Temo especialmente por el herrerillo capuchino…

En su libro Living Mountains, ambientado en las montañas de Cairngorms (el Ártico de Gran Bretaña), la escritora escocesa Anna Shepherd (1893-1981) nos habla del territorio natural, personal y sentimental que amó, recorrió y estudió. En este libro, escrito en la década de 1940 pero publicado por vez primera en 1977, encontramos una prosa poética sugerente y un sincero espiritualismo de la Naturaleza. Lejos de un acercamiento exclusivamente intelectual (mental) a la Naturaleza, para ella el conocimiento se siente: en las montañas, escribe, se vive con tanta intensidad la vida de los sentidos «que podría decirse que el cuerpo piensa»; un cuerpo que no solo no es prescindible sino que es primordial y que «debe instruir al espíritu» (como le dirá a su amigo Neil Gunn).

He escrito sobre cosas inanimadas, la roca y el agua, el hielo y el sol, y podría parecer que no fuera este un mundo vivo. Pero mi intención era llegar hasta las cosas vivas a través de las fuerzas que las crean, porque la montaña es única e indivisible, y la roca, la tierra, el agua y el aire no son más parte de ella que lo que crece de la tierra y respira el aire. Todos son aspectos de una solo entidad, la montaña viva. La roca que se desintegra, la lluvia que nutre, el sol que estimula, la semilla, la raíz, el ave: son todos uno. El águila y la verónica alpina son parte de integridad de la montaña. La saxífraga, en alguna de sus forma más bellas: stellaris, que con sus flores sencillas siembran de estrellas los arroyos rocosos de los circos en las alturas, la aizoides, que se arracima como la mullida luz del sol en sus tramos más bajos, no pueden vivir separadas de la montaña.

Gallos lira, chorlitos carambolos, chorlitos dorados, piquituertos, escribanos nivales…, para Shepherd el principal interés de los seres vivos que observa no se encuentra en levantar acta o hacer inventario. Lo que busca es el instante, la experiencia, el «encuentro»: los momentos de la vida del otro (animal o planta) que se han cruzado con los momentos de nuestra propia vida.

Así se refiere Shepherd al herrerillo capuchino:

La primera gran tala del bosque tuvo lugar durante las guerras napoleónicas, cuando se necesitaba con urgencia madera de la zona. Un siglo después, hemos visto que ocurría lo mismo. En 1914 y, de nuevo y de forma más destacada, en 1940 la madera nueva ha seguido el camino de la primera. Volverá a crecer, pero, durante un tiempo la tierra estará llena de cicatrices, y las cosas vivas –los hererrillos capuchinos, el tímido corzo- habrán huido.

Temo especialmente por el herrerillo capuchino, cuya rareza es motivo de orgullo para estos bosques.

He oído a gente decir que ha estado buscando en vano estos bellísimos herrerillos, pero, si se conocen sus lugares favoritos (yo no voy a desvelarlos), es fácil hacerlos aparecer desde un árbol simplemente quedándose en silencio junto a su tronco. He oído el revuelo y el leve sonido de los herrerillos, pero, al aproximarte, se han ido, no hay ni un pájaro a la vista. Sin embargo, si te quedas en silencio, al cabo de uno o dos minutos se olvidan de ti y revolotean de rama en rama cerca de tu cabeza. Yo he visto un herrerillo capuchino a menos de treinta centímetros de mis ojos. En época de anidamiento, sin embargo, regañan como pescaderas. A mí una pareja ha llegado a reprenderme con tanta vehemencia que, de pura vergüenza, he tenido que marcharme de su árbol.

Las criaturas salvajes y las aves se acercan a quien duerme sin recelo (…) puede que la empalizada que hay bajo el lugar en que duermo esté llena de pinzones. He llegado a contar veinte al abrir los ojos. O de herrerillos, dando vueltas de esa forma tan graciosa que tienen de moverse estas criaturas. De toda la familia de los herrerillos, la que lo hace a la perfección es la más infrecuente, la del diminuto herrerillo capuchino, al que he visto más de una vez pavonearse, primero para atrás, luego para delante, luego de lado, y mantener cada pose un instante antes de presumir con otra en una ramita más alta o más baja. Un maniquí perfecto.

Así lo hace cuando habla del cárabo:

Una vez, en una noche de ese silencio límpido, mucho después de la media noche, tumbada, despierta, fuera de la tienda, con los ojos posados en la meseta, donde aún quedaba un resto de luz, oí en el silencio un golpe seco, suave, casi imperceptible. Fue suficiente para hacerme volver la cabeza. Allí, sobre el mástil de la tienda, había un cárabo mirándome. Apenas podía distinguir su silueta recortada contra el cielo. Le devolví la mirada. Él giró la cabeza, primero un ojo sobre mí, luego el otro, y después se fundió en el aire con un silencio tal que, de no haber estado mirándolo, no me habría dado cuenta de que se se había marchado.

Para concluir el libro con un texto memorable:

No me interesaban las montañas como tales, sino los efectos que causaban sobre mí, igual que el minino no acaricia al humano, sino a sí mismo contra la pernera de su pantalón. Pero al hacerme mayor, y menos autosuficiente, empecé a descubrir la montaña en sí. Todo empezó a hacerme bien, sus contornos, sus colores, sus aguas y rocas, flores y aves. Este proceso ha llevado muchos años y no ha terminado. Nunca se acaba de conocer al otro. Y he descubierto que la experiencia humana con la roca, la flor y el ave hace crecer todos ellos. Porque el objeto que se conoce crece con el propio conocimiento.

Creo que ya comprendo, en pequeña medida, por qué el budista parte en peregrinación a una montaña. El propio viaje forma parte de la técnica mediante la cual se busca lo sagrado. Es un viaje al Ser, pues conforme me adentro más en la vida de la montaña, me adentro también en mí misma. Durante una hora, estoy más allá del deseo. No es el éxtasis, ese salto fuera del yo, lo que hace que el humano sea como un dios. No existo fuera de mi misma, sino en mí misma. Existo. Conocer el Ser es la gracia final que se otorga desde la montaña.

Bibliografía:

Shepherd, Nan (2019). La montaña viva. Errata Naturae. Madrid.

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