Luciano vs. Filóstrato

“…la vida de los hombres está despóticamente gobernada por dos importantísimos factores: la esperanza y el miedo, y quien sepa sacar mejor partido de uno y otro se enriquecerá rápidamente”. Luciano de Samósata.

Primeros años de la Era cristiana. Por aquel entonces la peste causaba estragos en la ciudad de Éfeso. El místico y profeta neopitagórico Apolonio de Tiana, tras anunciar que acabaría con la epidemia, convoca a los efesios al teatro. Así lo cuenta Flavio Filóstrato (siglo II-III d.C.) en su obra Vida de Apolonio de Tiana. Conviene reproducir textualmente, por infame, este memorable pasaje:

“Pero cuando la plaga se abatió sobre los efesios y nada había efectivo contra ella, enviaron una delegación a Apolonio, haciéndolo médico de la enfermedad. Y él pensó que no debía posponer el viaje, sino que con solo decir “vayamos” estaba en Éfeso, haciendo lo mismo –creo- que Pitágoras: estar en Turios y Metaponto a la vez. Así pues, tras reunir a los efesios, les dijo: – Animaos, pues hoy haré cesar la plaga.

Y al decirlo, llevo a la población de todas las edades al teatro, donde se alza ahora la estatua del Tutelar (Heracles). Allí parecía pedir limosna un ciego que cerraba artificiosamente sus ojos, y llevaba una alforja y un mendrugo de pan en ella; iba cubierto de harapos y tenía el rostro escuálido. Así pues, Apolonio, disponiendo a los efesios a su alrededor, les dijo:

– Apedread a este enemigo de los dioses, cogiendo cuantas más piedras podáis.

Extrañados los efesios de lo que decía, y pareciéndoles terrible matar a un extranjero que se encontraba en un estado tan lastimoso, y dado que suplicaba y decía muchas cosas para obtener piedad, Apolonio insistió en exhortar a los efesios a que se le echaran encima y no lo dejaran.

Pero cuando algunos lo hacían blanco de sus pedradas y él, que parecía tener los ojos cerrados, los miró intensamente y mostró sus ojos llenos de fuego, lo reconocieron los efesios como un demon y lo lapidaron de tal modo, que se acumuló sobre él un rimero de piedras. Al poco rato los exhortó a que apartaran las piedras y conocieran la bestia que habían matado.

Así que, al ser descubierto, el que creían haber apedreado había desaparecido, pero se vio un perro, semejante por su apariencia a un moloso, y por su tamaño al león de mayores dimensiones, machacado por las piedras, y escupiendo espuma, como los rabiosos. Precisamente la estatua del Tutelar se alza cerca del lugar en el que la aparición fue apedreada”.

Es notable la capacidad de Apolonio para manipular los hechos de forma que los efesios acaben viendo lo que él quiere que vean. La enfermedad es presentada, como tantas veces a lo largo de la historia, como un castigo divino y Apolonio pretende que la multitud considere culpable al mendigo, del que la ciudad debe deshacerse si quiere librarse de la enfermedad. Lo consigue.

Nos encontramos ante la construcción de la figura del “enemigo público” como instrumento de carácter político, con el fin de proveerse de una víctima propiciatoria sobre la que descargar las tensiones internas.

Cabe recordar también a quienes, durante la peste negra del siglo XIV, difundían entre los cristianos la creencia de que la epidemia era el resultado de un complot de los judíos urdido contra ellos (mediante el envenenamiento de pozos) en lo que fue uno de los episodios de persecución (pogromos) más devastadores de la historia .

Pero el taumaturgo pitagórico exhibe también sus poderes sobrenaturales en otros ámbitos: en relación al dominio sobre los “espectros”, en su facultad para adivinar el futuro, e incluso en su capacidad para resucitar a una joven muerta.

En fin, con su relato hagiográfico de la vida de este filósofo milagrero, Filóstrato se convierte en paradigma de una visión supersticiosa del mundo y de un tipo de literatura singularmente encomiástica.

En las antípodas de Filóstrato, en cambio, se encontraba Luciano de Samósata (S. II). Testigo atento de su tiempo, Luciano denunciará con certera ironía la intromisión de lo religioso y mágico en la filosofía, que se acentúa en el siglo que le tocó vivir. Y lo hace en obras como Philopseudés (El amante de las mentiras), Sobre la muerte de Peregrino y Alejandro o el falso profeta.

Particularmente Alejandro o el falso profeta, escrito aproximadamente en el 180 d.C., es un testimonio mordaz sobre el fraude sobrenatural en el mundo romano, personificado en la figura de Alejandro de Abonutico. Si bien la obra tiene un carácter satírico, más literario que histórico (está repleta de ironías y recreaciones dramáticas), no hay muchas dudas sobre la verosimilitud histórico-religiosa del caso, que estaría respaldada por evidencias que documentan el “culto de Glykon”. Entre ellas se incluyen: inscripciones, esculturas, monedas y referencias literarias. Se trataba de un dios serpiente, encarnación de Asclepio, cuya venida habría sido presagiada por el “profeta” Alejandro.

Luciano de Samósata pretende, desde un saludable escepticismo, desenmascarar los trucos de los charlatanes de lo sobrenatural que se aprovechan de las debilidades y expectativas humanas. Los libros citados están dirigidos a desacreditar a esos falsos “hombres sagrados”. Nos encontramos ante el reverso de las biografías hagiográficas, como la mencionada Vida de Apolonio, que circulaban con profusión en su época.

Alejandro, que en la obra se presenta como un discípulo de Apolonio de Tiana, es un ejemplo del iluminado que logra triunfar en el competitivo mercado religioso del siglo II. Luciano lo caracteriza como un profesional del engaño: farsante, inmoral, manipulador, insaciable, megalómano y violento.

La creencia en la intervención directa de los dioses en la vida humana es uno de los rasgos más sobresalientes del sentimiento religioso de ese siglo. Es esta fe en la providencia la que explica la buena acogida de oráculos de nueva creación como el de Alejandro, fundado en Abonutico, una pequeña ciudad de Bitinia (actual Turquía). Este famoso oráculo podría haber durado un siglo, con fuerte influencia durante el principado de Antonino Pío (138-161 d.C.). Diversa documentación lo acredita: inscripciones de consultantes agradecidos, piedras grabadas, monedas con la imagen del dios y, especialmente, las medallas.

La puesta en escena de Alejandro incluía simular el padecimiento de epilepsia (enfermedad que en el mundo antiguo estaba relacionada con el ámbito sagrado) y usar una vestimenta adecuada con la que aparentar una supuesta descendencia divina: nieto de Asclepio, descendiente de Perseo, enviado de Zeus, amante de Selene y reencarnación de Pitágoras.

Su modus operandi se resume como sigue:

La tarifa que cobraba por oráculo era un dracma y dos óbolos (aproximadamente, dos días de trabajo). Las cantidades eran mucho más altas para los que tenían el privilegio de contemplar a la “serpiente parlante” y recibir un “oráculo autófono”, algo solo al alcance de los más pudientes.

Una red de informantes locales le proporcionaba datos relevantes sobre las vicisitudes personales de aquellos que acudían al oráculo.

Estatua romana de Glykon (siglo II), venerado como el nuevo Asclepio. Museo de Historia Nacional y Arqueología, Constanza (Rumanía).

La lucrativa industria incluía la fabricación y venta de imágenes del dios serpiente Glykon. Numerosos trabajadores autónomos se habían establecido en las inmediaciones del santuario para ofrecer a los desconcertados peregrinos una interpretación adecuada de las ininteligibles respuestas oraculares. Esta era una tarea sujeta a tributo, pues los intérpretes debían pagar a Alejandro un talento ático cada uno.

Además, obtenía dinero de la extorsión a los poderosos que habían sido tan imprudentes como para dejar constancia escrita de sus secretos anhelos de poder en las tablillas de consulta al oráculo, a los que chantajeaba convenientemente.

Por supuesto, la “epifanía de Glykon” generaría riqueza para la población local, a costa, claro está, de las víctimas económicas y morales del negocio.

La región oriental del Imperio había sido azotada por una serie de catástrofes desde mediados del siglo II. Hambre, inundaciones, guerras, terremotos, que asolaron Rodas, Mitilene y, más tarde Esmirna. En el año 165 se desencadenó una epidemia que causó elevadísima mortandad: la peste antonina. A ella hace referencia un oráculo de Alejandro.

Así lo cuenta, con ironía, Luciano:

“Y distribuyó un oráculo, autófono también este por todos los países, en la época de la peste. Era un verso solo: Febo, dios de intensa cabellera, aparta el / nubarrón de la peste. Y se podía ver este verso por todas partes, escrito sobre las puertas, como protección contra la peste. Pero a la mayor parte de la gente le resultó justo al contrario. Pues por algún azar quedaron vacías especialmente las casas en las que se había escrito el verso. No quiero decir por ello que perecieran por culpa del verso. Sucedió así por mero azar. Quizás también, los más, se descuidaron y vivieron en total despreocupación, sin contribuir en ayuda del oráculo contra la peste…”.

Pero la mayor osadía de Alejandro, que según sus crédulos seguidores curaba a los enfermos e incluso había resucitado ya a algún muerto, sucedió con ocasión de las llamadas guerras marcomanas (166 y ss.), una serie de conflictos armados librados entre el Imperio Romano y las tribus germanas del norte, en torno a la cuenca del Istrio (Danubio). Alejandro habría hecho de pitoniso para el emperador Marco Aurelio gracias a la influencia de Plubio Mumio Sisenna Rutiliano, gobernador de Asia. Predijo una gran victoria si arrojaban dos leones vivos (dos servidores de Cibeles), perfumes y ricas ofrendas al Danubio.

“Y al momento habrá una victoria, y gloria magna, junto a la anhelada paz. Se hicieron las cosas según había ordenado, pero los leones escaparon nadando a tierra enemiga y los bárbaros los mataron a palos como si fueran algún género extraño de perros o lobos. Y al momento sobrevino un enorme desastre sobre los nuestros….”.

Por supuesto, Alejandro se defendió recordando la socorrida anécdota de Creso en relación al oráculo de Delfos: el oráculo había predicho una victoria, sin revelar si de los romanos o de sus enemigos.

En Alejandro o el falso profeta Luciano no desaprovecha la oportunidad de mostrar abiertamente su simpatía por el epicureísmo, al considerar que esta escuela filosófica era la más beligerante contra las supersticiones del momento. La postura de los epicúreos, intransigente con la superstición y la inconcebible credulidad de muchos, había tenido como consecuencia, en no pocas ocasiones, su persecución. “A un epicúreo que osó ponerlo en evidencia ante una asistencia numerosa, lo hizo correr grave peligro”.

Son muchas las incógnitas que suscitan la vida y la obra de Luciano pero no podemos por menos que reconocer su lúcido carácter escéptico. Sus ataques contra las creencias religiosas se centran en aquellos credos insólitos que iban apareciendo dentro de un politeísmo que estaba cada vez más desacreditado. El autor no alcanzaría a reconocer la mayor fuente de superstición que se empezaba a consolidar con el creciente despliegue del cristianismo. 

Con razón dejó Luciano escrito para los tiempos venideros: “…la vida de los hombres está despóticamente gobernada por dos importantísimos factores: la esperanza y el miedo, y quien sepa sacar mejor partido de uno y otro se enriquecerá rápidamente”.

Sigue siendo necesario reivindicar más Luciano y menos Filóstrato.

Bibliografía:

Filóstrato, Flavio (2021). Vida de Apolonio de Tiana. Madrid: Alianza Editorial.

Luciano de Samósata (1989). Alejandro o el falso profeta. Sobre la muerte de Peregrino. Madrid: Akal.

La ciencia: una luz en la oscuridad. A propósito del libro de Carl Sagan El mundo y sus demonios.

José Andrés Martínez García

Sagan

 

Hay libros iniciáticos. En mi juventud me causaron una fuerte impresión las obras de Bertrand Russell. Recuerdo, en particular, La perspectiva científica que leí en una edición de Sarpe traducida por Manuel Sacristán Luzón. El conocimiento es una tarea que necesita de su andamiaje.

Este libro, que Carl Sagan dedica a su nieto (Te deseo un mundo libre de demonios), debería ser lectura obligada para los jóvenes. Son momentos cruciales del desarrollo personal en los que uno ha de dotarse de las herramientas intelectuales con las que intentará más tarde comprender e interpretar el mundo.

Volver sobre la exitosa serie documental Cosmos y recordar, por ejemplo, aquel soberbio capítulo en el que Carl Sagan se pasea por la costa del mar Egeo resulta emocionante. Explica en qué consistió la llamada “aproximación al conocimiento de los jónicos”, la primera escuela filosófica que defendió que las leyes y fuerzas de la naturaleza (y no los dioses) son responsables del orden y de la existencia del universo.

“Durante miles de años los hombres estuvieron oprimidos -como lo están todavía algunos- por la idea de que el universo es una marioneta cuyos hilos manejan un dios o dioses, no vistos e inescrutables. Hace 2.500 años hubo en Jonia un glorioso despertar: se produjo en Samos y en las demás colonias griegas que crecieron entre las islas y ensenadas del mar Egeo oriental. Aparecieron personas que creían que todo estaba  hecho de átomos, que los seres humanos y los demás animales procedían de formas más simples; que las enfermedades no eran causadas por demonios o dioses; que la Tierra no era más que un planeta que giraba alrededor del Sol. Y que las estrellas estaban muy lejos de nosotros. Esta revolución creó el Cosmos del Caos”. Carl Sagan.

Convencido de que es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad, Sagan lleva a cabo una lúcida defensa del método científico. Método que, aunque en ocasiones pueda parecer indigesto y espeso, es mucho más importante que los descubrimientos mismos.La ciencia es mucho más que un cuerpo de conocimiento. Es una forma de pensar, una forma escéptica de interrogar al universo con pleno entendimiento de la falibilidad humana”, afirma Carl Sagan.

El necesario escepticismo.

¿Qué es el escepticismo? Una herramienta metodológica. La duda frente a la falta de evidencia. No es un fin en sí mismo. René Descartes escribió: “No imité a los escépticos que dudan sólo por dudar y simulan estar siempre indecisos; al contrario, mi intención era llegar a una certeza, y excavar el polvo y la arena hasta llegar a la roca o la arcilla de debajo”.

Ahora bien, las herramientas del escepticismo deben estar al alcance de todos los ciudadanos, porque “los seres humanos tenemos verdadero talento para engañarnos a nosotros mismos” y porque “nuestra política, economía, publicidad y religiones (nuevas y viejas) están inundadas de credulidad”, advierte Sagan.

Hay que desconfiar de aquello en lo que está fuertemente involucrado el propio interés, las pasiones, los prejuicios o el llamado gusto por lo maravilloso. Por la sencilla razón de que tendemos a creer lo que queremos que sea cierto. Bertrand Russell advertía de que “la mente de los más razonables de entre nosotros puede ser comparada con  un mar tormentoso de convicciones apasionadas, basadas en el deseo; sobre ese mar flotan arriesgadamente unos cuantos botes pequeñitos que transportan un cargamento de creencias demostradas científicamente”.

Carl Sagan dedica todo un capítulo a facilitar aquellas herramientas que puedan ser útiles en lo que considera la “sutil tarea de detección permanente de camelos”. Así, advierte sobre los sesgos cognitivos a los que estamos expuestos y sobre las falacias lógicas y retóricas más habituales. Este es un aspecto al que se debería prestar más atención en la enseñanza de la filosofía, centrada con demasiada frecuencia en un anodino resumen histórico de doctrinas.

Una de las lecciones más importantes de la psicología cognitiva es que, si uno está sometido a un engaño durante demasiado tiempo, tiende a rechazar cualquier prueba de que es un engaño. Resulta más fácil engañar que convencer a alguien de que ha sido engañado. Buscamos argumentos que apuntalan nuestros deseos mientras desatendemos las pruebas que se oponen a ellos. Recibimos favorablemente lo que concuerda, resistimos con desagrado lo que contradice. Y esta es una información relevante sobre nosotros mismos que no conviene olvidar.

¿Cómo hay que aplicar ese escepticismo científico? Con sensibilidad. Sin arrogancia, sin dogmatismo, sin despreciar los sentimientos y creencias profundas de los otros. Ser beligerante frente a las supersticiones pero “templando la crítica con la amabilidad”.

Entre otras cosas, porque este asunto no puede estudiarse solo en términos de una deriva irracional y anticientífica (que lo es) sino desde un punto de vista antropológico, con referencia a los contextos ideológicos, históricos y culturales. Hay que entender que nos encontramos ante personas o grupos sociales que, a través de sus creencias, expresan conflictos, dilemas e identidades.

Las supersticiones y la pseudociencia.

Las religiones han sido la fuente más notable de superstición de la historia de la Humanidad. El temor a las cosas invisibles o a aquello que no entendemos fue la semilla natural de esas religiones.

La historia de todo lo referente a la demonología cristiana es escalofriante y no puede desconocerse. Desde el principio del cristianismo -recuerda Sagan- se pretendió que los demonios eran mucho más que una mera metáfora poética del mal en el corazón de los hombres.

La obsesión por los demonios alcanzó cotas difíciles de superar en la bula del papa Inocencio VIII (1484). Se puso en marcha la acusación, tortura y ejecución sistemática de “brujas” por toda Europa. Duró varios siglos. Eran culpables de lo que san Agustín había descrito como “una asociación criminal con el mundo oculto”. Las persecuciones fueron principalmente de mujeres.

El conocido libro Martillo de Brujas (Malleus maleficarum), escrito a petición del Papa, es uno de los libros más aterradores de la historia humana. Si una mujer era acusada de brujería, era bruja. Contenía un manual para torturadores. En un ejercicio de salvaje misoginia fueron quemadas legiones de mujeres en la hoguera.

Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y quema en la hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y tanto católicos como protestantes la castigaron sin piedad.

¿Cosa del pasado? En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en los cuentos infantiles, la Iglesia católica y otras Iglesias siguen practicando exorcismos y “los defensores de algún culto todavía denuncian como brujería las prácticas rituales de otro”, apunta Sagan.

Por otro lado, la huida al mundo de la pseudociencia es hoy un fenómeno sociológico de primer orden. En muchos aspectos guarda similitud con la religión, hasta el punto de que algunas son un sustituto de ésta. La mentalidad de buena parte de la sociedad moderna muestra cómo, asombrosamente, el siglo XXI puede convivir con el siglo XIII.

La ciencia origina una sensación de prodigio pero la pseudociencia también y con frecuencia la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento. Muchas pseudociencias explotan el innegable poder emocional de sus fantasías.

A lo largo de la historia se han asociado la curas milagrosas a una amplia variedad de curanderos, reales o imaginarios. Carl Sagan recuerda la historia del llamado “toque real”. La escrófula (un tipo de tuberculosis) se llamaba en Inglaterra el “mal del rey” y se suponía que solo podía ser curada por la mano del rey. Las víctimas guardaban cola pacientemente para que el rey las tocara; “el monarca se sometía brevemente a otra pesada obligación de su alto cargo y -aunque no parece que curara a nadie- la práctica duró siglos”. El uso político de esta farsa es evidente: se buscaba dar legitimación al poder real, especialmente al comienzo de cada reinado.

Sobran los ejemplos y no merece la pena extenderse en ellos. Cada época tiene su locura particular.

Tiene razón Mario Bunge cuando afirma que “la difusión de la superstición, la pseudociencia y la anticiencia son fenómenos psicosociales importantes, dignos de ser investigados de forma científica y, tal vez, hasta de ser utilizados como indicadores del estado de salud de una cultura”.

La pseudociencia se debe combatir como pensamiento mágico. Se beneficia de la masiva difusión de cultura basura y de la insuficiente enseñanza de la ciencia. Para criticarla no basta con señalar que carece de apoyo empírico. Es preciso demostrar que tales creencias son contradictorias con teorías científicas sólidamente establecidas o principios filosóficos fértiles.

En ocasiones estas tendencias anticientíficas son respuestas “neuróticas” (en el sentido de distorsión del pensamiento racional) fruto de una reacción mal orientada, pero explicable, a los desastres de la tecnociencia. Algunas pseudociencias atraen de este modo a quienes se rebelan contra el orden social establecido. Sus seguidores no saben que, para cambiarlo, valen más los estudios científicos que las creencias infundadas.

Enseñar la ciencia.

Vivimos en una sociedad dependiente de la ciencia y la tecnología, en la cual prácticamente nadie sabe nada acerca de la ciencia o la tecnología. El mensaje del libro es claro en este aspecto: debe combatirse el analfabetismo científico, potenciar el pensamiento escéptico y formar en el método científico.

“No explicar la ciencia me parece perverso. Nos priva de un derecho. Se erosiona la confianza en ella”, escribe Sagan. Insiste: “Rechazo la idea de que la ciencia sea secreta por naturaleza. Su cultura y su carácter distintivo, por muy buenas razones, son colectivos, colaboradores y comunicativos”. También: “En todos los usos de la ciencia es insuficiente -y ciertamente peligroso- producir solo un sacerdocio pequeño, altamente competente y bien recompensado, de profesionales”.

Es preciso reconocer que la enseñanza de la ciencia se hace demasiado a menudo de manera incompetente y en un lenguaje arcano. En general, es una enseñanza poco inspiradora. No se da importancia al descubrimiento. Se enseña simplemente conocimiento acumulado. Y no se hace la crónica de los errores.

La ciencia es algo demasiado importante como para que no forme parte de la cultura popular.

Las pseudociencias y la falacia “ad hominen”.

La pseudociencia gusta especialmente del argumento “ad hominem”. Falacias de este tipo se usan frecuentemente para minar la credibilidad en la ciencia. De este modo, se pretende poner en tela de juicio o dar por establecida la falsedad de un descubrimiento o de una teoría usando como prueba la biografía del autor; es decir, desacreditando en algún aspecto a la persona.

Aquí es preciso reproducir la cita de Sagan extensamente por su gran interés:

Los posmodernos han criticado la astronomía de Kepler porque surgió de sus puntos de vista religiosos monoteístas medievales; la biología evolutiva de Darwin por estar motivada por un deseo de perpetuar los privilegios de la clase social de la que procedía o bien para justificar su supuesto ateísmo previo. Algunas de esas denuncias son ciertas. Otras no. Pero ¿qué importan las tendencias o predisposiciones emocionales que los científicos introducen en sus estudios siempre que sean escrupulosamente honestos y otras personas con proclividades diferentes comprueben sus resultados? Presumiblemente, nadie argüirá que el punto de vista conservador de la suma de 14 y 27 difiere del punto de vista liberal (…). Algunos historiadores critican a Isaac Newton: se dice que rechazaba la posición filosófica de Descartes porque podía desafiar la religión convencional y llevar al caos social y al ateísmo. Estas críticas sólo demuestran que los científicos son humanos. Desde luego, es interesante para el historiador de las ideas ver cómo se vio afectado Newton por las corrientes intelectuales de su época, pero tiene poco que ver con la verdad de sus proposiciones (…). Se ha manifestado horror ante la descripción de Darwin sobre «la baja moralidad de los salvajes… sus insuficientes poderes de razonamiento… [su] débil poder de autodominio». Pero no me parece que hubiera ningún rastro de racismo en el comentario de Darwin. Aludía a los habitantes de Tierra del Fuego, que sufrían una escasez agobiante en la provincia más estéril y antártica de la Argentina. Cuando describió a una mujer sudamericana de origen africano que prefirió la muerte a someterse a la esclavitud, anotó que sólo el prejuicio nos impedía ver su desafío a la misma luz heroica que concederíamos a un acto similar de la orgullosa matrona de una familia noble romana. Él mismo casi fue expulsado del Beagle por el capitán Fitz Roy por su oposición militante al racismo del capitán. Darwin estaba por encima de la mayoría de sus contemporáneos en este aspecto. Pero, en fin, aunque no fuera así, ¿en qué afecta eso a la verdad o falsedad de la selección natural? (…). Sí, se puede dar la vuelta a la perspicacia de Darwin y usarla de modo grotesco: magnates de voracidad insaciable pueden explicar sus prácticas de cortar cabezas apelando al darwinismo social; los nazis y otros racistas pueden alegar la «supervivencia del más apto» para justificar el genocidio. Pero Darwin no hizo a John D. Rockefeller ni a Adolf Hitler. La avaricia, la revolución industrial, el sistema de libre empresa y la corrupción del gobierno por los adinerados son más adecuados para explicar el capitalismo del siglo XIX”.

Defender la ciencia no es defender la industria ni sacralizar la tecnología.

La ciencia no es idolatría. También existe el fraude y sobra decir que es del máximo interés desenmascararlo. El método científico debe usarse para distinguir los ídolos falsos de los auténticos.

“La cultura comercial está llena de informaciones erróneas a expensas del consumidor. No se espera que preguntemos. No piense. Compre. Las recomendaciones (pagadas) de productos, especialmente por parte de expertos reales o supuestos, constituye una avalancha constante de engaños… Ello revela que los científicos también son capaces de mentir por dinero”, escribe Sagan.

El libro refiere algunos ejemplos: las maniobras de ocultación de los daños a la capa de ozono por Du Pont Corporation debido a productos de freón (1974), las maniobras de la industria tabaquera en relación al consumo de cigarrillos (desde que en 1953 empezaron a publicarse artículos sobre los efectos del tabaco), la supuesta superioridad de un grupo étnico o género sobre otro a partir de las medidas del cerebro o los tests de coeficiente intelectual y un largo etcétera.

Un tema especialmente grave es la complicidad con la industria militar. Para Sagan resulta paradigmático el papel jugado por el físico Edward Teller, que ha pasado a la historia como el “padre” de la bomba de hidrógeno. Teller tuvo asimismo una influencia decisiva para impedir la firma de tratados que prohibieran las pruebas de armas nucleares y fue quien “vendió” al presidente Ronald Reagan la idea de la “guerra de las galaxias” (la llamada iniciativa de defensa estratégica). La ciencia mercenaria o ciencia a sueldo se desentiende de las consecuencias morales o incluso opera a sabiendas de que los resultados se utilizarán para fines perversos.

Los hombres que se dedican a la ciencia son seres humanos y, como tales, gustan de complacer a los ricos y poderosos. Algunos, sin rastro alguno de pesar moral. Sagan escribe: “los científicos también son responsables de tecnologías mortales: a veces las inventan a propósito, a veces por no mostrar la suficiente cautela ante efectos secundarios no previstos. Pero también son los científicos los que, en la mayoría de estos casos, nos han advertido del peligro”.

Desde Bacon la técnica se ha confundido con la ciencia: todo avance tecnológico importante en la historia de la especie humana -hasta la invención de las herramientas de piedra y el control de fuego- ha sido éticamente ambiguo. La barbarie técnica utiliza medios técnicos refinados para alcanzar metas bárbaras. Pero la ciencia también ha alertado, y debe seguir haciéndolo, de los riesgos que conllevan las tecnologías, especialmente para el medio ambiente global. Puede y debe ser un sistema de alarma.

Los científicos tienen una responsabilidad profunda en el mal uso de sus descubrimientos. Cuanto más poderosos son sus productos, mayor es su responsabilidad. La capacidad de hacer daño a una escala planetaria sin precedentes exige una ética emergente que debe ser establecida a una escala planetaria sin precedentes. “Creo que es tarea particular de los científicos alertar al público de los peligros posibles, especialmente de los que derivan de la ciencia o se pueden prevenir mediante la aplicación de la ciencia. Podría decirse que una misión así es profética”.

La cuestión social. Ser cultos para ser libres.

El libro no es ajeno a los problemas sociales. “Ann Druyan y yo venimos de familias que conocieron la pobreza. Pero nuestros padres eran lectores apasionados”, recuerda.

Analizando la figura de Frederick Douglass, antiguo esclavo y líder abolicionista, Sagan apunta cómo en los tiempos de la esclavitud había una prohibición reveladora: los esclavos debían seguir siendo analfabetos. En el sur de antes de la guerra, los blancos que enseñaban a leer a un esclavo recibían el castigo más severo.

Se comprende que Sagan ataque asimismo libros como The Bell Curve de Richard J. Herrnstein y Charles Murray, libros que defienden un abismo hereditario irreductible entre blancos y negros. La educación y la mala alimentación explican mucho más que los genes: “Cuando los niños no comen lo suficiente terminan con una disminución de la capacidad de entender y aprender («deterioro cognitivo»). Eso no sólo ocurre cuando el hambre es atroz. Puede suceder incluso con una ligera desnutrición: el tipo más común entre los pobres de Norteamérica. Eso puede ocurrir antes de que nazca el niño (si la madre no come lo suficiente), en la primera infancia o en la niñez. El cuerpo tiene que decidir cómo invertir los alimentos limitados de que dispone. Lo primero es la supervivencia. El crecimiento viene en segundo lugar. En esta criba nutritiva, el cuerpo parece obligado a colocar el aprendizaje en último lugar”.

La ciencia y la democracia comenzaron en el mismo tiempo y lugar: siglos VII-VI a.d.C. en Grecia. Para Sagan es preciso reivindicar la ciencia como instrumento de liberación humana, como baluarte de una sociedad libre. Para no dejarse engañar por embaucadores, para desenmascarar supercherías y para mantenerse libres de charlatanes, sean estos médicos, religiosos o políticos.

Una nueva “espiritualidad”.

La ciencia nos enseña mucho sobre nuestro contexto cósmico. Sobre el dónde, el cuándo y sobre quiénes somos. De un modo que ningún otro empeño ha sabido hacer.

Excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran fueron fabricados en estrellas gigantes rojas, a miles de años luz en el espacio hace millones de años. Somos materia estelar, polvo de estrellas que “piensa” acerca de las estrellas. Con nosotros el Cosmos se ha “conocido” a sí mismo. Es difícil encontrar una conexión cósmica más profunda que la que nos enseñan los asombrosos descubrimientos de la astrofísica moderna.

A pesar de su uso frecuente con un sentido contrario, la palabra “espiritual” no implica necesariamente algo distinto de la materia (incluyendo la materia de la que está hecho el cerebro), o algo ajeno al reino de la ciencia.

Para Carl Sagan “la ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad sino que es una fuente de espiritualidad profunda. Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz y en el paso de las eras, cuando captamos la complicación, belleza y sutileza de la vida, la elevación de este sentimiento, la sensación combinada de regocijo y humildad, es sin duda espiritual. Así son nuestras emociones en presencia del gran arte, la música o la literatura, o ante los actos de altruismo y valentía ejemplar como los de Mohandas Gandhi o Martin Luther King Jr. La idea de que la ciencia y la espiritualidad se excluyen mutuamente de algún modo presta un flaco favor a ambas”.

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Como dijera Albert Einstein, lo que sabemos, comparado con lo que desconocemos, nuestra ciencia, puede ser primitiva e infantil, pero es lo más valioso que tenemos. Está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Pero es el mejor que tenemos. Es la aproximación (asintótica) al conocimiento verdadero más exitosa de la que disponemos. Cumple con su cometido. Además, no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados ella. Lo mejor sería sacarle el máximo provecho.

 

Bibliografía:

Bunge, Mario. (2010). Las pseudociencias. ¡Vaya timo!. Pamplona: Laetoli.

Russell, Bertrand. (1983). La perspectiva científica. Madrid: Sarpe.

Sagan, Carl. El mundo y sus demonios. (2017). La ciencia como una luz en la oscuridad. Barcelona: Crítica.

 

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2018). La ciencia: una luz en la oscuridad. A propósito del libro de Carl Sagan El mundo y sus demonios. Criterios. León. Disponible en: http:/criterios. 2018/04/03. Una luz en la oscuridad.