El arte de ver las cosas

Abril. Todos los días, en tu recorrido diario al trabajo, pasas por un descampado a las afueras de la ciudad. El entorno, semidegradado, no parece tener nada de especial… salvo que prestes un poco de atención. Este año, en una zona de vertidos procedentes de desmontes o de movimientos de tierra han decidido hacer su nido varias parejas de abejarucos.

En unos humildes rodales de olmo dispersos, apenas unos arbustos acompañados de zarzamoras y endrinos, cantan sin parar (por la mañana, al atardecer e incluso entrada la noche), desde mediados de mes, los ruiseñores.

El lugar adquiere de pronto un significado para el ser humano. ¿Cómo es posible que un entorno como este encierre tan inesperada belleza?

John Burroughs (1837-1921) trabajó durante casi una década como empleado del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, más tarde como profesor y finalmente como granjero, hasta que decidió abandonar Washington para instalarse en una cabaña en las montañas de Catskill (Estado de Nueva York) y dedicarse a escribir sobre la naturaleza. 

El texto que da título al libro trata sobre el arte de ver las cosas. Este arte, que debe cultivarse, comprende dos elementos que se enriquecen mutuamente: el primero, insustituible para Burroughs, es el sentimiento, la empatía, la relación amorosa con lo que observas. Requiere de sensibilidad y de un espíritu apreciativo. Esto proporciona un placer emocional. El segundo es el aspecto cognitivo, saber interpretar, el gozo de comprender, que aporta una satisfacción intelectual. En nuestra experiencia de la naturaleza nos movemos entre uno y otro, cada persona con acento propio, porque la experiencia es siempre singular. Saber no es todo. Es solo la mitad. Amar es la otra mitad. Lo que amamos lo hacemos bien.

Es difícil leer a Burroughs sin pensar en Henry David Thoreau, por otra parte uno de los mentores del autor y a quien dedica uno de los ensayos. Un Thoreau que se consideraba a sí mismo filósofo (natural) más que naturalista (al uso), y esto es así porque siempre buscó en la naturaleza energía y refugio para el corazón humano.

El arte de ver las cosas, es cierto, requiere de una predisposición inicial: no puede encontrarse lo que no se busca. No serás capaz de ver fuera lo que, de algún modo, no llevas ya dentro. Burroughs nos recuerda que:

Si pensamos en pájaros, veremos pájaros allá donde vayamos; si pensamos en puntas de flecha, como hacía Thoreau, recogeremos puntas de flecha en cualquier campo. El indio que había en él reconocía lo propio.

De los artículos seleccionados en esta edición hay uno que resulta verdaderamente conmovedor. Es el que lleva por título En busca del ruiseñor, donde el escritor, gran conocedor de las aves de norteamérica, nos cuenta sus aventuras y desvelos por encontrarse con el ruiseñor en un viaje realizado ex profeso por Escocia, norte de Inglaterra y entorno de Londres, durante la segunda mitad de mayo y primera de junio.

En ningún momento se me pasó por la cabeza que pudiera perderme uno de los mayores placeres que me había prometido a mí mismo al cruzar el Atlántico, a saber, escuchar el canto del ruiseñor.

Pero no le resultó nada fácil pillar al pájaro en sus maitines, escuchar su canto completo. Me lo perdí por unos pocos días. Si todas las personas a las que interrogó a cuenta de los ruiseñores hubiesen hablado entre ellas, habrían llegado a la conclusión de que había un estadounidense loco y obsesivo rondando cerca de sus casas.

Pequeñas aves con grandes voces. En total escuchó al ruiseñor en menos de cinco ocasiones y sólo unas pocas estrofas del canto, pero le bastó para sentirse complacido por la sorprendente calidad de su melodía.

Se comprende el entusiasmo del naturalista americano. Su emocionante empeño por escuchar al ruiseñor de Wordsworth: Oh ruiseñor, tu eres de ardiente corazón, esas notas tuyas… penetran y penetran, ¡tumultuosa armonía y fiereza! Al ruiseñor de Keats: Y perderme contigo en el bosque en penumbra …. ¿Era una visión o un sueño? Se fue ya aquella música. ¿Despierto? ¿Estoy dormido? Al ruiseñor de Coleridge: Como si sintiese miedo de que una noche de Abril fuera demasiado breve para permitirle cantar su canción de amor, ¡y descargar su alma entera de toda su música!

Será sin embargo en el ensayo Los cantos de las aves donde Burroughs aborde con detalle este aspecto. La apreciación de su belleza no siempre tiene que ver con lo elaborado de la pieza musical interpretada. Si no asociáramos nada a estos sonidos significarían muy poco para nosotros. Es su condición de signos de alegría y amor en la naturaleza, de pregoneros de la naturaleza y del espíritu de los bosques y de los campos, como si de un espíritu tutelar se tratara, lo que nos atrae.  No es solo lo armónico de la melodía, es la expresión de alegría y el éxtasis descargándose sobre nosotros desde las “puertas del cielo”.

A todo esto puede añadirse un significado más si la experiencia está tocada por la magia de los recuerdos.

En cierta ocasión, liberaron unas alondras en Long Island que lograron establecerse y podía escucharse su canto de vez en cuando. Un día de verano, un amigo mío estaba por allí observándolas; una alondra se elevaba y cantaba en el cielo por encima de él. Un anciano irlandés apareció y se quedó de repente paralizado, como si lo hubieran clavado al sitio, y una mezcla de gozo e incredulidad le invadió el rostro. ¿Estaba realmente escuchando el ave de su juventud? Se quitó el sombrero, miró hacia el cielo y con labios temblorosos y ojos llorosos se quedó un buen rato mirando al pájaro…

El canto de las aves precisa de todos sus complementos. El momento. El lugar. La clave está en la ocasión y el entorno, de cuyo espíritu se hace expresión.

Hay otros ensayos del libro que merecen comentario. En Los placeres del camino, encabezado por una cita de su amigo Walt Whitman (“A pie, con el corazón ligero, tomo el camino público”), el autor reivindica al per-agrare, al caminante, al que cruza los campos, a ser posible lejos del alcance de las ruedas. Viajará siempre ligero si lleva la alegría en su corazón: Tu corazón ha de proporcionar una música que al seguirle el compás los pies te lleven alrededor del globo sin darte cuenta.

En el que lleva por título Una perspectiva sobre la vida, John Burroughs nos presenta su recomendación para ser feliz: no albergar demasiadas expectativas, renunciar a combatir dragones y afrontar la vida en clave sencilla, en sintonía con las cosas comunes y universales, preferiblemente en contacto directo con las condiciones materiales de la vida.

¡Oh, compartir la gran vida soleada y dichosa de la Tierra, ser tan feliz como los pájaros! ¡Estar tan contento como el ganado en las colinas! ¡Como las hojas de los árboles que bailan y susurran al viento! (…) Prefiero estar al cuidado de unas cuantas cabezas de ganado que ser el guardián del sello de la nación.

Los ensayos aquí reunidos contienen igualmente reflexiones visionarias sobre el deterioro ambiental asociado al consumo de combustibles fósiles (Apartar el hierro de nuestras almas) o sobre la crueldad que acompaña al mundo de la caza (Las costumbres de los cazadores).

Especialmente sugerente es su idea de una verdadera espiritualidad, libre de la secular tiranía de los prejuicios religiosos. :

No dejemos que por descuido o tedio se atenúen las maravillas y misterios entre los que vivimos, ni los esplendores ni las glorias. No necesitamos trasladarnos con la imaginación a ninguna otra esfera o condición existencial para encontrar lo maravilloso, lo sagrado (…) Comunicarnos con Dios es comunicarnos con nuestros propios corazones, nuestra mejor esencia (…) Este planeta es el único paraíso deseable del que tenemos conocimiento (…) Nos parece que el mundo es bueno para vivir porque estamos adaptados a él y no porque se haya hecho para nosotros (…) Si la naturaleza no es omnisciente ni misericordiosa desde nuestro punto de vista humano, lo cierto es que nos ha colocado en un lugar donde nuestra propia sabiduría y misericordia se pueden desarrollar.

Es el suyo un panteísmo que resume de forma concisa cuando afirma: Alegría en el universo y gran curiosidad por todo ello: esa ha sido mi religión.

Bibliografía:

Burroughs, John (2018). El arte de ver las cosas. Madrid. Errata Naturae.

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