Orquídea y colibrí cerca de una cascada. Martin Johnson Heade. 1902.

Museo Thyssen- Bornemisza

Entre 1860 y 1870 Heade viajó en tres ocasiones a América Central y del Sur (Panamá, Jamaica, Brasil y Colombia). En estos viajes, además de paisajes, pintó plantas y aves exóticas. Las representaciones de orquídeas y colibríes sobre fondos de paisajes tropicales se reconocen de hecho como la parte más característica de su obra.

La pintura combina una exuberante catleya (presuntamente Cattleya labiata), sobredimensionada en un primer plano, junto a un pequeño colibrí del que destaca el color rosado de su pechera. Al fondo se despliega un frondoso paisaje con una cascada y cumbres redondeadas que acentúan el poder cautivador de la escena.

“Pocos años después de mi presencia en este mundo palpitante fui presa de esa absorbente obsesión por los colibríes y, desde entonces, nunca me he visto libre de ella” –expresa Heade.

“Anda zumbando de rama en rama, de flor en flor, veloz y necesario como la luz. A veces duda, y queda inmóvil en el aire, suspendido; a veces vuela hacia atrás, como nadie puede. A veces anda borrachito, de tanto beber las mieles de las corolas. Al volar, lanza relámpagos de colores”, escribe Eduardo Galeano en Memoria del Fuego.

Heade se trasladó a Brasil para estudiar las distintas especies de colibríes en su entorno natural e incluso trabajó en las ilustraciones de un libro que llevaría por título The Gems of Brazil. Aunque el libro finalmente no llegó a publicarse, el proyecto dejó numerosos lienzos donde estas aves son representadas de forma individual o en pareja.

Las pinturas de Heade fueron influidas por la nueva cosmovisión que se abrió paso, a finales del siglo XIX, con las teorías de Darwin sobre la evolución y el papel de las interrelaciones en el mundo natural. Charles Darwin había estudiado precisamente las adaptaciones de los picos de colibrí para la fertilización de plantas. No obstante, en la pintura que nos ocupa la relación entre colibrí y orquídea no sólo es un hecho biológico. Tiene una evidente carga simbólica.

Las catleyas se han convertido, por su deslumbrante belleza, en las flores nacionales de diversos países (Costa Rica, Venezuela y Colombia). La evocación sexual de la planta es evidente; no es de extrañar que Proust le otorgara ese papel en su obra Por el camino de Swann (En busca del tiempo perdido). Por esto mismo, debe apuntarse la audacia -en el contexto de la sociedad victoriana norteamericana del momento- de la composición de Heade.

La pintura es un maravilloso epítome del mundo tropical y de la vida misma.

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