El ingenio de los pájaros de Jennifer Ackerman.

José Andrés Martínez García

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“La niebla se levanta. Vislumbro la cortina ondulante de la cordillera Azul al otro lado del valle, teñida de morado por la bruma. De un bosquecillo cercano me llega el siseo penetrante de un carbonero. Me dirijo hacia allí y lo encuentro posado en un pino, desplegando su retahíla de diis, quizá mientras calibra mi presencia. Basta con pensar en la extraordinaria genialidad condensada en ese diminuto soplo de plumas para abrir las compuertas de la mente a los misterios del conocimiento de las aves, el qué y el porqué. Se trata de rompecabezas maravillosos para mantener en nuestra biblioteca intelectual, para recordarnos lo poco que sabemos todavía”.  Jennifer Ackerman.

Realmente la inteligencia es un concepto resbaladizo incluso para nuestra especie. Ackerman prefiere hablar de “genio” y titula su libro “The genius of birds”, que se ha traducido como El  Ingenio de los pájaros. La mayoría de los estudiosos de las aves prefieren el término cognición al de inteligencia, por las numerosas connotaciones de esta última palabra. La cognición animal puede definirse como los mecanismos (múltiples y no necesariamente relacionados) mediante los cuales un animal adquiere, procesa, almacena y utiliza información para enfrentar desafíos sociales y ambientales.

Nos preguntamos cómo definir las elevadas capacidades cognitivas y para ello seguimos empleando principalmente criterios humanos. Tendemos a juzgar otras mentes por su parecido a la nuestra. Así, por ejemplo, sobrevaloramos la fabricación de herramientas porque las fabricamos nosotros -por encima, por ejemplo, de la orientación, entre otras muchas capacidades-. O ideamos test cognitivos como lo haría un especialista en psicología humana. ¿No deberíamos apreciar las complejas capacidades cognitivas de las aves por sí mismas, y no porque recuerden en algunos aspectos a las nuestras?, se pregunta Ackerman.

Entre el antropomorfismo (interpretar los comportamientos animales en términos humanos) y la antroponegación (negar similitudes entre los comportamiento animales y humanos) ¿hay un lugar justo donde podamos situarnos? En El Origen del hombre, Darwin defendía que la diferencia entre la capacidad mental de los animales y los seres humanos era cuestión de grado.

Cuando de inteligencia de las aves se trata, un ejemplo clásico que se enseña en las facultades de biología es el de los herrerillos y carboneros comunes del Reino Unido a principios del siglo XX. Adquirieron rápidamente la habilidad de abrir los tapones de las botellas de leche que se dejaban ante las puertas de las viviendas cada mañana, para tomarse la espesa nata que se condensa en la parte superior. En la década de 1950 en toda Inglaterra las botellas de leche se hallaban bajo asedio.

El libro muestra algunas de las sorprendentes capacidades de los pájaros para enfrentarse a retos de su ambiente, en ocasiones nuevos. Aprenden a fabricar y utilizar herramientas, hacen regalos, saben contar, imitan comportamientos de otras aves, aprenden centenares de cantos, recuerdan dónde dejan las cosas, se consuelan mutuamente…

Algunos de estos comportamientos son muestras asombrosas de cómo funciona el aprendizaje mediante “ensayo y error” y quizás no requieran de capacidades cognitivas superiores. No debe darse por supuesto que un comportamiento aparentemente complejo responda a pensamientos complejos. Aún así, cuesta creer que no nos encontremos ante una forma de cognición intermedia entre el aprendizaje simple y el pensamiento humano.

Con diferencia, los córvidos son el grupo biológico merecedor de más atención en el libro. Así, se cuenta cómo los cuervos de Nueva Caledonia en el Pacífico Sur (Corvus moneduloides) son capaces de usar metaherramientas, es decir, herramientas para obtener otra herramientas, lo que parece sugerir una notable memoria de trabajo o funcional (retener en la mente información relevante mientras se desarrolla una tarea). Se asemejan en ello a humanos, chimpancés y orangutanes. Se considera el pájaro más inteligente del mundo, al menos desde el punto de vista de la “inteligencia técnica”.

Ackerman recuerda la conocida fábula de Esopo: El cuervo y el cántaro. Un cuervo sediento encuentra un cántaro de agua medio lleno. Incapaz de llegar al agua para bebérsela, el cuervo va lanzando al interior del cántaro piedrecita tras piedrecita hasta que el nivel del agua asciende lo suficiente para llegar a ella. Pues bien, la fábula se corresponde fielmente con la realidad: es exactamente lo que hacen los cuervos de Nueva Caledonia. Y si se les plantea la disyuntiva de usar cuerpos ligeros o pesados, sólidos o huecos escogen los que se hunden frente a los que flotan.

En el libro se citan, a modo de inventario de talentos, numerosos ejemplos.

Los ruidosos arrendajos azules (Cyanocitta cristata) del este de EE.UU destacan por sus lazos familiares y sus complejos sistemas sociales. El arrendajo europeo (Garrulus glandarius) parece intuir los deseos cambiantes de su pareja. El macho corteja a una hembra seleccionando regalos suculentos para ella.  Ser capaz de adoptar la perspectiva del otro, percibir sus necesidades, puede interpretarse tentadoramente en el marco de una teoría de la mente. Las urracas (Pica pica) reconocen la identidad de su propio reflejo en un espejo.

Los cascanueces americanos (Nucifraga columbiana), oriundos de las Montañas Rocosas del oeste americano, son capaces de reunir “más de 30.000 piñones en un solo verano, transportando hasta cien de ellos a la vez en un gran morral bajo la lengua. Entierran los piñones en unos 5.000 escondrijos distintos, diseminados en un territorio de centenares de metros cuadrados…, que luego consiguen encontrar”.

Mención especial merece la chara californiana (Aphelocoma californica), una especie de córvido nativa del oeste de América del Norte que aparece representada en la portada del libro. Se extiende desde el sur de Washington hasta el centro de Texas y el centro de México. “Azul, como su pariente el arrendajo azul (aunque sin la ufana cresta), es un ave igual de descarada y conocida por ser un ave ladrona y bribona (…) es una especie acaparadora, es decir, que esconde la comida. Durante el otoño vuelan como un rayo por el monte bajo recogiendo bellotas y otros frutos secos por miles, además de insectos y gusanos. Distribuyen esas provisiones para el futuro en miles de escondites por todo su territorio (…); maestros de la prestidigitación social, no sólo recuerdan dónde han escondido sus botines (y quién las observa), sino qué guardaron en ellos y cuándo, recuperando los alimentos más perecederos antes de que se pudran”.

Lo verdaderamente asombroso es que la chara no solo roba las despensas de sus vecinos,  sino que simula almacenes propios engañando a quienes sospecha que la están observando. Todo ello para evitar ser robada. Las charas también son conocidas por concentrarse ruidosamente ante el cadáver de una de ellas.

En el libro hay también una referencia a la graja (Corvus frugilegus), que en nuestro país presenta únicamente un núcleo reproductor en la provincia de León: “Y luego están los besos que se dan las grajas. Estos miembros sumamente sociales de la familia del cuervo americano, anidan en colonias superpobladas donde es muy frecuente que se produzcan riñas. Un estudio reveló que, tras observar a su pareja en un conflicto, las grajas suelen consolar al ave nerviosa durante uno o dos minutos entrelazando sus picos con ella”.

¿Hay problemas ecológicos o presiones selectivas que estimulan las altas capacidades?: búsqueda de comida en entornos cambiantes o impredecibles, relaciones y destrezas sociales, hábitos migratorios…, ¿interviene la selección sexual? Al fin y al cabo lo importante es adaptarse, no de manera perfecta ni única, sino desplegando cada uno su propio tipo de genialidad.

Darwin describió el canto de las aves como “la analogía más próxima al lenguaje”. ¿Quién puede dudar de que el aprendizaje de trinos implica notables funciones cognitivas? El sinsonte es un miembro de la familia Mimidae (un tipo de zorzal presente sólo en las Américas). En su viaje a bordo del Beagle, Darwin se refirió a ellos como: “unos pájaros muy vivos, inquisitivos y activos (…) que poseen un canto muy superior al de cualquier otro ave del campo”. Son expertos en imitar el canto de otras aves, e incluso el de ranas y grillos. Thoreau se refería al él como un pájaro que suelta “su galimatías, sus interpretaciones a lo aprendiz de Paganini”.

Pero hay otros muchos imitadores expertos: ruiseñores, carriceros políglotas e incluso los humildes estorninos. La alondra común (Alauda arvensis) realiza cantos en vuelo extremadamente largos y complejos. Algunos loros, como el loro gris africano, tienen el don de imitar el habla humana…

Los agudos y finos silbidos de los carboneros (sus tsiiis, diidiidís…) representan asimismo un sofisticado sistema de comunicación, avisando de la presencia de fuentes de alimento y de depredadores. Saberlo cambia el modo de escuchar los dis mientras caminamos por el bosque.

Nos impresionan los animales constructores -apunta Ackerman- porque nosotros mismos lo somos. Para fabricar los nidos de tejedores, de golondrinas comunes, de pájaros moscones o de mitos, además de instinto, hace falta aprendizaje, memoria, experiencia, toma de decisiones, coordinación y colaboración. Un caso especial es el del pergolero, ave que vive en Nueva Guinea y Australia. Célebre por su cerebro grande, vida longeva e infancia prolongada, construye elaboradas pérgolas decoradas de forma exuberante para atraer a las hembras.

Por otro lado, las mentes cartográficas de las aves migradoras o de las palomas mensajeras no dejan de asombrarnos. Los largos desplazamientos de gorriones de corona blanca en América, abejarucos europeos, charranes árticos… o las altas capacidades de orientación a menor escala de las mencionadas charas, arrendajos o cascanueces, se resisten todavía hoy a la comprensión precisa de cómo funciona su navegador mental. Los colibríes, en sus admirables derbis aéreos, deben cosechar centenares de flores al día y prefieren no malgastar el tiempo visitando las que ya han quedado secas. Por ello rara vez zumban sobre la misma flor dos veces. ¿Cómo lo hacen?

Incluso las cualidades cognitivas de las aves sinántropas y buenas colonizadoras como los gorriones comunes (Passer domesticus) merecen un estudio detallado. Las ciudades son máquinas de aprendizaje y quizás “hagan a las aves inteligentes más inteligentes aún” afirma Ackerman.

Las aves altriciales nacen (como nosotros) indefensas y con un cerebro pequeño, que, como el nuestro, crece mucho tras el nacimiento, madurando bajo el cuidado de los progenitores. La mayoría de ellas, que permanecen en el nido, terminan teniendo un cerebro más grande que las que lo abandonan al nacer. En general, las especies animales inteligentes disfrutan de infancias prolongadas. Es como si se planteara una elección: o funcionalidad plena al nacer o una mayor capacidad mental mas adelante.

La naturaleza es una maestra del bricolaje. Una y otra vez, en grupos sin relación de parentesco (aves y mamíferos se separaron en el árbol filogenético hace más de 300 millones de años), encontramos ejemplos de convergencia evolutiva en anatomía y comportamiento. ¿Por qué no puede darse también esta convergencia en la cognición?

Atenea, la diosa griega de la sabiduría, la de “ojos brillantes”, fue originariamente una diosa pájaro. Se la identificó con el mochuelo (Athene), asociado desde entonces con la inteligencia.

Como sugiere Ackerman, quizás sea el momento de desterrar definitivamente expresiones como “cabeza de pájaro o de chorlito” . De reconocernos en ellos como seres que sienten, disfrutan y sufren. De admirar su “talento” y de reconocernos también, más allá de las diferencias, en sus asombrosas capacidades.

El Ingenio de los pájaros es un magnífico ejemplo de la buena divulgación científica. Muy bien documentado, se entreteje con anécdotas personales que enriquecen el texto. Puesto que la especie favorita de la autora es el sencillo carbonero, “una cucada” por el que dice sentir algo cercano al amor, concluimos la reseña como la empezamos, con una cita sobre este pajarillo:

“En una ocasión, mientras practicaba esquí de fondo en las montañas de Adirondack, me detuve a comer en un pequeño claro. Una gruesa capa de nieve cubría el suelo y el frío helaba los huesos. En cuanto saqué mi emparedado de mantequilla de cacahuete detecté un movimiento por el rabillo del ojo y escuché un zumbido familiar. Un carbonero cabecinegro (Poecile atricapillus), un  pariente del carbonero que espuma la nata de las botellas de leche, había aparecido de repente en una rama en el borde del calvero. Le siguió otro y luego, otro más. Al poco tiempo tenía una pequeña bandada a mis pies. Sostuve una miga de pan en un dedo y uno de ellos revoloteó y la agarró con el pico. Momentos después, aquel pequeño descarado se posó en mi brazo y empezó a comer directamente de mi mano”. Jennifer Ackerman.

 

Bibliografía:

Ackerman, Jennifer. (2017). El ingenio de los pájaros. Barcelona: Ariel.

Cómo citar el artículo:

Martínez García, J.A. (2017). El ingenio de los pájaros, de Jennifer Ackerman. Barcelona: Ariel. Disponible en: https://wp.me/p5x5PF-gF

 

2 comentarios en “El ingenio de los pájaros de Jennifer Ackerman.

  1. Canta Silvio Rodríguez:
    “Si no creyera en la locura
    de la garganta del sinsonte,
    si no creyera que en el monte
    se esconde el trino y la pavura…”
    Maravillosas aves que nos alegran la vista con sus colores y el oído con sus cantos. Y que tanto nos sorprenden con sus estrategias para sobrevivir.

    Le gusta a 1 persona

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