Parejas de carboneros garrapinos volando de aquí para allá…

Cuando uno repasa la vida del escritor inglés Edward Thomas (1878-1917), cuya obra poética fue escrita solo dos años antes de su muerte, cuesta creer que este hombre que cantara con frecuencia a los zorzales y que sentía tal interés y pasión por la campiña inglesa, viera truncada tempranamente su vida en la batalla de Arrás (Paso de Calais) de la maldita I Guerra Mundial.

El libro La vida en los bosques, escrito antes de su reconocimiento como poeta, recoge notas de campo de sus escapadas juveniles a la naturaleza. ¿Cómo veía el joven Thomas de diecinueve años a carboneros garrapinos, agateadores y petirrojos?

Así refiere algunos de sus encuentros con los habitantes del bosque:

Parejas de carboneros garrapinos, volando de aquí para allá, se apresuran entre las nubes sulfurosas de polen de las flores del fresno cuando se posan sobre las ramas más finas. Del conjunto, especialmente cuando una rama cargada de flores se inclina hacia el suelo, llega una débil fragancia como de corteza pelada. (…)

La capa de musgo es tan espesa que casi no se distingue al pequeño agateador que trepa alrededor del tronco con silente persistencia. Durante un momento se ve con claridad, cuando un destello de sol lo revela contra un punto desnudo de la corteza: entonces, puede percibirse su pico, fino y curvado hacia abajo y sus dibujos pardos, que se funden con el casi blanco del pecho, y admirar su destreza al buscar las grietas. (…)

Allí las bandadas de carboneros se dispersan y suenan dulces sus trinos alegres, como el tintineo de campanillas feéricas. La mayor parte de ellos son carboneros garrapinos con sus cabezas negras y sus figuras rechonchas; sus notas también se distinguen. Cuando cuelgan cabeza abajo, como moscas del techo, sus alas de un pálido azul grisáceo tiemblan ligeramente y las colas, extendidas, vibran de forma que el sol se ve a través de sus vaporosas plumas como si fueran las alas de una libélula. (…)

El petirrojo, cuando se asusta, abandona su posadero, pero según vuelve a posarse reanuda de nuevo su canción con ganas. Siempre es así de impetuoso; no hay canción más apasionada que la suya. Su lugar preferido es el montón de hojas secas arrastradas hasta el abrigo de las vallas: sobre los postes canta; entre las hojas encuentra más gusanos que en ninguna otra parte. Las mañanas lluviosas, cuando no puede cantar, conserva una desafiante charla, o un lamento que también usa al atardecer.

Bibliografía:

Thomas, Edward (2021). La vida en los bosques. Salamanca: Volcano.

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