No hay un templo sagrado al que peregrinar: salvo la tierra misma bajo los pies. El acto de rozarla con el alma es la verdadera oración, un modo de coincidir plenamente con la existencia en cada paso.
El poema, publicado originalmente en 1907 en su poemario Baladas de primavera, evoca a ese caminante de trocha, no de carretera, que fue Thoreau -«he conocido en el curso de mi vida a una o dos personas que entendieran el arte de pasear tranquilamente (sauntering)»—; acaso también a Walt Whitman («me entrego a la tierra para crecer en la hierba que amo; si me necesitas de nuevo, búscame bajo las suelas de tus botas»).
Andando, andando;
que quiero oír cada grano
de la arena que voy pisando.Andando, andando;
dejad atrás los caballos,
que yo quiero llegar tardando
-andando, andando-,
dar mi alma a cada grano
de la tierra que voy pisando.Andando, andando.
¡Qué dulce entrada en mi campo,
noche inmensa que vas bajando!Andando, andando.
Mi corazón ya es remanso;
ya soy lo que me está esperando
-andando, andando-,
y mi pie parece, cálido,
que me está el corazón besando.Andando, andando;
¡que quiero ver el fiel llanto
del camino que voy dejando!
Bibliografía:
Jiménez, Juan Ramón (2008). Baladas de primavera. Visor. Pag. 72.
