La ciencia: una luz en la oscuridad. A propósito del libro de Carl Sagan El mundo y sus demonios.

José Andrés Martínez García

Sagan

 

Hay libros iniciáticos. En mi juventud me causaron una fuerte impresión las obras de Bertrand Russell. Recuerdo, en particular, La perspectiva científica que leí en una edición de Sarpe traducida por Manuel Sacristán Luzón. El conocimiento es una tarea que necesita de su andamiaje.

Este libro, que Carl Sagan dedica a su nieto (Te deseo un mundo libre de demonios), debería ser lectura obligada para los jóvenes. Son momentos cruciales del desarrollo personal en los que uno ha de dotarse de las herramientas intelectuales con las que intentará más tarde comprender e interpretar el mundo.

Volver sobre la exitosa serie documental Cosmos y recordar, por ejemplo, aquel soberbio capítulo en el que Carl Sagan se pasea por la costa del mar Egeo resulta emocionante. Explica en qué consistió la llamada “aproximación al conocimiento de los jónicos”, la primera escuela filosófica que defendió que las leyes y fuerzas de la naturaleza (y no los dioses) son responsables del orden y de la existencia del universo.

“Durante miles de años los hombres estuvieron oprimidos -como lo están todavía algunos- por la idea de que el universo es una marioneta cuyos hilos manejan un dios o dioses, no vistos e inescrutables. Hace 2.500 años hubo en Jonia un glorioso despertar: se produjo en Samos y en las demás colonias griegas que crecieron entre las islas y ensenadas del mar Egeo oriental. Aparecieron personas que creían que todo estaba  hecho de átomos, que los seres humanos y los demás animales procedían de formas más simples; que las enfermedades no eran causadas por demonios o dioses; que la Tierra no era más que un planeta que giraba alrededor del Sol. Y que las estrellas estaban muy lejos de nosotros. Esta revolución creó el Cosmos del Caos”. Carl Sagan.

Convencido de que es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad, Sagan lleva a cabo una lúcida defensa del método científico. Método que, aunque en ocasiones pueda parecer indigesto y espeso, es mucho más importante que los descubrimientos mismos.La ciencia es mucho más que un cuerpo de conocimiento. Es una forma de pensar, una forma escéptica de interrogar al universo con pleno entendimiento de la falibilidad humana”, afirma Carl Sagan.

El necesario escepticismo.

¿Qué es el escepticismo? Una herramienta metodológica. La duda frente a la falta de evidencia. No es un fin en sí mismo. René Descartes escribió: “No imité a los escépticos que dudan sólo por dudar y simulan estar siempre indecisos; al contrario, mi intención era llegar a una certeza, y excavar el polvo y la arena hasta llegar a la roca o la arcilla de debajo”.

Ahora bien, las herramientas del escepticismo deben estar al alcance de todos los ciudadanos, porque “los seres humanos tenemos verdadero talento para engañarnos a nosotros mismos” y porque “nuestra política, economía, publicidad y religiones (nuevas y viejas) están inundadas de credulidad”, advierte Sagan.

Hay que desconfiar de aquello en lo que está fuertemente involucrado el propio interés, las pasiones, los prejuicios o el llamado gusto por lo maravilloso. Por la sencilla razón de que tendemos a creer lo que queremos que sea cierto. Bertrand Russell advertía de que “la mente de los más razonables de entre nosotros puede ser comparada con  un mar tormentoso de convicciones apasionadas, basadas en el deseo; sobre ese mar flotan arriesgadamente unos cuantos botes pequeñitos que transportan un cargamento de creencias demostradas científicamente”.

Carl Sagan dedica todo un capítulo a facilitar aquellas herramientas que puedan ser útiles en lo que considera la “sutil tarea de detección permanente de camelos”. Así, advierte sobre los sesgos cognitivos a los que estamos expuestos y sobre las falacias lógicas y retóricas más habituales. Este es un aspecto al que se debería prestar más atención en la enseñanza de la filosofía, centrada con demasiada frecuencia en un anodino resumen histórico de doctrinas.

Una de las lecciones más importantes de la psicología cognitiva es que, si uno está sometido a un engaño durante demasiado tiempo, tiende a rechazar cualquier prueba de que es un engaño. Resulta más fácil engañar que convencer a alguien de que ha sido engañado. Buscamos argumentos que apuntalan nuestros deseos mientras desatendemos las pruebas que se oponen a ellos. Recibimos favorablemente lo que concuerda, resistimos con desagrado lo que contradice. Y esta es una información relevante sobre nosotros mismos que no conviene olvidar.

¿Cómo hay que aplicar ese escepticismo científico? Con sensibilidad. Sin arrogancia, sin dogmatismo, sin despreciar los sentimientos y creencias profundas de los otros. Ser beligerante frente a las supersticiones pero “templando la crítica con la amabilidad”.

Entre otras cosas, porque este asunto no puede estudiarse solo en términos de una deriva irracional y anticientífica (que lo es) sino desde un punto de vista antropológico, con referencia a los contextos ideológicos, históricos y culturales. Hay que entender que nos encontramos ante personas o grupos sociales que, a través de sus creencias, expresan conflictos, dilemas e identidades.

Las supersticiones y la pseudociencia.

Las religiones han sido la fuente más notable de superstición de la historia de la Humanidad. El temor a las cosas invisibles o a aquello que no entendemos fue la semilla natural de esas religiones.

La historia de todo lo referente a la demonología cristiana es escalofriante y no puede desconocerse. Desde el principio del cristianismo -recuerda Sagan- se pretendió que los demonios eran mucho más que una mera metáfora poética del mal en el corazón de los hombres.

La obsesión por los demonios alcanzó cotas difíciles de superar en la bula del papa Inocencio VIII (1484). Se puso en marcha la acusación, tortura y ejecución sistemática de “brujas” por toda Europa. Duró varios siglos. Eran culpables de lo que san Agustín había descrito como “una asociación criminal con el mundo oculto”. Las persecuciones fueron principalmente de mujeres.

El conocido libro Martillo de Brujas (Malleus maleficarum), escrito a petición del Papa, es uno de los libros más aterradores de la historia humana. Si una mujer era acusada de brujería, era bruja. Contenía un manual para torturadores. En un ejercicio de salvaje misoginia fueron quemadas legiones de mujeres en la hoguera.

Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y quema en la hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y tanto católicos como protestantes la castigaron sin piedad.

¿Cosa del pasado? En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en los cuentos infantiles, la Iglesia católica y otras Iglesias siguen practicando exorcismos y “los defensores de algún culto todavía denuncian como brujería las prácticas rituales de otro”, apunta Sagan.

Por otro lado, la huida al mundo de la pseudociencia es hoy un fenómeno sociológico de primer orden. En muchos aspectos guarda similitud con la religión, hasta el punto de que algunas son un sustituto de ésta. La mentalidad de buena parte de la sociedad moderna muestra cómo, asombrosamente, el siglo XXI puede convivir con el siglo XIII.

La ciencia origina una sensación de prodigio pero la pseudociencia también y con frecuencia la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento. Muchas pseudociencias explotan el innegable poder emocional de sus fantasías.

A lo largo de la historia se han asociado la curas milagrosas a una amplia variedad de curanderos, reales o imaginarios. Carl Sagan recuerda la historia del llamado “toque real”. La escrófula (un tipo de tuberculosis) se llamaba en Inglaterra el “mal del rey” y se suponía que solo podía ser curada por la mano del rey. Las víctimas guardaban cola pacientemente para que el rey las tocara; “el monarca se sometía brevemente a otra pesada obligación de su alto cargo y -aunque no parece que curara a nadie- la práctica duró siglos”. El uso político de esta farsa es evidente: se buscaba dar legitimación al poder real, especialmente al comienzo de cada reinado.

Sobran los ejemplos y no merece la pena extenderse en ellos. Cada época tiene su locura particular.

Tiene razón Mario Bunge cuando afirma que “la difusión de la superstición, la pseudociencia y la anticiencia son fenómenos psicosociales importantes, dignos de ser investigados de forma científica y, tal vez, hasta de ser utilizados como indicadores del estado de salud de una cultura”.

La pseudociencia se debe combatir como pensamiento mágico. Se beneficia de la masiva difusión de cultura basura y de la insuficiente enseñanza de la ciencia. Para criticarla no basta con señalar que carece de apoyo empírico. Es preciso demostrar que tales creencias son contradictorias con teorías científicas sólidamente establecidas o principios filosóficos fértiles.

En ocasiones estas tendencias anticientíficas son respuestas “neuróticas” (en el sentido de distorsión del pensamiento racional) fruto de una reacción mal orientada, pero explicable, a los desastres de la tecnociencia. Algunas pseudociencias atraen de este modo a quienes se rebelan contra el orden social establecido. Sus seguidores no saben que, para cambiarlo, valen más los estudios científicos que las creencias infundadas.

Enseñar la ciencia.

Vivimos en una sociedad dependiente de la ciencia y la tecnología, en la cual prácticamente nadie sabe nada acerca de la ciencia o la tecnología. El mensaje del libro es claro en este aspecto: debe combatirse el analfabetismo científico, potenciar el pensamiento escéptico y formar en el método científico.

“No explicar la ciencia me parece perverso. Nos priva de un derecho. Se erosiona la confianza en ella”, escribe Sagan. Insiste: “Rechazo la idea de que la ciencia sea secreta por naturaleza. Su cultura y su carácter distintivo, por muy buenas razones, son colectivos, colaboradores y comunicativos”. También: “En todos los usos de la ciencia es insuficiente -y ciertamente peligroso- producir solo un sacerdocio pequeño, altamente competente y bien recompensado, de profesionales”.

Es preciso reconocer que la enseñanza de la ciencia se hace demasiado a menudo de manera incompetente y en un lenguaje arcano. En general, es una enseñanza poco inspiradora. No se da importancia al descubrimiento. Se enseña simplemente conocimiento acumulado. Y no se hace la crónica de los errores.

La ciencia es algo demasiado importante como para que no forme parte de la cultura popular.

Las pseudociencias y la falacia “ad hominen”.

La pseudociencia gusta especialmente del argumento “ad hominem”. Falacias de este tipo se usan frecuentemente para minar la credibilidad en la ciencia. De este modo, se pretende poner en tela de juicio o dar por establecida la falsedad de un descubrimiento o de una teoría usando como prueba la biografía del autor; es decir, desacreditando en algún aspecto a la persona.

Aquí es preciso reproducir la cita de Sagan extensamente por su gran interés:

Los posmodernos han criticado la astronomía de Kepler porque surgió de sus puntos de vista religiosos monoteístas medievales; la biología evolutiva de Darwin por estar motivada por un deseo de perpetuar los privilegios de la clase social de la que procedía o bien para justificar su supuesto ateísmo previo. Algunas de esas denuncias son ciertas. Otras no. Pero ¿qué importan las tendencias o predisposiciones emocionales que los científicos introducen en sus estudios siempre que sean escrupulosamente honestos y otras personas con proclividades diferentes comprueben sus resultados? Presumiblemente, nadie argüirá que el punto de vista conservador de la suma de 14 y 27 difiere del punto de vista liberal (…). Algunos historiadores critican a Isaac Newton: se dice que rechazaba la posición filosófica de Descartes porque podía desafiar la religión convencional y llevar al caos social y al ateísmo. Estas críticas sólo demuestran que los científicos son humanos. Desde luego, es interesante para el historiador de las ideas ver cómo se vio afectado Newton por las corrientes intelectuales de su época, pero tiene poco que ver con la verdad de sus proposiciones (…). Se ha manifestado horror ante la descripción de Darwin sobre «la baja moralidad de los salvajes… sus insuficientes poderes de razonamiento… [su] débil poder de autodominio». Pero no me parece que hubiera ningún rastro de racismo en el comentario de Darwin. Aludía a los habitantes de Tierra del Fuego, que sufrían una escasez agobiante en la provincia más estéril y antártica de la Argentina. Cuando describió a una mujer sudamericana de origen africano que prefirió la muerte a someterse a la esclavitud, anotó que sólo el prejuicio nos impedía ver su desafío a la misma luz heroica que concederíamos a un acto similar de la orgullosa matrona de una familia noble romana. Él mismo casi fue expulsado del Beagle por el capitán Fitz Roy por su oposición militante al racismo del capitán. Darwin estaba por encima de la mayoría de sus contemporáneos en este aspecto. Pero, en fin, aunque no fuera así, ¿en qué afecta eso a la verdad o falsedad de la selección natural? (…). Sí, se puede dar la vuelta a la perspicacia de Darwin y usarla de modo grotesco: magnates de voracidad insaciable pueden explicar sus prácticas de cortar cabezas apelando al darwinismo social; los nazis y otros racistas pueden alegar la «supervivencia del más apto» para justificar el genocidio. Pero Darwin no hizo a John D. Rockefeller ni a Adolf Hitler. La avaricia, la revolución industrial, el sistema de libre empresa y la corrupción del gobierno por los adinerados son más adecuados para explicar el capitalismo del siglo XIX”.

Defender la ciencia no es defender la industria ni sacralizar la tecnología.

La ciencia no es idolatría. También existe el fraude y sobra decir que es del máximo interés desenmascararlo. El método científico debe usarse para distinguir los ídolos falsos de los auténticos.

“La cultura comercial está llena de informaciones erróneas a expensas del consumidor. No se espera que preguntemos. No piense. Compre. Las recomendaciones (pagadas) de productos, especialmente por parte de expertos reales o supuestos, constituye una avalancha constante de engaños… Ello revela que los científicos también son capaces de mentir por dinero”, escribe Sagan.

El libro refiere algunos ejemplos: las maniobras de ocultación de los daños a la capa de ozono por Du Pont Corporation debido a productos de freón (1974), las maniobras de la industria tabaquera en relación al consumo de cigarrillos (desde que en 1953 empezaron a publicarse artículos sobre los efectos del tabaco), la supuesta superioridad de un grupo étnico o género sobre otro a partir de las medidas del cerebro o los tests de coeficiente intelectual y un largo etcétera.

Un tema especialmente grave es la complicidad con la industria militar. Para Sagan resulta paradigmático el papel jugado por el físico Edward Teller, que ha pasado a la historia como el “padre” de la bomba de hidrógeno. Teller tuvo asimismo una influencia decisiva para impedir la firma de tratados que prohibieran las pruebas de armas nucleares y fue quien “vendió” al presidente Ronald Reagan la idea de la “guerra de las galaxias” (la llamada iniciativa de defensa estratégica). La ciencia mercenaria o ciencia a sueldo se desentiende de las consecuencias morales o incluso opera a sabiendas de que los resultados se utilizarán para fines perversos.

Los hombres que se dedican a la ciencia son seres humanos y, como tales, gustan de complacer a los ricos y poderosos. Algunos, sin rastro alguno de pesar moral. Sagan escribe: “los científicos también son responsables de tecnologías mortales: a veces las inventan a propósito, a veces por no mostrar la suficiente cautela ante efectos secundarios no previstos. Pero también son los científicos los que, en la mayoría de estos casos, nos han advertido del peligro”.

Desde Bacon la técnica se ha confundido con la ciencia: todo avance tecnológico importante en la historia de la especie humana -hasta la invención de las herramientas de piedra y el control de fuego- ha sido éticamente ambiguo. La barbarie técnica utiliza medios técnicos refinados para alcanzar metas bárbaras. Pero la ciencia también ha alertado, y debe seguir haciéndolo, de los riesgos que conllevan las tecnologías, especialmente para el medio ambiente global. Puede y debe ser un sistema de alarma.

Los científicos tienen una responsabilidad profunda en el mal uso de sus descubrimientos. Cuanto más poderosos son sus productos, mayor es su responsabilidad. La capacidad de hacer daño a una escala planetaria sin precedentes exige una ética emergente que debe ser establecida a una escala planetaria sin precedentes. “Creo que es tarea particular de los científicos alertar al público de los peligros posibles, especialmente de los que derivan de la ciencia o se pueden prevenir mediante la aplicación de la ciencia. Podría decirse que una misión así es profética”.

La cuestión social. Ser cultos para ser libres.

El libro no es ajeno a los problemas sociales. “Ann Druyan y yo venimos de familias que conocieron la pobreza. Pero nuestros padres eran lectores apasionados”, recuerda.

Analizando la figura de Frederick Douglass, antiguo esclavo y líder abolicionista, Sagan apunta cómo en los tiempos de la esclavitud había una prohibición reveladora: los esclavos debían seguir siendo analfabetos. En el sur de antes de la guerra, los blancos que enseñaban a leer a un esclavo recibían el castigo más severo.

Se comprende que Sagan ataque asimismo libros como The Bell Curve de Richard J. Herrnstein y Charles Murray, libros que defienden un abismo hereditario irreductible entre blancos y negros. La educación y la mala alimentación explican mucho más que los genes: “Cuando los niños no comen lo suficiente terminan con una disminución de la capacidad de entender y aprender («deterioro cognitivo»). Eso no sólo ocurre cuando el hambre es atroz. Puede suceder incluso con una ligera desnutrición: el tipo más común entre los pobres de Norteamérica. Eso puede ocurrir antes de que nazca el niño (si la madre no come lo suficiente), en la primera infancia o en la niñez. El cuerpo tiene que decidir cómo invertir los alimentos limitados de que dispone. Lo primero es la supervivencia. El crecimiento viene en segundo lugar. En esta criba nutritiva, el cuerpo parece obligado a colocar el aprendizaje en último lugar”.

La ciencia y la democracia comenzaron en el mismo tiempo y lugar: siglos VII-VI a.d.C. en Grecia. Para Sagan es preciso reivindicar la ciencia como instrumento de liberación humana, como baluarte de una sociedad libre. Para no dejarse engañar por embaucadores, para desenmascarar supercherías y para mantenerse libres de charlatanes, sean estos médicos, religiosos o políticos.

Una nueva “espiritualidad”.

La ciencia nos enseña mucho sobre nuestro contexto cósmico. Sobre el dónde, el cuándo y sobre quiénes somos. De un modo que ningún otro empeño ha sabido hacer.

Excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran fueron fabricados en estrellas gigantes rojas, a miles de años luz en el espacio hace millones de años. Somos materia estelar, polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas. Somos el medio para que el Cosmos se conozca a sí mismo. Es difícil encontrar una conexión cósmica más profunda que la que nos enseñan los asombrosos descubrimientos de la astrofísica moderna.

A pesar de su uso frecuente con un sentido contrario, la palabra “espiritual” no implica necesariamente algo distinto de la materia (incluyendo la materia de la que está hecho el cerebro), o algo ajeno al reino de la ciencia.

Para Carl Sagan “la ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad sino que es una fuente de espiritualidad profunda. Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz y en el paso de las eras, cuando captamos la complicación, belleza y sutileza de la vida, la elevación de este sentimiento, la sensación combinada de regocijo y humildad, es sin duda espiritual. Así son nuestras emociones en presencia del gran arte, la música o la literatura, o ante los actos de altruismo y valentía ejemplar como los de Mohandas Gandhi o Martin Luther King Jr. La idea de que la ciencia y la espiritualidad se excluyen mutuamente de algún modo presta un flaco favor a ambas”.

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Como dijera Albert Einstein lo que sabemos, comparado con lo que desconocemos, nuestra ciencia, comparada con la realidad misma que aspira a conocer, puede ser primitiva e infantil, pero es lo más preciado que tenemos. Está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Pero es el mejor que tenemos. Es la aproximación (asintótica) al conocimiento verdadero más exitosa de la que disponemos. Cumple con su cometido. Además, no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados ella. Lo mejor sería sacarle el máximo provecho.

 

Bibliografía:

Bunge, Mario. (2010). Las pseudociencias. ¡Vaya timo!. Pamplona: Laetoli.

Russell, Bertrand. (1983). La perspectiva científica. Madrid: Sarpe.

Sagan, Carl. El mundo y sus demonios. (2017). La ciencia como una luz en la oscuridad. Barcelona: Crítica.

 

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2018). La ciencia: una luz en la oscuridad. A propósito del libro de Carl Sagan El mundo y sus demonios. Criterios. León. Disponible en: http:/criterios. 2018/04/03. Una luz en la oscuridad.

 

El Cristo de Munkácsy (1881) según José Martí.

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José Martí escribió en la década de 1880 a 1890 una serie de artículos y crónicas que desde Nueva York enviaba a distintas publicaciones hispanoamericanas. Periódicos de Venezuela, México, Panamá, Uruguay, Argentina y los propios Estados Unidos recibían los artículos del escritor cubano.

Una de esas Cartas de Nueva York está dedicada al cuadro Cristo ante Pilatos (1881) del pintor húngaro Mihály Munkácsy (1844-1900).

Martí considera la obra “digna del aplauso de los siglos” y lleva a cabo una interpretación personal donde recrea una espiritualidad centrada en el hombre, una interpretación humana de la divinidad (“lo divino está en lo humano”, escribe) donde el triunfo de Jesús es “la encarnación más acabada del poder invencible de la idea”. En el mismo sentido interpreta la resurrección.

Para Martí, Munkácsy no ve a Jesús “como la resignación que cautiva, como el perdón inmaculado y absoluto que no cabe, no cabe, en la naturaleza humana: cabe el placer de domar la ira; pero sería menos hermosa y eficaz la naturaleza del hombre si pudiese sofocar la indignación ante la infamia, que es la fuente más pura de la fuerza”.

Lo que Martí exalta es el valor supremo del hombre entregado a la transformación redentora del mundo por el propio y voluntario sacrificio. Ese es su Cristo.

 

El Cristo de Munkácsy. José Martí.

Nueva York. 2 de diciembre de 1886.

“¡Ah!, es preciso batallar para entender bien a los que han batallado; es preciso para entender bien a Jesús, haber venido al mundo en pesebre oscuro, con el espíritu limpio y piadoso, y palpado en la vida la escasez del amor, el florecimiento de la codicia y la victoria del odio  (…).

Ahí está en un sayón, flaco, huesudo; trae las manos atadas, estirado el cuello, la boca comprimida y entreabierta, como para dar paso a las últimas hieles. Se siente que acaban de poner sobre él la mano vil; que la jauría humana que lo cerca ha venido oteándolo como a una fiera; que lo han vejado, golpeado, escupido, traído a rastras, arrancado las vestiduras a pedazos, reducido a la condición más baja y ruin. ¡Y ese instante de humillación suma es precisamente el que el artista elige para hacerle surgir con una majestad que domina a la ley que tiene en frente, y a la brutalidad que lo persigue, sin ayudarse de un solo gesto, de un músculo visible;  de la dignidad del ropaje, de lo elevado de la estatura, del uso exclusivo del color blanco, de la aureola mística de los pintores! De la cabeza nada más se ayuda, de la mirada augusta bajo el ojo cóncavo, de la mejilla enjuta, de la boca contraída que aún revela la bravura humana, de la serena y adorable frente, honda hacia las sienes poco pobladas de cabellos y levantada en dosel sobre las cejas. ¡La mirada es el secreto del singular poder de esa figura! (…)

Todo se postra ante esos ojos que concentran cuanto cabe de amor, anunciación, claridad, altivez, en el espíritu. Él está al pie de las cuatro gradas que llevan al ábside de Pilatos; y Pilatos parece postrado ante él. Blanca es la túnica de Pilatos, como la suya, pero de la suya brota, sin ardid visible del pincel, una luz no que no brota de la del juez cobarde.

A su lado se revuelve la cólera, se atreve la insolencia, se discute la ley, se pide a gritos la muerte;  pero aquellos ojos curiosos o atrevidos, aquellos rostros frenéticos y descompuestos, aquellas bocas que hablan y que gritan, aquellos brazos iracundos y levantados, en vez de desviar la fuerza y la luz de su figura fulgurosa, se concentran en ella y la realzan por el contraste de su energía sublime con las bajas pasiones que lo cercan.

Le escena es en el pretorio de austera y vasta arquitectura. (…) El gentío alborotado se aprieta a la izquierda del lienzo sobre la figura de Jesús. Ni en el centro quiso ponerla el pintor, para tener esa dificultad más que vencer. Un magnífico soldado echa atrás con su pica a un gañán que vocifera con los brazos en alto: ¡figura soberana! ¡todos los pueblos tienen ese hombre bestial, lampiño, boca grande, nariz chata, mucho pómulo, ojo chico y viscoso, frente baja!;  rebosa en la figura ese odio insano de las naturalezas viles hacia las almas que las deslumbran y avergüenzan con su claridad; y, sin esfuerzo alguno artificioso ni violencia en el contraste, resaltan en el cuadro, en su doble oposición moral y física, el hombre acrisolado que ama y muere y el bestial que odia y mata.

A la derecha del lienzo está el romano Pilatos, en su toga blanca ribeteada del rojo de los patricios (…). En los ojos se ve el trastorno de sus pensamientos, el miedo a la muchedumbre, el respeto al acusado, la vacilación que le hace ir levantando una mano de la rodilla, como preguntándose qué ha de hacer con Jesús.

Comparable a la mejor creación artística es el fanático Caifás, que con el rostro vuelto hacia el Pretor le señala en un gesto imperante el gentío que reclama la muerte; aquella cabeza de la barba blanca increpa y apremia: de aquellos labios están saliendo las palabras, ardientes y duras.

Dos doctores sentados a la izquierda del ábside, miran a Jesús como si no acabasen de entenderlo. Al lado de Caifás clava un viejo los ojos en Pilatos, que tiene baja la cabeza. Un rico saduceo, de turbante y barba cana, mira a Jesús de lleno, rico el traje, arrellanado en el banco, en arco el brazo derecho, el izquierdo sobre el muslo: ¡es ese rico odioso de todos los tiempos!, la fortuna le ha henchido de orgullo brutal, la humanidad le parece su escabel, se adora en su bolsa y en su plenitud.

Entre él y Caifás discuten el caso jurídico los sacerdotes, éste con ojos torvos, aquel con frialdad de leguleyo; otro reclinado en la pared, de pie sobre el banco, mira en calma la revuelta escena.

Detrás del saduceo, junto mismo a Jesús, otro gañán, de realidad que maravilla, se inclina sobre la baranda en postura violenta para ver de frente el rostro al preso;  por encima de la cabeza del gañán, junto al pilar del arco que divide la escena sabiamente, una madre joven, con su niño en brazos, tiene puestos en Jesús sus ojos piadosos, que como toda su figura recuerdan las madonas italianas (…).

Es el hombre en el cuadro lo que entusiasma y ata el juicio. Es el triunfo y resurrección de Cristo, pero en la vida y por su fuerza humana. Es la visión de nuestra fuerza propia, en la arrogancia y claridad de la virtud. Es la victoria de la nueva idea, que sabe que de su luz puede sacarse el alma, sin comercio extravagante y sobrenatural con la creación, ese amor sediento y desdén de sí que llevaron al Nazareno a su martirio. Es el Jesús sin halo, el hombre que se doma, el Cristo vivo, el Cristo humano, racional y fiero”.

 

Bibliografía:

  • Martí, José. (1987). Ensayos sobre arte y literatura. La Habana:  Pueblo y educación.

Orquídea y colibrí cerca de una cascada. Martin Johnson Heade. 1902.

Museo Thyssen- Bornemisza

Entre 1860 y 1870 Heade viajó en tres ocasiones a América Central y del Sur (Panamá, Jamaica, Brasil y Colombia). En estos viajes, además de paisajes, pintó plantas y aves exóticas. Las representaciones de orquídeas y colibríes sobre fondos de paisajes tropicales se reconocen de hecho como la parte más característica de su obra.

La pintura combina una exuberante catleya (presuntamente Cattleya labiata), sobredimensionada en un primer plano, junto a un pequeño colibrí del que destaca el color rosado de su pechera. Al fondo se despliega un frondoso paisaje con una cascada y cumbres redondeadas que acentúan el poder cautivador de la escena.

“Pocos años después de mi presencia en este mundo palpitante fui presa de esa absorbente obsesión por los colibríes y, desde entonces, nunca me he visto libre de ella” –expresa Heade.

“Anda zumbando de rama en rama, de flor en flor, veloz y necesario como la luz. A veces duda, y queda inmóvil en el aire, suspendido; a veces vuela hacia atrás, como nadie puede. A veces anda borrachito, de tanto beber las mieles de las corolas. Al volar, lanza relámpagos de colores”, escribe Eduardo Galeano en Memoria del Fuego.

Heade se trasladó a Brasil para estudiar las distintas especies de colibríes en su entorno natural e incluso trabajó en las ilustraciones de un libro que llevaría por título The Gems of Brazil. Aunque el libro finalmente no llegó a publicarse, el proyecto dejó numerosos lienzos donde estas aves son representadas de forma individual o en pareja.

Las pinturas de Heade fueron influidas por la nueva cosmovisión que se abrió paso, a finales del siglo XIX, con las teorías de Darwin sobre la evolución y el papel de las interrelaciones en el mundo natural. Charles Darwin había estudiado precisamente las adaptaciones de los picos de colibrí para la fertilización de plantas. No obstante, en la pintura que nos ocupa la relación entre colibrí y orquídea no sólo es un hecho biológico. Tiene una evidente carga simbólica.

Las catleyas se han convertido, por su deslumbrante belleza, en las flores nacionales de diversos países (Costa Rica, Venezuela y Colombia). La evocación sexual de la planta es evidente; no es de extrañar que Proust le otorgara ese papel en su obra Por el camino de Swann (En busca del tiempo perdido). Por esto mismo, debe apuntarse la audacia -en el contexto de la sociedad victoriana norteamericana del momento- de la composición de Heade.

La pintura es un maravilloso epítome del mundo tropical y de la vida misma.

Tú que no puedes. Francisco de Goya. 1797-1799.

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Los Caprichos -la primera de las cuatro series de estampas concebidas como un todo- contienen una evidente intención crítica y aleccionadora.

A Goya le interesaba el poder de difusión de los grabados, siempre superior al de las pinturas. De este modo, la labor de crítica y regeneración moral que los ilustrados proponían podría llegar a círculos más amplios.

El título del nº 42 alude al refrán español “Tu que no puedes, llévame a cuestas”. Sobre dos hombres doblegados por el esfuerzo cabalgan dos asnos, uno de ellos con espuelas, en un paisaje desnudo y sin accidentes. Un sistema corrupto (sociedad estamental) obliga al pueblo llano a soportar pesadas cargas. Mientras el tercer estado debe “pechar” y procurar el sustento a toda la sociedad, los privilegiados (nobleza y clero) viven a sus expensas sin mover un dedo.

Integrada entre las escenas de asnerías, la estampa presenta la reconstrucción satírica de la realidad por medio del imaginario del “mundo al revés”.

Las interpretaciones contemporáneas del trabajo abundan en la idea de que: “Los pobres y clases útiles de la sociedad son los que llevan a cuestas a los burros” y, además, “cargan con todo el peso de las contribuciones del Estado”; es decir, centran su crítica particularmente en un sistema fiscal que recae siempre sobre los más pobres.

La sátira tiene plena vigencia en nuestros días.

 

Onfray y su libro Cosmos

José Andrés Martínez García

cosmos

En el último capítulo de su libro Cosmos. Una ontología materialista, Michel Onfray resume su obra en un puñado de máximas existenciales.

Son las siguientes:

→ Esculpir la naturaleza no es suprimirla.

→ Conocer las leyes de lo vivo en nosotros.

→ Aceptar nuestro destino de mamíferos.

→ Poner la cultura al servicio de la pulsión de vida.

→ Luchar contra toda pulsión de muerte.

→ Saber que lo vivo se abre camino más allá del bien y del mal.

→ Vivir el tiempo de los astros más que el de los cronómetros.

→ Querer una vida natural como remedio contra la vida mutilada.

→ Trabajar para vivir y no vivir para trabajar.

→ Habitar densamente el instante presente.

→ Ser, para no tener que tener.

→ Vivir siendo y no sobrevivir teniendo.

→ Crearse el tiempo de un otium personal.

→ Saberse pura materia.

→ Conocer el funcionamiento de la propia psique material.

→ Distinguir aquello sobre lo que uno tiene poder de aquello sobre lo cual no lo tiene.

→ Querer el querer que nos quiere cuando uno no puede actuar contra él.

→ Actuar contra el querer que nos quiere cuando uno puede actual contra él.

→ Saber que el individuo cree querer lo que quiere la especie.

→ Obedecer lo más posible al propio programa más allá del bien y del mal.

→ Saber que no estamos en la naturaleza sino que somos la naturaleza.

→ Identificar a los depredadores para protegerse de ellos.

→ Recusar todo pensamiento mágico.

→ Descubrir el mecanismo del propio reloj biológico.

→ Vivir según los ciclos paganos del tiempo circular.

→ Conocer las leyes del cielo pagano.

→ Hacer descender el cielo a la tierra.

→ Superar la episteme cristiana.

→ Utilizar la psique para abolir la metafísica.

→ Volver al cosmos para superar el nihilismo.

→ Apartar de nosotros los libros que nos alejan del mundo.

→ Meditar sobre los pocos libros que nos acercan al mundo.

→ Interrogar las sabidurías precristianas con miras a un saber postcristiano.

→ Recusar todo saber inútil desde un punto de vista existencial.

→ Utilizar la razón contra las supersticiones.

→ Reactualizar el Tetrapharmakon epicúreo: la muerte no es un mal, el sufrimiento es soportable, no hay que temer a los dioses, la felicidad es posible.

→ Adherirse a un materialismo integral.

→ Rechazar la religión facilitadora de ultramundos.

→ Persuadirse de que morir en vida es peor que morirse un día.

→ Preparar la propia muerte llevando una vida adecuada.

→ Filosofar para aprender verdaderamente a morir.

→ Experimentar lo sublime por medio de la contemplación del cosmos.

→ Saber que el hombre y el animal difieren en grado pero no en naturaleza.

→ Tratar a los animales como alter egos desemejantes.

→ Negarse a ser un animal depredador.

→ Excluir todo gesto que inflija sufrimiento a un ser vivo.

→ Rechazar que se haga un espectáculo con la muerte de un animal.

→ Reconciliarse con los animales.

→ Hacer de la etología la primera ciencia del hombre.

→ Esforzarse por alcanzar la frugalidad alimentaria.

→ Ejercitarse en llevar una vida poética.

→ Apuntar seguidamente al ejercicio de una vida filosófica.

→ Cesar de estar en el mundo viviendo fuera del mundo.

El autor de obras tan conocidas como Antimanual de filosofía o Tratado de Ateología realiza en Cosmos una completa presentación de su filosofía desde perspectivas muy diversas, como la biología, la antropología filosófica, la astrofísica moderna y la historia (contrahistoria) del arte. En todas ellas hay un común denominador: Onfray nos presenta una visión inmanente del mundo; no existe transcendencia alguna, sólo hay un mundo y es material.

Articulado en torno a cinco capítulos (‘El tiempo. Una forma a priori de lo vivo’, ‘La vida. La fuerza de la fuerza’, ‘El animal. Un alter ego desemejante’, ‘El Cosmos. Una ética del universo arrugado’ y ‘Lo Sublime. La experiencia de la vastedad’) el libro sienta las bases de una filosofía que vincula la sabiduría (sin moralina) con la naturaleza.

De ello nos informa esa “ontología materialista” que lleva por subtítulo, que es también un guiño irónico dirigido a los filósofos filosofantes, una suerte de oxímoron retórico: todas las ceremoniosas ontologías conocidas han sido metafísicas.

Onfray defiende un hedonismo del ser (que no del tener) y una búsqueda de lo sublime alejada del camino que han seguido todas las religiones.

No es el hedonismo del sibarita. No es un hedonismo consumista. Es una invitación a construir la alegría de vivir, a disfrutar con el otro. Es una afirmación de la vida: reivindicar, en palabras de Epicuro, “el puro placer de existir”. 

Para el autor, lo sublime surge en la resolución de una tensión entre el individuo y el cosmos. La pequeñez del sujeto que contempla la grandeza de la naturaleza o del universo genera ese sentimiento. La experiencia es, por supuesto, individual. En este sentido es reveladora la cita de Friedrich Nietzsche que, a modo de frontis, encabeza el libro: “Ir más allá  del “yo mismo” y el “tú mismo”, experimentar de una manera cósmica”.

En el capítulo que lleva por título Lo sublime de la naturaleza leemos:

“La religión verdadera es aquella que nos devuelve a los elementos; la verdadera plegaria, la que restituye nuestro lazo con la naturaleza; la verdadera experiencia mística, la que, siendo pagana, nos vuelve a colocar en el lugar que verdaderamente nos corresponde: no en el centro sino en un fragmento, no en el eje del mundo sino en una parte ínfima, no en el ego sino en el cosmos”.

Un libro que anima a repensar nuestra relación con el universo. A reconocer con serenidad nuestra contingencia. He aquí el proyecto de esta obra personalísima, que enlaza con el ideal griego y pagano de una sabiduría humana en armonía con el cosmos.

 

Los crisantemos, de John Steinbeck

José Andrés Martínez García

Crisantemos

Como lector, no se puede sino agradecer la exquisita edición que Nórdica realiza del cuento de John Steinbeck Los crisantemos. Bellamente ilustrado, es un buen ejemplo de la larga vida que le espera al libro en papel, a pesar del escenario apocalíptico que algunos le auguran con los nuevos soportes electrónicos.

Situada dentro del realismo social americano, la obra literaria de Steinbeck incluye alguno de estos relatos breves que cautivan por su concisión y estudiada simplicidad. Quien fuera autor de grandes novelas, como Las uvas de la ira, Al este del edén o De ratones y hombres, lo es también de cuentos o novelas cortas como El poni rojo o La perla.

Los crisantemos es un texto cargado de sutil simbolismo que sirve para abordar el mundo de la mujer y su papel en la sociedad. La trama es sencilla pero intensa y, a la vez, llena de delicadeza. Nos presenta unas horas en la vida de Elisa Allen, una persona vital, apasionada y con sensibilidad, que vive y trabaja en el rancho que tiene junto a su marido Henry.

Así la describe Steinbeck:

“Tenía treinta y cinco años, el rostro enjuto y fuerte y los ojos claros como el agua. El atuendo de jardinera parecía ocultar y engrosar su figura:  sombrero negro de hombre encasquetado casi hasta las cejas, zapatones, un vestido estampado que apenas se veía debajo del delantal de pana grande con cuatro bolsillos para las tijeras, el desplantador y el raspador, los esquejes y el cuchillo con que trabajaba”.

Henry se encarga de las tareas más duras y de los negocios de la granja mientras su esposa, protagonista del relato, cuida con devoción del jardín, especialmente de esos crisantemos blancos y amarillos, “enormes, hermosos”.

Puede decirse que la mujer se ocupa de tareas secundarias; de alguna manera se entretiene con sus crisantemos. Y, aunque se hace merecedora de justas palabras de elogio por parte de su marido, estas encierran también cierto reproche:

“-Otra vez dale que te pego –dijo él-. Tienes una buena cosecha en perspectiva.

Elisa enderezó la espalda y volvió a poner el guante.

-Sí. Serán fuertes este próximo año- dijo ella, con cierta presunción en el tono y en el gesto.

-Tienes un don especial- comentó Henry-. Algunos crisantemos amarillos de este año hacían un palmo de diámetro. Ojalá trabajaras en el huerto y consiguieras manzanas tan grandes”.

Henry ha vendido treinta novillos. Para celebrarlo propone a Elisa salir a cenar a la ciudad y luego ir al cine. Aunque también hay un combate de boxeo, no parece un espectáculo adecuado para mujeres. Su propuesta es la de un marido bueno y obsequioso y es recibida con agrado por Elisa. Al fin y al cabo, su única forma de escapar de la rutina diaria un sábado por la noche.

Mientras espera a que Henry vuelva a casa y se arregle para la cena, aparece un hojalatero ambulante con su carromato. Un hombre alto, corpulento y mal vestido, que vagabundea por los caminos y se gana la vida arreglando cacerolas y afilando cuchillos.

El hojalatero, de aspecto descuidado, “tenía los ojos oscuros, llenos de la melancolía que impregna la mirada de los cocheros y los marineros”.

Inicialmente Elisa muestra una actitud de rechazo hacia él: no tenía ni cacerolas ni cuchillos que arreglar y, desde luego, no iba a gastar dinero en algo que no necesitaba.

Pero su actitud cambia al preguntarle el hombre por sus crisantemos, con un interés lleno de adulación. Él finge valorar la belleza de las flores que ella cultiva y le propone que comparta algunas de sus plantas selectas con una señora a la que dice conocer y que vive “más adelante, siguiendo la carretera”.

“- ¡Vaya! –dijo él-. Entonces supongo que no podré llevarle ninguno.

– ¡Pues claro que puede! – exclamó Elisa-. Puedo colocar algunos en arena húmeda y puede llevárselos usted. Arraigarán en la maceta si los mantiene húmedos. Y luego ella puede trasplantarlos.

– Le gustaría mucho tener algunos, desde luego, señora. Y ¿dice usted que son bonitos?

– Preciosos. Sí, preciosos –dijo ella-. Le brillaban los ojos.”

Entusiasmada, le explica con todo detalle cómo realizar el trasplante y cómo tratar los capullos. Se siente escuchada. Valorada. Comprendida. Y en la conversación con él va a descubrir algo sobre sí misma, sobre las posibilidades de vivir una vida diferente, de escapar a su destino como mujer, pero también a su destino social.

“-Yo nunca he vivido como vive usted, pero sé lo que quiere decir. Cuando la noche es oscura…, bueno, las estrellas brillan intensamente y todo es silencio. Y bueno, ¡te elevas cada vez más! Y cada estrella te traspasa. Es así. Ardiente e intenso y… maravilloso”.

Pero cuando el hojalatero le hace notar la dureza de su trabajo y que, en ocasiones, no hay nada para la cena, se siente un poco avergonzada. Es cierto, la vida que lleva este hombre no es precisamente envidiable, tampoco es un tipo de vida socialmente admisible para una mujer. Sin embargo, evoca la libertad. Eso precisamente es lo que atrae a Elisa y le hace reflexionar.

Además, ella también sería capaz de arreglar cazuelas o afilar tijeras:

“- Tiene que ser muy agradable. Ojalá las mujeres pudieran hacer cosas así”.

Finalmente el hojalatero consigue lo único que quiere: que le encargue un trabajo y cobrar por él sus cincuenta centavos.

Y cuando el hombre se marcha con su carromato, Elisa lo observa. Se sorprende a sí misma viéndolo desaparecer en medio de lo que imagina un resplandor luminoso, como un símbolo de liberación.

Se está haciendo tarde, así que corre a prepararse. Casi lo había olvidado. Van a salir. Y su marido está a punto de llegar. Se baña a conciencia. Se pone guapa. Con esmero. Como se espera de ella.

Henry aparece por fin, completamente ajeno a su experiencia, a sus pensamientos. Es la vuelta a la realidad. No le cuenta nada de lo ocurrido, no le habla de la visita del hojalatero. No lo entendería. Será su secreto, un secreto de libertad que, aunque irrealizable, la alimenta interiormente.

Él dice encontrarla “guapa”, “distinta” y “fuerte”; y ella le contesta que “nunca había sabido lo fuerte que era hasta ese momento”. Porque se ve capaz, acaso por vez primera, de vivir una vida diferente o, al menos, de soñarla.

Al abandonar la granja en su pequeño coche camino de la ciudad, Elisa ve una mancha oscura a lo lejos en la carretera y sabe inmediatamente lo que es: al hojalatero le faltó tiempo para deshacerse de sus crisantemos.

“Procuró no mirar cuando pasaron, pero sus ojos no la obedecieron. Susurró para sí con tristeza: Podría haberlos tirado fuera de la carretera. No le habría costado mucho hacerlo, desde luego. Pero se quedó la maceta –alegó-. Tenía que quedarse la maceta. Por eso no podía tirarlos fuera de la carretera”.

La realidad social, esa destructora de sueños, ejerce una tiranía difícil de enfrentar. Decepcionada, optará por disfrutar del único aliciente posible más allá del rutinario trabajo en la granja: una cena fuera de casa. ¡Incluso podrá beber vino! Después de todo no es un mal plan.

El último párrafo del cuento es de una tristeza desgarradora:

“Se subió el cuello del abrigo para que él no viera que estaba llorando débilmente: como una mujer vieja”.

Sin esperanza. Con su aspiración a ser mujer y persona de otra manera, con el deseo de una vida más plena ahogado por la realidad. Resignada. Mutilada. Envejecida.

Bibliografía:

  • Steinbeck, John. (2016). Los crisantemos. Madrid: Nórdica Libros.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2016). Los crisantemos, de John Steinbeck. Criterios. León. Disponible en: http://xurl.es/rmj3w

 

En una noche de tormenta: cuento de Yuichi Kimura

José Andrés Martínez García

Noche de tormenta

El cuento es una parábola de cómo ver al “otro”, de cómo relacionarnos con los demás, aunque sean tan “diferentes”… sobre la amistad y la diversidad, acaso también sobre la posibilidad de amistades en principio “imposibles”.

El escritor japonés Yuichi Kimura ha escogido dos animales que simbolizan diferencias irreconciliables. Las cabras son presas del lobo. El autor ha querido elegir el supuesto más extremo que podría imposibilitar el acercamiento entre ambos.

El lobo ha sido tratado en general en la literatura como “fiero”, “astuto” y “malvado”. En este cuento, en cambio, no hay un personaje malo y uno bueno. El pobre lobo cojo también busca un lugar donde descansar hasta que amaine la tormenta. Ninguno de los dos sabe que el otro es su enemigo natural porque la oscuridad se lo impide. Así, a lo largo de la noche desfilan los miedos, necesidades, deseos y esperanzas de ambos. Comprueban que sus vidas han sido muy similares. Tan diferentes y tan parecidos.

Ambos se acercan a causa de la tormenta. Las dificultades en ocasiones unen. El miedo, un miedo compartido, les une y despierta en ellos empatía (“- Creía que iba a ser una noche terrible de tormenta pero ha resultado ser una noche fantástica pues he conocido a un amigo”).

El cuento suscita diversos interrogantes. Por ejemplo: ¿de qué manera sería vista en la manada de lobos y el rebaño de cabras la relación entre ambos animales? Probablemente sería censurada y este sería un obstáculo añadido a la amistad entre ambos.

El autor termina el texto con algunas de estas preguntas: “si en una noche de tormenta estuvierais solos en un lugar desconocido y os encontraseis a alguien, ¿no os sentiríais aliviados? Pero, y si este alguien fuera peligroso y temible ¿qué haríais?”.

Cuento (fragmento).

Llovía a cántaros. La tormenta nocturna azotaba con violencia. Las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el cuerpecito indefenso de una cabrita blanca.

La cabra, sin pensarlo, logró refugiarse en una pequeña cabaña abandonada en la pendiente de la colina.

En medio de la oscuridad la cabra se relajó, esperando tranquilamente a que la tormenta terminase.

¡Crac!

Alguien había entrado en la cabaña.

Se oía su agitada respiración.

“¿Quién será?”, la cabra permaneció inmóvil y aguzó el oído.

Tic, toc, tic, toc.

En cada paso, algo duro golpeaba el suelo y se iba acercando.

Era el ruido de una pezuña…parecía ser una cabra.

La cabra se sintió aliviada y decidió entablar conversación.

– Menuda tormenta, ¿no?

– ¿Cómo?, ¿quién ha hablado? Está tan oscuro que no me había dado cuenta- dijo, con voz ronca y entrecortada.

– Yo también acabo de llegar. Pero hay que ver qué tiempo más horrible- dijo la cabrita un poco sorprendida.

– Y que lo diga. Por culpa de esta tormenta me he torcido la pata. Menos mal que he encontrado este refugio.

Uf… -dijo soltando un gran suspiro y dejando en el suelo la rama que había utilizado como bastón.

Pero entonces…

Sí, así es. Esa sombra oscura que había entrado golpeando el suelo con un bastón no era una cabra sino un lobo. Y no era un lobo cualquiera, sino uno con unos colmillos muy afilados cuya comida preferida era la carne de cabra.

– Ahora que está aquí me siento más tranquila.

Por lo visto la cabra aún no se había dado cuenta de que su compañero era un lobo.

– Le entiendo, yo también me sentiría inseguro si tuviera que pasar la noche solo en esta cabaña y en medio de esta tormenta.

El lobo tampoco se había percatado aún de que ella era una cabra.

– ¡Ay! Uy …

– ¿Qué le ha pasado?

– Nada, resulta que cuando venía hacia aquí me he torcido un poco la pata…

– Eso es terrible. Ande, estire la pata hacia aquí.

– Bueno, si de verdad no le importa, se lo agradezco.

El lobo estiró la pata rozando la cadera de la cabra.

“Vaya, para ser una pezuña es muy blandita”, pensó.

– Ah, ah, ¡atchís! – de repente el lobo estornudó con fuerza.

– ¿Se encuentra bien?

– Sí…me parece que me he resfriado.

– Creo que yo también. Tengo la nariz tan tapada que no percibo ningún olor.

– Jeae, ahora entiendo por qué tiene esta voz…

-Jaaam, debe ser por eso.

Al oír la carcajada del lobo, la cabra estuvo a punto de decirle: “Tiene la voz como la de un lobo”, pero prefirió no decírselo por miedo a ofenderle.

El lobo también pensó: “Tiene una risita tan aguda como la de una cabra”, y a punto estuvo de decirlo, pero se mordió la lengua creyendo que si lo decía la ofendería.

En el interior de la cabaña resonaba el ulular del viento y el repiqueteo de las gotas de lluvia.

– ¿Dónde vive?

– Vivo en el Valle Desolado.

– ¿El Valle Desolado?

– ¿No es peligroso?

– ¿De veras? Bueno, es un poco escarpado pero es un lugar muy acogedor.

Ese valle es el lugar donde habitan los lobos.

-Vaya, veo que es muy valiente. Yo vivo en el Monte Fresco.

– Caramba, qué envidia. Allí hay muy buena comida.

Con “buena comida” se refería a las cabras.

– Bueno, no está mal, jaja.

De repente el estómago de ambos sonó al unísono. Grrrr…

– Ahora que lo pienso, estoy hambriento.

– Sí, yo también tengo el estómago vacío.

– Desearía que hubiera comida cerca.

(…)

– Ay…qué hambre.

Y en ese momento los dos dijeron al mismo tiempo:

– Aquella deliciosa…”hierba”, dijo la cabra. “Carne”, dijo el lobo.

Pero el sonido de un trueno silenció sus voces.

– Aunque ahora soy más grande de lo normal, cuando era pequeño era muy flacucho, y recuerdo que mi madre me decía constantemente: “Come más, come más”.

– Vaya, a mí me pasaba igual. La mía me decía: “Si no comes suficiente, cuando tengas que correr, no vas a poder hacerlo; y si no corres rápido no sobrevivirás”.

– Sí, así es. En mi casa también decían lo mismo: “Si no corres rápido no sobrevivirás”·

– Jajaja, hay que ver cómo nos parecemos.

– Jejeje, es verdad.

– Está tan oscuro que ni siquiera nos vemos la cara, pero a lo mejor resulta que incluso tenemos un aspecto parecido.

De repente cayó un rayo en las proximidades de la cabaña que iluminó su interior como si fuera pleno día.

– Vaya, estaba mirando al suelo y no le he visto, ¿usted me ha visto la cara? ¿Nos parecemos?

– La luz me ha deslumbrado y no he podido evitar cerrar los ojos.

– Bueno, pronto se hará de día así que no tardaremos en saberlo.

De repente el estruendo de un relámpago hizo temblar la cabaña.

-¡Socorro!

Sin darse cuenta, los dos habían arrimado sus cuerpos.

– Uy, lo siento. Es que los truenos me dan pánico.

– Uf…A mí también. Menudo susto me he llevado.

– Hay que ver lo parecido que somos, ¿no le parece?

– Pues sí, de hecho pensaba que nos compenetramos muy bien.

– Ya sé, ¿por qué no quedamos para comer un día de estos cuando haga buen tiempo?

– Me parece una idea estupenda. Creía que iba a ser una noche terrible de tormenta pero ha resultado ser una noche fantástica pues he conocido a un amigo.

– Vaya, parece que la tormenta ha amainado por completo.

– Sí, es cierto.

Entre las nubes ser podían vislumbrar unas pocas estrellas.

– ¿Qué le parecería quedar mañana a medio día?

– Perfecto. Dicen que después de una tormenta suele venir el buen tiempo.

– ¿Dónde quedamos?

– Uhm…¿Qué le parece delante de esta cabaña?

– De acuerdo. Pero ¿y si resulta que no nos reconocemos?

– Por si acaso yo diré: “soy el amigo que conoció en una noche de tormenta”.

– Jajaja, con “en una noche de tormenta”.

– Entonces nuestra contraseña será “en una noche de tormenta”.

– Bueno, cuídese, en una noche de tormenta.

– Adiós, en una noche de tormenta.

La violenta tormenta que había estado azotando con fuerza hacía sólo unos instantes, desapareció como por arte de magia dejando una agradable brisa. En medio de la oscura quietud, dos sombras agitan las manos y se alejan por caminos opuestos.

¿Qué ocurrirá mañana bajo esta colina? Ni siquiera el sol de la mañana que asoma tímidamente, y que con sus rayos hace centellear las gotas de las hojas de los árboles, lo sabe aún.

Bibliografía:

  • Kimura, Yuichi. (2013). En una noche de tormenta. Barcelona: Duomo.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2016). Una noche de tormenta: cuento de Yuichi Kimura. Criterios. León. Disponible en: http://wp.me/p5x5PF-8g