Los hombres grises de Michael Ende.

José Andrés Martínez García

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En su obra Momo, el escritor alemán Michael Ende reflexiona sobre el significado del tiempo para la vida humana.

Cuando se nos presenta a la entrañable protagonista, alguien le pregunta los años que tiene. Momo contesta sabiamente: “Por lo que puedo recordar siempre he existido”. La principal cualidad de esta niña huérfana es que sabe escuchar. Escucha a todos: a todo tipo de seres, “a cada uno en su lengua”. Momo es reflexiva. Por eso comprende a su amigo Beppo Barrendero y su costumbre de pensar seriamente, durante horas e incluso días. Porque, en su opinión, “todas las desgracias de este mundo provienen de las numerosas mentiras que circulan, unas voluntarias otras involuntarias, por prisas o por imprecisión”.

Momo tiene además una facultad extraordinaria: es capaz de inspirar a las personas, de ayudarles a descubrir su camino: “Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo”.

La acompaña una tortuga de nombre Casiopea. No es un personaje trivial. Este animalito, que recuerda a la vetusta Morla de La historia interminable, se comunica con las personas a través de las letras que aparecen en su caparazón. Por su longevidad, su singular sonrisa, sus “sagaces ojos negros”, su “ir despacio para llegar lejos”, puede considerarse símbolo de sabiduría. Los consejos de Casiopea deberían ser atendidos.

Pero los personajes más inquietantes del libro son los llamados hombres grises. Encarnan lo detestable del capitalismo productivista: el consumismo y la subordinación del ser humano a fines inhumanos. Estos hombres, con cigarro, corbata y maletín, forman parte de una Caja de Ahorros de Tiempo, que perfectamente podría ser un trasunto del sistema bancario mundial o del sistema económico mundial. “Aquel que posee el tiempo de los seres humanos disfruta de un poder ilimitado”. Su objetivo es convencer a los hombres de que deben “ahorrar tiempo”, centrándose en el trabajo y abandonando las ocupaciones llamadas “improductivas”, que se identifican como inútiles: el ocio, los placeres sencillos, la reflexión, el disfrute del arte, el tiempo dedicado a los amigos o a la familia, las aficiones.

La escena en que el hombre de gris aparece y se entrevista con el señor Fusi es muy elocuente:

Contésteme a una pregunta: ¿se quiere casar con la señora Daría?

– No –dijo el señor Fusi-, eso no es posible.

Desde luego –prosiguió el hombre gris-, ya que la señorita Daría pasará toda su vida encadenada a una silla de ruedas porque está lisiada. Y, sin embargo, usted le hace una visita diaria de media hora para llevarle una flor. ¿Y para qué?

¡Se pone tan contenta! –repuso el señor Fusi con lágrimas en los ojos.

Pero viéndolo fríamente –replicó el agente- es tiempo perdido para usted, señor Fusi.

Michael Ende titula este capítulo de manera certera: “La cuenta está equivocada pero cuadra”. Cuadra dentro de una lógica economicista.

El barbero renunciará a todo lo que da sentido a su vida: cuidar a su madre anciana, atender a su periquito, llevar cada día una flor a una amiga discapacitada, cantar en una coral, reunirse con los amigos… Renunciará incluso a sentarse quince minutos cada noche en la ventana para pensar en lo que ha hecho durante el día. Todo para “ahorrar tiempo”. Su propio trabajo se resiente y esta obsesión le llevará a realizarlo de manera mecánica, con pocas atenciones a los clientes. Se le agriará el carácter. El hombre se empobrecerá irremediablemente, a pesar de sus riquezas. Porque “hay mucha miseria en la abundancia”. “Existen riquezas que matan a uno si no pueden compartirse”.

La gran paradoja es que cuanto más tiempo se ahorra, más rápidamente desaparece para la realización verdadera del ser humano. El tiempo no es una inversión. No vuelve con tasa de interés. Es precisamente “ahorrando” como el tiempo de las personas se desvanece.  El discurso del hombre de gris, auténtico ladrón del tiempo, es una colosal mentira. Solo a él beneficia porque el tiempo de los demás es su alimento.

El maestro Hora, que Ende presenta como guardián del tiempo de los hombres, le explica a Momo ante qué tipo de enfermedad nos encontramos:

Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tienen ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día, de semana en semana. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso este sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Ya no hay ira ni entusiasmo, uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama aburrimiento mortal.

Si la alienación es el estado en que se encuentra aquel que no se reconoce en lo que hace, que no se reconoce como ser humano que busca realizarse y que es un mero instrumento de fines ajenos, los hombres grises son una metáfora de la alienación humana.

Pero los hombres de gris, al igual que otras criaturas monstruosas, son realmente criaturas creadas por nosotros. Como aclara el Maestro Hora: “Surgen porque los seres humanos les dan la posibilidad de surgir… los seres humanos les dan también la posibilidad de que los dominen”. El mal no solo está fuera.

Pensar sobre el tiempo sabiamente es el sentido del libro. Para empezar, reconocer que nuestra experiencia de la vida es en tiempo presente. Vivimos el ahora. El pasado es recuerdo y el futuro expectativa. No ha habido nunca un momento en que la vida no fuera ahora, ni lo habrá jamás. A diferencia de los adultos, los niños viven intensamente el momento sin preocuparse por el pasado o por el futuro.

Por otro lado, entender que la medida del tiempo es el ser humano. “El tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón”. “Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo”.

Y, por último, la seria advertencia de que nadie debe arrebatárnoslo. “Porque cada hombre tiene su propio tiempo y sólo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo”.

Momo es la historia de los ladrones del tiempo y de la niña que, desenmascarándolos, se lo devolvió a los hombres. Ojalá seamos capaces de reconocer a todos los hombres de gris que nos rodean.

 

Bibliografía:

Ende, Michael. (2006). Momo. Madrid: Punto de Lectura.

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