre hombre y naturaleza, sino que también insistió en que era la voluntad de Dios que el hombre la explotara para sus propios fines. En la antigüedad cada árbol, cada manantial, cada arroyo tenía su propio genius loci, su espíritu guardián. Antes de que uno cortara un árbol, abriera una mina en una montaña, o represara un arroyo, era preciso aplacar al espíritu correspondiente del lugar. La civilización occidental y cristiana consideró la naturaleza como una bestia que había que domar, someter. Es cierto que ahora ya no se habla de someter sino de proteger. Pero en ambos casos (naturaleza sometida o naturaleza protegida) ésta se encuentra fuera de nosotros. Se la confunde con el paisaje. “En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por caso: honrarás a la naturaleza de la que formas parte. Pero no se le ocurrió”.

Desde el descubrimiento

Muchos indios fueron exterminados por el delito de creer que toda la tierra era sagrada. Adorando a la Naturaleza practicaban la idolatría y ofendían a Dios. “¿Ofendían a Dios, o más bien ofendían al capitalismo naciente?”, se pregunta Galeano.

La búsqueda de oro y plata fue el motor central de la conquista. Pero, en su segundo viaje, Cristóbal Colón llevó las primeras raíces de caña de azúcar desde las Islas Canarias para plantarlas en la República Dominicana. Las tierras fueron devastadas por plantaciones que invadieron el Nuevo Mundo destruyendo bosques y agotando la fertilidad de los suelos. Legiones de esclavos fueron reclutados.

“Pensaréis tal vez, señores –decía Karl Marx en 1848- que la producción de café y azúcar es el destino natural de las Indias Occidentales. Hace dos siglos la naturaleza, que apenas tiene que ver con el comercio, no había plantado allí ni el árbol del café ni la caña de azúcar”.

Donde todo crecía con vigor exuberante, el latifundio azucarero dejó suelos lavados y tierras erosionadas. Los incendios que ganaban tierras para las plantaciones de caña devastaron la flora y la fauna; desaparecieron ciervos, jabalíes, tapires americanos, pacas y armadillos. El café también avanzó dejando desiertos a sus espaldas.

En relación a la isla de Cuba, Galeano escribe: “Podía recorrerse Cuba, a todo lo largo, a la sombra de palmas gigantescas y bosques frondosos, en los que abundaban la caoba y el cedro, el ébano y los dagames. Se pueden todavía admirar las maderas preciosas de Cuba en las mesas y en las ventanas del Escorial o en las puertas del Palacio Real de Madrid, pero la invasión cañera hizo arder, en Cuba, con varios fuegos sucesivos, los mejores bosques vírgenes de cuantos antes cubrían su suelo”.

Alquimia colonial y neocolonial

El mismo efecto se produjo en aquellas regiones ricas en recursos minerales. Las minas de plata de Zacatecas (México) generaron fuertes ingresos a la Corona Española; en Potosí (Bolivia) -a las faldas del legendario Cerro Rico- se asentó la mina de plata más grande del mundo. Del mismo modo, la historia de la ciudad brasileña de Ouro Preto (Minas Gerais) estuvo marcada durante su época colonial por las grandes reservas de oro presentes en su suelo, extraído en su totalidad por mano de obra esclava.

Para Eduardo Galeano en América Latina, la región de las venas abiertas, todo se ha transmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano y como tal se ha acumulado en esos lejanos centros de poder. “Potosí, Zacatecas y Ouro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos, y la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva amazónica del caucho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de Maracaibo tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa”.

La desaparición de los búfalos

El bisonte americano, conocido como búfalo, era el centro de la vida cotidiana para los indios norteamericanos. El búfalo significaba abundancia. De él dependían y de él obtenían lo necesario para su sustento, vestido y vivienda. Se aprovechaba todo del animal y su caza se realizaba con respeto. El búfalo era considerado un ser espiritual que bendecía a los nativos y, como tal, se veneraba. Lo consideraban una manifestación directa del Gran Espíritu.

La cacería del bisonte americano se precipitó después de la llegada de los ingleses a la costa este del continente. El elevado valor de las pieles supuso la matanza de miles de animales. El bisonte americano fue cazado casi hasta su extinción en el siglo XIX.

Galeano escribe: “Cuando se alza el alba desde el río, una mujer kiowa ve pasar al último rebaño a través de la neblina. El jefe marcha a paso lento, seguido por las hembras y las crías y los pocos machos todavía vivos. Al llegar al pie del monte Scott, se quedan esperando, inmóviles, con las cabezas bajas. Entonces el monte abre la boca y los búfalos entran. Allá dentro el mundo es verde y fresco. Los búfalos han pasado. El monte se cierra”.

Ser como ellos

“Podemos ser como ellos, anuncia el gigantesco letrero luminoso encendido en el camino del desarrollo de los subdesarrollados”. Pero es algo evidentemente imposible porque el planeta no podría soportar que se generalizasen los niveles de producción y consumo de los llamados países ricos. Unos pocos países dilapidan los recursos de todos. Crimen y delirio de la sociedad del despilfarro… el precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo, depende de la perpetuación de la injusticia. Es necesaria la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos”, expresa Galeano. El seis por ciento más rico de la humanidad devora un tercio de toda la energía y de todos los recursos naturales que se consumen en el mundo.

El modelo de vida del mundo rico no es universalizable y, consiguientemente, no es humano. El agudo planteamiento de Kant podría aplicarse a este problema: “Obra de tal modo, que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal”. Un modelo de sociedad que no es posible para la mayor parte de la humanidad, no puede decirse que sea moral y, ni siquiera, humano. Cuanto más si el disfrute de unos pocos se hace a costa de la privación de los más.

La historia del siglo XX desde una perspectiva geopolítica es resumida por el escritor urugüayo del siguiente modo: “Al Oeste, el sacrificio de la justicia en nombre de la libertad, en los altares de la diosa Productividad. Al Este: el sacrificio de la libertad en nombre de la justicia, en los altares de la diosa Productividad.

¿Y los países del Sur? “El Sur, basurero del Norte, hace todo lo posible por convertirse en su caricatura”. Las ciudades del sur del planeta son como las grandes ciudades del norte pero vistas en un espejo deformante, donde el derecho a contaminar es un incentivo fundamental para la inversión extranjera, casi tan importante como el derecho de pagar salarios ridículos. “Para una innumerable cantidad de niños y jóvenes latinoamericanos, la invitación al consumo es una invitación al delito” porque “el sistema niega lo que te ofrece”.

En el reino de la impunidad

Galeano refiere numerosos ejemplos. Colombia, que cría tulipanes para Holanda y rosas para Alemania. Cuando las flores han crecido en las inmensas plantaciones, Holanda recibe los tulipanes, Alemania las rosas y Colombia se queda con los bajos salarios, la tierra contaminada y el agua sobreexplotada. Los habitantes de la Ciudad de México y su alta concentración de plomo en sangre. Los indígenas guatemaltecos que trabajan en plantaciones y dan de mamar la leche más intoxicada del planeta. Los plaguicidas que figuran en la lista negra de la OMS (prohibidos en Europa y EEUU) y que se usan libremente en América Latina. “La coartada es perfecta: las empresas dicen respetar la ley de cada país. Pero ocurre que la ley de cada país rinde tributo a la ley universal, la ley de la ganancia, que el mundo de nuestro tiempo ha elevado a la categoría de ley divina y que impunemente reina”.

Muchas ciudades latinoamericanas se han convertido en inmensos garajes donde respirar es una aventura peligrosa. En México DF se difunden advertencias que parecen extraídas del Apocalipsis: permanecer el menor tiempo posible al aire libre, cerrar puertas y ventanas…

Se multiplican las sequías y las inundaciones mientras sucumben las selvas tropicales, devoradas por las explotaciones ganaderas y los cultivos de exportación que el mercado exige. Cada hamburguesa cuesta metros cuadrados de selva centroamericana.

El accidente nuclear de Goiania

El accidente radiológico de Goiana (Brasil) ocurrido en 1987 dejó cerca de un millar de afectados y 66 muertos por los efectos de la radiación. Fue el peor accidente nuclear de Sudamérica y uno de los más graves de la historia en un entorno urbano. Se produjo cuando un grupo de buscadores de chatarra entraron en un hospital abandonado de los suburbios. Encontraron un aparato, cuyo uso desconocían, que desmontaron para su reciclaje. El instrumento resultó ser una fuente de Cesio-137, utilizada en radioterapia, con una actividad extraordinariamente alta. Cuando abrieron la cápsula, el polvo radiactivo se esparció por Goiana. Este accidente puso en evidencia el alto riesgo de la proliferación de fuentes radiactivas diversas pero también, como subraya Eduardo Galeano, la total impunidad reinante en América Latina: nadie resultó penalmente condenado y la clínica siguió operando con normalidad.

El automóvil: una dictadura sin oposición

En las ciudades latinoamericanas, sometidas a la dictadura del automóvil, la gran mayoría de la gente no tiene más alternativa que viajar en un transporte público destartalado y escaso. Las calles no ofrecen espacio para la bicicleta, despreciado vehículo que es un símbolo de atraso cuando no se usa por pasatiempo o deporte. “La sociedad de consumo, octava maravilla del mundo, décima sinfonía de Beethoven, impone su simbología del poder y su mitología del ascenso social”, apunta Galeano.

Y eso a pesar de que el automóvil es, en todo el mundo, la primera causa de muerte entre los jóvenes, por encima de cualquier enfermedad, droga o crimen. Pero a nadie se le ocurre hacer una campaña sobre los peligros del automóvil.

Circular en bici por las calles de las grandes ciudades latinoamericanas no puede seguir siendo una forma de suicidio. “¿Por qué no se abren, antes de que sea tarde, carriles protegidos para la circulación de bicicletas en las avenidas y calles principales?”, se pregunta el autor uruguayo. “Los automóviles no votan, pero los políticos tienen pánico de provocarles el menor disgusto. Ningún gobierno latinoamericano, civil o militar, de derecha, centro o izquierda, se ha atrevido a desafiar al poder motorizado […] Ni siquiera las Revoluciones a las que nadie podría negar la voluntad de cambio, se han propuesto poner en práctica la más sencilla manera de disminuir la dependencia ante las omnipotentes empresas que dominan el negocio del transporte y del petróleo en el mundo […] La bicicleta aparece masivamente en Cuba cuando no hay más remedio, porque no queda ni una gota de petróleo: no como una alegría disfrutable, sino como una calamidad inevitable […] La bicicleta sería un medio de transporte perfectamente posible, como medio único o complementario, para muchísima gente”.

En Ser como ellos y otros artículos (1992), incide sobre el mismo tema: “Yo me imagino Montevideo lleno de bicicletas. ¿Por qué no ponen los carriles de una buena vez? Carriles en la Rambla, en las avenidas, en las calles anchas […] Montevideo podría ser, debería ser, la primera ciudad latinoamericana capaz de reaccionar contra la religión norteamericana del automóvil. ¿Por qué no? ¿Por colonialismo mental? La bicicleta es el medio de transporte más barato, sin contar las piernas, y no envenena el aire, ni contamina el silencio, ni tapona las calles. Si hubiera carriles, el país ahorraría petróleo y mucha gente ahorraría pasajes y se liberaría del tormento de los ómnibus repletos”.

En Patas arriba. La escuela del mundo al revés (2008) leemos: “La bicicleta es un medio de transporte barato y que no gasta nada. Ocupa poco lugar, no envenena el aire y no mata a nadie”.

Asimismo, en Los hijos de los días (2012) Galeano recuerda a las luchadoras feministas y por los derechos civiles del siglo XIX estadounidenses, Susan Anthony y Elizabeth Cady Stanton, las cuales solían resaltar lo mucho que la bicicleta había hecho por la emancipación de las mujeres en el mundo. De algún modo puede decirse que las mujeres “viajaron pedaleando hacia el derecho al voto” A pesar de que algunos médicos advertían de que el uso de este vehículo podía provocar aborto y esterilidad, la verdad es quepor culpa de la bicicleta, las mujeres se movían por su cuenta, desertaban del hogar y disfrutaban el peligroso gustito de la libertad. Y por culpa de la bicicleta, el opresivo corsé, que impedía pedalear, salía del ropero y se iba al museo”.

Los sueños del mercado mundial que se convierten en pesadillas

Lo que empezó con el oro y la plata y siguió con el azúcar, el tabaco, el guano, el salitre, el cobre, el estaño, el caucho, el cacao, la banana, el café, el petróleo… ha dado paso a la soja transgénica y la celulosa. Argentina, Brasil y otros países latinoamericanos están viviendo ahora la fiebre de la soja transgénica.

En un artículo de título Salvavidas de plomo (2006), publicado en el diario argentino Página 12, Galeano escribe: “¿Qué nos dejaron esos esplendores? Nos dejaron sin herencia ni querencia. Jardines convertidos en desiertos, campos abandonados, montañas agujereadas, aguas podridas, largas caravanas de infelices condenados a la muerte temprana, vacíos palacios donde deambulan los fantasmas… Ahora es el turno de la soja transgénica y de la celulosa […] ¿Exportamos soja o exportamos suelo? ¿Acaso no quedamos atrapados en las jaulas de Monsanto y otras grandes empresas de cuyas semillas, herbicidas y pesticidas pasamos a depender? Tierras que producían de todo para el mercado local, ahora se consagran a un solo producto para la demanda extranjera”.

La celulosa también se ha puesto de moda. Uruguay ha querido convertirse en centro mundial de producción de celulosa para abastecer de materia prima barata a lejanas fábricas de papel. “Se trata de monocultivos de exportación, en la más pura tradición colonial: inmensas plantaciones artificiales que dicen ser bosques y se convierten en celulosa en un proceso industrial que arroja desechos químicos a los ríos y hace irrespirable el aire”, señala Eduardo Galeano.

La única esperanza: un modo comunitario de producción y de vida

¿La naturaleza amenazada? Como leemos en Los hijos de los días (2011), “si la naturaleza fuera un banco, ya la habrían salvado”.

Los modelos de bienestar dependen de las formas en que son socialmente construidas las necesidades. El modo de producción capitalista es un modo de producción de insatisfacción perpetua.  Para que se multipliquen la demanda, las deudas y las ganancias. Es el derecho al derroche, privilegio de una minoría, que el sistema presenta como la libertad de todos.“¿El planeta? Úselo y tírelo. En el reino de lo efímero, todo se convierte inmediatamente en chatarra”.

Para Eduardo Galeano la esperanza se encuentra en un modo de producción y consumo radicalmente diferente, comunitario. Sin nostalgias, sin Arcadias. Es desde la esperanza, y no desde la nostalgia, que hay que reivindicar el modo comunitario de producción y de vida, fundado en la solidaridad y no en la codicia, la relación de identidad entre el hombre y la naturaleza”, leemos en El Tigre Azul y otros relatos (2002).

No obstante, este gran defensor de la utopía -como estrella que debe guiar los pasos del hombre- nos recuerda, con los pies en el suelo, que en la lucha por transformar la sociedad no hay que menospreciar los pequeños objetivos. Porque las victorias modestas, aunque sean cosas chiquitas quizás desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos. Al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”  (Debate  Utopía y política. Foro Social Mundial de Porto Alegre. 2005).

 Bibliografía:

  • Galeano, Eduardo (1994). Úselo y tírelo. El mundo del fin del milenio visto desde una ecología latinoamericana. Buenos Aires: Booket.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2015). Eduardo Galeano y sus apuntes para una ecología latinoamericana. Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-7d